Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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viernes, 23 de mayo de 2008

Frenesí Boris Vian


Llevo una temporada de escuchar jazz que me salgo, y esta música me hace volver a un alma atormentada. Nombre del personaje: Boris Vian. Este hombre no inventó el chicle pero poco le faltó: fue ingeniero, inventor, anarquista, poeta, novelista, dramaturgo, letrista de canciones, actor, cantante, crítico de jazz, trompetista y “Sátrapa” del Colegio de ‘Patafísica. Lo más fuerte es que murió en 1959, cuando solo contaba 39 años de edad. Precisamente murió de un infarto por la indignación que le produjo el estreno de la película Escupiré sobre vuestra tumba, adaptación de su novela homónima de 1946.

Recuerdo la primera vez que oí hablar de este artista, fue en la película de Almodóvar Todo sobre mi madre (1999). En ella, el personaje de Cecilia Roth le explicaba a su hijo una foto del padre en que se le veía en un teatro. “Hacíamos un espectáculo sobre textos de Boris Vian: cabaret para intelectuales” (dejad de gritarme, sí, me sé la peli de memoria). ¿Boris Vian? Entonces Internet no era como ahora, y yo me quedé sin saber quién era (francamente pensé que sería un travesti o algún friki underground admirado por Almodóvar).

Años después vi que había libros suyos en las tiendas, novelas, poemarios… supe que los leían gente interesante (determinados amigos, determinadas señoritas) pero nunca me dio por Vian a mí. Hasta que en febrero de este año, una profe de francés a la que pedí me recomendara un libro me saltó con La espuma de los días (1946) de Boris Vian. Con ese título, ¿quién se negaba? Me lo compré, me lo leí y me encantó, tanto que lo he regalado un par de veces desde entonces. Luego cayó El lobo-hombre (cuentos, 1945-52), donde descubrí aquello de “Lobo-hombre en París” que ya os referí.

Para entonces Boris Vian ya era una fuerza omnipresente en mi vida. Celebrities, hoy: Boris Viaaan. ¡Vian! Mis primas empezaron a regalarse libros suyos, compañeros de trabajo veteranos me hablaban de haberlo leído con mi edad (“La juventud, no leáis esas cosas, que es peligroso”). Otra compañera de trabajo me ha pasado un disco con temas suyos interpretados por él mismo (Boris Vian chante Boris Vian, 1998)… más un libro de letras de sus canciones (Chansons, 1988) -si no, cualquiera las entiende. Aún tengo pendiente otro CD, Boris Vian et ses interpretes (2005), en el que sus coplas las canta gente como Nana Mouskouri, Joan Baez, Maurice Chevalier o Yves Montand.

La semana pasada me fui a una librería en plan yonqui: “Déme todos los libros de Boris Vian que tenga, y rapidito…”. Por desgracia, dos de los tres que tenían ya me los había leído. El otro era la novela El arrancacorazones (1953), que me compré y me zampé en seis días, quitándole horas al sueño y al trabajo (ahora que no nos oye nadie). Este puede que sea el libro de Vian que más me ha impactado por el momento. Todos son una mezcla de humor absurdo (sección surrealista) y existencialismo, pero aquí se alcanza ya el paroxismo con la narración de un combate público de boxeo entre un sofisticado cura de pueblo y su sacristán, que no es otro que el mismísimo Satanás.

Hoy he vuelto a la librería (a tres de mi barrio he ido) con la esperanza de encontrar La hierba roja (1950), que me recomendó El Nota a propósito del jazz (Vian era un gran amante del mundo del cine negro y el jazz norteamericano, escribió mucho sobre el tema). No lo tenían, igual que tampoco tenían Las hormigas (1949), otro supuesto prodigio. Pero sí estaba El otoño en Pekín (1947), y al verlo me he acordado de que este título ya me lo recomendó un amigo hace muchísimo tiempo. Me lo he llevado y voy por la página 30, ya os diré qué tal.

