Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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sábado, 4 de julio de 2009

La Gran Ciudad


¿Habéis estado alguna vez en el campo, queridos lectores? Sí, ya sé lo que me vais a decir: que es un entorno absolutamente agobiante, sofocante, por usar un anglicismo. Que tanto verde y tanto árbol –tanta planta- por fuerza acaban por volverlo a uno loco, y no hablemos de los animales. La Hora Chanante nos enseñó que no hay que pegarles, pero ¿a quién le faltan ganas? Cuando me siento asfixiado por el entorno rural, absolutamente irrespirable y fatal para los nervios de cualquier persona, necesito evadirme, escaparme a la ciudad. Allí logro conectar con mis raíces auténticas, relajarme, llenarme de nuevo de vida, volver a ser yo.

“Una poquita de paso de cebra…!” –como suelo comentarles a mis conciudadanos cosiqueses que tienen la paciencia de escuchar. Y alguno hay hasta que me mira raro, ¿podéis creerlo? Hasta ahora, alejado del mundanal ruïdo, mi única esperanza era venir a Miciudad los fines de semana, por no hablar del vuelo directo Cosica-Londres, del que he hecho uso dos veces desde octubre pasado, y algún que otro compi de trabajo también. Pero hace tres meses, amigos, una nueva esperanza se abrió en mi horizonte rural, una nueva ciudad, la Gran Ciudad.



Sabéis lo que es una ciudad, ¿no? Son esos sitios donde patrulla la Policia Nacional en vez de la Guardia Civil, donde hay rotondas con estatuas y donde te puedes comer un kebab. La Gran Ciudad es la capital de la provincia de Nunca Jamás, a la que pertenece Cosica. Hasta abril pasado nunca me había dado por ir más que nada porque me daba pereza, pensaba que para llegarme a la Gran Ciudad me compensaba más venir a Miciudad, que está casi a la misma distancia (craso error!!). Pero en las últimas semanas, una serie de circunstancias fabulosas que sería aquí prolijo relatar me han hecho acudir allí media docena de veces, y he quedado encantado.

Un poco de historia: la Gran Ciudad es una población que pasa por ser de las más feas de España (al menos, esa es la fama en mi autonomía), algo totalmente injusto, como se verá a continuación. Mi contacto con ella había sido hasta ahora muy somero; su provincia la tengo muy trillada pero a la capital solo había ido de chico en contadas ocasiones, a la consulta de un tío oculista. Con la coña de que era tan fea siempre la dejé de lado, pero copón, no todo va a ser Praga ni Florencia. Acudo a la Gran Ciudad con ojos ilusionados de un Paquito Martínez Soria. Todo lo contemplo, lo aprendo y lo observo.



La Catedral, la Universidad, los centros comerciales, las ruinas aztecas… y sobre todo esos gloriosísimos pasos de cebra, tan blanquinegros, tan a rayitas. Además hay semáforos, y cientos de bares, hay pizzerías y antros de kebab, hay Springfield, hay Pull & Bear, hay librerías, amigos, FIGURAOS!!!!!!! En una de mis primeras visitas me llevo casi veinte libros de una tacada (hay que decir que costaban 2 ó 3 euros cada uno, eran de saldo). Hay mercerías, y zapaterías, y tiendas de chinos, hay gente anónima y malhumorada, hay estación de tren, y de autobús, hay campo de fútbol (no sé si de 1ª o de 2ª División), y en la Gran Ciudad uno puede comprarse un pijama, o sucumbir a la extorsión de un aparcacoches ilegal…

En la Gran Ciudad hay cine y hay teatro, hay conciertos de José Ignacio Lapido, Lori Meyers o The Wave Pictures, hay niñas guapas que te parten el corazón, hay quioscos de hamburguesas en las plazas, con plaquitas que especifican quién tiene el record de comer más perritos calientes en menos minutos, por ejemplo. Por eso cuando el otro día un amigo jerezano, compañero de exilio en Cosica, me propuso ir a pasar la tarde con él a la capital no tardé ni un segundo en decidirme. Paseamos, tomamos café en bares con camarero borde, miramos ropa, compramos libros, él se compró un desodorante, yo me compré una gorra, tuvimos que esperar en los semáforos para cruzar, nos tragamos el humo de los coches y el polvo de las obras…. Aquello era vida, amigos!


La Gran Ciudad no es tan fea como la pintan, aunque sea por los múltiples encantos que encierra. Un amigo me asegura que una de sus rotondas fue inaugurada por Pavarotti (dato crucial en mi universo friki), es verdad que su catedral no es la mejor de España pero, hey! nadie es perfecto. Me falta comprobar cómo es la noche Granciudadense, no he ido de copas ni he salido a bailar por ahí, es mi asignatura pendiente. Sé que volveré a ella, cuando lo verde me asfixie, cuando añore el sonido de las bocinas de los coches, cuando la flora y la fauna me pongan en jaque. Yo volveré a refugiarme en la ciudad.

domingo, 21 de junio de 2009

Siempre es verano...


-“Pepino ninoninoni…”
(La Hora Chanante)




El calor derrite los sesos, eso es sabido. El calor derrite los cerebros: incluido el mío. Será por eso que la realidad se percibe con esa especie de cualidad borrosa como la que desprende una carretera recién asfaltada en pleno mes de agosto, solo que todavía estamos a mediados de junio. El mundo no está nítido, se desdibujan los contornos, la realidad se disuelve ante nuestros ojos, nada es lo que parece, Matrix, Daniel El-Kum, etc, etc… Realmente, hay que ser muy fuerte para no sucumbir en este estado de cosas a algún tipo de manía o locura.

¿No fue el “extranjero” de Camus el que le pegó un tiro a uno en una playa porque le picaba el sol en los ojos? Es entonces, amigos, en esta época de zozobra y grados excesivos de mercurio, cuando se erige ante nosotros un nuevo tótem de resonancias épicas, por no decir míticas. Estoy hablando del pepino. Basta de rimas chocarreras, parece que os estuviera escuchando. O mejor aún, digámoslas todas a un tiempo y así las exorcizamos:
-Padre, me acuso de que soy poeta.
-Pero hijo, eso es un don divino…
-…


Tuvieron que ser los de Muchachada Nui los que nos hicieran ver un potentísimo axioma, a saber, que “siempre es verano con el pepino en la mano”, y hoy sí que lo podemos decir por ser 21 de junio. El pepino nos refresca, sirve para ajustar la pantallita de la realidad y despojarla de esa molesta y continua interferencia borrosa: como una radio mal sintonizada a la que alguien -por fin-le dar por mover la ruedecita. Así, como bálsamo del frescor aparece en verano el pepino en nuestras vidas, en aliños, en ensaladas, en gazpachos, en gin-tonics, en anuncios protagonizados por Hugh Laurie. He visto pepinos gigantes junto a tiendas de campaña en festivales veraniegos, he tenido amigas solteras que se han regalado pepinos el día de San Valentín, que aunque no cae en verano ya se sabe que “En febrero busca la sombra el perro”.


