Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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lunes, 18 de mayo de 2009

Tutto Kubrick


Recuerdo adolescente #1: Voy paseando por la acera de mi casa a los 14 ó 15 años junto a un amigo cinéfilo. Este me cuenta que se ha comprado Espartaco (1960) en edición de lujo -en VHS, claro-. “Es de Kubrick, pero vamos, que a él se la colgaron, es un producto de estudio”. Sé quién es Stanley Kubrick pero no controlo qué otras pelis ha hecho aparte de 2001 (1968). Le pido a mi amigo referencias y él me recita toda su filmografía de memoria.

Recuerdo adolescente #2: Voy a casa de otro colega, compi de carrera. Su padre, amén de científico, es un forofo de la Cultura con C mayúscula. Me enseña ufano las estanterías de su salón. ¿Ves estos libros de ahí, chico? Es todo Nietzsche... completo. Platón... completo. Heidegger... completo. Descartes... completo. Y así sucesivamente.


Desde aquella época, siento una reverencia especial por la obras completas de literatos, cineastas o grupos musicales. Es lo que el buen Fran G. llama “hacer un complete: vas a una tienda y te llevas, por ejemplo, toda la discografía de la Creedence de una tacada. Con cineastas suele ser más complicado y no digamos con los escritores, salvo que sus “obras completas” se hallen recogidas en convenientes volúmenes o packs. Por otra parte, me ocurre que hay creadores que me gustan tantísimo que no me da la gana agotarlos. Hay varios libros de Borges y Cortázar que me faltan por leer, igual que me faltan varios discos de Elvis Costello. Ya habrá tiempo, pienso.

He hablado de “creadores” a sabiendas de que utilizaba un término vago, deliberadamente amplio y generoso. Y es que para mí hay directores de cine, por ejemplo, que son auténticos artistas. Habrán sido artesanos en uun momento dado, habrán estado sometidos a las leyes de la industria y el mercado, pero para mí son sobre todo artistas.


Mucha gente metería en este saco a John Ford y Clint Eastwood; yo no, como ya sabéis. Para mí los grandes cineastas contadores de historias e intuidores del alma humana son Alfred Hitchcock, Woody Allen y Stanley Kubrick. Seguro que hay mejores directores, que si el propio Ford, que si Billy Wilder, que si Howard Hawks, que si Scorsese... lo que queráis. Además no voy a discutir porque de cine entiendo muy poquito, pero sí sé algo acerca de cómo se cuentan las historias y se crean los personajes, y me quedo con Alfred, Stanley y Woody.

Siempre he dicho que si Shakespeare hubiese nacido en el siglo XX habría sido director de cine (o guionista al menos). Por la misma regla de tres, pienso que si Allen, Kubrick o Hitchcock hubieran surgido en los siglos XVI-XVII ahora estarían considerados como Shakespeare, Molière o Calderón. Su obra me emociona como no lo hace la de ningún otro (bueno, tal vez Scorsese también: llevo con mala conciencia desde que escribí el anterior párrafo), y hoy quería especialmente centrarme en el rarito de Kubrick.


El buen Kubrick, curiosamente, es el terror de los escritores. El tipo te coge una obra literaria y te la destroza, te la poda hasta reducirla a un esquema de situaciones y personajes que luego te presenta visualmente. Y de manera casi siempre memorable. Hay quien dice que sus adaptaciones son una mierda, hay quien asegura que nunca traiciona la esencia del original. Ahí están Atraco perfecto (1956), Senderos de gloria (1957), Barry Lyndon (1975), Teléfono rojo: ¿Volamos hacia Moscú? (1964), Lolita (1962), La naranja mecánica (1971), 2001: Una odisea en el espacio (1968), El resplandor (1980), La chaqueta metálica (1987) o Eyes Wide Shut (1999) para comprobarlo.

