Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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jueves, 30 de abril de 2009

Estrellas grandes


Cual especie de Bill Murray rural sabéis que vivo, en cierto modo, atrapado en el tiempo: leer el periódico del día anterior es lo único que me queda. Leo en El País ya no sé si de ayer o anteayer que en el día de ayer o anteayer tocaron en Málaga el mayor grupo musical que ha parido madre, namely Big Star. Casi me da un jama al leer en “El diario independiente de la mañana” los palabros power pop, Badfinger, Alex Chilton, Chris Bell y Raspberries, todos en el mismo párrafo. Y no, amigos, no son los nuevos sabores de helado de Ben & Jerry’s, se trata de mi estilo de música favorito y alguno de sus mayores exponentes.

El mejor grupo del globo ya quedamos en que son los Beatles, pero como debe haber música después de la música y pop después del pop, a la caída de los de Liverpool se alzaron estas bandas que pensaban que los estaban imitando y que en realidad no sonaban en absoluto como ellos, crearon un subgénero nuevo que solo años después fue dado en llamarse power pop. Por eso los grupos actuales de power pop en realidad no suenan como los Beatles, sino como Badfinger, Raspberries y estos señores a los que hoy rendimos tributo: Big Star.

Sabido es que en Estatuas Verdes tiene su casa la hipérbole, pero en esta ocasión las exageraciones no las proporciono yo sino que corren de la cuenta de los críticos de rock. Se ha dicho muchas veces que Big Star han sido el grupo más influyente después de la Velvet Underground, ida de olla por demás, pero lo que sí es cierto es que su impacto y su influencia en la música “alternativa” es simplemente incalculable. Son pieza clave del pop, pero también del grunge, del punk melódico y me atrevería decir que del country alternativo. Para que os hagáis una idea, a esta gente los han versionado Teenage Fanclub, The Posies, Garbage, Wilco, Matthew Sweet o Afghan Whigs. ¿Quiénes son Big Star y qué hicieron?


Simplificando, eran cuatro: Alex Chilton, Chris Bell, Jody Stephens y Andy Hummel. Simplificando aún más, el talentoso Chris Bell se fue tras hacer solo un disco (para grabar otro en solitario y fallecer en 1978), Andy Hummel tambien se fue, y en la actualidad quedan Chilton (ex niño prodigio sesentero con Box Tops), Stephens y el (mejor) 50% de los Posies: Ken Stringfellow y Jon Auer, que tocan con Big Star desde 1993. La discografía de Big Star es exigua y fragmentaria, sacaron en 2005 In Space, que me da miedo escuchar, pero aquí nos quedaremos con sus tres discos canónicos.

#1 Record (1972) es la mezcla perfecta de rabia juvenil, diversión, romanticismo ñoño y energía. Cuando no había Playstations, se ve que la juventud se dedicaba a esas cosas. “Soplo de aire fresco” tal vez sea la frase más repetida en las críticas de este prodigioso álbum. Lo cachondo del tema es que, una vez se fue Bell (en su disco en solitario póstumo también metieron mano otros miembros de Big Star, no os creáis), Chilton y el resto se sacaron de la manga en 1974 Radio City, el que probablemente sea –superquitada de careta- el mejor disco de power pop de todos los tiempos, y uno de los mejores de la historia del rock.


¿Tuvieron éxito, Porerror? Ninguno, señora, como pasa siempre. ¿Poperos à la Beatle en el Memphis de los early seventies? No creo. Pues entonces estos joyones serán inencontrables, ¿no? Auténticas rarezas. Pues mire usted por donde que no: los dos discos #1 Record y Radio City se encuentran fácilmente en CD en formato “2 x1” a menos de nueve euros. ¿Y cómo es que no me ha dado nunca por comprármelos y hacer a este grupo todavía más grande? Pues eso mismo digo yo, señora, a partir de leer este post ya no tiene excusa.

Los planes para un tercer album de Big Star se fueron al garete, pero el material grabado de manera trabajosa y a pellizcos se encuentra fácilmente bajo el título Third o Sister Lovers, que al parecer hubiera sido como se iba a llamar el disco. Estas grabaciones, amén de contener curiosidades como versiones de los Kinks, la Velvet o Nat King Cole, no son meros recortes. La música del “tercer disco que no fue” constituye un testamento acojonantemente vital del proceso creativo de un grupo en descomposición pero que todavía guarda un talento que le rebosa por los cuatro costados (algo así como el Let It Be -1970- de Beatles o el Yankee Hotel Foxtrot -2002- de Wilco).


