Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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lunes, 26 de enero de 2009

Naranjada poética


Qué bonito libro os traigo hoy, amigos. Y qué nutritivo. Un librito de poesía titulado Naranjas cada vez que te levantas (2008), del poeta ovetense Julio Rodríguez. Yo tampoco lo conocía hasta que el sábado, en esa librería donde me saltaron otros libros a la vista, este me saltó a la vista. El hecho de ser de poesía, grosor, precio… ¡título! En mi mundo, cualquier libro titulado Naranjas cada vez que te levantas ha de ser por fuerza bueno, y resulta que además este es buenísimo.

Me llama la atención que ganó un premiazo literario (VI Premio Emilio Alarcos) cuyo jurado contaba, entre otros, con Ángel González, Caballero-Bonald y Luis García Montero. El libro son, si he contado bien, 62 poemas bastante breves, en los que predomina el verso libre (ese que no rima ni está medido pero resulta tan difícil). La mayoría son poemas de amor, incluso de amor con cama, pero nada pastelosos. El estilo es más bien modernete (me acabo de inventar un estilo literario), con ese punto de coloquialismo y cotidianeidad que tienen tantos poetas de los últimos 25-30 años. Estoy pensando en poemas que lo mismo te nombran un semáforo que una llamada de teléfono que te dicen “me gustas cuando te vas de compras con tu madre”. Estoy pensando en un García Montero o un Luis Alberto de Cuenca.


Para demostraros que no hay cursilería, os cuento que también hay ecos del prosaísmo de Ángel González (el poema “Coordenadas” es un nuevo “Inventario de lugares propicios para el amor”) o del surrealismo de Cortázar (“Instrucciones de uso”, acerca de las relaciones amorosas). El amor de pareja no es el único tema, hay poemas dedicados al padre muerto, o a diversos estilos musicales (“Jazz”, “Pop”, “Soul” y “Blues”). Pero pienso que es en la batalla por dotar de sentido desde las palabras a algo irracional como el amor es donde más brilla este Julio Rodríguez.

El asombro del amor surge muchas veces desde la cotidianeidad más anodina, como en “Los peces boquiabiertos” (“Porque llueve en Oporto igual que llueve/ en Oviedo o en Cádiz o en Ginebra”). ¿Qué es lo que hace tan especial al amor, entonces? Es la visión del poeta, su mirada, la que transforma la realidad haciéndola única, del mismo modo en que el enamorado singulariza a la persona amada, idealizándola. Esto se ve como en ninguna parte en el poema “Vorágines de un nombre”, sobre el eterno tema del nombre de la amada. Aquí, el poeta acusa al lector de que claro está, las cuatro letras S,A,R y A no le dirán nada, pero para él son los ladrillos que forman el mayor misterio: el nombre de su Sara (“Frente a su nombre, ustedes/ no se estremecen: no”).


La sumisión del poeta a la persona amada se expresa de maneras muy bonitas, aunque un pelín extremas. Por ejemplo, en el poema “Sara” (ya sabemos cómo se llamaba la novia del pavo, ¿no?), el poeta lleva la entrega que el amor supone hasta la mayor exageración (“solamente tú/ aunque para ello/ también yo resulte innecesario”). No todo es filosofía y platonismo en Julio Rodríguez, también hay cositas de sexo con mucho gusto. Para empezar, el poemario es muy físico. Con esto quiero decir que hay mucha presencia semántica de los cuerpos, los volúmenes (“mi carne con tu carne”). A menudo se nombran las partes del cuerpo de la amada (“tu piel es la membrana diminuta/ que recubre las células”, “la isla desierta de tu cuerpo”, “tu piel consolidada como el musgo”, “Tu vientre acostumbrándose a mi vientre”… podría poner muchos más ejemplos: los anteriores están sacados cada uno de un poema diferente).

También hay numerosas referencias a la noche, la cama, el colchón y las “dormidas”, por lo que veo que el poeta se encuentra en una fase exultante del amor, el amor pasional. Con todo y con esto, Julio Rodríguez parece dejar una puertecita abierta a la lucidez. No todos son poemas de amor loco, los hay también de reflexión literaria (“Tanta poesía al grill me desespera”) o vital (“La tiza y el relámpago”), aparte de los otros temas ya citados. Incluso dentro del tema del amor, hay algunos poemas que parecen ser más reflexivos, en los que el poeta se da cuenta de que sus ideas obsesivas son una locura, como “Distribución de lo verídico” (“Vivo/ en las sábanas blancas de tu boca” …. pero a la vez…. “fuera de este poema/ hay muchas otras cosas que son ciertas”).