“Oh, es que en La naranja mecánica libro no dice que Alex llevara bombín... en Lolita la novela la niña se come un helado de limón y no de fresa... el Jack Torrance original de Stephen King utiliza una maza y no un hacha...” ¡Guau! Gran pecado, ¿eh? ¿Qué hacemos, fusilamos a Kubrick? Para bien o para mal, nadie se acuerda en la cultura popular de Alex y sus “drugos” si no es con un pijama blanco oyendo a Beethoven (“pues en el libro su favorito es Mozart”), Lolita es Sue Lyon palotizando a James Mason y Jack Torrance es Jack Nicholson metiendo la cabeza por una puerta (“pues en la novela la habitación pupita es la 217, no la 237”).


Lo que más admiro de Kubrick es que el mamón no repite género. Una de miedo, una de ciencia-ficción, cine negro, una bélica, otra histórica... igualito que Tarantino o Almodóvar, vaya. Kubrick se pasea por los géneros y en todos deja su gracia en forma de obra maestra. No hizo una mala, el hijoputa (no, ni siquiera Eyes Wide Shut, dejad de gritarme!).

El otro día, hablando con un erudito de Kubrick que tuvo a bien contarme los presupuestos, fechas de rodaje y recaudaciones de las obras del maestro (yo a tanto no llego, os lo aseguro), saltó la liebre de que yo no había visto El resplandor. La compré, la vi, lo flipé y me dije, veamos por curiosidad qué pelis de Kubrick me quedan por ver. Fui recorriendo la lista una a una y resulta que terminé por tacharlas todas. Kubrick... completo. Y eso me dio más miedo que las caricas que ponía Jack Nicholson.

lunes, 26 de enero de 2009

Naranjada poética


Qué bonito libro os traigo hoy, amigos. Y qué nutritivo. Un librito de poesía titulado Naranjas cada vez que te levantas (2008), del poeta ovetense Julio Rodríguez. Yo tampoco lo conocía hasta que el sábado, en esa librería donde me saltaron otros libros a la vista, este me saltó a la vista. El hecho de ser de poesía, grosor, precio… ¡título! En mi mundo, cualquier libro titulado Naranjas cada vez que te levantas ha de ser por fuerza bueno, y resulta que además este es buenísimo.

Me llama la atención que ganó un premiazo literario (VI Premio Emilio Alarcos) cuyo jurado contaba, entre otros, con Ángel González, Caballero-Bonald y Luis García Montero. El libro son, si he contado bien, 62 poemas bastante breves, en los que predomina el verso libre (ese que no rima ni está medido pero resulta tan difícil). La mayoría son poemas de amor, incluso de amor con cama, pero nada pastelosos. El estilo es más bien modernete (me acabo de inventar un estilo literario), con ese punto de coloquialismo y cotidianeidad que tienen tantos poetas de los últimos 25-30 años. Estoy pensando en poemas que lo mismo te nombran un semáforo que una llamada de teléfono que te dicen “me gustas cuando te vas de compras con tu madre”. Estoy pensando en un García Montero o un Luis Alberto de Cuenca.


Para demostraros que no hay cursilería, os cuento que también hay ecos del prosaísmo de Ángel González (el poema “Coordenadas” es un nuevo “Inventario de lugares propicios para el amor”) o del surrealismo de Cortázar (“Instrucciones de uso”, acerca de las relaciones amorosas). El amor de pareja no es el único tema, hay poemas dedicados al padre muerto, o a diversos estilos musicales (“Jazz”, “Pop”, “Soul” y “Blues”). Pero pienso que es en la batalla por dotar de sentido desde las palabras a algo irracional como el amor es donde más brilla este Julio Rodríguez.

El asombro del amor surge muchas veces desde la cotidianeidad más anodina, como en “Los peces boquiabiertos” (“Porque llueve en Oporto igual que llueve/ en Oviedo o en Cádiz o en Ginebra”). ¿Qué es lo que hace tan especial al amor, entonces? Es la visión del poeta, su mirada, la que transforma la realidad haciéndola única, del mismo modo en que el enamorado singulariza a la persona amada, idealizándola. Esto se ve como en ninguna parte en el poema “Vorágines de un nombre”, sobre el eterno tema del nombre de la amada. Aquí, el poeta acusa al lector de que claro está, las cuatro letras S,A,R y A no le dirán nada, pero para él son los ladrillos que forman el mayor misterio: el nombre de su Sara (“Frente a su nombre, ustedes/ no se estremecen: no”).