¡Qué frescores no proporcionará un pepino, dispensado en su justa proporción y medida! El pepino en la mano es una bonita metáfora del poder (Bibiana diría algo de esto), me recuerda a esos absurdos jueguitos psicopedagógicos en los que hay una especie de tótem o cetro simbólico que otorga la prerrogativa de hablar a quien lo ostenta en cada momento, y se va pasando por turnos. El pepino nos protege, por ejemplo, con su alargada forma de todas esas manadas de personas vestidas de boda que pululan estos calurosos días por las calles de Miciudad.

En inglés existe un dicho, más fresco que un pepino (“cool as a cucumber”), que la verdad se aplica sobre todo en un sentido “cool” de tranquilidad y manejo de la situación, como se veía en Pulp Fiction (1994). Pero no deja de tener su gracia la mención a la frescura. En español la frase por antonomasia es “me importa un pepino”, despectivo trato que la humilde hortaliza recoge y asume para expiar nuestros pecados. En un anuncio de Schweppes se ve a Hugh Laurie echar pepino en rodajas a un vaso de tónica mientras dice que le importan un pepino los husos horarios, o algo así.


Indudablemente, el buen Laurie nos está engañando, nos incita a echarle pepino no a la tónica sino a su hermano mayor: el gin and tonic. Expertos en la materia me aseguran que en concreto, los combinados de una ginebra llamada Hendricks, se benefician sobremanera de esta adenda. Y pienso que es verdad: el mejor uso que se ha hecho de los pepinos en Gran Bretaña, desde aquellos sándwiches de pepino que merendaban los personajes de Oscar Wilde. La razón es que es el pepino uno de los botanicals fundamentales en la elaboración de esta exclusiva marca de ginebra escocesa. Anoche tuve la dicha de probar esta maravillosa combinación, y me voy a privar del ditirambo y de la hipérbole. Solo voy a decir: si os gusta la ginebra, probad la Hendricks.

Mientras charlábamos con sendos gin tonics de pepino en la mano, un colega me contaba que había visto cómo en Jerez unos graciosos habían escrito en una pancarta la leyenda “Florentino, cómprame el pepino”, en alusión a los dispendios del manirroto presidente del Real Madrid en materia de fichajes. Otra vez la rima procaz, pero hay que reconocerle su gracia. Y ahora os dejo, que para combatir el calor me voy a jincar un plato de salmorejo “con su ajo y su pepino”, como cantaba el Sabina en la sintonía de Con las manos en la masa..

lunes, 27 de abril de 2009

Hitler bebía mucha Fanta


A menudo me pregunta la gente “Porerror, ¿de qué trata tu blog?”. Leed el post de hoy y entenderéis por qué no sé responder. :)





Picture this: una reunión de jerarcas nazis, del estilo de esa que aparece por ejemplo en la peli Valkiria (2008). Todos planeando dominar el mundo y matar a mucha gente alrededor de una mesa. Tienen mapas de Rusia, maletines, dossieres secretos y están bebiendo… ¿Coca-Cola? En la vida, compare! –como dice mi amigo de Jerez. ¿Solución? Que beban Fanta.

Si esto os parece más bizarro aún habéis de saber que pudo pasar perfectamente, todo lo que sale en Estatuas Verdes está basado en rigurosos hechos reales. La historia es muy conocida, pero yo –pese a ser un freak de la 2ª Guerra Mundial- no la sabía. Me entero leyendo el excelente libro titulado Deutsche Soldaten (2008), en el que Agustín Sáiz recopila “Uniformes, equipo y objetos personales del soldado alemán, 1939-1945”. Me lo ha regalado un amigo y es la leche, en él me entero de que la Coca-Cola era muy popular en la Alemania de pre-guerra [t]anto el Führer como el Ministro del Aire eran grandes aficionados al refresco”. Por lo visto, Coca-Cola patrocinó con gran éxito las Olimpiadas de Munich 1936, y para 1939 ya había 43 plantas embotelladoras en Alemania.



Al cortarle los USA el suministro a Alemania, los teutones se quedaron sin el “ingrediente secreto” de la Coca-Cola, y tuvieron que (bajo el paraguas de The Coca-Cola Company en todo momento) inventarse una bebida nueva, no yanqui, para que la bebieran los alemanes. En 1942, un tal Max Keith desarrolló un refresco a base de extractos de frutas llamado Fanta (de “fantasia: la de Dios, ¿eh?). La Fanta la conocemos y bebemos todos, en España es especialmente popular, ¿acaso somos todos nazis? En los USA la Fanta es muy difícil de encontrar, en parte porque hay millones de alternativas de refrescos de sabores, y en parte por la leyenda urbana de que la inventaron los nazis. Esto último no es cierto, pero sí que tiene su origen en ese periodo, como se acaba de explicar.

Me río con lo de que Fanta sea nazi, porque hace poco estuve bicheando un fanzine online que descubrí en el blog de Fran Nixon, el título del fanzine es Hitler de pequeño leía mucho, y es una especie de sátira indignada contra la lectura. ¿Contra la lectura, Porerror? No es contra la lectura en general sino contra sus excesos y algunos usos indiscriminados que de ella se hacen. En este sentido, el fanzine está más cerca de El Quijote (que también era contra la lectura) que de Joseph Goebbels (Ministro de Propaganda nazi, famoso por decir que cada vez que escuchaba la palabra “cultura” se echaba mano a la pistola por si acaso). Me fijo en el título: si Hitler leía, leer debe ser malísimo, porque Hitler ya quedamos en que era malísimo. Otra vez el argumento de la Ley de Godwin, un clásico de Estatuas Verdes.



Los que dicen que la Fanta es nazi se sirven del mismito argumento ridículo, pero hete aquí que en las últimas semanas me he enterado de otro supuesto sambenito que le han colgado a la pobre Fanta. ¿Sabéis lo que es un pagafantas? Os aseguro que en el Sur no se usa el término, pero se conoce el concepto. Aunque visto lo visto por Internet y YouTube en particular a veces se utiliza pagafantas como sinónimo genérico de “pardillo” o “gilipollas”, la mejor definición de “pagafantas” es el tío que está colado por una chavala con la que no tiene ninguna posibilidad pero él continúa quedando con ella una y otra vez en plan de amigos con la esperanza de que ella le quiera, y acaba convirtiéndose en una especie de patético confidente.

La cosa ha llamado mi atención ante el próximo estreno de una película titulada Pagafantas (2009), de Borja Cobeaga, en la que un chaval está enamorado de un pibón que no le hace caso salvo “como amigo”. Me ha interesado porque ya sabéis que me chiflan las comediotas adolescentes, y porque en la peli salen los chanantes Julián López y Ernesto Sevilla, aunque al bueno de Gorka Otxoa –el protagonista- no lo soporto. Me ha hecho gracia el concepto (para el que no tenía nombre), ¿a quién no le ha pasado alguna vez verse en una situación igual, y ha aprendido a base de palos, sea pagando Fantas o pilicrines a una tía que no te hacía ni puto caso? Lo cierto es que no estoy tan seguro de que esto ocurra al revés, que las niñas le aguanten eso a los tíos, me gustaría saber vuestras opiniones.