Si el 2007 fue mi año Roberto Bolaño, está claro que este 2008 se está consagrando como el de Boris Vian. ¿Quién puede resistirse a un autor que, a ritmo de jazz, se inventa una región llamada “Exopotamia”? Cierro con una cita (casi) al azar de El otoño en Pekín, que bien podría aplicarse al conjunto de la obra de Vian: “…y todo esto, que parecía anormal, sin embargo lo era”.

miércoles, 5 de marzo de 2008

Saber perder


Hace cuatro años un primo mío me contaba que se iba a presentar a las oposiciones de profesor de Latín, sin haberse preparado el temario. Me caiga el autor que me caiga me da igual, me explicó, sobre todos diré lo mismo: demuestra un hondo conocimiento del alma humana. Ignoro si le cayó Séneca o Plauto, pero el tío y sus cojones aprobaron con plaza. La frasecita me ha traumado desde entonces, y he encontrado un autor que, sin ser mi favorito (hice trampa), demuestra un hondo conocimiento del alma humana.

Citando a Astrud, “tú lo llamarás literatura, pero yo lo llamo mentalismo”. Me resulta increíble que David Trueba tenga una intuición tan fina a la hora de escrutar y (re)presentar los sentimientos. En su día expresé mis dudas acerca de si este escritor sería tan eficaz desnudando emocionalmente a las mujeres como lo es con los hombres, y un lector anónimo me contestó que no. Continúo sin saberlo porque, a pesar de las diarias exhortaciones que se me hacen desde los medios de comunicación, todavía no me he cambiado de sexo. No sé si en su última novela Saber perder (2008) el Trueba shico logra una radiografía convincente de las féminas pero la novedad es que por primera vez lo intenta.

Saber perder es la nueva obra de David Trueba, uno de los personajes "Oro" de Estatuas Verdes. Es una novela de 520 páginas, que me he leído a velocidad récord por ser vos quien sois. A otro autor le hubiese dicho tururú, pero me intrigaba averiguar si Trueba era capaz de sostener en una obra de largo aliento (como cursimente se llama a los novelones) las muchas virtudes que ya dejó ver en sus dos primeros libros. Mi veredicto es claro: no estamos ante una obra maestra, ni siquiera ante una novela digna de pasar a la historia de la literatura, y sin embargo, recomiendo a todo el mundo su lectura pues pienso que en ella se encuentran muchísimas cosas de valor: acaso un espejo donde mirarnos nosotros mismos.

Las dos anteriores entregas de David Trueba rondaban las doscientas páginas, y quizás la longitud de esta última sea un lastre a la hora de acometerla. Por otro lado, es innegable que Trueba posee la maestría a la hora de narrar, el don de contar historias y hacerlas interesantes. Domina con precisión los mecanismos del suspense, de la presentación de la trama, de la caracterización de los personajes. Su lenguaje es coloquial sin resultar callejero y su estilo fresquito, pero eso hace también que como escritor no alcance más que la nota de notable (por oposición a sobresaliente).

No hay aquí grandes hallazgos del lenguaje, Trueba no es Eloy Tizón ni Roberto Bolaño, ni falta que le hace. Él hila con oficio una dignísima novela que es la historia entrelazada de cuatro personajes cuyo denominador común es el experimentar una pérdida. El “perder” del título revela la polisemia de la novela: perder un partido de fútbol, perder a un ser querido, perder la cabeza, perder dinero, la dignidad, la propia vida. Y aún así no diría yo que estos cuatro protagonistas sean prototípicos perdedores, son más bien gente normal que en un momento dado pierde. Siga jugando.

Me da la impresión de que el background cinematográfico del autor como guionista y director pesa mucho sobre su producción literaria. Me aventuro a decir que no me extrañaría que Saber perder hubiese nacido en la mente del escritor como un guión para una película que se le fue de las manos. La historia y su planificación son muy de cine, el modo de presentar a los personajes también. Las secuencias se suceden a la maniera de Expiación, de modo espiral; hay pequeños saltos adelante y atrás en el tiempo con la misma escena presentada desde distintos puntos de vista. La historia del delantero argentino Ariel, la adolescente Sylvia, su padre Lorenzo y el anciano Leandro representan una interesante tranche de vie de la España post 11-M. Si en este país hubiese televisión de calidad y mercado para consumirla (como en Gran Bretaña, Francia o USA), pienso que Saber perder hubiera dado para una cojonuda miniserie de cuatro capítulos.

