Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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miércoles, 17 de septiembre de 2008

Watchmen: La gran cosa (I)


Cuando el 29 de agosto empecé a leerme la novela gráfica Watchmen (1986-87, de Alan Moore y Dave Gibbons) tenía superclaro que quería terminármela pronto por un motivo: escribir este post. ¿Cómo así, Porerror? Señora, porque es lo mejor desde el chicle. ¿No quedamos en que lo mejor era la serie Perdidos? Pues, en cierto, modo, podría decirse que Perdidos es lo mejor desde Watchmen (y por cierto, que tienen cosillas en común).

Meses ha que el buen Grillo Solitario me daba la tabarra (en el buen sentido) para que me leyera yo Watchmen, sabiendo como sabía, el mamón, que me iba a encantar. Ahora comprendo por qué me sacaba a relucir este cómic cada vez que en Estatuas Verdes se hablaba de superhéroes, sea Batman, Iron Man o La Patrulla-X. Ahora comprendo tantas cosas… Lo que más me ha impresionado de esta obra es su talla, a continuación paso a explicarme.

Los tebeos molan, pero sinceramente, nunca he pensado que pudiesen ser fuente de conocimiento. En otras palabras, entretenimiento sí, pero no alta cultura. Hay cómics megasesudos, y sí, muy vanguardistas estéticamente, todo lo que ustedes quieran. Hay intentos muy buenos, como ese Maus (1980-1991), preciosa fábula ratonil sobre el Holocausto, pero por lo general me pasaba que los tebeos de contenido ideológico me solían parecer groseros (por ejemplo, Paracuellos de Carlos Giménez o V de Vendetta de Alan Moore). Hasta ahora.


Con Watchmen asisto a un fenómeno acojonante: la lectura de una auténtica novela gráfica, contada con el lenguaje del cómic pero que, en la mejor tradición del arte postmoderno, no le hace ascos al pastiche, al humor, al juego, a la parodia, y que toma prestado de las formas de narrar del cine, la literatura o el ensayo. Y todo esto –oh, milagro- con un dibujo puro de superhéroes, pues Watchmen es un cómic de superhéroes. No hay aquí histrionismos manga, ni vanguardias paranoico-metafóricas. Son viñetas rectangulares de colorido convencional, con un dibujo semirrealista que bien podría haber firmado Jack Kirby, Michael Golden o John Romita.

De hecho, si uno pasa rápido las páginas (muchas: la novela gráfica se ensambla con doce episodios bastante jugosos) de Watchmen, se encontrará con algo muy similar al típico cómic de superhéroes ochentero de Marvel o DC. ¿El prodigio, pues? La combinación de este artwork con el guión, magistral guión y diálogos de Alan Moore. Sobre el contenido de esta obra hablaré más bien mañana (hoy me estoy centrando en la forma), pero me atrevería a decir que Watchmen es a las historietas de superhéroes lo que en su día El Quijote fue para las novelas de caballería.


La concepción de la obra es monumental, al tratarse de una serie limitada, la historia tiene sentido completo, y aunque la narración es –más o menos- lineal, asistimos a numerosas analepsis y prolepsis (saltos atrás y adelante) y a un uso portentoso del cinematográfico “montaje en paralelo”. Al final, todo cobra sentido como en una complicadísima obra de relojería, pero durante la lectura del tebeo en más de una ocasión me entró el complejo de no saber qué demonios estaba pasando. Pero todo se explica, y el final, con ser fantástico (en el doble sentido del término) no es una mera patochada ex machina.

Creo que, estructuralmente, el mayor logro de Watchmen consiste en la creación de una distopía, un mundo paralelo con sentido completo, en el que Robert Redford se presenta a la Casa Blanca en 1988, Richard Nixon es el vencedor de Vietnam y la comida rápida predominante en USA es la india. La publicidad, los eslóganes, los pequeños detalles que se repiten continuamente dan cohesión (de hecho, los fondos de las viñetas son importantísimos), y aunque este mundo es propio (los superhéroes que aparecen en Watchmen no salen en ninguna otra obra) se parece demasiado al nuestro.

La historia, por una vez, no es simple. El punto de partida es que aparece un superhéroe muerto, lo que motiva que sus antiguos compañeros de capa y gayumbos vuelvan a ponerse en contacto, y de ahí se deriva una trama de suspense y aventuras al nivel de un Blade Runner (1982) o un Matrix (1998). La peli ya la están haciendo. Estáis avisados.

lunes, 28 de enero de 2008

Firmin, rata vida


Hace tiempo que vengo queriendo hablaros de un libro llamado Firmin. Seguro que lo habéis visto en las librerías, es una novela finita con el dibujo de una rata humanoide que tiene un libro en la mano. En España ha sido un éxito (creo que va por la 4ª edición, y se editó a finales del año pasado) y viene precedido por una gran fama en USA, donde se publicó en una editorial independiente. Su autor, Sam Savage, ha tenido una vida fascinante: licenciado y doctor en Filosofía por Harvard, tuvo muchos oficios (mecánico de bicis, carpintero, pescador…) y fue básicamente un hippy antes de publicar en 2006 este su primer libro.

