Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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lunes, 9 de febrero de 2009

Mis pelis


“Cine, cine, cine, cine… más cine por favor”
-L.E. Aute



Mis pelis, ¿eh? Mis pelis, las de todos, cada uno tiene sus pelis. Las favoritas, las que mola decir (las que conviene decir) y la “otra” lista, las verdaderamente favoritas, que nos daría como vergüencita. “¿O solo me pasa a mí?” (por citar la catchphrase de los lamentables monólogos del personaje de Alexandra Jiménez en La familia Mata).

Creo que ya conté en una ocasión el furor por elaborar listas de favoritos que barrió mi familia hará unos cinco años, todo surgido de la mente de un tío mío muy activo y extremadamente cinéfilo y melómano. A partir de aquellas listas (de pelis, discos, canciones, comidas, cuadros, esculturas, ciudades, libros, edificios…) rescaté las que puse a la izquierda de Estatuas Verdes, y no me dio apuro admitir que mi película favorita de todos los tiempos es Star Wars (1977). Tratar de negarlo sería no ser fiel a mí mismo, y no está el horno para bollos.

En los últimos días he tenido una cierta crisis en el ejercicio del criterio (sueno como el jodido Benedetti!), motivada, de un lado, por las críticas a mis gustos musicales que el buen lector Migue vertió sobre mí en persona el sábado pasado y, de otro, por las críticas a mis gustos fílmicos vertidas en el blog de cabecera Almanaque de otoño. Es bromita, no me han dolido. Pero estas cosas me han hecho pensar y me he decidido a “salir del armario”, peliculísticamente hablando.


Ya cuando me inscribí en la web de apreciación cinematográfica Film Affinity me sorprendí a mi mismo dando puntuaciones escandalosamente altas (sobre 10) a bodrios confirmados. ¿El problema? Ninguno, salvo que me he dado cuenta de que mis gustos en cine son pupita. Y sí, soy capaz de apreciar Ciudadano Kane (1941) o Casablanca (1942) como el que más (Lo que el viento se llevó -1938-, no). Y en mi lista de favoritos no faltan John Huston, Hitchcock, Coppola o Billy Wilder. Pero en mi olimpo personal tienen un pedestal reservado pelis “malas” de la calaña de Loca academia de policía (1984), Aterriza como puedas (1980) o Juegos de amor en la universidad (1985).

Polemizando sobre los últimos estrenos, mi amigo me hace ver que tal vez Un, dos, tres, splash (1984) o Forrest Gump (1994) no sean las obras de arte que yo las considero. Lo de Forrest Gump para mí es la excepción que confirma la regla, no estoy tan dispuesto a admitir que esa película no sea buena o esté bien hecha, actuada o contada. Pero también me comentan que según no sé qué otra página web de crítica de cine Solteros (1992) de Cameron Crowe es una gran mierda, cuando yo la considero posiblemente la película que más ha influido en mi vida (la veo mínimo una vez al año, desde que tenía 17). ¿Son ambas cosas incompatibles? La verdad es que no, esto no me causa un trauma.

Sería un debate inútil dictaminar aquí si tal o cual peli es meritoria o no, no estoy tratando de establecer unos criterios objetivos de calidad cinematográfica válidos para todo el mundo. Solo os cuento cómo me fascina contrastar la importancia biográfica de unos títulos que yo me llevaría a una isla desierta (por diferentes motivos) y que la Historia del Cine seguramente condenará al cubo de la caca. Esto se hace extrapolable al ámbito de las canciones, los libros, etecé, etecé.