Como me ha chivado la lectora Ana en un comentario, Trueba dice en las entrevistas que el argumento de esta novela sería insoportable de no ser por su carga de humor. De acuerdo con él en que el humor es vital en el arte y en la vida, pero David, hijo mío, no me parece a mí que esta sea tu novela más humorística. Las otras dos eran un desgüeve perpetuo, esta la has llenado de desgracias y te has pretendido ir de filósofo. Y te ha salido bien, no perfecto pero sí muy bien. Saber perder es tu mejor novela, pero te ha quedado un pelín cruda por dentro. A ver si con la próxima te sales, porque está claro que vas a más como escritor.

¡Y que este hombre no esté en un consejo de sabios o algo!

lunes, 28 de enero de 2008

Firmin, rata vida


Hace tiempo que vengo queriendo hablaros de un libro llamado Firmin. Seguro que lo habéis visto en las librerías, es una novela finita con el dibujo de una rata humanoide que tiene un libro en la mano. En España ha sido un éxito (creo que va por la 4ª edición, y se editó a finales del año pasado) y viene precedido por una gran fama en USA, donde se publicó en una editorial independiente. Su autor, Sam Savage, ha tenido una vida fascinante: licenciado y doctor en Filosofía por Harvard, tuvo muchos oficios (mecánico de bicis, carpintero, pescador…) y fue básicamente un hippy antes de publicar en 2006 este su primer libro.

La historia (como siempre digo) es simple: su subtítulo lo resume todo. Firmin: Aventuras de una alimaña metropolitana, es la confesión en primera persona de una rata muy inteligente, con cualidades casi humanas, que nació y se crió en una librería de segunda mano en el Boston de los años 60. Debido a que su mamá rata les hizo a él y a su camada su primera cunita a base de páginas arrancadas de obras clave de la literatura tipo Finnegan’s Wake, El Quijote o Moby Dick, Firmin se aficionó a mordisquear los libros y comenzó a alimentarse de su pulpa. De ahí a leerlos solo hubo un paso, y nuestro protagonista pronto se sintió alienado de sus congéneres ratiles. Tanto y tanto leyó y reflexionó que su cerebro se desarrolló de un modo monstruoso para una rata y lo convirtió en una especie de alimaña con la mente de un humano.

De ahí su nombre, Firmin = “fur man” (“hombre peludo” en inglés). Firmin ya no es como las otras ratas, aunque su sino es vivir como ellas, esconderse, cavar túneles, buscar comida en la basura… porque desde luego tampoco es humano. Y he aquí una de las claves de la novela, la alienación que una persona puede llegar a sentir hacia sus supuestos iguales. En el caso de Firmin, le lleva a despreciar a las demás ratas, a considerarse superior a ellas y a verse como un afín al ser humano (al menos en vida interior, pensamientos, sentimientos y aspiraciones). Al fin y al cabo, Firmin en sus ratos libres de rata libre llega a leer más que casi cualquier persona a lo largo de toda su vida.

Desgraciada pero inevitablemente, una serie de circunstancias que no cuento para no chafaros el libro hacen que Firmin llegue a desengañarse también del género humano, que a él se le antojaba excelso y ajeno a todos los vicios de las mezquinas ratas. En este sentido Firmin viene a ser un poco misántropo, en la tradición de un Jonathan Swift. Lo gracioso es que en este caso (a diferencia de Swift, que proponía una raza de supercaballos inteligentes) los animales no dan ninguna lección a los humanos (es una fábula atípica). Y Firmin, por amargao, rechaza a las ratas y también a los humanos como especie, aunque bien es cierto que acaba encontrando esperanza en ciertos especímenes individuales. Esto ocurre con un escritor de ciencia-ficción hippy (¿Trasunto del propio Sam Savage? ¿Homenaje al personaje Kilgore Trout de las novelas de Kurt Vonnegut?) y con la actriz Ginger Rogers, con la que suele fantasear la ratita lectora.

Teniendo presente que Firmin es un cuento fantástico, o bien una fábula, durante su lectura desarrollé a menudo la tentación de trazar analogías entre la novela y el mundo real, en plan “ah, claro: cuando se come un libro es como si se lo leyera” (pues no: empieza jamándoselos pero luego los lee) o “las ratas son los humanos y los humanos son como sus dioses” (error: las ratas son ratas y las personas personas). De hecho, un amigo me llegó a comentar que él había imaginado que las ratas eran como judíos, los humanos como nazis y la demolición del barrio donde se encuentra la librería donde vive Firmin una alegoría de la Segunda Guerra Mundial. Lo aviso ya: el libro no es una alegoría de nada (vamos, que no es Maus).