Me mola que dos de sus alumnos más aventajados, Auer y Stringfellow, hayan retomado la antorcha del grupo y que Big Star sigan bien que mal en la brecha, con mucha dignidad, dando conciertos y grabando cosillas. Tocaron en Málaga el otro día, dicen. Algo había oído anunciado, pero no me había querido ni enterar. Me contaron que para el festival Territorios de Sevilla del año pasado, uno de los programadores consultó a un erudito musical local sobre qué grupo de “dinosaurios” molaría más traer, si a Big Star o a los New York Dolls. Al final se optó por New York Dolls, nunca se lo perdonaré: era como escoger entre champán francés o Casera blanca.

Pero claro, tal vez los New York Dolls resultasen más comerciales. Al fin y al cabo, ¿a Big Star quién los conoce?

viernes, 11 de abril de 2008

¡Ah, el dulce Mateo!


Este post está dedicado a todos los que me decís que aunque no os interese el tema del día, leéis mi entrada igual. Vosotros sois Estatuas.


“¿Cómo conociste a Matthew Sweet?” –me pregunta el otro día una amiga que jamás ha oído hablar de él. Voy a contestarle y de pronto me quedo en blanco. La cosa se pierde en la noche de los tiempos, no sé de cuándo me viene la afición por este cantante. Otra pregunta más fácil: “¿A qué suena?” “¿Conoces a Teenage Fanclub?” “Mh-mh”. “¿A The Posies?” “Mh-mh”. A lo mejor no era tan fácil.

Hace muchos años que me gusta el pop-rock bonito, el de guitarras y armonías vocales. ¿Lo llamamos power pop? ¿Pop alternativo? También lo llaman “pop contemporáneo” o “pop adulto”. Para mí son canciones, que luego mis colegas músicos me riñen por ser tan enciclopedista con las etiquetas de los estilos. Supongo que por Teenage Fanclub (creedlo: hubo un tiempo en que fueron famosos) conocí a The Posies, y por estos me llegaron nombres como Big Star o Matthew Sweet.

Realmente no tuve nada suyo hasta que en Inglaterra un compañero americano de residencia me regaló un recopilatorio. Él cantaba y tocaba, pero le iba más el reggae y el rap. Compró el Time Capsule: The Best of Matthew Sweet 90/00 (2000) y lo flipó, claro: “Iba a tirarlo a la basura, ¿tú lo quieres?, quédatelo”. Y entonces lo flipé yo, pero en el buen sentido. Creedlo: hubo un tiempo en el que Matthew Sweet también fue famoso, salía en la MTV y sus álbumes eran Disco de Oro en USA. Recuerdo que en la novela de Bret Easton Ellis Glamorama (1998) los personajes bailaban en una disco de moda al son de su tema “Sick of Myself”.

La canción por la que probablemente Sweet pase a la historia sea “Girlfriend”, de su disco homónimo de 1991. Dice All Music Guide que todos las grabaciones de power pop de mediados de los noventa en adelante tienen una deuda no reconocida con ese álbum. A mí “Girlfriend” en concreto me impactó tanto que he llegado a escribir un cuento inspirado en la canción. Tampoco se puede olvidar su disco 100% Fun (1995), pero hoy quisiera romper una lanza por la parte de su obra menos conocida y menos valorada.

Empiezo por sus dos discos de los ochenta, Inside (1986) y Earth (1989). Estos suenan muy diferentes a el rock alternativo que se haría en los noventa, son más cercanos al llamado jangle pop (o sea, pop de guitarra deudor del sonido sesentero de Beatles o Byrds, sin tanta distorsión). La producción, como muchas de aquellos años, da un pelín de miedo, pero superado este escollo se encuentra uno con un par de disquitos repletos de buenas composiciones. Para que os hagáis una idea, suenan un poco como sonaban R.E.M. por aquellos años (antes del Out of Time, 1991).

Otro disco que la crítica no ha santificado es el Blue Sky On Mars (1997) -el título está sacado de Desafío total, ¿no?-. Se supone que tras su trilogía alternativa-power de Girlfriend, Altered Beast (1993) y 100% Fun Sweet bajó el listón, al entregar un álbum más reposado, en el que no sé exactamente dónde está el problema. Para mí es un disco divertidísimo, en el que predominan los rocks moderados y los medios tiempos (el territorio más propicio para Matthew Sweet: sus baladas sin embargo aburren a las ovejas). Líricamente Sweet no pasará a la historia, sus letras tiran del repertorio clásico del rock: me voy a Los Ángeles, mi chica es malvada, ya te olvidé, etc, pero pienso que en este álbum las melodías mantienen un nivel increíblemente bueno, y el trabajo de guitarras no es desdeñable.


