Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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viernes, 2 de mayo de 2008

¿Tu criatura?


Había una vez (en 1975) un disco de Supertramp que se titulaba ¿Desaceleración económica? ¿Qué desaceleración económica? Eso es lo que alguien podría pensar estos días si recorre el centro comercial de cualquier ciudad española, fijo que cualquiera. La mía, seguro, lo constaté ayer por la tarde. Vistos el ritmo y la alegría con que la gente compra, consume y gasta, nadie diría que hubiese una crisis. La persona que iba conmigo ayer me comentaba, sorprendida, “La gente no se cree que haya crisis económica”. ¿Cómo lo van a hacer, si no se lo cree ni el gobierno!

Imbuido estaba en este frenesí comercial cuando, entre peña con bolsas de Zara, Mango y H&M, vi a una persona que me resultó familiar. Enseguida reconocí a un antiguo compañero de colegio, no un íntimo pero sí alguien con quien había compartido bastantes momentos. Da la casualidad de que, tras años sin vernos, hará unos días ya me lo encontré por la calle, pero él iba en coche y yo andando y no tuvimos ocasión de ponernos al día, solo de saludarnos con la cabeza (ya se sabe: el encuentro casual…). Esta vez lo vi y se paró conmigo, y curiosamente a sus pies enredaba un niño de poco más de un añito, vestido de bebé pijo.

Mi colega no es que fuera cani o bakala, su estilo tira más bien a clásico español (campo, toros, caballos, sabéis) pero ver a ese niñito ahí, tan primoroso, no sé... fue una estampa turbadora. Mi primera reacción fue pensar “alguien ha perdido a su hijo bebé, ¡qué malos padres!”, cuando veo que, tras saludarme, mi amigo coge al niño en brazos y lo zorrococlea.

Es entonces cuando yo me quedo sin habla y le digo, por dar fe de una obviedad: “¿Es tu, es tu… ¿criatura?” Sugerencia ridícula y monstruosa para mí, pero pensemos: estoy hablando con un señor de 30 años. Sí. ¿Cómo se llama? Tal y cual… Me afano por seguir el rastro de su dedo anular a ver si le veo una cosita, veo la banda dorada y pregunto: ¿Tú te casaste, no? Sí, hace cosa de año y pico. He estado viviendo un par de años en Uruguay y ya nos hemos venido, tú sabes, por culpa de este… dice mientras señala al rico retoño.

Un sudor frío me recorre la espalada. La madre está ahí dentro, haciendo unas comprillas (haciendo como que no hay crisis, pienso yo), y señala una joyería o una tienda de zapatos. Estupendo. Le doy la enhorabuena por partida doble (boda e hijo: han cantado Bingo, amigos), él me pregunta ¿Y tú qué tal? ¿Qué es de tu vida? Le hago somero resumen de mi currículum y me despido jovial, no sin antes reiterarle mi enhorabuena al papá.

Mientras me alejo, me vienen flashbacks de mis últimas salidas en pandilla con este chaval, de mi colegio, de antes. De antes. ¿Por qué me resulta tan extraño que un tipo de mi edad, con una carrera profesional (exactamente igual que yo) esté casado y con hijos? Tengo varios amigos que ya se han casado, otros viven en pareja hace años y tan contentos, pero he aquí el dato clave, amigos: ninguno tiene descendencia. En los tiempos que corren, es lo normal, pero lo otro (a nuestra generación nos parieron con veintitantos)… ¿por qué me resulta tan chocante?

A lo mejor la respuesta la encontramos en la camiseta de Naranjito que llevo puesta ahora mismo, pero sinceramente, no me da miedo ni me preocupa. Como decían los Byrds “para cada cosa hay un momento”.

miércoles, 23 de enero de 2008

David Crosby, ruina de barberos


Pocos lo saben, pero en mi barrio, además de aproximadamente treinta sucursales bancarias y más del doble de bares hay una tienda de discos. También hay dos barberías muy musicales: en una hay un póster del grupo Kansas y se habla de Pink Floyd; la otra (a la que yo voy) está “hermanada” nada menos que con aquella de Penny Lane que nombraban los Beatles (“In Penny Lane there is a barber showing photographs”). El barbero, que es un fenómeno, toca el bajo desde hace décadas, piensa que yo también lo toco y nunca desdeña una buena charla sobre los Shadows o Jimmy Smith.

