Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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martes, 27 de enero de 2009

Discos cada vez que viajas


Hoy voy a escribir sobre un tema que apenas conozco: la compra de discos. Bromas aparte, anoche la buena lectora Orphangirl me brindaba un tema para un post: “Comprar discos en los viajes”. Esto vino a partir de un post de su blog que decía que cuando fuera a Amsterdam iba a comprarse un disco de Alela Diane. Comprar discos en los viajes. Viajar para comprar discos. También de eso hay un poco en Estatuas Verdes.

Miro a mi alrededor hacia ese caos que algunos llaman mi habitación, recito un verso de Juan Ramón Jiménez que habla de las cosas en un cuarto y observo: singles de Teenage Fanclub adquiridos en Milán, discos de France Gall comprados en París, vinilos de The Shins pillados en Brighton, cintas de Carnaval de Cádiz, CDs de música pop jordana, un CD-single de Enrique Iglesias que compré en Santiago de Compostela… tan solo la ciudad de Londres me serviría para trazar un mapa emocional de disqueras: botines sacados de la tienda Rough Trade de Portobello, de un puestecillo de Camden Town, del Fopp de Cambridge Circus, del Tower Records de Piccadilly, del Virgin de Piccadilly, del Zavvi de Piccadilly (ahora que Zavvi ha quebrado, ¿qué tienda ocupará su lugar?).


Orphangirl contaba una cosa que para mí es muy verdad: la importancia que se adscribe a cada una de estas compras por el mero hecho de saber de dónde proceden: he ahí su valor añadido. Yo siempre me preciaba de conocer el origen exacto (y casi el precio) de todos mis discos. Esta cinta de Sandie Shaw la compré en Praga, las cajas Nuggets las pillé en Carolina del Norte, el CD de Tribalistas vino de Lisboa, de Oporto tres discos de Caetano Veloso… os mentiría si os dijera que me sigo acordando. Tengo demasiados discos, pero de todas maneras hay cosas que nunca podré olvidar, porque es así: el día de 1995 que me compré seis singles de Oasis en Sheffield, ese otro de 2003 en que me hice con el Cheap Thrills de Janis Joplin en una famosa tienda de San Francisco, o aquel de este verano que ya conté: en Sicilia, comprando un CD de Celentano.

Si Londres ocupa un lugar principalísimo en mis compras de discos (todavía recuerdo a la dependienta de un HMV que, fascinada por la cantidad de CDs que me llevaba, me preguntó: “¿En tu ciudad no hay discos?”. “Estos no” –le contesté), no me ha hecho falta salir siempre al extranjero para hacer buenas discadas. En la mayoría de las ciudades de España la cosa está cortita pero nunca nos faltará un Corte Inglés o un Carrefour para salir del paso. Siempre habrá un amigo que nos descubra una tienduca en Córdoba o Granada y, sobre todo, siempre nos quedará Madrid.

Tengo otro amigo que es un enamorado de Barcelona y siempre me está hablando de las maravillosas tiendas que allí hay: no es el único. No he tenido la suerte de ir a conocerlas, pero en Madrid… cada vez que voy para allá cae algún disco (o varias decenas). La verdad es que en Madrid he tenido poco asesoramiento: las tiendas que conozco es porque me las he encontrado por la calle: London Calling (¿sigue existiendo?), Metralleta, Discos Melocotón, Discos Babel, Radio City… solo Escridiscos me fue recomendada (hace 8 años, en su emplazamiento antiguo). Recientemente, en El Perro Lunar se han nombrado algunas otras tiendas de discos madrileñas, tendré que tomar buena nota.


Dice un poema en prosa de Kiko Amat (y él ha estudiado, ¿no?), que los coleccionistas de discos [s]omos los que podemos pasar dos horas, tres horas, cuatro horas, cinco horas, todas las horas, buscando en cajones de discos”. He aquí un problema no pequeño a la hora de comprar discos en los viajes. La mayoría de la gente que conozco no está dispuesta a “perder” 2 horas dentro de una tienda de discos y menos aún otras 2 horas más dentro de la de al lado. Yo soy capaz de llevarme más tiempo en un Virgin Megastore que en el Louvre (y en el Louvre me llevo 5 horas), pero sinceramente pienso que en un viaje hay tiempo para todo. Y si no, siempre está el recurso de la compra de discos “relámpago”: un single de Mansun en Gibraltar, la banda sonora de Grace of My Heart en Palermo, un CD de Nancy Ajram en el aeropuerto de El Cairo, un vinilo de Bluetones en Dublín… todos pillados (y pagados) en tiempo récord mientras mis acompañantes (madre, novia, prima, amigos) estaban haciendo otras cosas.