El nota que se queda prendado así de una chavala será un pagafantas, pero puede consolarse pensando que ella es directamente una nazi (si hacemos caso a la rumorología que mencionaba al principio). Yo me he tomado este tema muy en serio, llevo varios días bebiendo Fanta de naranja (hacía años…) para documentarme para el post. Me he acordado del buen Munilla, si él levantara la cabeza…! Y pensando en Fanta, Munilla y la Segunda Guerra Mundial me ha sobrevenido una terrible duda: ...la Fanta Zero, ¿qué la inventaron, los japoneses en 1941 para bombardear Pearl Harbor?

domingo, 22 de marzo de 2009

Pop de masas


“Sin ti ya no podré escuchar a La Buena Vida más”
-La Oreja de Van Gogh






¿No es curioso cómo se van reforzando ciertas conexiones en mi cabeza? Ayer fue otro día de “carne” y “compra de discos”, de pop y hamburguesas, aunque sé que hay por ahí gente queriendo hacerme daño que estará dispuesta a afirmar que ayer fui visto saliendo de un restaurante vegetariano. Esta vez fue en Miciudad, pero no es para glosar mi sábado de excesos para lo que se escribe este post. ¿No será para hablar otra vez de “pop”, no, Porerror? Mmmmm…. Claro que no, señora!

El señor javiel, nuevo lector, dejaba el otro día un comentario interesante en la entrada de Aída. Decía que a él tampoco le hacía gracia la serie, que él era “más de La Hora Chanante” (¿no lo somos todos?). Decía que había una línea, à la Walter de El gran Lebowski (1998), una línea que no se puede cruzar: o eres de Aída o de La Hora Chanante, o te gusta La Oreja de Van Gogh o Los Planetas. Pienso que por impresionista o imprecisa que esta distinción resulte, todo el mundo puede comprenderla perfectamente, y sentirse identificado. No sé si El señor javiel otorga además a esta dicotomía una carga valorativa (es decir, que elegir un extremo supone ser superior al otro extremo), yo no lo hago, aunque no niego que considere ciertos productos culturales de masas de más calidad que otros.


Pero claro, nunca es lo mismo decir “Alejandro Sanz o Bob Dylan que “mortadela con aceitunas o jamón ibérico de bellota”, donde parece que la cuestión de la calidad y la preferencia son más objetivas. Para colmo, el problema viene cuando no se quiere tener que elegir: a mí me gusta La Oreja de Van Gogh y también Los Planetas, igual que muchos chanantes estoy seguro que disfrutarán con Aída. Y este es un trauma que arrastro desde mi adolescencia: si quieres tener buen gusto y criterio, ¿debes rechazar ciertos productos por chabacanos o subestándar? Ayer mismo me pasó, fui a una tienda de discos regentada por un coleccionista de gusto exquisito, y al salir, mi amigo me bromeó: “Cuando el nota ha visto el vinilo de Duncan Dhu se le habrá caído la imagen que tenía de ti por llevarte a Tommy Keene, The Smithereens, Adam Schmidt…”

Mi colega había dado en el clavo, pero me da coraje que sea así. ¿Por qué voy a tener que decir que Duncan Dhu, La Granja o Gabinete Caligari sean malos o indignos si a mí me parecen lo mismo que los grupos extranjeros encumbrados: power pop y pop-rock nuevaolero tardío? No hablo de que me guste el disco de Dinio o el de Lucas Grijander (que también, pero eso es otro debate), hablo de cosas muy parecidas a las que no se les da el mismo trato. Otro ejemplo lo encuentro en el grupo español Pereza. Denostados hasta la afonía por los modernos, ellos han cultivado una imagen pseudoauténtica, con sus tatuajes, su pose pasota y sus riffs copiados de los Stones.


Pereza son carne de Los 40 Principales, las pijas de Miciudad cantan a coro “Princesas” por las calles comerciales, etc, etc, etc. Y sin embargo, los de Pereza se codean con la escena indie, y los artistas indies los cortejan porque se necesitan mutuamente. Así lo atestiguan sus duetos con Quique González o Christina Rosenvinge, con Iván Ferreiro o Sidonie (cuyo injerto entre “Fascinado” y “Niña de papá” fue calificado por Chema Rey el de Radio 3 como “un encuentro en la cumbre canalla del pop español”). Lo mismo ocurre con Amaral, y al revés también se cumple: Los Planetas no suenan ya en Los 40 porque no pueden, no porque no lo hayan intentado.

Yo de adolescente trataba de “aprender” sobre música y de forjarme un criterio escuchando a los Yardbirds, a los Who y a Serrat y me daba coraje a mí mismo que me gustara tantísimo TAMBIÉN la música de Mariah Carey, Jarabe de Palo o Guns N’ Roses. Esto me causó zozobra durante varios años, os juro que ocultaba mis gustos en uno u otro sentido según el auditorio: para no pasar por friki o por chabacano, alternativamente. ¡Y pensar que esto me ocurría en plena era del postmodernismo y el “todo vale”!


Al final, esta paradoja se resuelve (como todas) superándola. Lo gracioso es que esto no se trata de “alta” vs. “baja” cultura: toda la música pop y la tele es “baja” cultura. Fue escuchando el programa de Diego Manrique, El ambigú, también en Radio 3, como me di cuenta de que tener prejuicios sobre la música era una soberana gilipollez. Manrique lo mismo te ponía un disco de Gershwin que de Celia Cruz que de Led Zeppelin que de Kiko Veneno… ¡en el mismo programa! Igual daba Radiohead que Brad Mehldau, todo es música. Vale, esta idea es “el huevo de Colón” pero para mí fue una epifanía, y os aseguro que no hay por ahí tanta gente dispuesta a aceptarla. Y Diego Manrique no es precisamente una persona sin criterio o que no entienda de música: él toca todos los palos porque los conoce y aprecia en su justa medida, y todos los valora.


Gracias a Diego y a que me liberó del trauma, el otro día estuve escuchando –con la cabeza bien alta- un CD de varios con Pereza, Conchita, El Canto del Loco (“ese canto del loco”, como diría el obispo de Ávila), Amaral, La Oreja de Van Gogh y demás… titulado Pop de masas (por inspiración de mi novia). Y volveré a escuchar a Nena Daconte, que escuchan a Elvis Costello, así como escucharé a Russian Red, que a su vez va por ahí versionando a Cindy Lauper. Todo son canciones. Y toda esta gente sabe de música, ¿no?

sábado, 15 de noviembre de 2008

Finally Quique González


“Al arder la rama las estrellas ardieron también”.
-Quique González




Dado a la hipérbole, una vez más me presento ante vosotros. Pero lo que os digo ahora no es una exageración: he aquí el post que llevaba un año queriendo escribir, el que más ganas tenía de compartir con vosotros. No exagero si digo que fue uno de los motivos por los que me decidí a empezar un blog. Para compartir estas experiencias. Llevaba trece meses deseando volver a asistir a un concierto de Quique González, el cantautor eléctrico. Hubo un amago cancelado el pasado abril, creo, que me dejó con el mal sabor de boca de un conciertus interruptus. Pero ya ha vuelto a ocurrir.

¿Conocéis la sensación de acudir a un concierto y corear las letras de todas las canciones hasta quedaros roncos? ¿De que se os pongan los pelos de punta al escuchar tal o cual trozo “clave” de una letra? ¿De estar nervioso en la cola de entrada hora y media antes de empezar la actuación? Como un puto colegial, creo que La Casa Azul dieron con el símil definitivo: “Como un fan”.

