Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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domingo, 21 de junio de 2009

Siempre es verano...


-“Pepino ninoninoni…”
(La Hora Chanante)




El calor derrite los sesos, eso es sabido. El calor derrite los cerebros: incluido el mío. Será por eso que la realidad se percibe con esa especie de cualidad borrosa como la que desprende una carretera recién asfaltada en pleno mes de agosto, solo que todavía estamos a mediados de junio. El mundo no está nítido, se desdibujan los contornos, la realidad se disuelve ante nuestros ojos, nada es lo que parece, Matrix, Daniel El-Kum, etc, etc… Realmente, hay que ser muy fuerte para no sucumbir en este estado de cosas a algún tipo de manía o locura.

¿No fue el “extranjero” de Camus el que le pegó un tiro a uno en una playa porque le picaba el sol en los ojos? Es entonces, amigos, en esta época de zozobra y grados excesivos de mercurio, cuando se erige ante nosotros un nuevo tótem de resonancias épicas, por no decir míticas. Estoy hablando del pepino. Basta de rimas chocarreras, parece que os estuviera escuchando. O mejor aún, digámoslas todas a un tiempo y así las exorcizamos:
-Padre, me acuso de que soy poeta.
-Pero hijo, eso es un don divino…
-…


Tuvieron que ser los de Muchachada Nui los que nos hicieran ver un potentísimo axioma, a saber, que “siempre es verano con el pepino en la mano”, y hoy sí que lo podemos decir por ser 21 de junio. El pepino nos refresca, sirve para ajustar la pantallita de la realidad y despojarla de esa molesta y continua interferencia borrosa: como una radio mal sintonizada a la que alguien -por fin-le dar por mover la ruedecita. Así, como bálsamo del frescor aparece en verano el pepino en nuestras vidas, en aliños, en ensaladas, en gazpachos, en gin-tonics, en anuncios protagonizados por Hugh Laurie. He visto pepinos gigantes junto a tiendas de campaña en festivales veraniegos, he tenido amigas solteras que se han regalado pepinos el día de San Valentín, que aunque no cae en verano ya se sabe que “En febrero busca la sombra el perro”.


¡Qué frescores no proporcionará un pepino, dispensado en su justa proporción y medida! El pepino en la mano es una bonita metáfora del poder (Bibiana diría algo de esto), me recuerda a esos absurdos jueguitos psicopedagógicos en los que hay una especie de tótem o cetro simbólico que otorga la prerrogativa de hablar a quien lo ostenta en cada momento, y se va pasando por turnos. El pepino nos protege, por ejemplo, con su alargada forma de todas esas manadas de personas vestidas de boda que pululan estos calurosos días por las calles de Miciudad.

En inglés existe un dicho, más fresco que un pepino (“cool as a cucumber”), que la verdad se aplica sobre todo en un sentido “cool” de tranquilidad y manejo de la situación, como se veía en Pulp Fiction (1994). Pero no deja de tener su gracia la mención a la frescura. En español la frase por antonomasia es “me importa un pepino”, despectivo trato que la humilde hortaliza recoge y asume para expiar nuestros pecados. En un anuncio de Schweppes se ve a Hugh Laurie echar pepino en rodajas a un vaso de tónica mientras dice que le importan un pepino los husos horarios, o algo así.


Indudablemente, el buen Laurie nos está engañando, nos incita a echarle pepino no a la tónica sino a su hermano mayor: el gin and tonic. Expertos en la materia me aseguran que en concreto, los combinados de una ginebra llamada Hendricks, se benefician sobremanera de esta adenda. Y pienso que es verdad: el mejor uso que se ha hecho de los pepinos en Gran Bretaña, desde aquellos sándwiches de pepino que merendaban los personajes de Oscar Wilde. La razón es que es el pepino uno de los botanicals fundamentales en la elaboración de esta exclusiva marca de ginebra escocesa. Anoche tuve la dicha de probar esta maravillosa combinación, y me voy a privar del ditirambo y de la hipérbole. Solo voy a decir: si os gusta la ginebra, probad la Hendricks.

