Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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miércoles, 14 de enero de 2009

Pasatiempos cosiqueses


¿Qué te pasa, Porerror, ya no lees? ¿Te has adocenado con los pasatiempos rurales? Un respeto, señora, que aquí en Cosica hay un mundillo literario que echa para atrás. Ya he trabado contacto con un novelista y con un poeta (no son de aquí, pero…), el otro día en el gimnasio escuché a unos pavos discutiendo sobre una obra de teatro que están montando, y el mes pasado hubo una exposición sobre García Lorca que me perdí porque solo vi los carteles a toro pasado.

También me han dicho por aquí que Gloria Fuertes es una autora especialmente querida entre la juventud del pueblo (por algún motivo). Pero no nos engañemos, la literatura no es mi ocupación principal en Cosica, aparte del trabajo la mayor parte de mi tiempo libre lo empleo en ver crecer la hierba o en observar cómo les salen motitas negras a los plátanos. Ahora la bendita niebla nos ofrece muchísimas oportunidades: jugar al escondite conmigo mismo, hacer Morse con los faros antiniebla de mi Toyota (delanteros y traseros, ¿eh?), imaginarme que estoy en Londres (esto lo abandoné la segunda vez que entré en el supermercado El Jamón fingiendo que era Sainsbury’s y la cajera no me entendió cuando le hablé en inglés).


Hoy, amigos, caigo aún más bajo. El telediario de Antena 3 no surte en mí el efecto hipnótico de antaño. Ver llover (qué gran pasatiempo, sobre todo cuando uno tiene ropa tendida) ya no me satisface como hogaño. Hoy, con la mayor naturalidad, he dicho que a una invitación a ir a casa de un compañero a ver por la tele un partido de fútbol. Me sé la teórica: lo de menos es el partido, lo importante es el ambientillo, la comida, el picoteo, la charla… mentira!!! He visto algunos partidos con colegas y, como sean mínimamente aficionados al futbolismo, despídase usted de cualquier conversación coherente al menos durante 90 minutos. Lo importante es el fútbol porque si no, el ambientillo, la comida, el picoteo, la charla y todo eso están infinitamente mejor sin un aburrido partido de fútbol de fondo, para eso mejor poner música o ver, qué sé yo… Barbarella (1968).

En ciertas ocasiones del año pasado vi un par de partidos de fútbol del Eurocopismo y me lo llegué a pasar bien. Gracias a la pizza en un caso, a la coca-cola zero en el otro. Durante ambos partidos pasé una sustancial porción del tiempo de juego mirando las paredes/el techo. Pero hoy cuando la invitación a ver fútbol ha llegado a mis oídos, me ha sonado a música celestial. ¡Allá voy! Solo una reticencia me quedaba in the back of my mind: ¿habrá en casa de mi amigo suficiente número de radiadores?


Tranquilos, que sigo leyendo, poquito porque hay poquitas horas de luz y porque no he tenido la suerte de enganchar buenos libros en los últimos dos meses (he dejado dos a la mitad), sigo culturetizándome y tragando bastante tele. Todo por vosotros, para escribiros el post vuestro de cada día. Y quizá un poco también para no volverme loco.

Probablemente mañana comentéis en el trabajo o donde sea el resultado del partido de Copa del Rey Barcelona-At. Madrid, y si lo hacéis, pensad que, por esta vez, yo también vi ese partido por error.

martes, 13 de enero de 2009

De feminismo, psicodelia y brajas


Tita Cervera vuelve a estar en el candelabro, por motivos de que duda de su abuelidad. Las revistas del corazonismo están dando cumplidísima cuenta de todo este embrollo, aquí solo lo saco a relucir por habernos sacado a relucir a la ex Miss, cazafortunas y mecenas del arte, reciente Baronesa Thyssen. En noviembre del 2007 vi, como mucha gente, el décimo episodio de Muchachada Nui, presentado por Tita Cervera. Me reí mucho, como siempre, pero confieso que hubo tal cúmulo de bizarradas que la cosa me venía un poco grande. ¿Rayo positrónico? ¿Un ángel ciego? ¿Una astronauta que quiere follisquear con todo el mundo? Definitivamente, pensé, a Joaquín Reyes & cía. se les ha ido el perolo.

¡Amigos! En mi inocencia e ignorancia desconocía que todo el asunto era una parodia de la famosísima película de ciencia ficción picante Barbarella, dirigida en 1968 por Roger Vadim. Esta peli convirtió en mito erótico a Jane Fonda, y contó en su elenco con gente como David Hemmings, Ugo Tognazzi o Marcel Marceau. Yo no la había visto, hasta este 2009, y al verla me fue dado contemplar una de las mayores colecciones de bizarría que mis cansados ojos han tenido el gusto de devorar. ¡La de Dios! Fue empezar a ver Barbarella, desde la secuencia inicial, y reconocer toda la parafernalia del episodio presentado por Tita Cervera, comenzando por la sintonía: “Tita Cervera psicodella…”


Y esa escena que tantas veces había visto homenajeada, una tía quitándose lentamente un traje de astronauta en gravedad cero (en videoclips de Kylie Minogue, Jem, Tita Cervera), también estaba ahí. Y es que he descubierto que la peli Barbarella es el artefacto pop más seminal desde… las gafas de John Lennon. En seguida me entero de que el malo de la película se llama Durand Durand, ¡frenesí!, de ahí sacaron el nombre los Duran Duran, huelga decirlo. Luego hay referencias mil en el mundo del cante: Scott Weyland tuvo un hit llamado “Barbarella”, hace nada y menos la cantante indie canadiense Lights hizo en su vídeo “February Air” otro homenaje a la psicodélica peli, y así podríamos estar hasta mañana dando referencias.