Lo anterior no quita para que podamos reflexionar y sacar de esta novelita una serie de moralejas acerca de la condición humana. Aunque suene a tópico, hay veces que se te olvida que estás leyendo la vida de una rata, y el personaje de Firmin puede llegar a ser mucho más humano que los idems que lo rodean. Nada más por ver la lista de lecturas que configuran el universo –y la dieta- Firmin (“un bocado de Faulkner era igual que un bocado de Flaubert, por lo que a mí respectaba”) este libro merece la pena. Y como reflexión final, os dejo con una cita de Roberto Bolaño, de su cuento “El policía de las ratas”, que viene al pelo sobre Firmin: “A veces surge una rata que pinta, pongamos por caso, o una rata que escribe poemas y le da por recitarlos. Por regla general no nos burlamos de ellos. Más bien al contrario, los compadecemos, pues sabemos que sus vidas están abocadas a la soledad”.

miércoles, 16 de enero de 2008

De qué hablamos cuando... tomamos café


Frenesí Carver: leamos a Carver. Raymond Carver (1938-1988) es un escritor norteamericano del que solo he leído un libro pero estoy rabiando por leer muchos más. De hecho, la única razón por la que no dejo ahora mismo de teclear y me voy corriendo a una librería a comprarme todas sus obras es porque sé que en mi ciudad no las voy a encontrar en inglés. ¡Ay, qué pereza da Amazon.com! No, en serio, podría pedirlos ahora mismo, y a lo mejor para cuando lleguen dentro de un mes me ha dado por Luis Landero o por John Cheever, y los libros de Carver se quedan cogiendo polvo en la estantería. Y no merecen eso.

Si alguien me regalara un libro de Raymond Carver en inglés sería diferente. Sorprendente, inesperado, como aquel que me dio hace dos años una persona muy especial. Yo no había leído nada del pavo, tampoco estaba en mi onda. Pero me intrigaba. Recordaba un documental de Canal Historia sobre él, en el que otro autor lo criticaba. Decía que su estilo era una mierda, que había escrito cosas muy chabacanas, como “la noche era tan caliente como el tubo de escape de un Ford del 56”. Qué queréis que os diga, a mí me parece buenísimo.

Mi primer (y hasta ahora único) libro de Carver se titulaba De qué hablamos cuando hablamos de amor (1981). Es un libro de relatos, Carver escribió mayoritariamente relatos y poesía. No conozco lo bastante de él como para saber por qué nunca acometió una novela, o si tal vez sí lo hizo. Sus cuentos son inquietantes, es parco en palabras. No sabe uno a qué carta quedarse con los personajes, es el tipo de cuentos en los que o bien no pasa nada (aparentemente) o bien lo que pasa no tiene ninguna relevancia. En el momento pueden llegar hasta a dar coraje, ¿qué me está contando este hombre?, a su lado Hemingway era un incontinente verbal. Y sin embargo…

Y sin embargo, pocas veces me he sentido tan impulsado a volver a un libro como con este. Releer frases, párrafos, cuentos enteros una y otra vez. Son historias que te subyugan, que se quedan a vivir contigo. Creo que solo me ha pasado algo así con Ficciones (1944) y El Aleph (1949) de Borges, otro cuentista/poeta que no escribió una novela. Pero ahí acaban las similitudes: Carver son frutos secos frente al banquete estilístico y filosófico del argentino. No quiero decir que los cuentos de Raymond Carver sean pobres o malos, es que resultan frugales, y aun así se repiten como su puta madre.


Últimamente en mi vida han aparecido rastros de Raymond Carver por todas partes: tres compañeros de trabajo se han leído De qué hablamos cuando hablamos de amor, un cuarto ya lo tiene comprado (las conversaciones a la hora del café revolotean sobre el dichoso librito azul de Compactos Anagrama). Otro amigo se ha ofrecido a prestarme la peli Vidas cruzadas (Short Cuts, 1993) de Robert Altman, basada en sus cuentos y con guión del propio escritor. Las coincidencias siguen, algunas no os las creeríais si las cuento aquí. Y yo, qué remedio, he ido a mi estantería a desempolvar mi ejemplar de What We Talk About When We Talk About Love. He vuelto a visitar las desasosegantes historias “La calma”, “Bolsas” o “Tanta agua tan cerca de casa”.

