Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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miércoles, 5 de marzo de 2008

Saber perder


Hace cuatro años un primo mío me contaba que se iba a presentar a las oposiciones de profesor de Latín, sin haberse preparado el temario. Me caiga el autor que me caiga me da igual, me explicó, sobre todos diré lo mismo: demuestra un hondo conocimiento del alma humana. Ignoro si le cayó Séneca o Plauto, pero el tío y sus cojones aprobaron con plaza. La frasecita me ha traumado desde entonces, y he encontrado un autor que, sin ser mi favorito (hice trampa), demuestra un hondo conocimiento del alma humana.

Citando a Astrud, “tú lo llamarás literatura, pero yo lo llamo mentalismo”. Me resulta increíble que David Trueba tenga una intuición tan fina a la hora de escrutar y (re)presentar los sentimientos. En su día expresé mis dudas acerca de si este escritor sería tan eficaz desnudando emocionalmente a las mujeres como lo es con los hombres, y un lector anónimo me contestó que no. Continúo sin saberlo porque, a pesar de las diarias exhortaciones que se me hacen desde los medios de comunicación, todavía no me he cambiado de sexo. No sé si en su última novela Saber perder (2008) el Trueba shico logra una radiografía convincente de las féminas pero la novedad es que por primera vez lo intenta.

Saber perder es la nueva obra de David Trueba, uno de los personajes "Oro" de Estatuas Verdes. Es una novela de 520 páginas, que me he leído a velocidad récord por ser vos quien sois. A otro autor le hubiese dicho tururú, pero me intrigaba averiguar si Trueba era capaz de sostener en una obra de largo aliento (como cursimente se llama a los novelones) las muchas virtudes que ya dejó ver en sus dos primeros libros. Mi veredicto es claro: no estamos ante una obra maestra, ni siquiera ante una novela digna de pasar a la historia de la literatura, y sin embargo, recomiendo a todo el mundo su lectura pues pienso que en ella se encuentran muchísimas cosas de valor: acaso un espejo donde mirarnos nosotros mismos.

Las dos anteriores entregas de David Trueba rondaban las doscientas páginas, y quizás la longitud de esta última sea un lastre a la hora de acometerla. Por otro lado, es innegable que Trueba posee la maestría a la hora de narrar, el don de contar historias y hacerlas interesantes. Domina con precisión los mecanismos del suspense, de la presentación de la trama, de la caracterización de los personajes. Su lenguaje es coloquial sin resultar callejero y su estilo fresquito, pero eso hace también que como escritor no alcance más que la nota de notable (por oposición a sobresaliente).

No hay aquí grandes hallazgos del lenguaje, Trueba no es Eloy Tizón ni Roberto Bolaño, ni falta que le hace. Él hila con oficio una dignísima novela que es la historia entrelazada de cuatro personajes cuyo denominador común es el experimentar una pérdida. El “perder” del título revela la polisemia de la novela: perder un partido de fútbol, perder a un ser querido, perder la cabeza, perder dinero, la dignidad, la propia vida. Y aún así no diría yo que estos cuatro protagonistas sean prototípicos perdedores, son más bien gente normal que en un momento dado pierde. Siga jugando.

Me da la impresión de que el background cinematográfico del autor como guionista y director pesa mucho sobre su producción literaria. Me aventuro a decir que no me extrañaría que Saber perder hubiese nacido en la mente del escritor como un guión para una película que se le fue de las manos. La historia y su planificación son muy de cine, el modo de presentar a los personajes también. Las secuencias se suceden a la maniera de Expiación, de modo espiral; hay pequeños saltos adelante y atrás en el tiempo con la misma escena presentada desde distintos puntos de vista. La historia del delantero argentino Ariel, la adolescente Sylvia, su padre Lorenzo y el anciano Leandro representan una interesante tranche de vie de la España post 11-M. Si en este país hubiese televisión de calidad y mercado para consumirla (como en Gran Bretaña, Francia o USA), pienso que Saber perder hubiera dado para una cojonuda miniserie de cuatro capítulos.