Así que, amiga Orphangirl, sea enhorabuena tu viaje a Amsterdam, ciudad donde tantas y tan buenas tiendas de discos hay, y espero que encuentres tu disquito de Alela Diane y algunos más, si se tercia. Aunque tú dices que lo vas a comprar en el propio concierto de la artista, y eso es en sí una nueva categoría que merecería otro post: “Comprar discos en los conciertos”. Me consta que un amigo común estuvo hace poco en Amsterdam y se acabó tirando de los pelos porque había allí vinilos de oro por 1 ó 2 pavos y simplemente no le cabían en las maletas. ¡Malditas compañías low-cost! Malditas dimensiones máximas permitidas en el equipaje de mano. Y malditos discos, discos, discos buenísimos… ¿por qué viviréis tan lejos?

martes, 27 de mayo de 2008

Canción vs. disco


Ayer me pasó mi novia veintidós discos de diferentes artistas en formato mp3. Había de todo: Duffy, Drive-By Truckers, Gary Louris, The Ting Tings, Hot Chip, The Pigeon Detectives, YELLE… Casualmente yo a ella le pasé otro CD con quince álbumes, de Bronco Bullfrog, Lapido, Michael Shelley, Martin Luther Lennon, Iván Ferreiro… Lo gracioso del tema es que las novedades que me pasó mi novia constituyen como quien dice “lo último” de abril y mayo, hubo otros megaCDs antes este año y habrá más después.

Tal avalancha de música y durante las últimas 24 horas solo he escuchado (compulsivamente) una única canción, el “American Boy” de Estelle featuring Kanye West. Si queréis saber cómo se factura un single perfecto de pop negro (número uno en UK tras Duffy y antes que Madonna) id a YouTube y ved el videoclip, caso de que no lo hayáis hecho ya. ¿A dónde quiero ir a parar? Pues que por mucho que aumente el volumen de descarga, almacenamiento y reproducción de música, con interminables listas de archivos mp3 (Gigas y Gigas y Gigas), al final la música se reduce a lo de siempre: canciones.

No pretendo que me den el Nobel de Perogrullo por la aseveración anterior, solo es mi manera de constatar que el advenimiento del formato mp3, o .wav, etc, en mi caso ha redundado en una vuelta atrás. Amenazado por tan ingente cantidad de álbumes como no tendré tiempo de escuchar, al final siempre acabo refugiándome en las canciones sueltas que me llaman la atención. Nunca he sido muy forofo de esas “discografías completas” que la gente se descarga de Internet y luego te pasa en un archivo comprimido. Para empezar, nunca son de verdad “completas” y además me parece que atentan contra todo lo bueno que tiene la afición por la música.

Ahí tengo sin escuchar las “discografías” de Deep Purple, Iron Maiden o Metallica, pero me da una pereza enorme adentrarme en ellas. Al menos, en ese formato. Yo soy más de discos sueltos, de LPs si queréis, y en el fondo de simples singles o canciones. Hay estilos que directamente requieren del formato canción para su disfrute, caso de la psicodelia o el Britpop, donde el 90% de los álbumes completos son inescuchables. En otros estilos como el rock and roll pionero y la copla española los discos son, en su mayoría, entelequias armadas por los sellos discográficos para aglutinar singles de éxito.

Con la popularización del CD parece como si el ataque de álbumes enteros se hubiese facilitado (“te presto tal o cual disco, te cabe en un bolsillo del pantalón”), los singles dejaron de venderse como antes. Pero la hegemonía del mp3 y sus múltiples posibilidades de difusión (ordenadores, iPods, teléfonos móviles…) ha hecho que el single o canción destacada cobre un nuevo protagonismo. Las ventas de singles descargados legalmente superan ya en importancia económica a las de los discos sencillos en soporte físico. Tanto es así que en UK hace mucho que se creó una lista de éxitos de descargas, y para saber qué canción es número uno no se pregunta a las tiendas de discos sino a las páginas web.