Mientras charlábamos con sendos gin tonics de pepino en la mano, un colega me contaba que había visto cómo en Jerez unos graciosos habían escrito en una pancarta la leyenda “Florentino, cómprame el pepino”, en alusión a los dispendios del manirroto presidente del Real Madrid en materia de fichajes. Otra vez la rima procaz, pero hay que reconocerle su gracia. Y ahora os dejo, que para combatir el calor me voy a jincar un plato de salmorejo “con su ajo y su pepino”, como cantaba el Sabina en la sintonía de Con las manos en la masa..

domingo, 25 de noviembre de 2007

A tope con Supermodelo 2007



No todo iba a ser cultureta y referencias frikis en este blog, demos paso también a los programas de la tele normal. Hay en la parrilla española uno especialmente favorito, lo emiten en Cuatro los lunes por la noche y se llama Supermodelo 2007.

Supongo que debería medio avergonzarme de verlo y seguirlo con interés, pero nada más lejos: me siento orgullosísimo de ser un entendido en la materia. El año pasado se llamaba simplemente Supermodelo, este año le han añadido la coletilla de “2007” para dar a entender que habrá varias ediciones. La mecánica es simple: se trata de un reality show en el que varias chicas aspirantes a modelo compiten dentro de una academia en plan OT por el puesto de “Supermodelo”, que se supone ha de abrirles las puertas de la fama en su profesión.

Ahora bien, lo mejor del programa no son ni las chicas concursantes ni los desfiles de moda ni la ropa que deben lucir, sino el variopinto plantel de eminencias que componen el claustro de profesores que forman a las aspirantes y el jurado que semanalmente las evalúa. El año pasado conocimos a Valerio, especie de bailarín-latin lover que les enseña a desfilar por la pasarela. Él fue la estrella por su mala baba y sus gritos desaforados. Este año repiten con él Emmanuel Rouzic, un Kojak de la fotografía y Cristina Rodríguez, “tutora” de las pupilas y estilista imposible que lo mismo se adorna con un collar de cucharillas de café que se planta un loro de felpa en el hombro en plan Long John Silver.

Para esta edición, los señores de Cuatro nos tenían preparada una sorpresa que nunca les podremos agradecer bastante: Daniel El-Kum, un nuevo miembro del jurado con un vestuario sacado de El talento de Mr. Ripley y una carita que parece que le acaban de dar una paliza (ríete tú de Robert De Niro en Toro Salvaje). Para colmo el buen señor, estilista de las estrellas (luce en su curriculum a Ana Obregón, Catherine Deneuve, Linda Evangelista o Martina Klein), tiene una voz adenoidal que cuando habla se le entiende aproximadamente igual que a Darth Vader degustando polvorones.

Lo anterior no es óbice para que él se permita criticar el acento y la dicción de las concursantes, los atuendos del profesorado, la profesionalidad de todos menos la suya y lo que se le ponga por delante. Y todo esto mientras sienta cátedra gesticulando con uno de los veintitantos pares de gafas que dice poseer, que digo yo que le servirán de atrezzo.

Lástima que ya solo quede un programa de Supermodelo 2007 –la Gran Final-, porque con su tendencia a enmendarle la plana al lucero del alba (eso sí, siempre tratándolo de “usted”), el señor El-Kum podría haber dado aún muchísimo juego. Su papel no es el de malo –ojo-, es más bien el de una especie de Galactus de la moda que en lugar de engullir planetas se merienda a todos los participantes del programa, pues está por encima del bien y del mal.

Mi momento favorito tuvo lugar durante los castings. El señor El-Kum formaba parte del jurado de selección, y en cierta ocasión rechazaron a una candidata, que no estuvo de acuerdo con el dictamen. Interrogado el tipo por la aspirante sobre por qué no la habían escogido, Daniel El-Kum respondió que estaban buscando “otro perfil de chica”. Como quiera que la muchacha no se quedaba satisfecha, insistió: “¿Y qué tendría que hacer yo para dar ese perfil?”

Impasible, el señor El-Kum la miró de reojo y le dijo: “Tendría usted que volver a nacer”.


 
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