La sumisión del poeta a la persona amada se expresa de maneras muy bonitas, aunque un pelín extremas. Por ejemplo, en el poema “Sara” (ya sabemos cómo se llamaba la novia del pavo, ¿no?), el poeta lleva la entrega que el amor supone hasta la mayor exageración (“solamente tú/ aunque para ello/ también yo resulte innecesario”). No todo es filosofía y platonismo en Julio Rodríguez, también hay cositas de sexo con mucho gusto. Para empezar, el poemario es muy físico. Con esto quiero decir que hay mucha presencia semántica de los cuerpos, los volúmenes (“mi carne con tu carne”). A menudo se nombran las partes del cuerpo de la amada (“tu piel es la membrana diminuta/ que recubre las células”, “la isla desierta de tu cuerpo”, “tu piel consolidada como el musgo”, “Tu vientre acostumbrándose a mi vientre”… podría poner muchos más ejemplos: los anteriores están sacados cada uno de un poema diferente).

También hay numerosas referencias a la noche, la cama, el colchón y las “dormidas”, por lo que veo que el poeta se encuentra en una fase exultante del amor, el amor pasional. Con todo y con esto, Julio Rodríguez parece dejar una puertecita abierta a la lucidez. No todos son poemas de amor loco, los hay también de reflexión literaria (“Tanta poesía al grill me desespera”) o vital (“La tiza y el relámpago”), aparte de los otros temas ya citados. Incluso dentro del tema del amor, hay algunos poemas que parecen ser más reflexivos, en los que el poeta se da cuenta de que sus ideas obsesivas son una locura, como “Distribución de lo verídico” (“Vivo/ en las sábanas blancas de tu boca” …. pero a la vez…. “fuera de este poema/ hay muchas otras cosas que son ciertas”).


Mención aparte merece la pieza que da título a toda la colección: “Naranjas cada vez que te levantas”. Aquí el poeta se da cuenta de que a lo mejor tanto amor idealizado le está llevando a intentar poseer a la persona amada, y que eso a fin de cuentas no es el amor verdadero, que tiene más que ver con la renuncia (acerca de esta idea ver el post de Xabipop sobre Casablanca). Dice Julio Rodríguez [debería] “resolver ser feliz cada vez que regresas a casa”, y en vez de eso me dedico a “corregirte el vuelo o romperte las alas”. Por eso me ha gustado tanto la última estrofa de este poema, que quiero compartir hoy con vosotros para cerrar esta recomendación:


Debería dejar que me dejaras solo y que volaras
con alguien que exprimiera, a los pies de tu cama,
naranjas cada vez que te levantas.

domingo, 13 de abril de 2008

La magdalena de Kurt


Ocurrió este viernes. Ahora se verá. Como diría Arrabal, ustedes conocen mejor que yo la historia de Marcel Proust y la magdalena. Sí, hombre, eso que cuenta al principio de su amenísima obra En busca del tiempo perdido I: Por el camino de Swann (1913), de que resulta que no se podía acordar de su infancia en Combray. Hasta que de pronto le da por comerse un bollito mojado en té y al percibir su sabor le vino en torrente todo el caudal de recuerdos que le dieron para escribir nada menos que siete novelas.

Y esto es así por la asociación de sensaciones, resulta que Marcelito no tomaba magdalenas con té desde la niñez, y al recobrar la percepción del bollo años atrás su mente desalojó los recuerdos de la pretérita época.

Hablando de todo un poco, el viernes acudí a FNAC con el sano propósito de adquirir en vinilo el disco Appetite for Destruction (1987), que recordaba haber visto en otras visitas a la tienda. Pero está más que comprobado que en temas de compras no se puede dejar nada para luego. Llego el viernes a la sección de vinilos y –claro- el disco no estaba. Luego, para darme la puntilla escuché una conversación casual entre dos jovenzuelos, él decía “¿Guns n’ Roses, no te suena el nombre?”. Ella negaba y le preguntaba “¿Cómo dices que se llaman?” “Guns n’ Roses”. Tuve que bajar la cabeza con pesadumbre.

