
Ya lo dijo el buen Borges: “Tenue rey, sesgo alfil, etc...” Como si de una expresión del movimiento perpetuo se tratara, el combate se viene repitiendo eternamente; dos fuerzas antagónicas: Bien y Mal, Luz y Tinieblas, Dios y Satán, Alianza Rebelde e Imperio Galáctico, fichas blancas y negras, PSOE y PP… Como si de una infinita partida de ajedrez, backgammon o go se tratara, esta pelea no tuvo comienzo, nunca tendrá fin, y es móvil, muy fluida y dinámica, como una batalla de blindados entre la Unión Soviética y el Reich.
Lo bonito de esto, de la lucha de contrarios, es que encierra una turbadora paradoja: ambos comparten rasgos comunes, son antagónicos pero se necesitan mutuamente para existir, ya que de lo contrario no tendría sentido una oposición binaria de términos. El buen Ferdinand de Saussure (que tantas tonterías dejó dichas, pero ahora lo cito a mi conveniencia), nos lo dijo muy clarito: en un sistema de signos el significado surge de las oposiciones entre ellos, no de los signos aislados, que no representan nada. Eso lo tenemos bastante asumido en nuestra cultura: La mujer viene de una costilla del hombre (pido perdón a Bibiana por decir esto… a Bibí Andersen, claro está, no va a ser a la otra), Satán es un ángel caído de Dios, Tom Baker y Oliver Aton comenzaron jugando en el mismo equipo…

En ocasiones esta batalla se desarrolla de manera sorda o soterrada, a veces sin embargo toma una expresión violenta delante de nuestros ojos. Así ha ocurrido en la 5ª temporada de una serie de cuyo título no quiero acordarme, en la que un pique centenario entre dos demiurgos con barba de tres días se ha canalizado en una interminable partida de estrategia, pero también ha salido a flote en la pelea a puñetazos más esperada desde los tiempos de las pelis de Bud Spencer y Terence Hill.
En la actualidad, siento que en mi interior se desarrolla a microescala un combate entre opuestos de características similares a las descritas. Es como esas vívidas batallas entre bacterias y linfocitos o entre virus narigones y anticuerpos narigones que de pequeños amenizaban nuestras meriendas del sábado en la serie Érase una vez la vida. Siempre ganaban los buenos, siempre la salud a la enfermedad. Luego la vida pasa y te descubre brutalmente que no siempre es así, ni mucho menos. Que a veces el caballo de los malos es más rápido. Los malos molan (esto es un axioma de Estatuas Verdes) y a veces también ganan.

Siento dentro de mí una lucha intestina y feroz entre impulsos opuestos: el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto, lo cultural y lo salvaje, lo civilizado y lo animal, como una marea de sangre hirviendo que avanzara hasta casi ahogarme por completo pero que en el ultimísimo momento se retira (marea baja!) y vuelve a dejar mi mente en paz por unas horas. Es el combate entre la obligación y la devoción, entre lo inaceptable y lo aceptable, es una confusión bélica entre lo que está bien y lo que me viene bien. Es no saber qué hacer o peor aún, saberlo pero no estar seguro de que deba llevarlo a cabo. Es una turbulencia que me arrastra, me hace perder el equilibrio, estoy nadando –madre-, no sé si boca arriba o boca abajo, floto en ausencia de gravedad como Barbarella, me dejo llevar.
Esta zozobra me impide dormir bien, comer bien, pensar, hablar bien, escoger la música adecuada, lastra mi zancada en la carrera, hace que me deje losetas sin fregar, que no acierte del todo a reducir a segunda en las curvas. La manera más sintética de describir lo que me pasa sería decir que ahora mismo en mi vida estoy hecho un lío. Y para colmo, a veces, por virtud de mi trabajo cara al público me encuentro en situaciones límite que hacen que me hierva la sangre en las sienes, y debo entonces tomar decisiones rápidas, en fracciones de segundo, como un piloto de Fórmula 1, como el artillero de un B-17…