Hace trece meses asistí a mi primer concierto de Quique González, había escuchado su último disco varias veces, me gustaba mucho. Pero era un concierto más. Entonces me senté en una butaca de aquel teatro, vi un escenario oscuro, solo iluminado por una lamparita de pie, escuché la canción “Y los conserjes de noche” y tuve una de las mayores epifanías musicales de toda mi vida. A día de hoy mi novia (autora de las fotos que veis) me lo dice admirada: “A ti este hombre te ha llegado, ¿eh?”. O: “Milagroso: subir al coche de Porerror en días diferentes y que tenga en el CD sonando al mismo artista”. Sí, que me ha llegado, sí, como solo me llegaran Los Beatles, Brian Wilson, Elvis Costello y Fito Páez. Dado a la hipérbole pero no estoy exagerando.


La verdad es que no os voy a intentar convencer de lo bueno que es o no es Quique González, como hago con otros artistas (anteayer mismo, Cooper). Solo pretendo contaros cómo me ha afectado a mí. Hoy no voy a decir “El XXXXX español”, “Suena como XXXXX” o “Lo mejor desde XXXXX”. ¿Para qué? Anoche tuve la inmensísima suerte de ver en concierto a uno de mis artistas favoritos, de verlo en segunda fila, de fundirme con la masa de peña que allí había al son de unas canciones que significan muchísimo para muchísima gente.

Anoche detrás de mí había una pareja de novios jovenzuelos, entre pijos y universitarios (el público medio de Quique) a la que sinceramente deseé faringitis crónica de por vida, tales fueron los desafinados berridos que vertieron en mi oído durante todo el concierto, igual que Claudio vertió el veneno en el oído del padre de Hamlet. Pero esta mañana pienso, ¿qué derecho tengo a censurar sus emociones? De acuerdo con que fueron un coñazo, pero me siento al 100% identificado con ellos. Yo también me encontraba transportado.


La ocasión reservaba más sorpresas agradables: yo esperaba un concierto fin de gira basado en el repertorio de su último disco Avería y redención #7 (2007) –como fue el del año pasado-, en estos nunca faltan canciones antiguas pero, claro, te tienes que mamar el disco nuevo entero. En este caso, sin embargo, se trataba de una gira “Décimo aniversario” con un repertorio moldeado por las peticiones de los fans en la web, algo a lo que Quique siempre ha sido muy aficionado. Hubo una canción inédita (la estupenda “La luna debajo del brazo”) y el resto estuvieron sacadas de sus siete álbumes, además de “Paloma”, versión del temazo de Andrés Calamaro.

¡Qué fantasía! Por allí desfilaron “Personal”, “Cuando éramos reyes”, “Se nos iba la vida”, “Y los conserjes de noche”, “Pájaros mojados”, “Avión en tierra”, “La ciudad del viento”, “Calles de Madrid”, “Kamikazes enamorados”, “Pequeño rock & roll”, “El campeón”, “Miss camiseta mojada”, “Salitre”, “Crece la hierba”, “Caminando en círculos”, “Hotel Los Ángeles”, “Rompeolas”, “Avería y redención”, “Hay partida”, “En el backstage”, “Palomas en la quinta”, “Me agarraste”, y la que abrió el concierto para frenesí colectivo: “Vidas cruzadas”. Creo que no me dejo ninguna, en cualquier caso solo quería dar una idea de los extensivo y variado del repertorio, que como siempre basculó entre el rock “americano” con raíces, la canción de autor acústica y el power pop (impresionante labor de guitarras a cargo de Javi Pedreira).


Después de la actuación, dos horas netas con dos bises de cuatro y tres canciones (Quique no es Van Morrison con un cronómetro de ajedrecista encima del piano, si sabéis lo que quiero decir), los fans tuvimos la oportunidad de entrar al backstage y saludar a los músicos. “Me encanta firmar vinilos” – me dijo Quique al ver mi copia de Avería y redención #7. El backstage, con su humilde empanada, sus blisters de jamón y queso, sus frutos secos, me recordó al testimonio Chanante de Axl Rose y su “panizo” o kikos de maíz gigantes.

Y en fin, que fui, vi, disfruté. Es lo que hacen los fans, ¿no? Hice cola, me desgañité, vi a un hombre tocar un piano que era el frontal de un Ford Capri (con faros encendidos y todo), le di la mano y, una vez en calma, me largué.

lunes, 10 de noviembre de 2008

Me encanta que los posts salgan bien


Bueno, bueno, bueno!!! Qué portento os traigo hoy. A ver si esto os refresca la memoria:

“En 2008, un hombre que no hizo la mili fue desterrado a un lejano pueblo por un delito que no había cometido. No tardó en fugarse los fines de semana, y desde entonces sobrevive al frío. Si tiene usted algún problema y se lo encuentra, tal vez pueda tomarse un tinto con él”: NA NA NA NA, NA NA NA, NA NA NA NA NA NA, NA NA NA NA NA NA NA…

Hoy homenajeo a El Equipo A (1983-87), el nombre más misterioso para un niño de la quinta de 1978 desde los Hombres G. ¿Motivo? Haber tenido que poner el coche a dos ruedas hoy en Cosica me ha hecho recordar a aquellos especialistas que hacían saltar por los aires esos jeeps de guardarropía, a ese Fénix conduciendo aquel Pontiac, y cómo no, la furgoneta negra con la diagonal roja que conducía M.A.


Cuidadín con El Equipo A que son palabras mayores. No pretendo aquí dibujar la serie entera porque eso daría para varios posts, de hecho cada personaje daría para varios posts. George Peppard, de Desayuno con diamantes (1961) a Coronel Aníbal (Hannibal) Smith. Mr.T., un personaje tan enorme que no sé si Estatuas Verdes sea digno de nombrarlo siquiera. Que me perdonen la blasfemia. De M.A. Baracus (en inglés B.A., bad attitude) a sus videoclips de “Treat Your Mother Right”. Últimamente ha sido visto injuriando a la comunidad gay en un anuncio de Snickers en el que disparaba chocolatinas con un cañón a un tipo afeminado que hacía footing. Al parecer la frase “¡Corre como un hombre!” ha sido considerada demasiado ofensiva por los gayers.


Había más actores, ¿los recordáis? Ese Dirk Benedict, cuyo personaje tenía el mejor nombre de la historia de la TV: Templeton Peck. Su sobrenombre español era Fénix, “Faceman” en el original. Ese Dwight Schultz haciendo de “Loco aullador” Murdock, el pilotico en cuyas aeronaves no quería subir M.A. Esa Anita Obregón, en fin, tantísimos recuerdos.

M.A. sin duda ha sido el más icónico, al final de la serie era el que más cobraba (no en vano lo parodió La Hora Chanante). Esto no gustó al estrellón de George Peppard, que según me he enterado en Wikipedia lo odiaba, no se hablaba con él y acabó partiendole los dientes y mandándolo al hospital (sí, sí, Aníbal se lo hizo a M.A., no al revés).