Y creo que como yo, todo el mundo tendrá esa nómina de títulos más o menos inconfesables, que no revelaría en la primera conversación con alguien, entre sus favoritos personales. Estoy hablando de valor sentimental. Sin ir más lejos, la semana pasada un compi de curro (artista gráfico y poeta, para más señas) me contaba que se estaba bajando algunas de sus pelis seminales: La historia interminable (1984), Dentro del laberinto (1986), Cristal oscuro (1982)… yo enseguida pensé “Menudo rollo: ¡vaya bodrios!” Pero me privé de decir nada, a la vista de que una de mis obras maestras personales más incontestables sigue siendo la singular Papá Piquillo (1998).

domingo, 27 de enero de 2008

"Yo ando la línea"


Muy a menudo voy al videoclub los viernes o los sábados por la noche. Hay una película que sé que tengo que ver pero por alguna razón nunca la alquilo. En teoría me interesa (trata sobre música, salen actores que me gustan) pero me da la sensación de que va a tener algo de drama. Y yo, señores, después de toda la semana trabajando, lo que normalmente tengo ganas de ver es una comedieta. Solución: en vez de alquilarla la compro, la semana pasada la vi a un precio más que razonable. Estoy hablando de En la cuerda floja (Walk the Line, 2005). Esta noche por fin la he visto.

Ya sabéis que esta peli trata sobre la vida del cantante de country norteamericano Johnny Cash, más concretamente se centra en su carrera y sus amoríos con June Carter (otra cantante country, de gran pedigrí) hasta que ambos se casan en 1968. Joaquin Phoenix hace de Johnny Cash y Reese Witherspoon de June Carter, trabajo que le valió el Oscar a la mejor actriz (no veía una interpretación así desde Una rubia muy legal 2). La peli trata además de indagar en los orígenes de Cash y de explicar un poco su contexto y sus motivaciones.

Así, vemos a Cash como lo que era: un tipo muy violento, con altibajos, bastante hijodeputa (ahora que no nos oye nadie). Adicto al alcohol y a las pastillas, también fue un adúltero y a ratos un mal padre. Su vida no fue fácil: de niño trabajaba, su padre era un borracho que le hacía la vida imposible y sufrió la temprana muerte de un hermano mayor. Pero su madre le enseñó a cantar gospel con un libro de canciones de iglesia, y Cash quiso hacerse un hueco en el excitante mundo del Memphis de mediados de los años 50, donde confluyeron el gospel, el country, el blues, el rockabilly y, más importante, el nuevo rock and roll. Allí estaban también Elvis Presley, Jerry Lee Lewis, Roy Orbison o Carl Perkins, y no os preocupéis que en la película aparecen todos.


Otra que compartió cartel (y más cositas) con Johnny Cash fue June Carter, mayor que él y una estrella antes que él, pero al cabo de unos años pasó a ser beneficiaria de su fama al hacer ambos discos y giras juntos. June es una mujer fuerte, independiente para su época, y resulta el contrapunto para Cash en tanto en cuanto es serena, divertida, buena madre, responsable y sabe autocontrolarse. Su historia de amor es un poco turbulenta, como todas las apasionadas, pero en este caso parece que el 80% de las turbulencias las aportaba Johnny Cash.

La peli es muy buena, os la recomiendo si no la habéis visto. No es solo para fans de la música pero es innegable que estos la disfrutaran más. Aparecen muchos éxitos de Cash, yo la verdad es que no soy un experto en su figura (el médico solo me autoriza la música country en pequeñas dosis) pero conocía al menos media docena de canciones. Recuerdo haber escuchado un especial sobre este cantante cuando murió en 2003, en el fantástico programa El ambigú que Diego A. Manrique tenía en Radio 3. Ahora me iré corriendo a escuchar el disco a dúo de Cash y Carter de 1967 donde viene su tema “Jackson” (Pimpinela en el sur de USA) y algunas versiones de Bob Dylan o Ray Charles.

Al acabar de ver la peli reflexiono que hay que ver lo que un biopic así puede hacer por un personaje. Admitamos que en España NADIE sabía quién era Johnny Cash hasta hace dos años y hoy vas a una tienda de discos y tienes allí millones de recopilatorios del pavo. Y sin embargo, recuerdo sentirme muy impresionado mientras viví en Estados Unidos por el hecho de que en aquel país, la figura de Johhny Cash supone tanto o más que la de Elvis Presley a nivel de popularidad. En Walk the Line ambos personajes coinciden en un momento entre bambalinas y el bueno de Elvis le ofrece a Cash unas patatas fritas. ¿Para cuando un largometraje serio y con actores de serie A sobre la vida y carrera de Elvis? Yo iría al videoclub a alquilarla.

sábado, 19 de enero de 2008

Expiación


Según la RAE, expiación es la acción o el efecto de “borrar las culpas, purificarse de ellas por medio de algún sacrificio”. En otra acepción, “padecer trabajos a causa de desaciertos o malos procederes”. Eso, señoras y señores, es exactamente lo que nos ofrece la última película de Joe Wright. Los protagonistas son la oscarizada Keira Knightley (Orgullo y Prejuicios, trilogía Piratas del Caribe) y James McAvoy (El último rey de Escocia).