Pero hete aquí que hubo un disco que sí vi y que no esperaba encontrarme. Su portada –que por demás, no deja indiferente a nadie- me saltó al ojo como el sustituto perfecto a lo que andaba buscando. Era nada más y nada menos que el In Utero (1993) de Nirvana. Lo compré (ya lo tengo en CD pero, ¿quién se priva?) y en cuanto llegué a mi casa me puse a escucharlo. No es que no lo hubiera vuelto a escuchar desde los noventa pero seguro que nunca repanchingado en un sofá y con unos auriculares tan buenos.

Y entonces se obró en mí –oh, milagro- un proceso semejante a lo que le ocurrió a Don Marcel con su magdalenita. De golpe y porrazo se me vino encima todo el año 1993 (tenía uno quince añitos, que está hasta feo decirlo). Me acordé de mi amigo diciendo que la música de Nirvana era “preciosa” (a mí me parecía ruido). Me acordé de las infinitas veces que fui al Virgin Megastore a escucharlo en la tienda y de cómo no lo aguantaba y dejaba los cascos en la primera canción por parecerme demasiado estridente. Me acordé de cómo me fui forzando poco a poco a soportar esa canción, en lo que llegó a convertirse en un placer culpable.

Me acordé de la primera vez que escuché la canción “Heart Shaped Box” por la radio, que pensé “¿Esto está permitido?” También de ver el videoclip en la MTV, en el programa de Beavis and Butthead. Recordé mi viaje a Londres de aquel verano y también muchas otras cosas que me ocurrieron en 1993.

Vi las últimas elecciones que ganó Felipe González, vi cómo se hablaba de crisis económica por todas partes, reviví las odiosas mañanas de 1º de BUP, volví a la habitación de otro colega que se compró el libro de las partituras de In Utero para guitarra, y cómo yo me quedaba ronco tratando de cantar “Frances Farmer Hill Have Her Revenge On Seattle”. Vi la letra de “Rape Me”, que me aprendí de memoria (y la de “Serve the Servants”, “Dumb”, “Penniroyal Tea”, etc). Vi a un niño a punto de dejar de serlo, cuya Santísima Trinidad musical de Beatles, Rolling Stones y Queen se le empezaba a tambalear.

Vi otra vez Atrapado en el tiempo (con Bill Murray), vi una clase de Lengua Española en la que me hicieron leer a Cortázar, y a Eduardo Mendoza, y a los Nueve Novísimos. Vi mis clases de Inglés de por las tardes, entre cuchicheos, comentando emocionados La lista de Schindler.

Entonces, de sopetón, aquel Aleph sonoro se paró en seco: se había terminado la Cara A del disco. ¡Bendito vinilo, que había que darle la vuelta! (como bien pregonaban los Payasos de la Tele). Me levanté, giré el disco y me dispuse a sumergirme en el resto del banquete. Ni magdalenas, ni galletas, ni leche migá. Aún me quedaba toda la Cara B del In Utero para regresar a 1993.

miércoles, 20 de febrero de 2008

El beso de la mujer araña


Preside este post una foto de la gran actriz de cine mudo Gloria Swanson (sí, la que en El crepúsculo de los dioses estaba “lista para su primer plano”) porque es la misma que aparece en la portada del libro del que hoy voy a hablar. La Swanson/Norma Desmond dice también que en el cine de su época no hacían falta diálogos porque tenían los rostros. Irónico, porque en El beso de la mujer araña (Manuel Puig, 1976) el diálogo es el rey.

Sé que tiendo a la hipérbole y que me entusiasmo enseguida con las cosas pero vaya por delante: El beso de la mujer araña es LA MEJOR NOVELA CON DIFERENCIA desde que comencé este blog. Sí, amigos, el nombre del escritor argentino Manuel Puig tal vez no diga mucho al gran público, pero se encuadra en la mejor tradición de la literatura sudamericana. Su obra se estudia en las universidades al lado de la de Borges o Cortázar (en USA es megaconocido) e incluso tuvo su momento de popularidad a nivel mediático cuando varias de sus novelas fueron adaptadas al cine, como Boquitas pintadas o la propia El beso de la mujer araña, de la que también se adaptaron una obra de teatro y un musical.