Se ha encuadrado a Carver en el llamado “Realismo sucio” norteamericano, por retratar la vida de la clase obrera y la cara menos dulce del American Dream. Roberto Bolaño dijo de él que era el mejor cuentista del siglo XX (con permiso de Chéjov, a quien el propio Carver admiraba y que tanto le influyó). Aunque ya sabéis que me pone la teoría literaria, siento que con Carver simplemente me dejo llevar. Me dan igual las consideraciones críticas, solo me interesan las emociones que me provoca su lectura. Por ejemplo, en el cuento “El baño”: ¿el niño muere o no muere?”. ¡Qué angustia, por Dios!

lunes, 24 de diciembre de 2007

Finalmusik: novelaza


Antes de nada, ¡Feliz Navidad a todos! Luego toca regalar algo y no sabemos qué, puede que un libro. Y ¿por qué no regalar un buen libro? Por ejemplo este del que voy a hablaros.

Desde su estantería me llamó Finalmusik (2007) de Justo Navarro, una excelente novela que tiene algo de confesión, algo de intriga y algo de fresco postmoderno de la sociedad que nos ha tocado vivir. La trama se pone en marcha de un modo simple: un joven traductor se encuentra en Roma vertiendo al español una novela italiana superventas sobre el Frente Ruso de la 2ª Guerra Mundial. Durante sus últimos días allí, le suceden una serie de incidentes alucinatorios con algunos personajes como una limpiadora de la que se ha hecho amante, el marido de esta –ex-boxeador olímpico-, un obispo polaco-alemán caído en desgracia, una profesora de semiótica de Bolonia (¿guiño a U. Eco?), su marido, que es infiel pero íntegro en su trabajo de economista del estado, el novelista cuya obra está traduciendo… todo esto con el telón de fondo de un caluroso agosto italiano neurotizado por un ultimátum islamista.

Una vez más, lo importante no es el qué se cuenta sino el cómo se cuenta. La novela se divide en capítulos, y estos a su vez en pequeños fragmentos que alternan el monólogo interior con la tercera persona. La historia del presente (Finalmusik se desarrolla en 2004) se entrecruza con la del libro que el protagonista está traduciendo, una trilogía de novelas policíacas ambientadas en el cuerpo de voluntarios italianos que Mussolini envío a Rusia en 1941, y esto se hace con mucho arte, casi imperceptiblemente.

El misterio policiaco de antaño se superpone a otras investigaciones en la Roma actual, la del caso de un asesino en serie abatido por la policía, la de una trama de corruptelas financieras en plan Operación Malaya, la del terrorismo islamista… y así se va configurando una maraña de pasillos, despachos oficiales, habitaciones, escuchas telefónicas, agentes dobles o triples, interrogatorios, camas y controles de seguridad que envuelven la peripecia del protagonista de forma casual pero inexorable.

Mis puntos de referencia mientras leía Finalmusik han sido Kafka (versión El proceso) y el Bret Easton Ellis de Glamorama. El primero por toda la paranoia opresiva de un estado espía, acusaciones imposibles y un farragoso entramado burocrático (en realidad dos estados: el italiano y el vaticano). El segundo por la mezcla fácil del horror con lo cotidiano, la fragmentación formal del libro y la voluntad de ser el documento de una época (en Glamorama, de 1998, también había atentados islamistas) poliédrica, de apariencias y falsedades: espejos, pantallas de televisión, grabaciones, traducciones, adaptaciones cinematográficas, versiones de versiones de versiones. Ya lo avisa el dicho italiano, “Traduttore, traditore”, y aquí el narrador es un traductor. Pero también son traidores los novelistas, actores, políticos, teóricos de la semiótica, agentes secretos, funcionarios vaticanos, en lo que constituye un formidable ejercicio de ventriloquía internacional muy post 11-S.