El Equipo A vivirá siempre en nuestros corazones, cada nueva temporada era una fiesta en el colegio. Qué trauma cuando me lo perdía, en cierta ocasión íbamos de viaje e hice que mi familia me lo grabara, en aquellos magnetoscopios de VHS que había antes, ¿os acordáis? En Gran Bretaña El Equipo A alcanza la categoría de religión, con su sintonía pinchada en las discotecas a altas horas de la madrugada (ejem, a las dos), con pantallas proyectando capítulos de la serie, con esa chapa que una amiga me trajo de allí.

Yo lo veía con fruición, ¿qué más daba que los episodios fuesen repetidos? ¿Cómo estaban esos engendros blindados pre-McGyver que fabricaban los muchachos cuando los encerraban en un garaje o taller mecánico? ¿Cómo estaba ese Coronel Decker de la Policía Militar, cuyos coches patrulla color caqui siempre llegaban tarde? ¿Y esos paletucios de la América profunda a los que El Equipo A siempre ayudaba contra algún abusivo terrateniente? En verdad las tramas de esta serie eran más predecibles que las de Scooby-Doo, pero ¿qué importaba? Los M-16 disparaban y nunca, nunca, nunca moría nadie.


No he querido daros la turra con un post enciclopédico acerca de una serie que seguro que recordáis mejor que yo. Desde aquí os invito a compartir conmigo vuestras vivencias relacionadas con El Equipo A, qué os parecía, cómo lo veíais, cómo lo recordáis, si nunca os entraron ganas de fumar en puro, yo que sé!!! Me encanta que los posts salgan bien.


viernes, 16 de mayo de 2008

"No pegues a los animales..."


Aquí me tenéis, “como un San Francisco entre jarales”, que diría San Manolo García, hablando de bichillos. El que sea muy ecologista o animalista o zoófilo –lo advierto ya- que deje de leer el post porque no le va a gustar. No pretendo aquí sentar cátedra ni convencer a nadie, simplemente reflexionar un poco: ¿por qué me la sudan los animales?

Estos días vivimos una ofensiva medioambientalista sin precedentes. A lo mejor es verdad que el planeta está en peligro y que deben de sonar las alarmas, y que todo esfuerzo es poco para concienciarnos. Pero es que no pasa día en que no tengamos noticias de algo relacionado con biocombustibles, efecto invernadero, trasvases de agua, cambio climático, etc, y, dígamoslo ya: empiezo a estar bastante aburrido del tema. A lo mejor por saturación se está produciendo en mí el efecto contrario, en lugar de concienciarme me estoy insensibilizando.

Yo estoy en contra del maltrato a los animales “porque sí”, pero más lo estoy del de las personas. Y hay cosas con las que la gente se indigna que a mí me parecen igual. ¿Nosécuántos mil euros de multa por abandonar a un perro? ¿Se nos ha ido la cabeza? Está claro que el problema lo tengo yo, porque voy contracorriente. Ya lo decían Samuel, Chorrica y otros personajes embrionarios de La Hora Chanante: “No pegues a los animales, no pegues a los perricos. No pegues a los animales, ellos son tus amigos”. Riquísimo.

Por razones que ahora no vienen al caso me veo obligado a ver por las mañanas episodios antiguos de David el Gnomo (pero no de los de nuestra época, sino de esa especie de remake absurdo y colorista que se realizó hace poco). Menos mal que los puedo ver en inglés –al menos saco algo- porque si no me suicidaría. Estos episodios, formulaicos hasta decir basta, constituyen un inexorable panfleto ecologista en el que cada día se nos alerta sobre las bondades de alguna especie en peligro. Hoy eran los bichos del Parque de Yellowstone, ayer los tigres de Bengala y lo mismo otro día le toca el turno al somormujo calvo o al pez leche.

Todos los episodios son iguales. El sapientísimo David (no hay más que ver cómo viste, de John Galliano para Dior) se entera de que tal o cual especie se halla amenazada en tal o cual rincón del mundo y allá que con su silbato en forma de amanita faloide llama a sus colegas los gansos voladores low cost y se planta donde sea en un pis-pás. Una vez in situ, David y su estomagante cuadrilla de gnomos desfacen el entuerto de turno (no sin antes sermonear al espectador) y logran su objetivo de salvar a los animales y de hacer reflexionar al ser humano malvado y culpable de sus males, en lo que constituye una anagnórisis más falsa que un euro de queso Cheddar.

Y así todos los días, me veo rodeado de movidas eco-zoológicas por todas partes. Hasta los de Iberdrola, que se han hecho millonarios comerciando con energía ahora resulta que son los más benefactores del medioambiente. “Lo hemos hecho bien”, es el lema de los colegas. Enriqueceros, desde luego, hijos de puta: eso lo habéis clavado. Y podría seguir dando ejemplos: esta misma mañana he propiciado sin querer en el trabajo un debate sobre el vegetarianismo, y no ha faltado quien diga que no hay que hacer daño a los animales comiendo su carne, etc, etc. Tampoco ha faltado quien ha dicho directamente que los vegetarianos son idiotas (no he sido yo), y eso tampoco me parece plan.

La última ha sido a cuenta de unas entradas gratuitas para los toros que al final no voy a poder conseguir, y se ha desatado de nuevo a mi alrededor el sempiterno debate “toros sí-toros no”, en torno a la conservación como especie del toro de lidia, el sufrimiento del animal (que sufre, y mucho), el arte del toreo, las tradiciones… A mí que me dejen comerme tranquilo mi filete y ver mi corridota de toros (siempre que sea de balde) y que se vayan a salvar al lince ibérico los de Iberdrola. En realidad los animales me encantan… ¿dónde estaría -por poner un ejemplo- la factoría Disney sin ellos?

viernes, 9 de mayo de 2008

"Lo mío"



(Dedicado a Ana, lectora y amiga, para que se ponga bien de lo suyo)



Ya lo cantaba El Payaso de La Hora Chanante, siempre “con DJ Pollo y una jamelga en bikinli”. Él cantaba: “Estoy fatal de lo mío, estoy fatal. Estoy fatal de lo mío, estoy muy mal”. El Payaso nunca llega a revelar en qué consiste “lo suyo”, pero ni falta que hace, todos lo entendemos.

Me fascina el concepto de “lo mío” como algo intrínsecamente español. Solo es superado por el “vuelva usted mañana”, tópico que por cierto, ha contribuido como pocos al mal nombre del funcionariado público en este país. Convendría releer al gran Mariano José de Larra (en algunos casos, leer por primera vez) para descubrir que ese vicio tan español y que tanto irritaba a los extranjeros en su antológico artículo “Vuelva usted mañana” Larra se lo estaba achacando precisamente a empleados del sector privado.

“Lo mío”, lo de uno, entiendo que es un concepto intangible pero no por ello menos real. Se trata de algo (normalmente una preocupación) que tenemos muy cerca del corazón, que hacemos tan personal y tan consustancial a nosotros que no juzgamos ya ni necesario explicitar en qué consiste. Cuando nos encontramos en nuestro círculo de íntimos esto puede tener un pase, pero el fenómeno resulta francamente divertido cuando se traslada al ámbito de la gente que no conoce ni tiene por qué conocer nuestra vida.