Y esto viene totalmente al pelo, porque Manuel Puig es un autor muy relacionado con el cine: escribió varios guiones (entre ellos el de la adaptación de La Mujer araña), y empezó trabajando en una filmoteca. De hecho, según la Wikipedia, su primer sueño fue el de ganarse la vida como guionista de cine y televisión. El cine aparece en sus novelas de modo recurrente (ya lo veremos), pero no solo el cine sino todos los elementos de la “cultura popular”, los tangos, los boleros, los culebrones, las revistas… Para Donald L. Shaw (Nueva narrativa hispanoamericana, 1981), el arte pop está presente en la obra de Puig de un doble modo; por un lado, usando elementos como los mencionados (canciones, pelis, etc) y por otro apropiándose de modelos literarios pop (novelas rosa, policíacas, de géneros de baja estofa).

Estos rasgos han hecho que se enmarque a Manuel Puig dentro del Postmodernismo, pero esta adscripción no está tan clara. Otros lo incluyen en la última etapa del llamado Boom latinoamericano (Cortázar, Vargas Llosa, García Márquez) y aun otros en el Posboom (Isabel Allende, A. Skármeta, L.Esquivel…). La cosa se complica al entrar en juego la crítica yanqui, con su terminología (también se inscribe a Puig en el Modernism, que no es lo mismo que Modernismo en español). En cualquier caso, está claro que sus coordenadas clave son el pop pero también el compromiso (bien de izquierdas, bien de liberación homosexual) y el realismo. No hay aquí fantasmas que hablen ni personajes que se conviertan en jaguar.

Centrándonos en El beso de la mujer araña, no se me ocurre mejor resumen que el que la editorial ofrece en la portada del librito: Dos presos comparten su soledad y su miedo a la tortura en una cárcel de Buenos Aires. Uno es un homosexual corruptor de menores, el otro un activista clandestino de izquierdas. El contexto es la dictadura argentina, con su brutal (cuesta conceptualizarlo cuando se escuchan testimonios) mecanismo de represión y tortura sistemática. Para sobrellevar su cautiverio y sus miedos, ambos personajes (Valentín el activista y Molina el gay) se dedican a charlar, llegando a trabarse entre ellos una auténtica relación personal, muy rica en matices.

Toda la novela está escrita en forma de diálogo (de ahí las adaptaciones en el escenario), sin indicación de quién está hablando en cada momento: se sabe por los vocativos y por lo que dicen, claro. Molina (el gay) se dedica a contarle a Valentín películas fantásticas (a la maniera de Las mil y una noches, dejándolo a medias) mientras que el otro expone sus ideas de justicia social y lucha por la causa. Toda la crítica señala que de este modo se realiza una interesante simbiosis entre dos movimientos revolucionarios: la izquierda marxista y el de liberación homosexual.

Ahora bien, este libro, que en principio podría ser una turra argumentativa ambientada en un sórdido contexto habitado por personajes morbosos, resulta todo lo contrario a un panfleto. Se trata de una obra maestra de sutileza y humanidad, en la que dos personas aparentemente sin nada en común se van desnudando una frente a otra (y frente al lector, mirón en la intimidad de su celda compartida), mostrando su alma, y van sufriendo una evolución ideológica.
A todo esto, la novela crea una realidad paralela que aleja a los protagonistas de su encarcelamiento, envolviéndolos en una tela de araña… la de la mujer que da los besitos.

jueves, 14 de febrero de 2008

Gracias, Fito (I)


Hay veces que las cosas se van juntando y coinciden como las piezas de un puzzle. Mis amigos lo saben, me pasa constantemente, y es entonces cuando pienso que se trata de una señal para ponerlas en el blog. Desde el mismo día en que empecé Estatuas Verdes vengo queriendo hablaros sobre uno de mis artistas musicales favoritos, el argentino Fito Páez. Nunca me decidía, pero entonces me llama mi padre para contarme que hoy se va de viaje a Buenos Aires, y me pregunta si quiero que me traiga algo. Mmmmmh… difícil pregunta para alguien que, como yo, escucha en su mp3 a Borges y a Cortázar recitando y sale a hacer footing con una camiseta de rayas blancas y azules en la que pone “10. Maradona”. Y eso sin contar con que ahora mismito me estoy leyendo una novela argentina de la que pronto os hablaré aquí.