Recuerdo cuando me aficioné a la música, con catorce o quince años. Las canciones había que irlas paladeando de a poquito, me grababan una cinta de los Beatles y a lo mejor cada día me atrevía a escuchar una, que me saciaba completamente. Conocías “Bohemian Rapsody” y eso te daba para merendar un par de meses. Ahora sin embargo me pasan veintidós discos y me quedo igual, voy haciendo doble click en ciertos temas clave, los que más me llaman la atención. El resto sé que lo tengo, y así me quedo tranquilo.

Antes con tu Walkman o Discman te ibas de paseo y te comprometías a escuchar una cinta o un CD enteros. Era lo lógico. Ahora vas con el iPod en modo shuffle (aleatorio) y te parece que estás enchufado a una juke box de esas donde te ponen tus canciones favoritas. Saboreando las canciones una a una. La estadística no miente, amigos, yo mismo me he sorprendido al mirar cuáles son “Las 25 más escuchadas” según el programa iTunes de mi ordenador. Comparto con vosotros las diez primeras, para no aburriros:

1. I Am the Cosmos –CHRIS BELL
2. Romance de la pena negra –FITO PÁEZ
3. Naturaleza sangre –FITO PÁEZ
4. Canzone –ADRIANO CELENTANO
5. Thirteen –BIG STAR
6. Attends ou va-t’en –FRANCE GALL
7. Girlfriend –MATTHEW SWEET
8. What’s Going On? –THE DETROIT COBRAS
9. Chick Habit –APRIL MARCH
10. Precious to Me –PHIL SEYMOUR

miércoles, 23 de enero de 2008

David Crosby, ruina de barberos


Pocos lo saben, pero en mi barrio, además de aproximadamente treinta sucursales bancarias y más del doble de bares hay una tienda de discos. También hay dos barberías muy musicales: en una hay un póster del grupo Kansas y se habla de Pink Floyd; la otra (a la que yo voy) está “hermanada” nada menos que con aquella de Penny Lane que nombraban los Beatles (“In Penny Lane there is a barber showing photographs”). El barbero, que es un fenómeno, toca el bajo desde hace décadas, piensa que yo también lo toco y nunca desdeña una buena charla sobre los Shadows o Jimmy Smith.

Haciendo gala de un olímpico desprecio por modas y tendencias, hoy voy a hablaros del que probablemente sea el artista menos cool y menos de moda del mundo: el cantautor californiano David Crosby. Nunca he hablado con mi barbero sobre David Crosby, pero no estoy seguro de que tenga en alta estima a un tipo que una de sus mejores canciones se titula “Casi me corto el pelo”. Evidentemente, Crosby no se lo llegó a cortar, y eso le convirtió en una de las figuras más poderosas a nivel artístico del llamado Flower Power y de la cultura de las drogas en los años 60. En los años sesenta era muy famoso, en los setenta su estatus llegó a ser el de una superestrella.

¿Y quién es este Crosby? En una escena de la peli de Cameron Crowe Casi Famosos (2000), un grupo de managers y músicos de gira están fumando y jugando a las cartas, uno de ellos comenta “¡Esta yerba es buenísima!”. Por toda explicación, otro le contesta “Me la ha pasado Crosby” y todos ríen. En el episodio de Los Simpson en que Homer tiene un cuarteto vocal que gana un Grammy, el premio se lo entrega David Crosby. Extasiado, Lenny exclama al subir a recogerlo: “¡David Crosby! Eres uno de mis ídolos…”. El melenudo artista le pregunta “¿Te gusta mi música?” a lo que el borrachuzo replica sorprendidísimo “¿Tú eres músico?”


Como miembro de los Byrds primero, y luego de Crosby, Stills & Nash (& Young), en solitario o junto a Graham Nash (otro fenómeno de la pradera), el señorito Crosby ha legado a la historia del pop un puñado de sus más memorables canciones. Como cantautor puede que sea de segunda fila, pero desde luego que The Byrds y CSN(Y) no lo fueron. Ahí quedaron sus temas “Eight Miles High”, “Why?”, “Renaissance Fair” (escritos en colaboración), “Mind Gardens” o “Triad” de los Byrds. Ahí están “Guinnevere”, la mencionada “Almost Cut My Hair”, “Wooden Ships” , “Déjà Vu” y “Delta”, que tanto contribuyeron a la grandeza del supergrupo que fundó con Nash, Stephen Stills y a ratos Neil Young. En solitario yo destacaría su primer disco If I Could Only Remember My Name (1971), y no podemos olvidar su discazo junto a Nash de 1972: David Crosby/Graham Nash, primero de una fructífera serie de colaboraciones.

