
A esta horita ya de la tarde vamos a quitarnos la careta de una vez por todas y proclamar a los cuatro vientos un secreto a voces. No, no me estoy refiriendo al divorcio de Felipe González ni al hecho de que haya tongo en el Premio Planeta. Quiero dejar mi garganta, atormentada por los estreptococos, gritando que EL DONUT ES EL MAYOR INVENTO DE LA HISTORIA DE LA HUMANIDAD.
Y os lo dice uno que no merienda, desde chico me acostumbré a no merendar. De todas maneras, si consultara a un nutrólogo fijo que me diría que para merendar me tomara dos mandarinas, o sea que ni caso. El donut es el mayor invento de la Humanidad, lo que pasa es que engorda y por eso está feo decirlo. Está hecho de grasaza animal, de chocolate, de crema, de azúcar… de cosas ricas que engordan. Lo primero que necesitamos para hablar de algo es delimitar el objeto de estudio. ¿Qué es un donut?

Una de las muchas cosas que he aprendido viendo la tele es que en Madrid y por ahí les llaman “bollos” a los pastelitos de bollería industrial: palmeras, cuñas, caracolas, xuxos, cañas… ¿Se encuentra el donut en esta categoría? ¡INJURIA! El donut, el buen donut, es una obra de arte, un poema que se nos ha dado para mancharnos los dedos pecando. Etimológicamente, la palabra donut es una bárbara simplificación yanqui de la palabra inglesa doughnut, que significa literalmente “pella de masa”. Todavía recuerdo cómo se rió de mí la profesora particular de inglés –graduada en Cambridge- cuando me vio escribir la palabra doughnut de aquella forma: donut. ¡Perdón, Vanessa, por seguir los absurdos dictados USA!

Para mis torpes ojos de niño español criado en los 80, un donut era esa especie de engendro o rosquilla que la empresa Donuts facturaba y factura para consumo estupefaciente y masivo en los colegios. Alguien debería hacer un estudio entre la relación de la comida basura y la música indie en España: Sr. Chinarro trabajando para Donuts, el de La Casa Azul para Nesquik… conozco a cantautores que pierden la cabeza por la bollería industrial. Volviendo al tema, es cierto, como es lamentable que en España durante muchos años se ha identificado “donut” con el nefando producto con un agujero en medio. Afortunadamente, la cosa ya está cambiando.
Incluso una miserable franquicia como Dunkin’ Donuts ha hecho bastante por hacernos ver la luz. Vayan allí, despáchense media docena y luego me cuentan. Yo me convertí al mundo del donut en USA, hay que admitirlo. Al igual que las hamburguesas y tantas otras cosas, el donut es un pequeño prodigio que si se hace bien cae dentro de la categoría de lo sublime; si se hace mal es simplemente asqueroso. Una vez más, los mejores donuts son los “artesanales”, realizados en pastelerías u obradores, de los que afortunadamente cada vez se ven más en nuestras ciudades. Allí en USA, hasta marcas mastodónticas como Krispy-Kreme o Entemann’s son capaces de facturar industrialmente delicias con las que aquí solo podemos soñar.

Pero cada vez es más y más posible comer buenos donuts en España. Yo apenas los pruebo, pero me complazco hablando de ellos, como esos ex fumadores que dicen a sus interlocutores, “fume usted, fume, que me da alegría verlo”. Pues a mí me pasa igual: me puedo comer cuatro o cinco donuts al año, pero me alegro pensando en que mis lectores los engullen a pares. Y ¡claro! que hay donuts con un agujero en medio, pero los mejores son redonditos, es un principio de física elemental. Si son macizos pueden estar rellenos de –oh, maravilla- chocolate, crema pastelera, nata, merengue, crema de café, mermelada de fresa, naranja, mora, frambuesa, grosella, arándanos rojos, compota de manzana, pera, plátano, dulce de leche…
Por fuera, ya lo sabéis, no me hagáis repetirlo, ¡No! Que no quiero verlo, como “La sangre derramada” que cantaba Lorca. Por fuera el donut puede ir a las bravas (sin nada), cubierto de chocolate, de azúcar, de canela, de café… También los hay de devil’s food (bizcocho de chocolate), angel food (bizcocho de claras de huevo)… ¡basta! No quiero verlos, ni pensar en ellos, pero quien pillara uno, ¿eh?
Y os lo dice uno que no merienda, desde chico me acostumbré a no merendar. De todas maneras, si consultara a un nutrólogo fijo que me diría que para merendar me tomara dos mandarinas, o sea que ni caso. El donut es el mayor invento de la Humanidad, lo que pasa es que engorda y por eso está feo decirlo. Está hecho de grasaza animal, de chocolate, de crema, de azúcar… de cosas ricas que engordan. Lo primero que necesitamos para hablar de algo es delimitar el objeto de estudio. ¿Qué es un donut?