Pero rápidamente me repongo de mi sorpresa y le encargo Moda y pueblo, un disco de Fito Páez de 2005 que he buscado por todas partes y siempre se me ha dicho que no está editado en España. Ya me pasó hará dos meses que, investigando por Internet sobre el que en mi cabeza era “el último disco de Fito Páez”, me encuentro con que el pájaro ha editado desde entonces nada menos que otros dos: El mundo cabe en una canción (2006) y Rodolfo (2007). Me ha costado encontrarlos, pero ya obran ambos en mi poder. Además, la semana pasada escucho el primer disco de Quique González, donde viene un tema titulado “Fito”, que el cantautor español dedica a Páez para agradecerle que sea tan buen cronista de los sentimientos.

No puedo de ninguna manera ser imparcial a la hora de hablar de Fito Páez, la música de este hombre me gusta tantísimo y me ha ayudado (incluso en el sentido terapéutico) de tal manera en los peores momentos de mi vida que me es imposible disociar mi opinión crítica sobre ella de mis vivencias personales. Con deciros que, cuando me copiaron en CD uno de sus álbumes hace ya años, en lugar del título y el nombre del artista pinté una gran cruz y escribí “Primeros auxilios”. Y me hace gracia recordar cómo lo conocí: fue de pura carambola. Fue que le pedí a una amiga de mi prima que me grabara el disco de Juan Antonio Canta (¿Os acordáis? El de “un limón, y medio limón…”), y como sobraba espacio en la cara B pues ella se empeñó en colocarme ahí una selección de sus canciones favoritas de Fito Páez.

¡Benditas cintas de 90! ¿Sabéis esas avispas que les inyectan sus huevos a otros insectos para que con el tiempo eclosionen y se alimenten de sus entrañas para acabar saliendo a la superficie? Pues ese efecto tuvo en mí escuchar aquella media cinta de Fito Páez, canciones que de entrada no me impresionaron demasiado, pero que al cabo de un par de años se habían hecho imprescindibles en mi vida. Mucha gente que me conoce –incluso amigos íntimos- no sabe cuán importante ha sido y es en mi vida la música de Fito Páez, pero es que es algo tan mío, tan personal que no lo suelo ir pregonando. Y es que siempre hay tiempo para que la gente le eche barro a una cosa que uno tiene muy cercana a su corazón.

Con el tiempo he ido entrando más y más en el mundo del cantante, y comprendiendo sus referencias culturales, aparte de la obvia barrera del idioma (recordemos que se trata de un argentino). Me he dado cuenta de que este hombre es un autor muy culto, de hecho se me antoja en persona un puntín pedante, pero no es su persona sino su música lo que me atañe. En sus canciones, aparte de mentar constantemente a los Beatles (con los que tiene “un pacto de amor”, parafraseando el verso de Neruda) y a los Rolling Stones, también aparecen menciones a, por ejemplo, Chico Buarque, el tango, autores como Emily Brontë o Roberto Arlt y muchas cosas de cine: Gena Rowlands, Gilda... Con todo, lo que más abunda en sus temas son referencias al callejero de Buenos Aires (Palermo, Caballito, Belgrano…) y de Rosario, su ciudad natal.

El tema de la literatura y el cine en Páez es muy interesante, su manera de escribir algunas canciones las convierte en pequeños poemas narrativos o incluso cuentos. Esto ya lo hace como nadie un, digamos, Ray Davies, pero lo que Páez aporta es un punto de vista o una voz narrativa diferentes, propias de la literatura. También suele utilizar a menudo la técnica del “flujo de consciencia”, lo que unido a una peculiar secuenciación de los hechos, las elipsis, los cambios de escena, debe muchísimo a la novela (post)moderna y a su hermano bastardo el cine. Me consta que Fito Páez escribe, y sé que dirigió una película, que creo que le arruinó. Por de pronto estuvo casado con la actriz argentina Cecilia Roth (a quien dedicó preciosas canciones) y, si os fijáis atentamente, podréis verle en Todo sobre mi madre (1999).