La vida de Crosby ha sido legendaria y ha estado plagada de problemas (a lo mejor por eso ha sido legendaria). A su carrera musical hay que añadir su activismo político (pacifismo, izquierdismo, etc.), sus problemas de salud (diabetes, transplante de hígado), a los que no son ajenos su adicción al alcohol y las drogas. También ha tenido “problemas con las armas de fuego” (¡coño! si parece El Payaso de La Hora Chanante…). Últimamente se le ha visto en los medios por “ceder” su semilla a unas amigas lesbianas para que pudieran tener un hijo. Su errático estilo de vida le llevó en 1985 a tocar fondo y acabar con sus huesos en la cárcel. En 1989 resurgió con una gira y nuevo álbum en solitario (el primero en 18 años).

Precisamente de aquella época (1989) es el disco en directo que encontré el otro día por 3,95€ en precisamente la única tienda de discos de mi barrio. Mi primera impresión al verlo fue “¡Ufff! Qué pereza… Crosby en solitario en 1989… ya hacía veinte años de su mejor época”. Pero entonces se me ocurrió que ya hace veinte años de que hacía veinte años de aquella mejor época. Y que dejar pasar un disco de un artista tan grande por menos de cuatro euros era un pecado, lo compré y no me he arrepentido.



Tengo encima de la cama una foto enmarcada en la que se ve a los Byrds en blanco y negro. En ella, David me mira con su famosa capa verde (gris en la foto) y me da las gracias por seguir creyendo en él. Yo pongo una canción suya en la cadena de música y le doy las gracias por no cortarse el pelo.

viernes, 4 de enero de 2008

Mëh encantan Nosoträsh

Como en una pinícula de Tarantino, me digo a mí mismo: “¿Por qué seré tan jodidamente esnob?” Esto lo pienso mientras escucho el álbum Mi vida en un fin de semana de Nosoträsh (2002), un LP de vinilo blanco que compré en Internet por 2 euros, en mi flamante plato giradiscos. Entonces caigo en la cuenta de que la última entrega de Nosoträsh (el soberbio Cierra la puerta al salir) data del 2005, y de que vamos para tres años sin material nuevo de estas chicas asturianas.

Recuerdo que hace poco leí en un foro una discusión acerca de si Nosoträsh seguían o se habían separado. La conclusión era que el grupo seguía existiendo, nominalmente, pero que sus componentes hacían cada una su vida y tenían sus trabajos, y que solo se juntaban para tocar en directo o grabar. Aparte, sabido es que la bajista Mar (ex Undershakers) es el 50% del dúo Pauline en la playa, y que Malela ahora se está abriendo camino con el grupo Grande-Marlaska (antiguos Garzón) y su “pop de izquierdas”. Cuando en el hiperpublicitado y redifundido primer episodio de la serie Gominolas sonaron dos canciones de Nosoträsh, llegué a pensar que estábamos ante un nuevo advenimiento del conjunto femenino, pero el tiempo pasa y ni en su web oficial ni en la de su casa de discos (Elefant Records) se anuncian novedades para el 2008.

Sus fans reclamamos material nuevo, pero entre tanto nunca es tarde para ir revisitando su corta pero jugosa discografía. Aquel single inaugural, “Voy aterrizar” (sic), con el que ganaron el concurso de maquetas del ROCKDELUX hace casi doce años. Su desgraciadamente descatalogado álbum de debut (Nadie hablará de… Nosoträsh, 1997), del cual hasta Natalia la cantante me confesó que ni ella tenía copia cuando le pedí que me lo firmara el año pasado en un concierto. Esto fue un intento de lanzarlas por parte de la multinacional discográfica RCA, que nunca creyó en ellas ni las promocionó, a pesar de contar con un material excelente. No sé en qué andarían pensando.

Luego, tras un hiato vino el citado Mi vida en un fin de semana, el delicioso Popemas (2003) y el ya alabado Cierra la puerta al salir. Por el camino quedaron varios EPs y algunas rarezas, como las versiones de los temas de la Movida ¨Extraños juegos¨ (Los Zombies) o aquella gamberrada de Almodóvar & MacNamara titulada ¨Quiero ser mamá¨. En estos trece años de carrera Nosoträsh han cambiado mucho de formación, de la inicial quedan Natalia, Bea, Cova y Malela (quien se fue y volvió). Últimamente tocaban con Mar Álvarez al bajo y Xabiel Vegas (de Manta Ray) a la batería.

