Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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martes, 13 de enero de 2009

De feminismo, psicodelia y brajas


Tita Cervera vuelve a estar en el candelabro, por motivos de que duda de su abuelidad. Las revistas del corazonismo están dando cumplidísima cuenta de todo este embrollo, aquí solo lo saco a relucir por habernos sacado a relucir a la ex Miss, cazafortunas y mecenas del arte, reciente Baronesa Thyssen. En noviembre del 2007 vi, como mucha gente, el décimo episodio de Muchachada Nui, presentado por Tita Cervera. Me reí mucho, como siempre, pero confieso que hubo tal cúmulo de bizarradas que la cosa me venía un poco grande. ¿Rayo positrónico? ¿Un ángel ciego? ¿Una astronauta que quiere follisquear con todo el mundo? Definitivamente, pensé, a Joaquín Reyes & cía. se les ha ido el perolo.

¡Amigos! En mi inocencia e ignorancia desconocía que todo el asunto era una parodia de la famosísima película de ciencia ficción picante Barbarella, dirigida en 1968 por Roger Vadim. Esta peli convirtió en mito erótico a Jane Fonda, y contó en su elenco con gente como David Hemmings, Ugo Tognazzi o Marcel Marceau. Yo no la había visto, hasta este 2009, y al verla me fue dado contemplar una de las mayores colecciones de bizarría que mis cansados ojos han tenido el gusto de devorar. ¡La de Dios! Fue empezar a ver Barbarella, desde la secuencia inicial, y reconocer toda la parafernalia del episodio presentado por Tita Cervera, comenzando por la sintonía: “Tita Cervera psicodella…”


Y esa escena que tantas veces había visto homenajeada, una tía quitándose lentamente un traje de astronauta en gravedad cero (en videoclips de Kylie Minogue, Jem, Tita Cervera), también estaba ahí. Y es que he descubierto que la peli Barbarella es el artefacto pop más seminal desde… las gafas de John Lennon. En seguida me entero de que el malo de la película se llama Durand Durand, ¡frenesí!, de ahí sacaron el nombre los Duran Duran, huelga decirlo. Luego hay referencias mil en el mundo del cante: Scott Weyland tuvo un hit llamado “Barbarella”, hace nada y menos la cantante indie canadiense Lights hizo en su vídeo “February Air” otro homenaje a la psicodélica peli, y así podríamos estar hasta mañana dando referencias.

La trama de Barbarella es simple: Una “chica terrícola doble X de cinco estrellas navigatrix” (o algo así) recibe el encargo del Presidente de la Tierra de buscar al profesor Durand Durand, ex astronauta, que ha inventado un temible rayo positrónico. Para lograr su misión, Barbarella deberá ir al planeta donde vive escondido Durand, ayudada por un “convertidor idiomático” y una “llave invisible”. Hasta aquí, la parte lógica y coherente. A partir de aquí, el delirio: grotescos hombres transparentes, criaturas de cuero, gigantescos robots “sin materia viva”, ángeles ciegos en pelotas, instrumentos de tortura que dan placer, muñecas asesinas…. Pareciera que el guionista hubiera dicho, en plan cachondeo, “voy a poner aquí todo lo que se me ocurra, a ver si cuela, y como me paguen me descojono”.


Lo malo es que el guión corre a cargo del propio Vadim, Jean-Claude Forest (autor original del cómic francés en que se basó la peli) y de Terry Southern, el escritor contracultural, supuesto inventor del Nuevo Periodismo. No es de extrañar, conocido este último dato, que la mayor peculiaridad del personaje Barbarella sea su galopante ninfomanía. En sus guiones y novelas, Southern siempre exhibió una especie de obsesión sexual, ahí está Candy (1958, 68 la película), supuesto homenaje a Cándido de Voltaire, con una prota que solo hacía que follar. Barbarella es Candy en el espacio exterior en vez de en un hospital.

Pero gracias a este dato erótico-festivo podemos llegar a una lectura de Barbarella que iría más allá de la mera anécdota bizarra. Barbarella, una producción de culto, fracaso de crítica y público que sin embargo ha alcanzado un estatus gigantesco en el imaginario pop. ¿Por qué? Me atrevería a aventurar dos interpretaciones, por supuesto que abiertas a crítica pero creo que válidas. Por un lado, Barbarella puede leerse como una fábula feminista, en el sentido de que sí, la prota es una buscona de fácil llegada al catre, aparentemente tonta, pero si nos fijamos bien, la pava solo se encama con quien ella decide, y por muy tontaca que parezca, al final consigue su objetivo. En ese sentido, Barbarella utiliza su evidente atractivo sexual en forma de poder sobre los hombres para manipularlos y alterar el universo que la rodea en beneficio propio. Algunas feministas censurarían este uso explotativo del sexo femenino, pero, si nos pasamos al punto de vista post-feminista, ¿quién explota a quién en realidad? Pensadlo.


