
“Y sé que sigo y sigo porque sigo”
(Pablo Neruda)
Lo estabais esperando. No lo neguéis, porque lo estabais esperando, leñe. Hoy por fin me he decidido a hablar de mi experiencia en el gimnasio. Esta semana he ido –como todas las semanas- mis tres diítas, solo tuve el parón de mi etapa enferma-invernal. En enero volví con fuerza a este gimnasio de Cosica, gimnasio de mis pecados, que cuesta 10 euros al mes.
Cuentan los más viejos del lugar que antaño (hace una década) el gym municipal de Cosica era un asunto turbio: un señor inmóvil, sentado junto a su perro, hacía las veces de encargado de unas instalaciones cutres y unas máquinas de ejercicios de más que dudosa utilidad. Pero en la actualidad la historia no podría ser más diferente: sin ser aquello el Gran Gimnasio de la Gran Cosa, ahora es mi pequeño gimnasio de Cosica. Bastante digno, bastante bien surtido de pesas y aparatos, según varios profesionales de la educación física que lo frecuentan. Baste decir que a él acuden gimnastas y deportistas de toda la comarca, incluido el pueblo de Valdepellizcos, que está a 17 kilómetros.
Yo no he sido nunca persona de gimnasio, digámoslo. Nunca en la vida me ha interesado. Cuando, con 18-19 años, a muchos de mis colegas les entró la fiebre de apuntarse a levantar hierro a mí la verdad es que el tema no me llamó la atención. En diversas ocasiones, el aburrimiento o la tristeza sí me han empujado a hacer deporte, incluso a acudir a algún que otro gimnasio. Pero nunca había tenido una experiencia tan continua e intensa como ahora. Nunca esperé ir al gimnasio a divertirme, y no lo hago (tampoco os voy a engañar): al contrario, sufro de cojones. El truco está en que compensa.

Pese a todo el sufrimiento físico y psicológico que el esfuerzo en el gimnasio me comporta, he de decir que luego mágicamente la cosa sí que compensa. Llamadlo “endorfinas”, “la huella deportiva” o como queráis. Hacer deporte te hace sentir bien, es correcto: los griegos tenían razón cuando dijeron aquello de “Mens sana in corpore sano”… ah, no! Que eso lo dijo Juvenal, que era romano. ¿Griegos, romanos? ¿A mí qué más me da, Cabesha? Lo que el buen Juvenal, el Barón de Coubertin y su puta madre se olvidaron de contarnos era que el deporte compensa a posteriori (muy a posteriori), porque mientras se practica es una auténtica tortura. O díganme ustedes qué placer encuentran en acabar derrotados, doloridos, sudados a más no poder y sin poder levantar ni las pestañas tras una sesión de machaque.
Mención aparte merece la fauna del gimnasio, yo no tengo un suficiente conocimiento taxonómico para establecer aquí categorías, pero hablando de ejemplares sueltos, ve uno cada cosa… La verdad es que en esto yo tenía bastante prevención, hay mucha leyenda negra. Cierto que hay unos cuantos personajes de agárrate y no te menees. Adictos al ejercicio, hipermusculados, vigoréxicos, desocupados, merodeadores… pero la inmensa mayoría de la peña que va es gente sana, amable, currantes, que luego van a echar un ratito por la tarde a su gimnasio. Gente muy normal. Incluso en Cosica contamos con un campeón de España de culturismo y os puedo asegurar que es la persona más llana, humilde y amistosa del mundo.

