Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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lunes, 23 de febrero de 2009

La risa

Decía F. Scott Fitzgerald que él escribía “con la autoridad que me da el fracaso”. Yo, en cierto modo, hoy también, aunque mejor diré que os escribo con la autoridad que me da la pena. La “pena negra”, la que te deja “umbrío, casi bruno”. Pero el post de hoy va sobre la risa. Hoy me vais a permitir que defina la risa como el pegamento necesario para que todas las relaciones sociales tengan éxito.

Siempre añora uno lo que no posee, la manduca el hambriento, el pobre los dineros, eso por descontado. Acaso por esta razón miro hoy con esperanza al horizonte de la risa, por hacerme falta ésta con más urgencia que nunca antes. Decía también el buen Oscar Wilde que todos los seres humanos vivimos en la cuneta, lo que nos diferencia es que algunos están boca arriba y pueden mirar a las estrellas. Hoy yo miro a las estrellas, y a las bocas de los rientes con admiración y envidia.

Los que leéis Estatuas sabéis que soy un gran defensor del humor como filosofía de vida. Y que muchas veces calibro las cosas según el grado de humor que contienen. Creo sinceramente que hay un continuo entre el “humor absoluto” y el 0% de materia graciosa, y es importante saberlo. Normalmente busco la sonrisa, acecho la risa, fomento la chanza, creo la ocasión para la broma. Mis compañeros de trabajo lo dicen frecuentemente: en esta profesión, o te estás todo el día riendo o es para echarse a llorar. No hace ni quince días que un amigo le comentaba a otros, “Hay que ver lo gracioso que es Porerror, que siempre está contento”. Y a esas y parecidas palabras me agarro cuando no estoy contento.

Uno no repara en las cosas hasta que no le extrañan, y a mí nunca me había chocado hasta ahora la cantidad de tiempo y dinero televisivos que se dedica en España al buen rollo. Humor y buen rollo, nos los despachan por arrobas programas que normalmente forman parte de mi dieta básica: Sé lo que hicisteis, El intermedio, La tira, Maitena: Estados alterados, La familia Mata, Ven a cenar conmigo, El hormiguero, Muchachada Nui... Sin contar con el humor regional y verdadero de unos -digamos- Carnavales de Cádiz, cuyo concurso de coplas se ha venido televisando durante las dos últimas semanas.

Acudo a mis estanterías de DVDs y compruebo que al menos el 60% de lo que tengo son comedias, comediotas o series de humor. De Lubitsch a Judd Apatow, de Sucedió una noche (1934) a American Pie 2 (2001). Ahora no me apetece verlas, la verdad, pero sé que ya me apetecerá. Que volveré a contar chistes, que volveré a comprar El Jueves. Hablo con amigos que me sacan a tomar café estos días: por fuerza acabamos por reírnos. Dice una especie de refrán sacado de la serie de humor Búscate la vida (1990-91) que “exceso de tragedia igual a comedia”. Hasta en lo más negro y en lo más patético surge la exótica perla de la risa, como una flor que crece sobre un montón de estiércol.

Volveré a reírme, volveré a disfrutar del humor negro de Plácido (1961) y El gran Lebowski (1998), volveremos a reírnos todos, familia, amigos... es justo y necesario que así ocurra. Lo que no volveré a oír jamás serán las carcajadas de mi hermana, a quien tanto quería.

miércoles, 11 de febrero de 2009

Manuel Alexandre/Steve Martin


Una vez más el telediario de Antena 3 me provoca una montaña rusa de sensaciones: emoción, indignación, hambre, rabia… En este caso lo que me punza es su sección de espectáculos (más de medio noticiario), y voy a tratar aquí de ordenar unas cuantas ideas y de estructurar estas sensaciones.

Noticias al azar, ideaas geniaales, vemos hoy que andan por ahí promocionando la nueva secuela de La Pantera Rosa. ¿La peli de 1963, con Peter Sellers? No, señora: la peli de 2006, con Steve Martin. ¿Cómorr? Exacto. También nos es dado recordar cómo anteanoche, en la gala de entrega de los premios TP de Oro, le cayó un galardón-homenaje al actor Manuel Alexandre (el que recientemente hacía de Franco).


Manuel Alexandre y Steve Martin: la cara y la cruz del humor, ¿eh? Ambos son actores cómicos, ¿la gran diferencia entre ellos? Que uno es gracioso y el otro no. Que uno es divertido y el otro irritante. Que uno causa risa y el otro pena o enfado, etc. Adivinen cuál me encanta y a cuál no puedo soportar.