Pongo un ejemplo, la típica señora que en la cola de la frutería reclama que se la deje saltarse el turno por encontrase “fatal de lo suyo”. ¿Qué es lo suyo? Chi lo sa? El epítome de este fenómeno lo tuvimos en nuestras pantallas con aquel nunca suficientemente reivindicado personaje de Benito en la seminal serie Manos a la obra (Antena 3). Allí, el trapisonda albañil Benito (de “Manolo, Benito & Cía”) trataba a menudo de librarse del trabajo o de conseguir alguna prebenda con la excusa de lo suyo. A la que más puteaba era a su santa madre, ¿os acordáis?, que la tenía esclavizada… “¿Cómo voy a hacer yo eso, madre, si hoy estoy fatal de lo mío?”


En el caso de Benito (que debería pasar a la historia por sus aportaciones a la lengua española, algún día les dedicaré un post a él y a Manolo) tampoco supimos nunca en qué consistía lo suyo. Interrogado, él siempre contestaba vagamente con unas molestias en la zona respiratoria o digestiva, pero nada más. En este aspecto, “lo mío” de Benito me recordaba muchísimo a la famosa “válvula” de Ignatius J. Reilly en La conjura de los necios (1980- ver mi segundo libro favorito). En nombre de aquella válvula, que nunca se dijo cuál era, Ignatius también se consideraba exonerado de realizar cualquier esfuerzo físico e incluso de llevarse ningún disgusto.

“Lo mío” no tiene por qué ser necesariamente una dolencia, puede tratarse de un interés, un asunto, un negocio. De ahí la frase “¿Qué hay de lo mío?” (muy de pasillos de ministerios, negociados y despachos varios). Pienso que este tópico proviene de la postguerra, del primer franquismo de La colmena (1951), en el que había tanta gente necesitada, no solo por la guerra sino por efecto de la represión política. Mucha otra gente se encontraba en la situación opuesta (exactamente por los mismos motivos) y encontró una posición que los generosos quisieron usar para ayudar a otros. No hacía falta ser ministro, bastaba con tener un carguillo, una tienda o simplemente no ser sospechoso políticamente. Este mundo de “Don Fulano, ¿qué hay de lo mío?” quedó muy bien retratado también en la obra Las bicicletas son para el verano (1984).

Pues bien, sea “lo mío” una úlcera, unas oposiciones o un puesto de sereno, lo cierto es que cada uno sabemos lo que tenemos y lo llevamos muy cerquita del corazón. Incluso yo, cuando caí esguinzado, que es algo muy engorroso pero no deja de ser una nimiedad, me acostumbré a escuchar “Porerror, ¿qué tal estás de lo tuyo?”. Cada uno tenemos lo nuestro.

miércoles, 16 de abril de 2008

Vuelve Muchachada


Hoy no he tenido un día especialmente bueno, así que me hacía falta reírme un poco (por cierto, el guiso de ayer, tras veinte minutos en la olla express se pudo salvar y estaba muy rico). Qué mejor ocasión para echar unas risas que celebrar el regreso a nuestras pantallas (La 2, Miércoles a las 23:15) del programa Muchachada nui, un favorito personal.

Se trata de la segunda temporada de un programa del que ya se habló en este blog, han estado unos seis meses de paro biológico y yo creo que les ha venido bien, porque han vuelto con muchísima fuerza. La vuelta tuvo lugar el miércoles pasado (presentado por Condoleeza Rice) pero no lo pude ver por encontrarme de juerga con mi novia y amigos (tampoco estaba en el dentista, no me quejo, ¿eh?). Como la fiesta se desarrollaba al lado de donde vivo, albergué la idea de escaparme durante la media hora que dura el espacio, verlo y reincorporarme al sarao, pero mi novia me disuadió amablemente.

Loado sea San YouTube, al día siguiente encontré (loncheado) el primer episodio de la nueva temporada y la verdad es que me partí viéndolo. Ahora acabo de ver el de hoy, el segundo episodio ha estado presentado por Quentin Tarantino –en realidad por todo el elenco de Pulp Fiction- y su parodia de la famosa peli galardonada en 1994 con la Palma de Oro de Cannes me ha parecido una de las mejores cosas que ha hecho esta familia en toda su vida artística.

Hace poco me regalaron el DVD con los mejores momentos de las cinco primeras temporadas de La hora chanante (obra maestra entero, pero es como intentar resumir El Quijote en un post-it con letra del 12). LHC sabéis que es el programa padre (nada que ver con Hacienda) de Muchachada nui, hay una continuidad entre ambos, y he podido comprobar cómo el formato del programa y su estructura se han ido sofisticando con el tiempo y, a mi juicio, mejorando.

Al principio se trataba de meros sketches unidos por unas cortinillas de entrevista extendida al personaje “presentador” pero poco a poco los intersticios se han ido convirtiendo en verdaderos sketches de humor por derecho propio, con un guión cada vez más sofisticado. En el episodio de hoy, por ejemplo, el hilo conductor era una disparatada transliteración de Pulp Fiction, y cada escena del programa se correspondía con una escena de la peli. Si esta película tiene de por sí un guión montado a pellizcos, los chanantes han aprovechado esta circunstancia para parodiar salvajemente todos los manierismos de Tarantino en un graciosísimo ejercicio de metaficción.


En especial los diálogos, que han pasado a la historia como genialoides (“¿Sabes cómo llaman en París a la Cuarto de libra con queso? ¿No la llaman Cuarto de libra con queso?”)… pues se han cachondeado de su vacuidad, y también de lo ridículo que suenan en español los tacos con que QT salpimenta sus pelis. El paroxismo de este estilo de la nada verbal lo vivimos con la reciente Death Proof (2007), en la cual el uso gratuito de palabras malsonantes rozaba la vergüenza ajena. “Déjame decirte tres jodidas cosas, jodida amiga: nunca, pero jodidamente NUNCA llames australiano a un jodido neozelandés”, y de ahí para arriba (las otras dos “cosas” también incluían la palabra fucking).

Y os lo dice con pena un hipermegafan de Tarantino, devoto de Jackie Brown (1997), de las dos Kill Bill (2004) y defensor a ultranza de su arte. Pero volviendo a Muchachada nui, lo que más me fascina es el éxito “de culto” que está alcanzando el programa. Pienso que de frikada internáutica ya ha pasdo a estar rozando los bordes del mainstream o cultura mayoritaria. El otro día, la página de MSN (mi portal de inicio) publicitaba “My mother” (con las rodillas in the guanter) como uno de sus vídeos destacados, junto a los éxitos de Michael Jackson o los “Consejos para ligar”. Recordemos también que la muchachada intervino en la pasada gala Salvemos Eurovisión, en la Primera Cadena.

Durante el último mes he tenido varios encuentros con gente que, insospechadamente, han resultado ser seguidores acérrimos de este gamberro programa y conocer de memoria sus canciones, frases, sketches y latiguillos. Y me consta que más de uno y más de dos lectores de Estatuas también lo sois, tunantes. De manera que, estaros al sopesquete, porque la nueva temporada de Muchachada nui apunta buenísimas maneras.

martes, 1 de abril de 2008

Munilla: hora cero

Amigos, ¡ha explotado en mi cabeza! Los que me conocen lo saben: el pasado 24 de marzo The Coca-Cola Company me hizo un regalo. Se trata del nuevo anuncio del nuevo producto Fanta Zero, esa versión de la Fanta Naranja con –supuestamente- el mismo sabor que la original y 0 calorías. Parece que España es el cuarto país donde este producto se lanza, y a mí ya me faltó tiempo para comprarlo el sábado pasado. ¡Qué influenciable soy por la publicidad! Me encanta.