Todo esto puede resultar un pequeño lío, y en realidad da igual. Lo importante de Nosoträsh no son los datos sino la música, las canciones, que sin ser feministas (gracias a Dios) han aportado al indie español el punto de vista de las mujeres. Su visión se plasma en las letras, llenas de humor y de agudeza, casi siempre engañosamente simples. Pueden ser dulces, tiernas, rencorosas, sexys, melancólicas o frívolas, según toque. Y su música es preciosa, pop melódico con algún que otro guiño al ye-yé y a las raíces norteamericanas.

Desde aquí invito a los que no las conozcáis a que busquéis sus discos, son de lo mejorcito del pop español. Y, en fin, no voy a volver a lo de “es una injusticia que no suenen por la radio, etc, etc…”, que ya es un clásico de Estatuas Verdes. Me voy a limitar a seguir escuchando el vinilo y a disfrutar.

domingo, 30 de diciembre de 2007

Fin de un viaje infinito: de lujo


Todavía ando reponiéndome de la inocentada que nos dio la web PopMadrid.com en la que se decía que, para acercarse al público indie, TVE había ofrecido a Xoel López participar en el programa Mira quién baila y este había declinado la oferta (pues agarraos porque la noticia era que Sr. Chinarro había aceptado). Aunque lo dudo mucho, es posible que alguno todavía no sepa que Xoel López es Deluxe. No es “el líder” del grupo Deluxe, sino el alma, el factótum del proyecto.

Y da la casualidad de que el pasado mes de marzo Deluxe editó el que a mi juicio ha sido el mejor disco (en) español del año 2007, Fin de un viaje infinito. Sus poderes: pop-rock tirando a clasicón (coordenadas: Beatles, Rolling Stones, Neil Young, Brincos) con muchas guitarras bonitas, letras bastante inteligentes y una clase de las que no abundan en el pop alternativo español. Mal que me pese admitirlo, el indie patrio es un pelín cutre. Entre ñoñadas, chochipop, petardadas y estribillos de MacNamara mal digeridos (con todo el respeto), da como cosica escucharlo.

Pero Deluxe son otros Lópeces (por hacer un chiste con el apellido de Xoel), se nota que este gallego ambicioso y grandilocuente conoce a la perfección el vocabulario del rock, y lo maneja como le da la gana en baladas, temas cañeros, medios tiempos, estribillos, solos… por no hablar de las versiones que suele hacer en directo: The Who, Ryan Adams, Leonard Cohen o Alaska y Dinarama. Aun en la variedad, está claro que Deluxe se escora hacia el pop/beat/folk/rock anglosajón de los años sesenta, que ya es decir bastante.

Es precisamente en directo donde más fuerza transmite (valga el tópico) y donde más cosas demuestra Deluxe. Algo que pudo verse en su actuación del 27 de julio pasado en el Contempopránea de Alburquerque, casi unánimemente valorada como la mejor del festival. Allí don Xoel (acompañado por una banda fantástica que incluía sección de viento metal) cantó, allí tocó la guitarra eléctrica, la acústica y la armónica y se movió como un loco. Allí nos regaló una versión emocionante de un tema de Juan y Junior y allí nos demostró por qué Fin de un viaje infinito es el álbum español del año.

En el indie español, no es que Deluxe corte el bacalao. Es que lo pesca, lo seca, lo desala, lo desmiga, lo cocina con aceite, cebolla, huevo y patatas paja, le añade perejil y aceitunas negras y nos lo da en la boquita. En su último disco, además, lo hace íntegramente en español, tendencia que consolida su anterior trabajo y que se refleja en otros poperos nacionales como Bombones o Sidonie.

