Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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viernes, 11 de abril de 2008

¡Ah, el dulce Mateo!


Este post está dedicado a todos los que me decís que aunque no os interese el tema del día, leéis mi entrada igual. Vosotros sois Estatuas.


“¿Cómo conociste a Matthew Sweet?” –me pregunta el otro día una amiga que jamás ha oído hablar de él. Voy a contestarle y de pronto me quedo en blanco. La cosa se pierde en la noche de los tiempos, no sé de cuándo me viene la afición por este cantante. Otra pregunta más fácil: “¿A qué suena?” “¿Conoces a Teenage Fanclub?” “Mh-mh”. “¿A The Posies?” “Mh-mh”. A lo mejor no era tan fácil.

Hace muchos años que me gusta el pop-rock bonito, el de guitarras y armonías vocales. ¿Lo llamamos power pop? ¿Pop alternativo? También lo llaman “pop contemporáneo” o “pop adulto”. Para mí son canciones, que luego mis colegas músicos me riñen por ser tan enciclopedista con las etiquetas de los estilos. Supongo que por Teenage Fanclub (creedlo: hubo un tiempo en que fueron famosos) conocí a The Posies, y por estos me llegaron nombres como Big Star o Matthew Sweet.

Realmente no tuve nada suyo hasta que en Inglaterra un compañero americano de residencia me regaló un recopilatorio. Él cantaba y tocaba, pero le iba más el reggae y el rap. Compró el Time Capsule: The Best of Matthew Sweet 90/00 (2000) y lo flipó, claro: “Iba a tirarlo a la basura, ¿tú lo quieres?, quédatelo”. Y entonces lo flipé yo, pero en el buen sentido. Creedlo: hubo un tiempo en el que Matthew Sweet también fue famoso, salía en la MTV y sus álbumes eran Disco de Oro en USA. Recuerdo que en la novela de Bret Easton Ellis Glamorama (1998) los personajes bailaban en una disco de moda al son de su tema “Sick of Myself”.

La canción por la que probablemente Sweet pase a la historia sea “Girlfriend”, de su disco homónimo de 1991. Dice All Music Guide que todos las grabaciones de power pop de mediados de los noventa en adelante tienen una deuda no reconocida con ese álbum. A mí “Girlfriend” en concreto me impactó tanto que he llegado a escribir un cuento inspirado en la canción. Tampoco se puede olvidar su disco 100% Fun (1995), pero hoy quisiera romper una lanza por la parte de su obra menos conocida y menos valorada.

Empiezo por sus dos discos de los ochenta, Inside (1986) y Earth (1989). Estos suenan muy diferentes a el rock alternativo que se haría en los noventa, son más cercanos al llamado jangle pop (o sea, pop de guitarra deudor del sonido sesentero de Beatles o Byrds, sin tanta distorsión). La producción, como muchas de aquellos años, da un pelín de miedo, pero superado este escollo se encuentra uno con un par de disquitos repletos de buenas composiciones. Para que os hagáis una idea, suenan un poco como sonaban R.E.M. por aquellos años (antes del Out of Time, 1991).

Otro disco que la crítica no ha santificado es el Blue Sky On Mars (1997) -el título está sacado de Desafío total, ¿no?-. Se supone que tras su trilogía alternativa-power de Girlfriend, Altered Beast (1993) y 100% Fun Sweet bajó el listón, al entregar un álbum más reposado, en el que no sé exactamente dónde está el problema. Para mí es un disco divertidísimo, en el que predominan los rocks moderados y los medios tiempos (el territorio más propicio para Matthew Sweet: sus baladas sin embargo aburren a las ovejas). Líricamente Sweet no pasará a la historia, sus letras tiran del repertorio clásico del rock: me voy a Los Ángeles, mi chica es malvada, ya te olvidé, etc, pero pienso que en este álbum las melodías mantienen un nivel increíblemente bueno, y el trabajo de guitarras no es desdeñable.


Por último quería hablar de su último trabajo (¡qué cartesiano soy, cojones!). Under the Covers, Vol.1 (2006) –el título es un juego de palabras: covers en inglés significa “sábanas” y “versiones”- es un esfuerzo conjunto realizado con Susanna Hoffs, la cantante de Bangles. ¿Os acordáis de Bangles? Otras históricas del jangle pop, que sin embargo pasarán a la historia por versionar a Prince, cantar “Eternal Flame” y bailar en un videoclip imitando a los egipcios. Este disco no es que aporte mucho ya que se trata de una colección de versiones de “clásicos” de los años sesenta, eso sí pasados por el tamiz del power pop. El “Vol.1” nos hace soñar con ulteriores entregas, de momento la nómina incluía preciosísimas versiones de los Beatles, Beach Boys, Bob Dylan, Neil Young, The Velvet Underground, Love, The Zombies o The Who.