Por otro lado, me aventuraría a reinterpretar Barbarella como una versión libre de El corazón de las tinieblas (1898) de Joseph Conrad. Así como Apocalypse Now (1976) de Coppola trasladó la historia de Kurtz, el río y “el Horror, el Horror” a la guerra de Vietnam con tremendo acierto, no sé si Roger Vadim tenía en mente hacer algo así aquí, o le salió de chorra. Fijaos bien: Barbarella es una funcionaria (como Marlowe) que debe emprender un viaje de autodescubrimiento (en este caso, ella descubre el sexo penetrativo, prohibido en su sociedad) para encontrar, tratar de convencer y en último caso, neutralizar a su Kurtz particular: el profesor ex astronauta Durand Durand.

En lugar de un barco por el Río Congo, Barbarella se vale de su nave espacial, y cuando al fin encuentra a Durand Durand se lleva la sorpresa de que este está perfectamente integrado en su nueva sociedad y no alberga ni la más mínima intención de regresar a la Tierra. ¿Os suena esto de algo? También hay algo de El mago de Oz en Barbarella, con los personajes “ayudantes” que se encuentra por el camino, y por el juego de identidades secretas del final, que no revelaré.


De acuerdo, Barbarella puede quedarse en una pirotecnia psicodélica, en una ridícula fantasía masculina, muy atractiva visualmente, pero esto no sería Estatuas Verdes si no le buscásemos tres pies al gato, y por eso he querido ver en esta peli un fuerte statement sobre política sexual (onda feminista) y sobre el fin de una era de inocencia (onda Corazón de las tinieblas), temas ambos muy candentes –no lo olvidemos- en el momento de escribirse/rodarse/exhibirse Barbarella: los años 1967 y 68. Y creo que no voy desencaminado en decir esto (igual ya hay setenta tesis doctorales que lo exponen, yo solo soy un chaval con un portátil que vio Barbarella el otro día), dada la apretada agenda política de Ms. Fonda por aquellos años (activismo de izquierdas, anti-Vietnam…), casi tan apretada como los escotes que diseñó para ella en esta peli Paco Rabanne.

miércoles, 7 de mayo de 2008

Llanto por la la la suerte de María Félix de los Ángeles Santamaría Espinosa


Mi novia vuelve de Grecia y como sabe dónde me duele me trae de regalo una edición griega del Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías (1935) de FG Lorca. Yo no sé griego (chistes no, por favor), pero disfruto mucho con estas cosillas. Para leer el texto tengo que volver a mi versión española, claro está.

Y entonces me topo con una noticia acerca de un supuesto caso de untamiento o mordida en el triunfo eurovisivo de Massiel. Y me acuerdo de Uribarri, del Dúo Dinámico, de Serrat, de Cliff Richard, de Massiel, de Lorca y de Ignacio Sánchez Mejías (el torero-aviador-poeta-futbolista). Me viene a la mente aquel verso de Lorca a propósito de “La sangre derramada”, “¡Que no quiero verla!” Yo lo aplico a la noticia del “La la la”. ¡Que no quiero verla! No. Dile a Uribarri que venga que no quiero ver la pasta que por Massiel fue pagada.

Señores, seamos serios. Desde que el Tomate sacó a un nota que fue atropellado por Franco (era un dictador, colegas, qué esperabais que hiciera, ¿cosas buenas?) pienso que a la gente se le va la pinza con el dato inquisitivo. Váyanse ustedes a investigar a los príncipes herederos de la Corona Británica, que esos sí que son unos sinvergüenzas, con sus francachelas y sus paseos privados en helicópteros militares a costa del erario público. Pero a Massiel… no me la toquen. Lorca no basta para loarla, tengo que conjurar a Juan Ramón. No la toques ya más, que así es la moza.

Y es que hay cosas que es mejor no menearlas y correr un piadoso velo de prudencia sobre ellas. ¿Que el triunfo de Massiel en Eurovisión en 1968 fue un asunto sobrecogedor (o sea: que alguien cogió un sobre)? Qué más da, con lo bonito que quedó. Y lo mona que iba ella con esa especie de vestido o funda de lámpara en que la embutieron. A ver si os creíais que los Oscars de Garci, Trueba y Almodóvar salieron gratis. Si hubo una mordida no me lo contéis, que no quiero verla.

Lo próximo será desenmascarar la identidad secreta de Los Reyes Magos o del Ratoncito Pérez. Los sueños, déjenlos estar. Bastante teníamos ya con el turbio asunto que rodeó el veto a Serrat y su empecinamiento en cantar “La la la” en catalán. Por cierto, Milli Vanilli no cantaban de verdad, por si no lo sabíais. Papá Noël en realidad es… ¿sigo? Mi padre no es piloto y no es quien va en ese avión que se ve por el cielo. Operación Triunfo es un montaje, el concurso de Miss España está amañado, en Gran Hermano se salían a fumar y en Supervivientes la peña se inflaba de hamburguesas que les daban los cámaras.

Ah, por cierto, y… ¿sabéis esos rectángulos blancos gigantes donde se proyectan historias? Sí, hombre, que os sentáis en un butacón, se apagan las luces y sale en esa sábana gigante a lo mejor Optimus Prime o Charlton Heston hablando con Dios. Pues que sepáis que es mentira, esos personajes no existen (bueno, Dios sí) y todo es una conjura a base de gente que cobra por escribir un guión, aprendérselo de memoria y actuar. Más o menos como el Festival de Eurovisión, vaya.
 
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