Xoel López está muy bien conectado en el pop español, pero transita esa peligrosa senda entre cabeza del ratón indie y cola del león mainstream, donde también encontramos a Iván Ferreiro o a Quique González. Más arriba, Amaral, Pereza o Bunbury, un peldaño más abajo La Habitación Roja y Sidonie. Deluxe ha tenido un par de amagos de hits (el tema central de la película El juego de la verdad o el pegadizo "Que no", machacado en 40 Principales…), pero me late que va a seguir siendo un secreto a voces, un placer pop, como dicen los cursis, para una inmensa minoría.

miércoles, 26 de diciembre de 2007

Mi disco del año: Favourite Worst Nightmare


Arde Sheffield, arde Inglaterra, el mundo entero está en llamas. Llegan los Monos Árticos. Su música no es tan original. Esos riffs, esas referencias a correr delante de la policía, tienen un más que confirmado tufillo a The Clash. Al cantar exhiben un maleducado acento regional propio del punk. La mala leche que arrastran se la deben a los Smiths. Su actitud nos retrotrae a los Rolling Stones, su nivel de éxito a los Beatles. Y sin embargo…

Y sin embargo, por ejemplo, un pope de la radio española como es Diego Manrique dijo de ellos en El ambigú de Radio 3: “Por una vez, la nueva sensación de la música británica es precisamente eso, sen-sa-cio-nal”. Con menos de veinte años su primer disco batió records de ventas rápidas, sus primeros singles fueron número 1 en listas sin apenas promoción. Sobre todo el “boca a boca” y una publicidad internáutica tipo viral. Hace dos años ya se les presentaba como la Gran Esperanza Indie.

Pues bien, el 2008 está en puertas, y, volviendo la vista atrás podemos decir que la promesa se ha cumplido con creces. Esta primavera pasada los Arctic Monkeys dieron al mundo su segundo trabajo, el impecable Favourite Worst Nightmare. Este ha sido el disco de la confirmación, de despejar todas las dudas de que no nos encontrábamos ante un simple bluff. La crítica se ha deshecho en elogios, el New Musical Express, la web All Music Guide, las revistas Mojo, Billboard y Q le han dado todos como mínimo una nota de cuatro estrellas y media sobre cinco o un 9/10.

Personalmente, he elegido el Favourite Worst Nightmare como mi disco internacional del año (otro día diré el nacional) porque ningún otro disco me ha producido sensaciones ni siquiera parecidas. A lo mejor los ha habido más completos, mejor producidos, por supuesto que más bonitos, pero para mi gusto no más electrizantes. No voy a soltar aquí el topicazo de rock and roll en estado puro, pero lo cierto es que estas canciones tan cortas, tan energéticas, tan urgentes, representan lo mejor de la tradición, siendo como son lo último y lo más indie. Sus melodías son pegadizas, las guitarras suenan ruidosas pero precisas, los ritmos son bailables, la voz tiene el tono justo de chulería (vuelvo a The Clash, a Oasis, a los primeros Who), y las letras… merecen capítulo aparte.

Hasta quien no sepa inglés puede captar que hablan de rabia juvenil, de frustración, de ganas de comerse el mundo. Y además lo hacen de un modo humorístico pero sobrio y sorprendentemente gráfico (un ejemplo, de la canción “Brianstorm”: “No podemos quitar la vista de la combinación de camiseta y corbata/ ¡Hasta luego, innovador!”). Lo mismo te hablan de jugar a las grúas que dan premios en las ferias (“Teddy Picker”), que de ponerse un pasamontañas para cometer una fechoría (“Balaclava”). Tan pronto describen el amor entre una señora de mediana edad y un mozalbete (“Fluorescent Adolescent”) que te piden por favor que les partas la nariz (“Do Me a Favour”).

No me cabe duda de que estamos ante uno de los grupos de la década. Yo este año 2007 me quedo con el álbum de Arctic Monkeys, que además de provocar un terremoto mediático me ha hecho recordar las razones por las cuales me gusta la música en primer lugar: me han entrado ganas de saltar, cantar, bailar, morder, gritar… igual que me pasa con los Beatles, Elvis Costello o Nirvana.

sábado, 22 de diciembre de 2007

Quería hablar de Brian

Hoy escribo este post porque quería hablaros de mi pasión por Brian Wilson… genio loquito responsable de los Beach Boys. Lo que mucha gente no sabe es que Brian es autor también de una impresionante obra musical en solitario, irregular y un poco errática, es verdad, pero lo mismo le pasaba a Curro Romero (con el toreo, se entiende). Brian podrá haber hecho muchas tonterías y locuras (hay que recordar que tiene una enfermedad mental), pero, amigo, cuando le da por destapar el tarro de las esencias…