Haciendo gala de un olímpico desprecio por modas y tendencias, hoy voy a hablaros del que probablemente sea el artista menos cool y menos de moda del mundo: el cantautor californiano David Crosby. Nunca he hablado con mi barbero sobre David Crosby, pero no estoy seguro de que tenga en alta estima a un tipo que una de sus mejores canciones se titula “Casi me corto el pelo”. Evidentemente, Crosby no se lo llegó a cortar, y eso le convirtió en una de las figuras más poderosas a nivel artístico del llamado Flower Power y de la cultura de las drogas en los años 60. En los años sesenta era muy famoso, en los setenta su estatus llegó a ser el de una superestrella.

¿Y quién es este Crosby? En una escena de la peli de Cameron Crowe Casi Famosos (2000), un grupo de managers y músicos de gira están fumando y jugando a las cartas, uno de ellos comenta “¡Esta yerba es buenísima!”. Por toda explicación, otro le contesta “Me la ha pasado Crosby” y todos ríen. En el episodio de Los Simpson en que Homer tiene un cuarteto vocal que gana un Grammy, el premio se lo entrega David Crosby. Extasiado, Lenny exclama al subir a recogerlo: “¡David Crosby! Eres uno de mis ídolos…”. El melenudo artista le pregunta “¿Te gusta mi música?” a lo que el borrachuzo replica sorprendidísimo “¿Tú eres músico?”


Como miembro de los Byrds primero, y luego de Crosby, Stills & Nash (& Young), en solitario o junto a Graham Nash (otro fenómeno de la pradera), el señorito Crosby ha legado a la historia del pop un puñado de sus más memorables canciones. Como cantautor puede que sea de segunda fila, pero desde luego que The Byrds y CSN(Y) no lo fueron. Ahí quedaron sus temas “Eight Miles High”, “Why?”, “Renaissance Fair” (escritos en colaboración), “Mind Gardens” o “Triad” de los Byrds. Ahí están “Guinnevere”, la mencionada “Almost Cut My Hair”, “Wooden Ships” , “Déjà Vu” y “Delta”, que tanto contribuyeron a la grandeza del supergrupo que fundó con Nash, Stephen Stills y a ratos Neil Young. En solitario yo destacaría su primer disco If I Could Only Remember My Name (1971), y no podemos olvidar su discazo junto a Nash de 1972: David Crosby/Graham Nash, primero de una fructífera serie de colaboraciones.

La vida de Crosby ha sido legendaria y ha estado plagada de problemas (a lo mejor por eso ha sido legendaria). A su carrera musical hay que añadir su activismo político (pacifismo, izquierdismo, etc.), sus problemas de salud (diabetes, transplante de hígado), a los que no son ajenos su adicción al alcohol y las drogas. También ha tenido “problemas con las armas de fuego” (¡coño! si parece El Payaso de La Hora Chanante…). Últimamente se le ha visto en los medios por “ceder” su semilla a unas amigas lesbianas para que pudieran tener un hijo. Su errático estilo de vida le llevó en 1985 a tocar fondo y acabar con sus huesos en la cárcel. En 1989 resurgió con una gira y nuevo álbum en solitario (el primero en 18 años).

Precisamente de aquella época (1989) es el disco en directo que encontré el otro día por 3,95€ en precisamente la única tienda de discos de mi barrio. Mi primera impresión al verlo fue “¡Ufff! Qué pereza… Crosby en solitario en 1989… ya hacía veinte años de su mejor época”. Pero entonces se me ocurrió que ya hace veinte años de que hacía veinte años de aquella mejor época. Y que dejar pasar un disco de un artista tan grande por menos de cuatro euros era un pecado, lo compré y no me he arrepentido.



Tengo encima de la cama una foto enmarcada en la que se ve a los Byrds en blanco y negro. En ella, David me mira con su famosa capa verde (gris en la foto) y me da las gracias por seguir creyendo en él. Yo pongo una canción suya en la cadena de música y le doy las gracias por no cortarse el pelo.
 
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