La verdad es que llevaba toda la tarde barruntando un post que se iba a titular “Steve Martin: ¿Error de Dios?” pero a última hora me ha parecido un poco injusto y cruel… para con Manuel Alexandre, mi otro protagonista del día, alguien que no podía quedarse arrumbado. El galardón a Alexandre me ha caído muy bien, me parece que todos los homenajes que se le tributen a este actor de 91 años en vida serán pocos.



Manuel Alexandre empezó en el cine con Berlanga, haciendo un corto papel de funcionario en ¡Bienvenido, Mr. Marshall! (1952). No he visto toda su filmografía, ni de lejos, pero lo que he visto me ha bastado para asegurarme de que es uno de los mayores talentos que ha dado la interpretación en España. Si os fijáis en la lista de mis pelis favoritas, él es el personaje clave de Los jueves… milagro (1957), también de Luis G. Berlanga. Otras barbaridades en que aparece fueron Muerte de un ciclista (1955), Calle Mayor (1956), Calabuch (1956), Plácido (1961), Atraco a las tres (1962), El verdugo (1963), Amanece, que no es poco (1989)…

Todo lo que ha hecho no son obras maestras, sobre todo en los 70 y 80, pero creo que este currículum basta y sobra para taparle la boca a cualquiera. Y luego está Steve Martin, ¿eh? Este pasó de monologuista carente de gracia a actor cómico carente de gracia pasando por actor dramático o no-se-sabe-bien-qué. Los años dorados de Martin sí fueron los 80, con títulos como Tres amigos (1986), La tienda de los horrores (1986), Roxanne (1987), Mejor solo que mal acompañado (1987), Dulce hogar… a veces (1989), El padre de la novia I y II (1991 y 95) o Sargento Bilko (1996). Pelis algunas más que meritorias, que indefectiblemente contaban con la impresentable actuación de Steve Martin.


Los únicos trabajos de este caricato que me parecen aceptables (andaría drogado, o se pondría a actuar bajo hipnosis) son las de Cliente muerto no paga (1982) y Esposa por sorpresa (1992). Aquí le vino a ver la Virgen en estas pelis, porque la verdad es que sus personajes le quedan francamente bien. Últimamente se ha dedicado a injuriar la memoria de Blake Edwards, Peter Sellers, David Niven, Robert Wagner, Claudia Cardinale y Capucine protagonizando ese remake de La Pantera Rosa, cuya segunda parte nos llega ahora (2009). El reparto lo completan Jean Reno, Andy García, Jeremy Irons y yo no sé quién más (en la de 2006 salía hasta Beyoncé), buenos actores pero, claro, ninguno de la talla de Steve Martin.

En una entrevista de promoción, el buen Martin deja caer que él se compara con los grandes del humor: Chaplin, Jerry Lewis, Buster Keaton… casi nadie. Yo por poco me atraganto, comiendo. Mientras tanto, seguro que el buen Manuel Alexandre estaría en su casa acurrucando su nuevo premio, que pondría humildemente junto al Goya que le dieron en 2003 a toda su carrera. Guardo como oro en paño el autógrafo de Alexandre que hace años mi padre me trajo de Madrid. Después de todo, él vio a San Dimas (encarnado por Pepe Isbert), ¿no?. El autógrafo de Steve Martin no lo tengo. ¿Me lo podéis conseguir alguno?

miércoles, 26 de marzo de 2008

Rafael Azcona, in memoriam


Como reza el tópico periodístico, “la actualidad manda”, y el post de hoy no podía sino estar dedicado al recuerdo de una de las mayores figuras de la cultura española del siglo XX. Me refiero al escritor Rafael Azcona, guionista de cine y autor de prosa que pasará a la historia por haber retratado mejor que nadie una cierta época de España y por haberlo hecho de una cierta manera, que da la casualidad que es la que más me mola.

Hoy me he desayunado con una esquela en el periódico pagada por la SGAE que rezaba así: RAFAEL AZCONA. AUTOR. Desde que tengo uso de razón llevo escuchando en mi casa el nombre de Azcona siempre acompañado de un tono de reverencia. A diferencia de lo que me ocurrió con El principito, esto no me causó rechazo. En el caso de Azcona, hay un detalle que lo hizo eternamente querido en mi corazón: tenía sentido del humor. Aquí no voy a glosar su vida ni su obra (para eso están los obituarios y Wikipedia) pero sí trataré de explicar qué impacto me han producido sus guiones.

Cuando hablé la primera vez sobre David Trueba le atribuí erróneamente la autoría única del guión de La niña de tus ojos (1998), que en realidad está hecho junto a Azcona. Lo que sí dije es que Don Rafael me parecía un gran writer español, y que el Trueba shico lo admiraba y seguía modestamente, hasta realizó un documental sobre él para Canal Plus que no he tenido la suerte de ver. La memoria de Rafael Azcona quedará indisolublemente ligada a la del Trueba grande, Fernando, (incluida la oscarizada Belle Époque de 1992), pero si hay un nombre al que el de Azcona se asociará eternamente con letras de oro -y perdón por la cursilada- es el de Luis García Berlanga. Azcona llamó a Berlanga “mi hermano” al recoger el premio Goya (honorífico) en 1998, uno de los seis que consiguió en su carrera.