Una de las muchas cosas que he aprendido viendo la tele es que en Madrid y por ahí les llaman “bollos” a los pastelitos de bollería industrial: palmeras, cuñas, caracolas, xuxos, cañas… ¿Se encuentra el donut en esta categoría? ¡INJURIA! El donut, el buen donut, es una obra de arte, un poema que se nos ha dado para mancharnos los dedos pecando. Etimológicamente, la palabra donut es una bárbara simplificación yanqui de la palabra inglesa doughnut, que significa literalmente “pella de masa”. Todavía recuerdo cómo se rió de mí la profesora particular de inglés –graduada en Cambridge- cuando me vio escribir la palabra doughnut de aquella forma: donut. ¡Perdón, Vanessa, por seguir los absurdos dictados USA!

Para mis torpes ojos de niño español criado en los 80, un donut era esa especie de engendro o rosquilla que la empresa Donuts facturaba y factura para consumo estupefaciente y masivo en los colegios. Alguien debería hacer un estudio entre la relación de la comida basura y la música indie en España: Sr. Chinarro trabajando para Donuts, el de La Casa Azul para Nesquik… conozco a cantautores que pierden la cabeza por la bollería industrial. Volviendo al tema, es cierto, como es lamentable que en España durante muchos años se ha identificado “donut” con el nefando producto con un agujero en medio. Afortunadamente, la cosa ya está cambiando.
Incluso una miserable franquicia como Dunkin’ Donuts ha hecho bastante por hacernos ver la luz. Vayan allí, despáchense media docena y luego me cuentan. Yo me convertí al mundo del donut en USA, hay que admitirlo. Al igual que las hamburguesas y tantas otras cosas, el donut es un pequeño prodigio que si se hace bien cae dentro de la categoría de lo sublime; si se hace mal es simplemente asqueroso. Una vez más, los mejores donuts son los “artesanales”, realizados en pastelerías u obradores, de los que afortunadamente cada vez se ven más en nuestras ciudades. Allí en USA, hasta marcas mastodónticas como Krispy-Kreme o Entemann’s son capaces de facturar industrialmente delicias con las que aquí solo podemos soñar.

Pero cada vez es más y más posible comer buenos donuts en España. Yo apenas los pruebo, pero me complazco hablando de ellos, como esos ex fumadores que dicen a sus interlocutores, “fume usted, fume, que me da alegría verlo”. Pues a mí me pasa igual: me puedo comer cuatro o cinco donuts al año, pero me alegro pensando en que mis lectores los engullen a pares. Y ¡claro! que hay donuts con un agujero en medio, pero los mejores son redonditos, es un principio de física elemental. Si son macizos pueden estar rellenos de –oh, maravilla- chocolate, crema pastelera, nata, merengue, crema de café, mermelada de fresa, naranja, mora, frambuesa, grosella, arándanos rojos, compota de manzana, pera, plátano, dulce de leche…
Por fuera, ya lo sabéis, no me hagáis repetirlo, ¡No! Que no quiero verlo, como “La sangre derramada” que cantaba Lorca. Por fuera el donut puede ir a las bravas (sin nada), cubierto de chocolate, de azúcar, de canela, de café… También los hay de devil’s food (bizcocho de chocolate), angel food (bizcocho de claras de huevo)… ¡basta! No quiero verlos, ni pensar en ellos, pero quien pillara uno, ¿eh?





