
(La Hora Chanante)
¿No fue el “extranjero” de Camus el que le pegó un tiro a uno en una playa porque le picaba el sol en los ojos? Es entonces, amigos, en esta época de zozobra y grados excesivos de mercurio, cuando se erige ante nosotros un nuevo tótem de resonancias épicas, por no decir míticas. Estoy hablando del pepino. Basta de rimas chocarreras, parece que os estuviera escuchando. O mejor aún, digámoslas todas a un tiempo y así las exorcizamos:
-Padre, me acuso de que soy poeta.
-Pero hijo, eso es un don divino…
-…

Tuvieron que ser los de Muchachada Nui los que nos hicieran ver un potentísimo axioma, a saber, que “siempre es verano con el pepino en la mano”, y hoy sí que lo podemos decir por ser 21 de junio. El pepino nos refresca, sirve para ajustar la pantallita de la realidad y despojarla de esa molesta y continua interferencia borrosa: como una radio mal sintonizada a la que alguien -por fin-le dar por mover la ruedecita. Así, como bálsamo del frescor aparece en verano el pepino en nuestras vidas, en aliños, en ensaladas, en gazpachos, en gin-tonics, en anuncios protagonizados por Hugh Laurie. He visto pepinos gigantes junto a tiendas de campaña en festivales veraniegos, he tenido amigas solteras que se han regalado pepinos el día de San Valentín, que aunque no cae en verano ya se sabe que “En febrero busca la sombra el perro”.

¡Qué frescores no proporcionará un pepino, dispensado en su justa proporción y medida! El pepino en la mano es una bonita metáfora del poder (Bibiana diría algo de esto), me recuerda a esos absurdos jueguitos psicopedagógicos en los que hay una especie de tótem o cetro simbólico que otorga la prerrogativa de hablar a quien lo ostenta en cada momento, y se va pasando por turnos. El pepino nos protege, por ejemplo, con su alargada forma de todas esas manadas de personas vestidas de boda que pululan estos calurosos días por las calles de Miciudad.
En inglés existe un dicho, más fresco que un pepino (“cool as a cucumber”), que la verdad se aplica sobre todo en un sentido “cool” de tranquilidad y manejo de la situación, como se veía en Pulp Fiction (1994). Pero no deja de tener su gracia la mención a la frescura. En español la frase por antonomasia es “me importa un pepino”, despectivo trato que la humilde hortaliza recoge y asume para expiar nuestros pecados. En un anuncio de Schweppes se ve a Hugh Laurie echar pepino en rodajas a un vaso de tónica mientras dice que le importan un pepino los husos horarios, o algo así.

Indudablemente, el buen Laurie nos está engañando, nos incita a echarle pepino no a la tónica sino a su hermano mayor: el gin and tonic. Expertos en la materia me aseguran que en concreto, los combinados de una ginebra llamada Hendricks, se benefician sobremanera de esta adenda. Y pienso que es verdad: el mejor uso que se ha hecho de los pepinos en Gran Bretaña, desde aquellos sándwiches de pepino que merendaban los personajes de Oscar Wilde. La razón es que es el pepino uno de los botanicals fundamentales en la elaboración de esta exclusiva marca de ginebra escocesa. Anoche tuve la dicha de probar esta maravillosa combinación, y me voy a privar del ditirambo y de la hipérbole. Solo voy a decir: si os gusta la ginebra, probad la Hendricks.
Mientras charlábamos con sendos gin tonics de pepino en la mano, un colega me contaba que había visto cómo en Jerez unos graciosos habían escrito en una pancarta la leyenda “Florentino, cómprame el pepino”, en alusión a los dispendios del manirroto presidente del Real Madrid en materia de fichajes. Otra vez la rima procaz, pero hay que reconocerle su gracia. Y ahora os dejo, que para combatir el calor me voy a jincar un plato de salmorejo “con su ajo y su pepino”, como cantaba el Sabina en la sintonía de Con las manos en la masa..