Como me ha chivado la lectora Ana en un comentario, Trueba dice en las entrevistas que el argumento de esta novela sería insoportable de no ser por su carga de humor. De acuerdo con él en que el humor es vital en el arte y en la vida, pero David, hijo mío, no me parece a mí que esta sea tu novela más humorística. Las otras dos eran un desgüeve perpetuo, esta la has llenado de desgracias y te has pretendido ir de filósofo. Y te ha salido bien, no perfecto pero sí muy bien. Saber perder es tu mejor novela, pero te ha quedado un pelín cruda por dentro. A ver si con la próxima te sales, porque está claro que vas a más como escritor.

¡Y que este hombre no esté en un consejo de sabios o algo!

lunes, 3 de diciembre de 2007

Cuentos, cuentos, cuentos



No sé por qué pero últimamente me ha dado por leer muchos cuentos. (Sí sé por qué).

Devoro a Dave Eggers, Eloy Tizón, Horacio Quiroga, Sergi Pàmies, Phillipe Delerm, Bryce Echenique, Miguel Ángel Asturias, Hemingway… por citar solo a los que he leído en los últimos tres meses. Y no es pedantería, es que me abro a la sorpresa de la constatación: los cuentos se han convertido en algo imprescindible en mi vida. ¿No lo son en la de todos?

Aviso que yo le llamo ‘cuento’ al relato literario, qué queréis que os diga. Está claro que no me refiero al cuento de Caperucita Roja, por ejemplo. Según sesudas clasificaciones hay cuentos-narración frente a cuentos-situación (sí: esos tras lo que alguna gente se queda igual o en los que, como se dice vulgarmente, “no pasa nada”). En cualquier caso, y no obstante su diversidad, nadie les niega unas ciertas características comunes: intensidad, síntesis, esquematismo, importancia de la estructura…

Mis cuentistas preferidos son J.L. Borges, Julio Cortázar y Augusto Monterroso (aunque llamar a Borges ‘cuentista’ viene a ser como decir que Elvis Presley era simplemente “un señor con tupé”). Los cuentos que escriben no son como los cuentos populares o los antes mencionados cuentos infantiles. Algunos carecen por completo de anécdota. Pero ¡amigo!, envidio a esos autores porque saben captar un momento preciso, una luz, una textura… una idea. Muchos de mis cuentos favoritos, además, incluyen de serie una buena dosis de humor.

Algunos libros de cuentos me llaman desde sus estantes en las librerías, como a otros les llaman los pasteles. Así conocí dos libritos que me permito recomendar aquí desde el corazón o desde las tripas. El primero, de Eloy Tizón, se llama Velocidad de los jardines. No le haría justicia al estilo si menciono algunas de sus anécdotas: amoríos de instituto, un escritor que se obsesiona con una inmigrante polaca, un catedrático de universidad que celebra solo un Fin de Año… da igual. Lo importante de este libro (votado en El País como uno de los 100 mejores de los últimos 25 años) es cómo están contadas las cosas.

El otro es El primer trago de cerveza y otros pequeños placeres de la vida, de Phillipe Delerm (padre del cantautor Vincent Delerm). Confieso que el título me había llamado la atención, pero no lo compré hasta que una compañera de trabajo me lo recomendó. Se trata de microrrelatos (también llamados ‘historias mínimas’ y en inglés short-short stories). Aunque yo hablaría aquí de cuento-intuición o cuento-pálpito. Son impresiones –pequeños placeres- que descubrimos en lo cotidiano: leer en la playa, enterarse de una noticia en el coche, ir al cine… Lo de ‘el primer trago de cerveza’ no funciona para mí, yo habría dicho ‘el primer trago de coca-cola’ o ‘la primera patata frita del paquete’ pero claro, ahí radica la gracia: cada uno tendrá su ‘primer trago de cerveza’ particular.

Para terminar, pienso que aunque lleguen impresos en libros y disfrazados de obras literarias, la mayoría de los cuentos que leo no difieren tanto de esos otros que todos conocemos: mentiras piadosas, excusas, autoengaños, bálsamos sociales. En definitiva, cuentos que nos contamos diariamente para sobrevivir.
 
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