Hará más de un año que estuve en un cumple en casa de una amiga y lectora, donde probé por primera vez el refresco de fresa Hacendado y la Coca Cola Zero. Lo primero no me cautivó pero lo segundo es lo único que bebo ahora, yo que hacía años que me había quitado de las bebidas con burbujas. Por cierto que esta amiga no vino a mi cumple, so pretexto de “me tengo que leer Tristram Shandy [1759-69, de Laurence Sterne] (Lo siento, pero lo tenía que contar).

Ahora no es la Fanta Zero en sí lo que me fascina sino su maravilloso anuncio. Me parece lo mejor que he visto en una pantalla desde Casablanca, en serio, es brutal. El anuncio, titulado “Munilla, el tío que siempre sacaba ceros” es un prodigio de narrativa en 20 segundos, increíble guión, planificación y con una comicidad desusada en la publicidad española. Más bien nos recuerda a esos otros anuncios argentinos que hemos visto –tan premiados- de Sprite o AXE. Por lo visto The Coca-Cola Company ha encargado una campaña de tres anuncios a la agencia McCann Erickson, y rotundamente afirmo que esta vez han dado en el clavo. El primero que vimos fue el de “Bigotillo y Espinillo”, después vino el de Munilla y aún nos tienen reservado un tercero, todos bajo el paraguas del eslogan “Una Fanta, una idea”.

Lo que me ha ocurrido con este anuncio ha sido un proceso progresivo de crecimiento y explosión, todo empezó con alegrarme cada vez que lo veía en la tele, luego a verlo compulsivamente en YouTube, después a recitar en voz alta pasajes de memoria y por último, hoy, a comprobar cómo mis compañeros también lo disfrutaban (y poner un fotograma como salvapantallas en el trabajo). Para mí lo más gracioso (si no lo habéis visto vedlo: si lo cuento no tiene gracia) es el uso de la palabra “cero”.

“¡Munilla! ¡Ceeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeerooooooooooooooooooooo!” Me parto. Y se ve el cero cada vez más grande, y en rojo, y al pobrecico Munilla huyendo por el pasillo a cámara rápida, superachantado. Leo en el blog TV Spot “la repetición de las palabras "Munilla" y "Cero" me recuerda mucho a lo que hacen los amigos de La Hora Chanante y Muchachada Nui. Totalmente de acuerdo, tras años de escuchar repeticiones a voz en grito de palabras como “Dior” o “Gañán”, ahora nos aparece un spot publicitario que más se parece a un testimonio Chanante que a aquel anuncio de 1960 donde Carmen Sevilla nos guiñaba un ojo para que bebiésemos Coca Cola.

Cuando me marchaba a USA hace cinco años, le pregunté al amigo Radio Alma si podía darme algún consejo porque él ya había estado viviendo allí, y me contestó: “Lo más importante que debes saber sobre Estados Unidos es que allí no hay Fanta y que rellenarte el vaso de refresco es gratis en todos los restaurantes”. Ambas cosas resultaron ser ciertas, y es verdad que tienen todos los refills que quieran pero… ¡pobres yanquis! Allí no tienen ni tendrán al bueno de Munilla… y ahora que lo pienso, aquí casi que ya tampoco. No sé si sabéis que vuestro gobierno ha abolido el “0” como calificación posible, ahora lo mínimo que se le puede poner a un alumno es un “1”, no sea que se traume. Con lo bonito que quedaba un aula repleta y un profe con un micro recitando “¡Ceeeeeroooo!”

lunes, 24 de marzo de 2008

"When I grow up to be a man"


“Me parece que soy de la quinta que vio el Mundial 78”
(Andrés Calamaro)

“Somos los del Cola-Cao” –me dijo una chica hace una semana cuando le expresé mi fascinación ante el hecho de que nos gustasen las mismas referencias culturales. Supongo que no dijo “los de la Nocilla” porque claro, la untable crema de chocolate es ahora el marchamo en España de toda una generación literaria.

Por referencias culturales no me refiero a El Quijote ni a Velázquez, sino a La Hora Chanante, Aterriza como puedas, el festival de Benicàssim, Astrud, los Transformers, los G.I. Joes, el Spectrum… No es que yo me pensara que era el único que se ponía chapas o se sabía de memoria el testimonio chanante de Galliano, pero me ha impactado de veras encontrarme recientemente con mogollón de peña con los mismos puntos cardinales.

En un episodio de Los Simpsons Homer preguntaba ante un jurado: “¿Es que acaso robar es un crimen?”, y yo pregunto “¿es que llevar camisetas de los Decepticons te convierte en friki?”. Lo que me resulta más curioso es constatar que para tanta gente entre los 25 y los 35 años de edad lo más grande siguen siendo las cositas de la infancia. Ya en su día hablé de Espinete y de los clicks, pero cada vez más reflexiono y pienso que vivimos en una infancia perpetua. Conozco a señores profesionales muy serios (abogados, profesores, farmacéuticos, informáticos) que tienen en sus estanterías muñequitos G.I. Joe, minúsculos robots Optimus Prime o naves espaciales LEGO de La Guerra de las Galaxias.

Y todo sin sacarlo de sus cajitas, ¿eh? (lo que en inglés se llama mint condition), no se vayan a estropear. El otro día me contaba alguien “tengo en mi casa el Commodore 64, y funciona, ¿eh? Con todos los cartuchos de juegos y los joysticks intactos”, y lo decía como el que te cuenta que guarda un incunable de la Biblia políglota complutense. Y lo malo no es eso, lo malo es que yo le comprendí perfectamente.

La única respuesta que se me ocurre a la pregunta de por qué este anhelo de infancia perpetua es que tuvimos una niñez muy feliz, en la mayoría de los casos que conozco sin pasar estrecheces, y eso ha dejado un poso de sensaciones entrañables al que nos aferramos. ¡Qué narices volver al útero materno! Volver a tener diez años y atacar al Halcón Milenario con un AT-AT.

Quien no haya entendido la última frase puede entrar en una de las siguientes categorías: a) tiene menos de veinticinco años o más de cuarenta, b) vivió en la Luna entre 1977 y 1983, c) carece de lo que los filósofos han dado en denominar “alma”. Pienso de verdad que es posible combinar una plena madurez y funcionalidad adulta con el gusto por los dibujos animados, la memorabilia retro, las frikadas y los recuerdos infantiles. Claro, esto lo digo porque nadie me vio probarme el casco de Boba Fett que tiene mi primo -mayor que yo- en su habitación (sí, justo al lado del letrero luminoso de Los Goonies).

Bueno, me voy a acostarme que mañana me tengo que levantar temprano para trabajar. Antes de terminar os cuento que hoy 24 de marzo por fin toma verdadero significado el subtítulo de Estatuas Verdes. ¿Sabéis?, hoy he cumplido treinta años.

miércoles, 23 de enero de 2008

David Crosby, ruina de barberos


Pocos lo saben, pero en mi barrio, además de aproximadamente treinta sucursales bancarias y más del doble de bares hay una tienda de discos. También hay dos barberías muy musicales: en una hay un póster del grupo Kansas y se habla de Pink Floyd; la otra (a la que yo voy) está “hermanada” nada menos que con aquella de Penny Lane que nombraban los Beatles (“In Penny Lane there is a barber showing photographs”). El barbero, que es un fenómeno, toca el bajo desde hace décadas, piensa que yo también lo toco y nunca desdeña una buena charla sobre los Shadows o Jimmy Smith.