Hoy ha sido uno de esos raros días en que se alinean todos los planetas y he podido echar una horita y media de gimnasio que yo califico como “perfecta”. He tenido tiempo de sobra, he ido tranquilo pero sin pausa, charlando con compañeros y nuevos conocimientos que he trabado allí (alguna juerga nos hemos llegado a correr los del gimnasio en el pueblo, no os digo más). He hecho un par de circuitos de tren superior y otro par de piernas, con mis maquinurrias, mis pesas, mis series de repeticiones… mientras en la radio sonaban Alanis Morisette, La Oreja de Van Gogh o Coldplay. Después mis tablitas de abdominales, superiores e inferiores, para finalizar con 30 minutos sudando como un puerco en el treadmill, la cinta de correr, o no sé cómo se le dice en español.
No seré Sorsenague ni me pondré como una piedra, pero me siento bastante orgulloso de acudir allí tres veces en semana (más no, porque “exceso de comedia igual a tragedia”) y de echar mis buenos ratos. Y sobre todo, de no dejarme vencer por la pereza ni ninguna excusa para dejar de hacerlo. Como bien le contaba anteayer a un buen amigo, si llego a autoconvencerme de que me viene mal ir a un gimnasio que está a cuatro minutos andando de mi casa y que me cuesta na y menos… mal iríamos. Y vamos bien.
(Pablo Neruda)
Lo estabais esperando. No lo neguéis, porque lo estabais esperando, leñe. Hoy por fin me he decidido a hablar de mi experiencia en el gimnasio. Esta semana he ido –como todas las semanas- mis tres diítas, solo tuve el parón de mi etapa enferma-invernal. En enero volví con fuerza a este gimnasio de Cosica, gimnasio de mis pecados, que cuesta 10 euros al mes.
Cuentan los más viejos del lugar que antaño (hace una década) el gym municipal de Cosica era un asunto turbio: un señor inmóvil, sentado junto a su perro, hacía las veces de encargado de unas instalaciones cutres y unas máquinas de ejercicios de más que dudosa utilidad. Pero en la actualidad la historia no podría ser más diferente: sin ser aquello el Gran Gimnasio de la Gran Cosa, ahora es mi pequeño gimnasio de Cosica. Bastante digno, bastante bien surtido de pesas y aparatos, según varios profesionales de la educación física que lo frecuentan. Baste decir que a él acuden gimnastas y deportistas de toda la comarca, incluido el pueblo de Valdepellizcos, que está a 17 kilómetros.
Yo no he sido nunca persona de gimnasio, digámoslo. Nunca en la vida me ha interesado. Cuando, con 18-19 años, a muchos de mis colegas les entró la fiebre de apuntarse a levantar hierro a mí la verdad es que el tema no me llamó la atención. En diversas ocasiones, el aburrimiento o la tristeza sí me han empujado a hacer deporte, incluso a acudir a algún que otro gimnasio. Pero nunca había tenido una experiencia tan continua e intensa como ahora. Nunca esperé ir al gimnasio a divertirme, y no lo hago (tampoco os voy a engañar): al contrario, sufro de cojones. El truco está en que compensa.

Pese a todo el sufrimiento físico y psicológico que el esfuerzo en el gimnasio me comporta, he de decir que luego mágicamente la cosa sí que compensa. Llamadlo “endorfinas”, “la huella deportiva” o como queráis. Hacer deporte te hace sentir bien, es correcto: los griegos tenían razón cuando dijeron aquello de “Mens sana in corpore sano”… ah, no! Que eso lo dijo Juvenal, que era romano. ¿Griegos, romanos? ¿A mí qué más me da, Cabesha? Lo que el buen Juvenal, el Barón de Coubertin y su puta madre se olvidaron de contarnos era que el deporte compensa a posteriori (muy a posteriori), porque mientras se practica es una auténtica tortura. O díganme ustedes qué placer encuentran en acabar derrotados, doloridos, sudados a más no poder y sin poder levantar ni las pestañas tras una sesión de machaque.
Mención aparte merece la fauna del gimnasio, yo no tengo un suficiente conocimiento taxonómico para establecer aquí categorías, pero hablando de ejemplares sueltos, ve uno cada cosa… La verdad es que en esto yo tenía bastante prevención, hay mucha leyenda negra. Cierto que hay unos cuantos personajes de agárrate y no te menees. Adictos al ejercicio, hipermusculados, vigoréxicos, desocupados, merodeadores… pero la inmensa mayoría de la peña que va es gente sana, amable, currantes, que luego van a echar un ratito por la tarde a su gimnasio. Gente muy normal. Incluso en Cosica contamos con un campeón de España de culturismo y os puedo asegurar que es la persona más llana, humilde y amistosa del mundo.

Hoy ha sido uno de esos raros días en que se alinean todos los planetas y he podido echar una horita y media de gimnasio que yo califico como “perfecta”. He tenido tiempo de sobra, he ido tranquilo pero sin pausa, charlando con compañeros y nuevos conocimientos que he trabado allí (alguna juerga nos hemos llegado a correr los del gimnasio en el pueblo, no os digo más). He hecho un par de circuitos de tren superior y otro par de piernas, con mis maquinurrias, mis pesas, mis series de repeticiones… mientras en la radio sonaban Alanis Morisette, La Oreja de Van Gogh o Coldplay. Después mis tablitas de abdominales, superiores e inferiores, para finalizar con 30 minutos sudando como un puerco en el treadmill, la cinta de correr, o no sé cómo se le dice en español.
No seré Sorsenague ni me pondré como una piedra, pero me siento bastante orgulloso de acudir allí tres veces en semana (más no, porque “exceso de comedia igual a tragedia”) y de echar mis buenos ratos. Y sobre todo, de no dejarme vencer por la pereza ni ninguna excusa para dejar de hacerlo. Como bien le contaba anteayer a un buen amigo, si llego a autoconvencerme de que me viene mal ir a un gimnasio que está a cuatro minutos andando de mi casa y que me cuesta na y menos… mal iríamos. Y vamos bien.