También he pensado al leer este libro en Roberto Bolaño (otro cronista del horror por fascículos), y en lo que se dijo en este blog sobre la literatura de calidad y la dificultad que entraña leerla. Pues bien, Finalmusik es un libro de ahora, postmoderno, levemente cultureta, pero no es en absoluto difícil de leer. Para nada. Antes bien, se trata de una novela con un protagonista, unos secundarios, una trama y un espacio-tiempo muy bien delimitados, y una narración prácticamente lineal. ¿He oído bien? ¿Buena literatura y fácil de digerir? ¡Ya tardáis en leerlo!

jueves, 13 de diciembre de 2007

Roberto Bolaño, en vos confío


Cada vez que termino un libro de Roberto Bolaño me quedo picueto picueto picueto. En esta ocasión se trata de El gaucho insufrible (2001) pero este es el sexto libro de Bolaño que me leo en 2007. Antes vinieron Llamadas telefónicas (1997), Putas asesinas (2001), Nocturno de Chile (2000), Los detectives salvajes (1998) y La literatura nazi en América (1996). Volviendo la vista atrás, puedo decir que este ha sido mi “año Bolaño” (¡qué Gloria Fuertes me ha quedado eso, no?).

Y pensar que yo a este tipo no lo conocía –salvo de verlo en los suplementos literarios- hasta enero pasado. Su calidad fue un chivatazo de un amigo durante una barbacoa. “¿No has leído nada de Bolaño? ¡Tiene unos cuentos fantásticos!” –me dijo, entre pellizco y pellizco de carne ibérica. A mí me sonaba 2666, su descomunal novela póstuma que acaparó el aplauso unánime de la crítica en 2004. Se trata de una pentalogía que dejó inacabada, y la verdad, me da un poco de miedo, aunque prometo que algún día le meteré mano.

Pero empecé leyendo los cuentos de Bolaño, un escritor típicamente hispanoamericano que sin embargo se mueve como pez en el agua hablando de España y de Europa en general. Su prosa me fascina por lo inquietante de sus argumentos y por lo atractivo de sus personajes. El Bolaño de carne y hueso, que vivió de 1953 a 2003, fue un chileno exiliado en México, volvió a Chile en 1973 para oponerse a Pinochet, fue detenido y puesto en libertad al reconocerlo en la cárcel dos policías antiguos compañeros de colegio y pasó los últimos años de su vida viviendo en Cataluña. Su peripecia vital está muy presente en su obra, y lo mismo sitúa la acción de sus libros en México D.F. que en Barcelona, en Buenos Aires, en Israel o en Austria.

Mención aparte merece su La literatura nazi en América, diccionario apócrifo de escritores hispanoamericanos de derechas inventados. A la manera de Borges, Bolaño traza en este libro las biografías, bibliografías, críticas y valoraciones de nada menos que treinta autores inexistentes pero perfectamente posibles. Como anécdota diré que el día que lo compré en Córdoba el librero se volvió loco, porque el ordenador juraba que había un ejemplar y aquello no aparecía por ninguna parte en “Narrativa hispanoamericana”. Al final resultó que lo habían colocado en la sección de manuales de literatura.

Eso de jugar con la realidad y la ficción es muy de Bolaño, baste recordar que Javier Cercas lo introdujo como personaje en su exitosa novela Soldados de Salamina (2001), y que él mismo ha utilizado en sus cuentos y novelas a escritores reales como los chilenos Pablo de Rokha, Pablo Neruda o el mejicano Carlos Monsiváis, entre otros muchos. La cumbre de su visión cuajó en la que está considerada como su obra maestra: la fragmentaria novela Los detectives salvajes. Con este libro, Roberto Bolaño se ganó un merecido puesto en el olimpo de la literatura hispanoamericana, al ladito de Borges o Cortázar. La novela aborda la reconstrucción de la figura de una poetisa vanguardista mejicana (también apócrifa) llevada a cabo décadas después por un grupo de nuevos y zarrapastrosos escritores mejicanos (mezcla de apócrifos y personajes reales). Suena muy cultureta, lo sé, pero es mucho mejor de lo que parece.

Y a quien no tenga paciencia para leer un novelón de 600 páginas (yo mismo, salvo en vacaciones) le recomendaría empezar por una de sus varias colecciones de cuentos. Por ejemplo Llamadas telefónicas o Putas asesinas, llenos de relatos brillantes en lo técnico y desasosegantes en su contenido. Sin ser un “escritor para escritores”, hay que advertir que Bolaño no nos lo pone fácil, pero la recompensa por el pequeño esfuerzo que exige del lector supera con creces cualquier dificultad. A fin de cuentas, ¿no constituye siempre un reto la mejor literatura?
 
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