Berlanga en mi casa es Dios, directamente. Ni Billy Wilder, ni John Ford ni gaitas. Ya recordaréis que en mi lista de favoritas de Estatuas hay dos pelis suyas, por cierto ninguna con guión del fallecido riojano que hoy nos ocupa. Pero Azcona sí hizo para el valenciano, entre otros, los guiones de Plácido (1961) y El verdugo (1963), y con eso ya se podía haber retirado per secula seculorum. Por si fuera poco, luego parió la trilogía de La escopeta nacional (1978-82) y La vaquilla (1985), tomándole una vez más el pulso a una época de España y dejándola retratada de modo tan certero como en su día hicieran Valle-Inclán o Goya.


Hoy me decía un cinéfilo compañero de trabajo que Azcona representaba el 60% del cine español (por decir algo), y también he leído en ABC el comentario de que el guionista se había hecho imprescindible desde el trabajo y la modestia, nunca desde la vanidad o la impertinencia. Qué gran ejemplo para la España de ahora, y qué lejos queda. ¿Habéis visto la noticia de su fallecimiento en el telediario de Antena 3? Yo tampoco, porque no la han echado. Sí sé, en cambio, lo que opina el señor Lopera (presidente del Real Betis) acerca del botellazo o monedazo que lamentablemente sufrió el otro día uno de esos futbolistas. Pues eso.

Aparte de las mencionadas, dos de las pelis de Azcona que más me impactaron fueron ¡Ay, Carmela! (1990) y La lengua de las mariposas (1999). Ambas basadas en sendas obras literarias (él, que era de por sí literato, solo tardíamente reconocido), ambas ambientadas en la Guerra Civil española. Confieso sin rubor que con estas dos películas me harté de llorar en Estados Unidos, no os lo digo por exhibicionismo, es para que veáis hasta qué punto me llega la obra de este hombre. Me iba a un aula vacía de la universidad donde estaba (todas con pantalla y proyector), sacaba una españolada de la biblioteca y me la zampaba yo solo. Vi pelis de Summers, de Medem, de Fernando Trueba… y estas dos que he dicho. No sé si sería la nostalgia o qué, pero recuerdo ambos visionados con enorme emoción. Y paro ya que parezco Unamuno, ¡cojones!

Otros hitos ineludibles a la hora de hablar de Rafael Azcona son para mí El pisito (1959) –adaptación de la novela homónima del propio Azcona- y El cochecito (1960). Las dos pelis fueron dirigidas por el italiano Marco Ferreri, que vio un filón en España y se vino a hacer cine con los Azcona, López Vázquez, Pepe Isbert y demás. Si no las conocéis, os animo a que las busquéis y veáis, y luego hablamos de neorrealismo. Y lo basto es que son graciosas, con ese humor negro preñadito de mala leche que era la marca de la casa en Don Rafael.



No quiero dejar de mencionar dos películas que no se encuentran entre las más famosas del guionista pero que a mí me molaron especialmente. Una es La corte de Faraón (1985), sobre una troupe de cómicos que interpretaban la picantota zarzuela del mismo título y sobre todo Soldadito español (1988). Esta era la historia de un chaval normal que no quería hacer la mili, con la mala suerte de que su padre y toda su familia eran militares. Reíros cuanto queráis, pero hubo una época en que la mayoría de los chavales españoles crecíamos angustiados con el tema del servicio militar, y esta película se convirtió en cierto modo en mi Biblia secreta.

Por último, es justo decir que este año veremos en el cine la obra póstuma de Rafael Azcona: el guión de Los girasoles ciegos, adaptación también de una novela homónima de Alberto Méndez (1994), que ha sido un fenómeno literario. Que levante la mano a quien yo no le haya recomendado/prestado/regalado este libro en los últimos nueve meses. La historia se desarrolla en la Guerra Civil, territorio en el que Azcona era especialista, pero me da un poco de miedo porque el libro es muy poético y muy mesurado, y temo que el director José Luis Cuerda (insigne miembro de la plataforma PAZ) lo haya trocado en un panfleto progre y anticatólico.

En fin, esperemos que prevalezca el espíritu de Azcona, ese que supo radiografiar la realidad social, política y cultural de un país desgarrado y plagado de contradicciones que para bien o para mal es el nuestro. Descanse en paz, y perdón por un post tan largo pero es que lo de Rafael Azcona es superior a mí.

 
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