Por último quería hablar de su último trabajo (¡qué cartesiano soy, cojones!). Under the Covers, Vol.1 (2006) –el título es un juego de palabras: covers en inglés significa “sábanas” y “versiones”- es un esfuerzo conjunto realizado con Susanna Hoffs, la cantante de Bangles. ¿Os acordáis de Bangles? Otras históricas del jangle pop, que sin embargo pasarán a la historia por versionar a Prince, cantar “Eternal Flame” y bailar en un videoclip imitando a los egipcios. Este disco no es que aporte mucho ya que se trata de una colección de versiones de “clásicos” de los años sesenta, eso sí pasados por el tamiz del power pop. El “Vol.1” nos hace soñar con ulteriores entregas, de momento la nómina incluía preciosísimas versiones de los Beatles, Beach Boys, Bob Dylan, Neil Young, The Velvet Underground, Love, The Zombies o The Who.

La semana pasada se montó en mi coche un amigo, músico profesional, y en la radio estaba puesto un disco de Matthew Sweet. “Oye, qué bien suena esto, ¿qué es?” Le conté y me dijo: “¿Esto pop? ¡Pero si tiene guitarras rockeras, los cambios de acordes propios del blues y el cantante suena como el de R.E.M.!” Sí, amigo. Y eso que no escuchaste las que suenan a folk-rock, y alguna que otra con un tufillo country. Todo con un denominador común: música bonita, música dulce. Dulce Matthew Sweet.

jueves, 20 de diciembre de 2007

Chicos malos sensibles


En días de color más o menos grisáceo, en los que hace frío y amenaza lluvia recurro a algunos artistas que me ponen de especial buen humor. Últimamente he conseguido (eufemismo por “comprado”) un par de CDs de unos músicos de este género. Se trata de dos CDs que andaba buscando desde hacía meses, uno de Dwight Twilley Band (DTB) y otro de Phil Seymour. Son reediciones recientes, en el caso de la DTB de los álbumes Sincerely (1976) y Twilley Don’t Mind (1977) y en el de Seymour de su debut homónimo de 1980.

Se da la circunstancia de que Phil Seymour también era miembro de la DTB, y de hecho cuando él y Dwight Twilley (los de la foto) lanzaron sus carreras en solitario ambos participaron en las grabaciones del otro. Yo ya tenía el Twilley (1979) y el Scuba Divers (1982) supuestamente de Dwight Twilley en solitario, pero me llevé la sorpresa de que en esos también participa Seymour. Y en el de Seymour en solitario, además de Dwight Twilley aparece Bill Pitcock IV, guitarrista de la DTB. ¡Qué lío, no? El que lo haya entendido que levante la Fender.

Escucho con atención los discos: una vez más me vuelvo a emocionar con las canciones que ya conocía y que me hicieron buscar estos álbumes: “I’m On Fire”, “Precious to Me”, clásicos imprescindibles del power pop. Con el power pop (ese subgénero melódico y guitarrero del rock de finales de los setenta/principios de los ochenta) pasa una cosa curiosísima. Como te guste se convierte en un veneno, siempre quieres más y si te metes dentro lo suficiente pierdes la perspectiva, de modo que gente de segunda o tercera fila (o directamente desconocidos) te parecen grandes figuras de talla incuestionable. Pero en el caso que nos ocupa no exagero, Twilley y Seymour son impresionantes.

Y sin embargo, estos discos no obtuvieron en su día la repercusión esperada por los propios artistas y su sello discográfico. Vamos, que fueron un fracaso. Se adujeron problemas de fechas, de oportunidad de los lanzamientos, de cambios en los gustos del público… “Merecía haber sido un éxito” o “inexplicable que fracasara” deben ser las frases más repetidas en las críticas de los discos de power pop clásico de grupos como Big Star, Badfinger, The Raspberries, Cheap Trick o la saga Twilley/Seymour.

Una amiga vio la foto de estos dos tipos de arriba y los catalogó de “chicos malos sensibles” (whatever that means). “¿Cómo te pueden gustar?”, pregunté yo, pues hasta ahora nunca los había visto como otra cosa que músicos, claro. Y pensando, pensando, he llegado a la conclusión de que mi amiga, en su ingenuidad dio una excelente definición del power pop: malos + sensibles, lo que traducido resulta “rock and roll + Beatles”. Y eso, precisamente, es lo que nos brindan grupos y cantantes como los que recuerdo aquí hoy, canciones preciosísimas, mezcla de pop sesentero británico y rockabilly

Yo con vuestro permiso, diría que son bastante moñas. ¿Os atrevéis a escucharlos?
 
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