…cuando debo enfrentarme no ya a las caras, o a los desplantes de los clientes, sino a determinadas malas contestaciones, a los gritos, a tamaña acumulación de palabras malsonantes, a los insultos, por qué me dices eso si yo no te he hecho nada, por qué no te doy un bofetón ahorita mismo y te reviento la mejilla, ¿por qué? ¿por qué no? y es entonces cuando noto que me sujetan el brazo, para que no lo haga, Jesucristo y todos los Santos, el Rey blanco del ajedrez, el mago Gandalf, Obi Wan Kenobi, Optimus Prime, Josep Guardiola, Hello Kitty, la Madre Teresa y mi abuelita, q.e.p.d., y así, entre todos, logran calmarme… pero han de tirar más fuerte porque vuelven los gritos desaforados, los exabruptos, y los insultos… y siento que se me va la mano, la mano, esa mano… esa hostia que yo te daba…
Lo bonito de esto, de la lucha de contrarios, es que encierra una turbadora paradoja: ambos comparten rasgos comunes, son antagónicos pero se necesitan mutuamente para existir, ya que de lo contrario no tendría sentido una oposición binaria de términos. El buen Ferdinand de Saussure (que tantas tonterías dejó dichas, pero ahora lo cito a mi conveniencia), nos lo dijo muy clarito: en un sistema de signos el significado surge de las oposiciones entre ellos, no de los signos aislados, que no representan nada. Eso lo tenemos bastante asumido en nuestra cultura: La mujer viene de una costilla del hombre (pido perdón a Bibiana por decir esto… a Bibí Andersen, claro está, no va a ser a la otra), Satán es un ángel caído de Dios, Tom Baker y Oliver Aton comenzaron jugando en el mismo equipo…

En ocasiones esta batalla se desarrolla de manera sorda o soterrada, a veces sin embargo toma una expresión violenta delante de nuestros ojos. Así ha ocurrido en la 5ª temporada de una serie de cuyo título no quiero acordarme, en la que un pique centenario entre dos demiurgos con barba de tres días se ha canalizado en una interminable partida de estrategia, pero también ha salido a flote en la pelea a puñetazos más esperada desde los tiempos de las pelis de Bud Spencer y Terence Hill.
En la actualidad, siento que en mi interior se desarrolla a microescala un combate entre opuestos de características similares a las descritas. Es como esas vívidas batallas entre bacterias y linfocitos o entre virus narigones y anticuerpos narigones que de pequeños amenizaban nuestras meriendas del sábado en la serie Érase una vez la vida. Siempre ganaban los buenos, siempre la salud a la enfermedad. Luego la vida pasa y te descubre brutalmente que no siempre es así, ni mucho menos. Que a veces el caballo de los malos es más rápido. Los malos molan (esto es un axioma de Estatuas Verdes) y a veces también ganan.

Siento dentro de mí una lucha intestina y feroz entre impulsos opuestos: el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto, lo cultural y lo salvaje, lo civilizado y lo animal, como una marea de sangre hirviendo que avanzara hasta casi ahogarme por completo pero que en el ultimísimo momento se retira (marea baja!) y vuelve a dejar mi mente en paz por unas horas. Es el combate entre la obligación y la devoción, entre lo inaceptable y lo aceptable, es una confusión bélica entre lo que está bien y lo que me viene bien. Es no saber qué hacer o peor aún, saberlo pero no estar seguro de que deba llevarlo a cabo. Es una turbulencia que me arrastra, me hace perder el equilibrio, estoy nadando –madre-, no sé si boca arriba o boca abajo, floto en ausencia de gravedad como Barbarella, me dejo llevar.
Esta zozobra me impide dormir bien, comer bien, pensar, hablar bien, escoger la música adecuada, lastra mi zancada en la carrera, hace que me deje losetas sin fregar, que no acierte del todo a reducir a segunda en las curvas. La manera más sintética de describir lo que me pasa sería decir que ahora mismo en mi vida estoy hecho un lío. Y para colmo, a veces, por virtud de mi trabajo cara al público me encuentro en situaciones límite que hacen que me hierva la sangre en las sienes, y debo entonces tomar decisiones rápidas, en fracciones de segundo, como un piloto de Fórmula 1, como el artillero de un B-17…

…cuando debo enfrentarme no ya a las caras, o a los desplantes de los clientes, sino a determinadas malas contestaciones, a los gritos, a tamaña acumulación de palabras malsonantes, a los insultos, por qué me dices eso si yo no te he hecho nada, por qué no te doy un bofetón ahorita mismo y te reviento la mejilla, ¿por qué? ¿por qué no? y es entonces cuando noto que me sujetan el brazo, para que no lo haga, Jesucristo y todos los Santos, el Rey blanco del ajedrez, el mago Gandalf, Obi Wan Kenobi, Optimus Prime, Josep Guardiola, Hello Kitty, la Madre Teresa y mi abuelita, q.e.p.d., y así, entre todos, logran calmarme… pero han de tirar más fuerte porque vuelven los gritos desaforados, los exabruptos, y los insultos… y siento que se me va la mano, la mano, esa mano… esa hostia que yo te daba…