Una amiga me dijo que “me privara” cuando leyó que entre las diez canciones más bonitas del mundo (tenéis la lista a la izquierda en el blog) había incluido nada menos que tres de los Beach Boys (y las tres primeras, además). También podía haberme acusado de que en la lista de mis diez álbumes favoritos de todos los tiempos figuren uno de los Beach Boys (Pet Sounds de 1966) y otro acreditado a Brian Wilson en solitario (SMiLE) pero que en realidad es como si fuese un disco “perdido” de los de Hawthorne, California. Sería miope atribuir todo el mérito de los Beach Boys exclusivamente a Brian: su hermano Dennis también tenía una afinación perfecta, como él, Mike Love y Carl Wilson demostraron sobradamente su calidad como compositores (sobre todo durante los periodos en que a Brian se le iba la perola). Pero yo cifraría la contribución de Brian en un 80%, y luego están sus discos en solitario.

La reciente escucha de uno de ellos, Brian Wilson (1988), me ha recordado todo lo que tiene de bueno, bonito y positivo la música de este hombre. La gente asocia Beach Boys a canciones surferas o de coches, un poco descerebradas en las letras y simples en la música (no dejan de ser rock and roll). Tienen parte de razón, pero solo parte ya que el legado de Brian/Beach Boys no se reduce necesariamente a eso.

Lo que mucha gente desconoce es que Brian Wilson, el hombre que literalmente rezaba para que sus canciones fueran un éxito, es uno de los autores del universo rock con una mayor carga de espiritualidad en su obra. Se ha repetido hasta el tópico que él mismo describió el álbum SMiLE (previsto para los Beach Boys en 1967, malogrado y finalmente rescatado por Brian en 2004) como “sinfonías adolescentes para Dios”. Y no bromeaba, la primera del disco se titula “Nuestra oración”.

Incluso en su tratamiento del amor de pareja, o de temas triviales como un viaje en coche o una salida al cine, Brian intenta que su música contagie algo de energía positiva y espiritualidad. Si todo esto os suena a buenrrollismo, lo es: por algo estamos hablando de una de las figuras líderes de la California de los años sesenta. La canción "Love and Mercy" (del Brian Wilson) retoma ese tema: hay que amarse y tenerse compasión, todo el mundo necesita ser amables los unos con los otros. Realmente se trata de un misticismo laico, pero no deja de ser espiritual. Pienso que si Brian (cuyo pop es de los más arty que ha habido y hay, hasta el punto de que yo mismo me he extrañado al calificarlo de rock en el párrafo anterior) hubiera vivido en la Europa del siglo XVII hubiese sido un Bach, hubiese compuesto cantatas y oratorios. Ignoro cuáles son sus creencias religiosas, pero la música que hace siempre trata de elevarnos con sus coros angelicales, clavicordio, orquestación de cuerdas y vientos… parece música sacra.

Nunca olvidaré las sesiones que organizaba en mi cuarto cuando vivía en Inglaterra: un montón de amigos nos sentábamos donde podíamos, apagábamos las luces y escuchábamos en comunión el Pet Sounds. Todo el mundo escuchaba expectante, realmente era un clima mágico, allí nadie respiraba. Unas cuantas cancioncillas más tarde, el aparato de música se quedaba en silencio y todos suspirábamos sin vernos, sabiendo que ahora éramos un poquito más sabios, un poquito mejores gracias a Brian y a su música.

lunes, 10 de diciembre de 2007

Nostalgia de otros formatos (II)


Constato que vuelve el vinilo. De momento, a mi casa ha vuelto. Me refiero a esos discos de plástico, que se rompen más y suenan mejor que los CDs. Vuelven.

Va uno a FNAC o a Mediamarkt y ve a la venta muchos equipos de sonido con giradiscos. Cada vez en más tiendas hay estantes con LPs y discos sencillos. En mi ciudad hay un bar donde, además de salmorejo y tacos mejicanos excelentes, se pueden conseguir disquitos de segunda mano a buen precio. De Madrid o Barcelona, ya ni hablo.

Hace un año, en Londres, fui al Virgin Megastore de Picadilly Circus nº1 y pregunté si no tenían vinilos. “¡No, no!” El dependiente me miró con simpatía, pero como si yo estuviera chiflado. “Es una cosa minoritaria, no cabríamos aquí si tuviéramos que mantenerlos en stock”. Este verano he vuelto a ir a esa tienda y he comprobado cómo han puesto una buena sección de discos de plástico.