Mención aparte merece la pieza que da título a toda la colección: “Naranjas cada vez que te levantas”. Aquí el poeta se da cuenta de que a lo mejor tanto amor idealizado le está llevando a intentar poseer a la persona amada, y que eso a fin de cuentas no es el amor verdadero, que tiene más que ver con la renuncia (acerca de esta idea ver el post de Xabipop sobre Casablanca). Dice Julio Rodríguez [debería] “resolver ser feliz cada vez que regresas a casa”, y en vez de eso me dedico a “corregirte el vuelo o romperte las alas”. Por eso me ha gustado tanto la última estrofa de este poema, que quiero compartir hoy con vosotros para cerrar esta recomendación:


Debería dejar que me dejaras solo y que volaras
con alguien que exprimiera, a los pies de tu cama,
naranjas cada vez que te levantas.

viernes, 25 de enero de 2008

Bravioli, o: Arañar la niebla


Mi fiel lector Grillo Solitario, asiduo comentarista, doble de Neil Young (¡ahí lo llevas!) y suministrador de ideas me mandó ayer un link de mucho interés. Se trataba de una noticia de The Wall Street Journal del 19 de enero titulada (“La patata caliente de España”). El contenido de dicha noticia, amén de mi gusto por las patatas, me ha fa-fa-fa-fa-fascinado tanto que por fin hoy me decido a coger por lo cuernos un espinoso tema de actualidad al que confieso que no le había hincado ya el diente porque no sabía bien cómo (al contrario que las patatas).

Me estoy refiriendo, lo digo ya, a la iniciativa recientemente frustrada de dotar de una letra al himno de España. “¡Ya tardabas!” –estaréis pensando los que me conocéis en persona. Ya tardaba, sí, porque consideraciones políticas y patrióticas aparte, opino que se trata de un tema megafriki. El asunto no es ya si el himno de España necesita de una letra o no, ni siquiera el valorar si la que se propuso era buena. Lo grande para mí (y lo digno de figurar en Estatuas Verdes) es el pitote que se ha montado y las bizarras circunstancias que han rodeado el caso.

Los hechos someros: el himno de España está sin letra oficial desde que se desestimó una que había hecho el poeta derechón y gaditano José María Pemán. El COE –supuestamente a iniciativa de nuestros deportistas de éxito, quejumbrosos por no poder cantarlo cuando les dan sus medallas, copas y ensaladeras- propuso que se le hiciera una letra, y para ello se puso en marcha un oscuro concurso público al que han acudido miles de escritores, de éxito, de prestigio (nunca faltó en la lista el Sabina, por ejemplo) y también –ahora lo hemos sabido- aficionados a la pluma de muy diverso plumaje.


Uno de ellos, un criminólogo en paro de La Mancha llamado Paulino Cubero, tuvo la suerte de que su propuesta de letra resultó ganadora (no la reproduzco aquí porque ha salido en prensa hasta la saciedad). Un tipo anónimo, corriente, pero que curiosamente en las entrevistas tiene más peligro que Don Quijote en La Casa del Libro. Se expresa como Góngora, ¿no lo habéis oído, cojones? Interrogado sobre si esta popularidad sobrevenida iría a cambiarle la vida, el vate contestó “la fama es arañar la niebla”, respuesta digna del Oráculo de Delfos y de un anuncio de compresas a partes iguales.

Como es bien sabido, su descafeinada y si me apuran pueril letra (que, pese a todo, a mí me gustaba: ¿habéis leído la que hicieron Jon Juaristi y Luis Alberto de Cuenca, por Dios? Rimaban “Que alas de lino/ te abrieron camino”), la premiada letra de Paulino Cubero, digo, iba a ser estrenada por Plácido Domingo con toda la pompa y boato que la ocasión requería el pasado 21 de enero en una ceremonia. Supongo que también haría falta la aprobación parlamentaria para que esta letra se convirtiera en oficial, pero ya no importa porque parece que la iniciativa ha quedado en agua de borrajas. Ya solo resta imaginar qué suerte hubiera corrido el himno de no haber sido filtradas la letra y la identidad de su autor antes de tiempo por el ABC.

Y ahora, confundidos lectores, estaréis diciendo “¿y todo esto que tiene que ver con las patatas y el Wall Street Journal?” Pues tiene que ver. Esto viene a cuento porque la “patata caliente” a la que ese periódico se refería, era la afamada tapa de patatas bravas. Se puede hacer un chiste con el tema del himno y los símbolos de identidad nacional española, ya que esto de la nueva letra se ha convertido en un humeante plato de bravas que varias instancias (políticos, periodistas, el COE, el propio Domingo…) pugnan por quitarse de encima. Y no solo lo digo yo, según el Wall Street Journal, las patatas bravas juegan un nuevo papel simbólico en la vertebración de España: proceden de la clase obrera, ahora las sirven en bares pijos, las patatas vienen de Galicia, el aceite del sur, etc… El dueño de un bar en Cataluña, un tal Betorz, se atreve a decir que “las bravas mezclan las muchas y diferentes culturas de España en un solo plato”. Ahora va a resultar que la bandera española es una ración de bravioli.
 
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