Pues ¡qué rollo, no?, podrá decir más de uno. Nada de eso. Pero vayamos por partes. Expiación está basada en una novela de 2001 del escritor inglés Ian McEwan. Mi amigo el historiador (ese al que ya he nombrado otras veces pero que sigue sin leer Estatuas Verdes) me habló de Ian McEwan hace ya diez años, pero yo no he leído nada suyo. La verdad es que tras ver la peli me han entrado unas ganas horrorosas de zamparme el libro. Por lo menos sé que McEwan aparece en los manuales de literatura inglesa, lo que ya es algo. [Ya me lo he leído]

Las críticas de la adaptación cinematográfica han sido excelentes: dos webs como Rotten Tomatoes y Metacritic le han dado cada una un 85%, lo que es una barbaridad. La película viene avalada por sus dos recientes Globos de Oro y está en la rampa de lanzamiento para los próximos Oscars. Éxito aparte, mi impresión es que Expiación es magnífica, la interpretación, la fotografía, el guión… todo se conjuga para dar a luz una obra maestra, y no debemos olvidar los detalles de la ambientación (años 30 y 2ª Guerra Mundial).

Pero la guerra aquí es solo un pretexto (aunque resulta un mecanismo muy útil desde el punto de vista narrativo). Nos encontramos ante una historia de amor y de culpa ambientada en varios momentos: mediados de los años 30 (“que combatan los españoles, los chinos y los rusos”, como decían los Kinks), la evacuación en Dunquerque de la Fuerza Expedicionaria Británica –“Operación Dinamo”-, el llamado “frente en casa” de la retaguardia… Todo esto sirve aquí al propósito mayor de contar una tragedia del siglo XX al modo postmoderno, con altas dosis de metaficción, simbolismo y juegos entre realidad y fantasía (por ejemplo, el personaje que desencadena todo es escritora y desde un principio se nos deja claro que percibe el mundo a través de sus obras de teatro, sus relatos, sus novelas… en definitiva: sus fabulaciones).

Me han dicho que la novela consta de cuatro partes bien diferenciadas, estas resultan fáciles de identificar en la película. No obstante, quizás lo más llamativo –una vez más- sea el modo de contar las cosas. Si aceptamos la distinción que los formalistas rusos (Shklovsky, Jakobson) hicieron entre “historia” (fabula) y “trama” (Sjuzhet), podemos precisar que en Expiación, una historia más o menos convencional se ve elevada a la categoría de sorpresa mayúscula gracias a una sabia dosificación de la información y el suspense, resultando en una interesantísima trama.


Una de las cosas que más me han cautivado de Expiación es el tema de la culpa y el pecado construidos a través de la represión sexual. No quiero revelar nada de la película, porque prefiero que si las veis la disfrutéis plenamente, pero sí quería hacer notar que aunque el tema principal sea la expiación (incluso por encima del amor), este asunto se trata sin ninguna referencia a la religión o a la educación religiosa. Es evidente que hay un pecado que expiar (importante la escena en que una enfermera frota sus manos manchadas de sangre obsesivamente, incapaz de limpiarlas del todo: me retrotrajo a la leyenda de Bécquer “El caudillo de las manos rojas”, que trata sobre la culpa). Verdad que en un momento dado asistimos a una boda, donde se nos recuerda que el matrimonio existe para evitar la fornicación y dar estabilidad a las personas, pero aquí lo que está en juego, son todas las reglas de lo aceptable o no. Es lo privado frente a lo público, lo natural frente a lo social. Familia, matrimonio, estructura de clases…enfrentados a la pasión, el deseo, la gratificación, en el seno de -¡ojo!- un amor verdadero.