La semana pasada se montó en mi coche un amigo, músico profesional, y en la radio estaba puesto un disco de Matthew Sweet. “Oye, qué bien suena esto, ¿qué es?” Le conté y me dijo: “¿Esto pop? ¡Pero si tiene guitarras rockeras, los cambios de acordes propios del blues y el cantante suena como el de R.E.M.!” Sí, amigo. Y eso que no escuchaste las que suenan a folk-rock, y alguna que otra con un tufillo country. Todo con un denominador común: música bonita, música dulce. Dulce Matthew Sweet.

lunes, 24 de diciembre de 2007

Finalmusik: novelaza


Antes de nada, ¡Feliz Navidad a todos! Luego toca regalar algo y no sabemos qué, puede que un libro. Y ¿por qué no regalar un buen libro? Por ejemplo este del que voy a hablaros.

Desde su estantería me llamó Finalmusik (2007) de Justo Navarro, una excelente novela que tiene algo de confesión, algo de intriga y algo de fresco postmoderno de la sociedad que nos ha tocado vivir. La trama se pone en marcha de un modo simple: un joven traductor se encuentra en Roma vertiendo al español una novela italiana superventas sobre el Frente Ruso de la 2ª Guerra Mundial. Durante sus últimos días allí, le suceden una serie de incidentes alucinatorios con algunos personajes como una limpiadora de la que se ha hecho amante, el marido de esta –ex-boxeador olímpico-, un obispo polaco-alemán caído en desgracia, una profesora de semiótica de Bolonia (¿guiño a U. Eco?), su marido, que es infiel pero íntegro en su trabajo de economista del estado, el novelista cuya obra está traduciendo… todo esto con el telón de fondo de un caluroso agosto italiano neurotizado por un ultimátum islamista.

Una vez más, lo importante no es el qué se cuenta sino el cómo se cuenta. La novela se divide en capítulos, y estos a su vez en pequeños fragmentos que alternan el monólogo interior con la tercera persona. La historia del presente (Finalmusik se desarrolla en 2004) se entrecruza con la del libro que el protagonista está traduciendo, una trilogía de novelas policíacas ambientadas en el cuerpo de voluntarios italianos que Mussolini envío a Rusia en 1941, y esto se hace con mucho arte, casi imperceptiblemente.

El misterio policiaco de antaño se superpone a otras investigaciones en la Roma actual, la del caso de un asesino en serie abatido por la policía, la de una trama de corruptelas financieras en plan Operación Malaya, la del terrorismo islamista… y así se va configurando una maraña de pasillos, despachos oficiales, habitaciones, escuchas telefónicas, agentes dobles o triples, interrogatorios, camas y controles de seguridad que envuelven la peripecia del protagonista de forma casual pero inexorable.

Mis puntos de referencia mientras leía Finalmusik han sido Kafka (versión El proceso) y el Bret Easton Ellis de Glamorama. El primero por toda la paranoia opresiva de un estado espía, acusaciones imposibles y un farragoso entramado burocrático (en realidad dos estados: el italiano y el vaticano). El segundo por la mezcla fácil del horror con lo cotidiano, la fragmentación formal del libro y la voluntad de ser el documento de una época (en Glamorama, de 1998, también había atentados islamistas) poliédrica, de apariencias y falsedades: espejos, pantallas de televisión, grabaciones, traducciones, adaptaciones cinematográficas, versiones de versiones de versiones. Ya lo avisa el dicho italiano, “Traduttore, traditore”, y aquí el narrador es un traductor. Pero también son traidores los novelistas, actores, políticos, teóricos de la semiótica, agentes secretos, funcionarios vaticanos, en lo que constituye un formidable ejercicio de ventriloquía internacional muy post 11-S.

También he pensado al leer este libro en Roberto Bolaño (otro cronista del horror por fascículos), y en lo que se dijo en este blog sobre la literatura de calidad y la dificultad que entraña leerla. Pues bien, Finalmusik es un libro de ahora, postmoderno, levemente cultureta, pero no es en absoluto difícil de leer. Para nada. Antes bien, se trata de una novela con un protagonista, unos secundarios, una trama y un espacio-tiempo muy bien delimitados, y una narración prácticamente lineal. ¿He oído bien? ¿Buena literatura y fácil de digerir? ¡Ya tardáis en leerlo!
 
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