Es cierto que hay sitios que nunca han dejado de venderlos, y que el coleccionismo, las ferias especializadas y los DJs han hecho que se conserven durante años en que apenas se veían. En la actualidad, es innegable que el tradicional disco de vinilo experiementa un renacimiento: los discos antiguos conviven con las reediciones, clásicos junto a novedades. Lo mismo se puede comprar un single original de Sam Cooke o Luis Aguilé que el último LP de los Arctic Monkeys o de Björk.

Yo dejé de comprar vinilos aproximadamente hace diez años… tuve un temprano trauma al dejar un single al sol y derretirse el borde del disco. Varios amigos míos (no uno ni dos) nunca los abandonaron, los tienen y los escuchan frecuentemente en su casa, en fiestas o en plan tranquilo. Yo, como digo, había dejado de comprarlos, hasta la primavera pasada.

La historia es que en mi casa el equipo de sonido lleva estropeado desde que tengo uso de razón. Me quiero comprar un equipo nuevo y no me decido, pero ya he empezado a hacer acopio de vinilos. Así, durante este puente he pillado –entre otros- dos de los discos que aparecen en mi lista de favoritos, el Arthur de los Kinks y el Pet Sounds de los Beach Boys. A lo mejor alguno dirá “¿por qué pagar X por un disco en vinilo si lo puedo comprar en CD por la mitad?” Como en el anuncio del Banderas, los que tarden en contestar a esta pregunta ya han contestado.

Y mientras tanto, mi biblioteca de iTunes sigue engordando, ya voy por 46 gigas de música, 12.450 canciones que tardarían en sonar un mes entero si lo hicieran todas una detrás de otra.

lunes, 19 de noviembre de 2007

Frenesí del pop español



No sé si será cosa mía, pero de un tiempo a esta parte me da la sensación de que se está produciendo una eclosión de grupos de guitarras españoles, de esos llamados indies, que facturan un pop-rock melódico deudor del power pop, la new wave, y el pop sesentero de Beatles, Brincos, Beach Boys, etc.

En lo que va de década, tenemos en España a Cooper, Deluxe, Sidonie, La Habitación Roja, Lori Meyers, La Costa Brava, El Alpinista, Grupo de Expertos Solynieve, Sunday Drivers, Love of Lesbian, La Casa Azul, Niños Mutantes, Bombones o Tarik y La Fábrica de Colores, por citar a algunos de los que han obtenido más notoriedad. Si a estos unimos otros artistas nuevos que no encajan al 100% en los anteriores parámetros, tales como Nosoträsh, Astrud, Single, Travolta, Triángulo de Amor Bizarro, Prin' La Lá, Maga o Tulsa, y a "veteranos" supervivientes (la buena vida, Los Planetas, Sr. Chinarro, Lagartija Nick...) nos encontramos con una nómina francamente impresionante dentro del pop independiente español.

Sabido es que cantidad no equivale a calidad, y de nada valdría que hubiese tantos grupos de guitarras si el producto que ofreciesen fuese mediocre. Sin embargo, este no es el caso, y se da la circunstancia de que todos están haciendo unos discos estupendos llenos de canciones buenísimas y que apenas tienen difusión fuera de los circuitos especializados (fanzines, blogs, Radio Nacional 3...).

Lo anterior me lleva inevitablemente a lamentarme del poco caso que se le hace a estos artistas en España, pese a que algunos han sido fichados por multinacionales discográficas y sus conciertos congregan a miles de personas. No voy a decir que haya que crucificar a Juanes, Estopa o Melendi (bueno, a ese a lo mejor había que hacerle algo), pero me encantaría poner Los 40 Principales y escuchar a La Habitación Roja, o poner Antena 3 y poder ver un vídeo de Cooper. Si gente como Amaral, Los Piratas o Bunbury han conseguido triunfar sin renunciar al prestigio indie, ¿no sería posible que esto sucediera con más grupos?

De momento Cuatro, en su serie Gominolas, ha apostado por una banda sonora realizada por el factotum popero Guille Milkyway y plagada de canciones de artistas del sello Elefant Records, como Nosoträsh. Es un buen comienzo, pero aún falta mucho para que se reestablezca la justicia poética y le encarguen, por ejemplo a Tarik, la sintonía de un programa de fútbol... ¡con lo que bien que controla el tío "A balón parado"!


 
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