Haciendo gala de un olímpico desprecio por modas y tendencias, hoy voy a hablaros del que probablemente sea el artista menos cool y menos de moda del mundo: el cantautor californiano David Crosby. Nunca he hablado con mi barbero sobre David Crosby, pero no estoy seguro de que tenga en alta estima a un tipo que una de sus mejores canciones se titula “Casi me corto el pelo”. Evidentemente, Crosby no se lo llegó a cortar, y eso le convirtió en una de las figuras más poderosas a nivel artístico del llamado Flower Power y de la cultura de las drogas en los años 60. En los años sesenta era muy famoso, en los setenta su estatus llegó a ser el de una superestrella.

¿Y quién es este Crosby? En una escena de la peli de Cameron Crowe Casi Famosos (2000), un grupo de managers y músicos de gira están fumando y jugando a las cartas, uno de ellos comenta “¡Esta yerba es buenísima!”. Por toda explicación, otro le contesta “Me la ha pasado Crosby” y todos ríen. En el episodio de Los Simpson en que Homer tiene un cuarteto vocal que gana un Grammy, el premio se lo entrega David Crosby. Extasiado, Lenny exclama al subir a recogerlo: “¡David Crosby! Eres uno de mis ídolos…”. El melenudo artista le pregunta “¿Te gusta mi música?” a lo que el borrachuzo replica sorprendidísimo “¿Tú eres músico?”


Como miembro de los Byrds primero, y luego de Crosby, Stills & Nash (& Young), en solitario o junto a Graham Nash (otro fenómeno de la pradera), el señorito Crosby ha legado a la historia del pop un puñado de sus más memorables canciones. Como cantautor puede que sea de segunda fila, pero desde luego que The Byrds y CSN(Y) no lo fueron. Ahí quedaron sus temas “Eight Miles High”, “Why?”, “Renaissance Fair” (escritos en colaboración), “Mind Gardens” o “Triad” de los Byrds. Ahí están “Guinnevere”, la mencionada “Almost Cut My Hair”, “Wooden Ships” , “Déjà Vu” y “Delta”, que tanto contribuyeron a la grandeza del supergrupo que fundó con Nash, Stephen Stills y a ratos Neil Young. En solitario yo destacaría su primer disco If I Could Only Remember My Name (1971), y no podemos olvidar su discazo junto a Nash de 1972: David Crosby/Graham Nash, primero de una fructífera serie de colaboraciones.

La vida de Crosby ha sido legendaria y ha estado plagada de problemas (a lo mejor por eso ha sido legendaria). A su carrera musical hay que añadir su activismo político (pacifismo, izquierdismo, etc.), sus problemas de salud (diabetes, transplante de hígado), a los que no son ajenos su adicción al alcohol y las drogas. También ha tenido “problemas con las armas de fuego” (¡coño! si parece El Payaso de La Hora Chanante…). Últimamente se le ha visto en los medios por “ceder” su semilla a unas amigas lesbianas para que pudieran tener un hijo. Su errático estilo de vida le llevó en 1985 a tocar fondo y acabar con sus huesos en la cárcel. En 1989 resurgió con una gira y nuevo álbum en solitario (el primero en 18 años).

Precisamente de aquella época (1989) es el disco en directo que encontré el otro día por 3,95€ en precisamente la única tienda de discos de mi barrio. Mi primera impresión al verlo fue “¡Ufff! Qué pereza… Crosby en solitario en 1989… ya hacía veinte años de su mejor época”. Pero entonces se me ocurrió que ya hace veinte años de que hacía veinte años de aquella mejor época. Y que dejar pasar un disco de un artista tan grande por menos de cuatro euros era un pecado, lo compré y no me he arrepentido.



Tengo encima de la cama una foto enmarcada en la que se ve a los Byrds en blanco y negro. En ella, David me mira con su famosa capa verde (gris en la foto) y me da las gracias por seguir creyendo en él. Yo pongo una canción suya en la cadena de música y le doy las gracias por no cortarse el pelo.

lunes, 17 de diciembre de 2007

Muamar el Gadafi: ¡personaje!


Cuando yo era chico, tenía un juego de mesa llamado Petropolis, una especie de Monopoly pero en plan OPEP. En vez de calles había países, en lugar de casas pozos petrolíferos y plataformas en vez de hoteles. Pues en este juego conocí al país de Libia, modesto pero orgulloso productor de crudo. No pasó mucho tiempo antes de que mis amigos y yo jugásemos con avioncitos de plástico norteamericanos a bombardear una Libia de plástico, reflejo de lo que veíamos en las noticias. Corría el año 1986.

El líder de Libia (o “Hermano Líder”, como gusta de hacerse llamar) era y sigue siendo el Coronel Muamar el Gadafi, desde que en 1969 diera un golpe de estado para quitar al rey y ponerse él. El Gadafi de mi infancia vestía siempre de uniforme militar y gobernaba el país con un sistema llamado “Islamismo Socialista” (?), siendo su credo el antiimperialismo y el pan-arabismo.

Todavía recuerdo aquellas imágenes suyas en una ceremonia pública pisoteando la bandera USA con un brío que ¡ríase usted del “zapateado” de Sarasate!

Luego vino lo del vuelo 103 de la Pan Am (“atentado de Lockerbie”, 270 muertos) y otros atentados, violaciones de los derechos humanos en su país… baste decir que le tocó tanto las narices al presidente Reagan que los americanos le bombardearon varias veces Libia, llegando a volarle su propia casa en una ocasión.

Cómo sería el nivel del personaje que La Hora Chanante le dedicó un “Testimonios” en el que Gadafi decía “estoy con la gente moruna, cetrina, con turbante”. El Gadafi “chanante” también admitía que ya pintaba poco en el concierto internacional.

Pues ahora resulta que se viste con una especie de caftanes, una montera y una perillica de estudiante de Biología y de pronto se convierte en el mayor aliado de Occidente contra Al-Qaeda. De hecho, dicen que esta organización tiene a Gadafi en el punto de mira.

Y ahora Gadafi (bendecido por Blair, el novio de Carla Bruni y el Departamento de Estado norteamericano) ha venido a España con su jaima y todo. Y viene acompañado de una guardia pretoriana de treinta amazonas vírgenes dispuestas a dar su vida por él, cuando tiene gazuza se hace sacrificar un cordero… A mí, qué queréis, este tipo me parece un personajazo digno de los libros de Tintín. Igual que su amiguito Hugo Chávez… ¡¡¡ay, el petróleo!!!

¿Habrá cambiado de verdad Gadafi y se habrá vuelto bueno? Por si las dudas, conviene recordar todo lo que he contado aquí al principio. De momento, el joío ha pedido venir a visitar Sevilla, Córdoba y Granada (lo que es Al-Andalus). ¿No será que viene en misión de reconocimiento?
 
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