Si tuviera que dar una definición sensacionalista de Expiación, diría que se trata de una mezcla entre Otra vuelta de tuerca de Henry James (novela de 1898) y Breve encuentro de David Lean (película de 1945), o a lo mejor quiero decir Doctor Zhivago (1965). Si tuviera que dar un dictamen, diría que es una obra de arte y que me ha encantado. Si tuviera simplemente que explicar cómo me ha afectado… creo que no podría. Solo diré que, como ocurre con todas las buenas obras, después de conocerla somos más sabios.

miércoles, 2 de enero de 2008

Armageddon: El fin del mundo y de mi paciencia


“I could stay awake just to hear you breathing…”

Segundo intento fallido en poco más de una semana de volver a ver íntegra la película Armageddon (1998) de Michael Bay. Confieso que empezaba a verla con la secreta esperanza de llegar a los títulos de crédito para escuchar ese baladón obra maestra que le dio al grupo Aerosmith su único número uno en listas de singles.

Armageddon, como sabemos, es la batalla final entre Dios y Satanás, según el libro del Apocalipsis, y el título de la peli hace referencia a un previsto fin del mundo debido a la inminente colisión con la Tierra de un meteorito gigantesco (“del tamaño de Tejas” según Billy Bob Thornton, para darle más sabor). A no ser, claro está, que Bruce Willis, Ben Affleck, Steve Buscemi, Owen Wilson, William Fichtner y nueve más se vistan de astronautas (qué más da que lo sean o no) y hagan algunas cositas para impedirlo. A la pobre de Liv Tyler solo la dejaron ponerse un bonito vestido de chinorri, pintar poco y pegar la mano a una pantallita (ver foto).

Lo que es el machismo y el no ser famosa: si la peli se hubiera rodado en 2008 en lugar de 1998, os garantizo que ella hubiera ido en la misión y hubiera sido la protagonista.

Pertenece Armageddon a este género llamado cine de catástrofes, el cual nunca ha sido muy de mi devoción. Para colmo, desde este verano, para mí el largometraje de los Simpsons ha tenido el mismo efecto sobre el cine catastrófico que en su día tuvo El Quijote sobre las novelas de caballerías. Dejando a un lado su inverosimilitud (cuenta la leyenda urbana que la propia NASA proyecta Armageddon en su programa de entrenamiento como ejercicio para que los aspirantes busquen inexactitudes científicas), este film exhibe un tópico detrás de otro: rusos absurdos con tics frígido-bélicos, imágenes de Francia donde solo se ven boinas y rebaños de ovejas, un gordo cobarde que (claro está) debe morir… El tono de los diálogos puede deducirse a partir de este significativo intercambio:

BRUCE WILLIS: “AJ, te diré solo cinco palabras: me alegro mucho de verte, chaval”.

BEN AFFLECK: “Eso son seis palabras”.

Segundo intento fallido de ver entera Armageddon en una semana (esta vez no ha colado ni en versión original). Seguimos: las naves espaciales enviadas por los USA para salvar al mundo se llaman “Libertad” e “Independencia”, hay un despropósito de vehículos espaciales, máquinas perforadoras y bombas nucleares… No cuento más, por si alguien no ha tenido el gusto de verla, pero hay que saber que al final el mundo se salva. Claro está que se destruye el meteorito… si acaso se desprende algún pedrusco que cae sobre Shangai, y París, arrasándolas, en fin: ninguna pérdida de importancia.

Está claro que, por mala y criticable que sea, la peli fue un megataquillazo. En el fondo me sorprende no haber podido con ella: a mí no se me caen los anillos viendo otras (malas) pelis de Michael Bay, que me encantan, como Dos policías rebeldes (1995), Pearl Harbor (2001) o una en la que por cierto nombran Armageddon como referente: Transformers (2007). Esta última me gustó bastante, aunque cualquier parecido de estos Transformers con aquellos (muñequitos con los que jugábamos/ tebeos que leíamos/ dibujitos que veíamos) en nuestra niñez sea pura coincidencia. Pero eso es otro tema...

 
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