La historia (como siempre digo) es simple: su subtítulo lo resume todo. Firmin: Aventuras de una alimaña metropolitana, es la confesión en primera persona de una rata muy inteligente, con cualidades casi humanas, que nació y se crió en una librería de segunda mano en el Boston de los años 60. Debido a que su mamá rata les hizo a él y a su camada su primera cunita a base de páginas arrancadas de obras clave de la literatura tipo Finnegan’s Wake, El Quijote o Moby Dick, Firmin se aficionó a mordisquear los libros y comenzó a alimentarse de su pulpa. De ahí a leerlos solo hubo un paso, y nuestro protagonista pronto se sintió alienado de sus congéneres ratiles. Tanto y tanto leyó y reflexionó que su cerebro se desarrolló de un modo monstruoso para una rata y lo convirtió en una especie de alimaña con la mente de un humano.

De ahí su nombre, Firmin = “fur man” (“hombre peludo” en inglés). Firmin ya no es como las otras ratas, aunque su sino es vivir como ellas, esconderse, cavar túneles, buscar comida en la basura… porque desde luego tampoco es humano. Y he aquí una de las claves de la novela, la alienación que una persona puede llegar a sentir hacia sus supuestos iguales. En el caso de Firmin, le lleva a despreciar a las demás ratas, a considerarse superior a ellas y a verse como un afín al ser humano (al menos en vida interior, pensamientos, sentimientos y aspiraciones). Al fin y al cabo, Firmin en sus ratos libres de rata libre llega a leer más que casi cualquier persona a lo largo de toda su vida.

Desgraciada pero inevitablemente, una serie de circunstancias que no cuento para no chafaros el libro hacen que Firmin llegue a desengañarse también del género humano, que a él se le antojaba excelso y ajeno a todos los vicios de las mezquinas ratas. En este sentido Firmin viene a ser un poco misántropo, en la tradición de un Jonathan Swift. Lo gracioso es que en este caso (a diferencia de Swift, que proponía una raza de supercaballos inteligentes) los animales no dan ninguna lección a los humanos (es una fábula atípica). Y Firmin, por amargao, rechaza a las ratas y también a los humanos como especie, aunque bien es cierto que acaba encontrando esperanza en ciertos especímenes individuales. Esto ocurre con un escritor de ciencia-ficción hippy (¿Trasunto del propio Sam Savage? ¿Homenaje al personaje Kilgore Trout de las novelas de Kurt Vonnegut?) y con la actriz Ginger Rogers, con la que suele fantasear la ratita lectora.

Teniendo presente que Firmin es un cuento fantástico, o bien una fábula, durante su lectura desarrollé a menudo la tentación de trazar analogías entre la novela y el mundo real, en plan “ah, claro: cuando se come un libro es como si se lo leyera” (pues no: empieza jamándoselos pero luego los lee) o “las ratas son los humanos y los humanos son como sus dioses” (error: las ratas son ratas y las personas personas). De hecho, un amigo me llegó a comentar que él había imaginado que las ratas eran como judíos, los humanos como nazis y la demolición del barrio donde se encuentra la librería donde vive Firmin una alegoría de la Segunda Guerra Mundial. Lo aviso ya: el libro no es una alegoría de nada (vamos, que no es Maus).

Lo anterior no quita para que podamos reflexionar y sacar de esta novelita una serie de moralejas acerca de la condición humana. Aunque suene a tópico, hay veces que se te olvida que estás leyendo la vida de una rata, y el personaje de Firmin puede llegar a ser mucho más humano que los idems que lo rodean. Nada más por ver la lista de lecturas que configuran el universo –y la dieta- Firmin (“un bocado de Faulkner era igual que un bocado de Flaubert, por lo que a mí respectaba”) este libro merece la pena. Y como reflexión final, os dejo con una cita de Roberto Bolaño, de su cuento “El policía de las ratas”, que viene al pelo sobre Firmin: “A veces surge una rata que pinta, pongamos por caso, o una rata que escribe poemas y le da por recitarlos. Por regla general no nos burlamos de ellos. Más bien al contrario, los compadecemos, pues sabemos que sus vidas están abocadas a la soledad”.
 
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