Y bueno, como en este post solo he hablado de mis impresiones, dejo para otro la crítica de sus últimos discazos. Me despido tomando prestadas las palabras que le dirigió Quique González: “Gracias, Fito, por decir exactamente lo que vi”.

lunes, 3 de diciembre de 2007

Cuentos, cuentos, cuentos



No sé por qué pero últimamente me ha dado por leer muchos cuentos. (Sí sé por qué).

Devoro a Dave Eggers, Eloy Tizón, Horacio Quiroga, Sergi Pàmies, Phillipe Delerm, Bryce Echenique, Miguel Ángel Asturias, Hemingway… por citar solo a los que he leído en los últimos tres meses. Y no es pedantería, es que me abro a la sorpresa de la constatación: los cuentos se han convertido en algo imprescindible en mi vida. ¿No lo son en la de todos?

Aviso que yo le llamo ‘cuento’ al relato literario, qué queréis que os diga. Está claro que no me refiero al cuento de Caperucita Roja, por ejemplo. Según sesudas clasificaciones hay cuentos-narración frente a cuentos-situación (sí: esos tras lo que alguna gente se queda igual o en los que, como se dice vulgarmente, “no pasa nada”). En cualquier caso, y no obstante su diversidad, nadie les niega unas ciertas características comunes: intensidad, síntesis, esquematismo, importancia de la estructura…

Mis cuentistas preferidos son J.L. Borges, Julio Cortázar y Augusto Monterroso (aunque llamar a Borges ‘cuentista’ viene a ser como decir que Elvis Presley era simplemente “un señor con tupé”). Los cuentos que escriben no son como los cuentos populares o los antes mencionados cuentos infantiles. Algunos carecen por completo de anécdota. Pero ¡amigo!, envidio a esos autores porque saben captar un momento preciso, una luz, una textura… una idea. Muchos de mis cuentos favoritos, además, incluyen de serie una buena dosis de humor.

Algunos libros de cuentos me llaman desde sus estantes en las librerías, como a otros les llaman los pasteles. Así conocí dos libritos que me permito recomendar aquí desde el corazón o desde las tripas. El primero, de Eloy Tizón, se llama Velocidad de los jardines. No le haría justicia al estilo si menciono algunas de sus anécdotas: amoríos de instituto, un escritor que se obsesiona con una inmigrante polaca, un catedrático de universidad que celebra solo un Fin de Año… da igual. Lo importante de este libro (votado en El País como uno de los 100 mejores de los últimos 25 años) es cómo están contadas las cosas.

El otro es El primer trago de cerveza y otros pequeños placeres de la vida, de Phillipe Delerm (padre del cantautor Vincent Delerm). Confieso que el título me había llamado la atención, pero no lo compré hasta que una compañera de trabajo me lo recomendó. Se trata de microrrelatos (también llamados ‘historias mínimas’ y en inglés short-short stories). Aunque yo hablaría aquí de cuento-intuición o cuento-pálpito. Son impresiones –pequeños placeres- que descubrimos en lo cotidiano: leer en la playa, enterarse de una noticia en el coche, ir al cine… Lo de ‘el primer trago de cerveza’ no funciona para mí, yo habría dicho ‘el primer trago de coca-cola’ o ‘la primera patata frita del paquete’ pero claro, ahí radica la gracia: cada uno tendrá su ‘primer trago de cerveza’ particular.

Para terminar, pienso que aunque lleguen impresos en libros y disfrazados de obras literarias, la mayoría de los cuentos que leo no difieren tanto de esos otros que todos conocemos: mentiras piadosas, excusas, autoengaños, bálsamos sociales. En definitiva, cuentos que nos contamos diariamente para sobrevivir.
 
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