La trama de Barbarella es simple: Una “chica terrícola doble X de cinco estrellas navigatrix” (o algo así) recibe el encargo del Presidente de la Tierra de buscar al profesor Durand Durand, ex astronauta, que ha inventado un temible rayo positrónico. Para lograr su misión, Barbarella deberá ir al planeta donde vive escondido Durand, ayudada por un “convertidor idiomático” y una “llave invisible”. Hasta aquí, la parte lógica y coherente. A partir de aquí, el delirio: grotescos hombres transparentes, criaturas de cuero, gigantescos robots “sin materia viva”, ángeles ciegos en pelotas, instrumentos de tortura que dan placer, muñecas asesinas…. Pareciera que el guionista hubiera dicho, en plan cachondeo, “voy a poner aquí todo lo que se me ocurra, a ver si cuela, y como me paguen me descojono”.


Lo malo es que el guión corre a cargo del propio Vadim, Jean-Claude Forest (autor original del cómic francés en que se basó la peli) y de Terry Southern, el escritor contracultural, supuesto inventor del Nuevo Periodismo. No es de extrañar, conocido este último dato, que la mayor peculiaridad del personaje Barbarella sea su galopante ninfomanía. En sus guiones y novelas, Southern siempre exhibió una especie de obsesión sexual, ahí está Candy (1958, 68 la película), supuesto homenaje a Cándido de Voltaire, con una prota que solo hacía que follar. Barbarella es Candy en el espacio exterior en vez de en un hospital.

Pero gracias a este dato erótico-festivo podemos llegar a una lectura de Barbarella que iría más allá de la mera anécdota bizarra. Barbarella, una producción de culto, fracaso de crítica y público que sin embargo ha alcanzado un estatus gigantesco en el imaginario pop. ¿Por qué? Me atrevería a aventurar dos interpretaciones, por supuesto que abiertas a crítica pero creo que válidas. Por un lado, Barbarella puede leerse como una fábula feminista, en el sentido de que sí, la prota es una buscona de fácil llegada al catre, aparentemente tonta, pero si nos fijamos bien, la pava solo se encama con quien ella decide, y por muy tontaca que parezca, al final consigue su objetivo. En ese sentido, Barbarella utiliza su evidente atractivo sexual en forma de poder sobre los hombres para manipularlos y alterar el universo que la rodea en beneficio propio. Algunas feministas censurarían este uso explotativo del sexo femenino, pero, si nos pasamos al punto de vista post-feminista, ¿quién explota a quién en realidad? Pensadlo.


Por otro lado, me aventuraría a reinterpretar Barbarella como una versión libre de El corazón de las tinieblas (1898) de Joseph Conrad. Así como Apocalypse Now (1976) de Coppola trasladó la historia de Kurtz, el río y “el Horror, el Horror” a la guerra de Vietnam con tremendo acierto, no sé si Roger Vadim tenía en mente hacer algo así aquí, o le salió de chorra. Fijaos bien: Barbarella es una funcionaria (como Marlowe) que debe emprender un viaje de autodescubrimiento (en este caso, ella descubre el sexo penetrativo, prohibido en su sociedad) para encontrar, tratar de convencer y en último caso, neutralizar a su Kurtz particular: el profesor ex astronauta Durand Durand.

En lugar de un barco por el Río Congo, Barbarella se vale de su nave espacial, y cuando al fin encuentra a Durand Durand se lleva la sorpresa de que este está perfectamente integrado en su nueva sociedad y no alberga ni la más mínima intención de regresar a la Tierra. ¿Os suena esto de algo? También hay algo de El mago de Oz en Barbarella, con los personajes “ayudantes” que se encuentra por el camino, y por el juego de identidades secretas del final, que no revelaré.


De acuerdo, Barbarella puede quedarse en una pirotecnia psicodélica, en una ridícula fantasía masculina, muy atractiva visualmente, pero esto no sería Estatuas Verdes si no le buscásemos tres pies al gato, y por eso he querido ver en esta peli un fuerte statement sobre política sexual (onda feminista) y sobre el fin de una era de inocencia (onda Corazón de las tinieblas), temas ambos muy candentes –no lo olvidemos- en el momento de escribirse/rodarse/exhibirse Barbarella: los años 1967 y 68. Y creo que no voy desencaminado en decir esto (igual ya hay setenta tesis doctorales que lo exponen, yo solo soy un chaval con un portátil que vio Barbarella el otro día), dada la apretada agenda política de Ms. Fonda por aquellos años (activismo de izquierdas, anti-Vietnam…), casi tan apretada como los escotes que diseñó para ella en esta peli Paco Rabanne.

 
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