Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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miércoles, 30 de enero de 2008

¿Cómo se llamaba el malo de Willy Fog?


Atención, pregunta: ¿Cómo se llamaba el malo de Willy Fog? Sí, sí, ese que era un zorro gris al que le brillaba el ojo cuando hacía alguna maldad (brillo que venía acompañado de una musiquita más inquietante que la sintonía del Planeta Imaginario). No, no me refiero a los dos torpes policías de Scotland Yard (sendos perretes) que iban detrás de Willy, ni a Romy (dulce y fiel, que vive enamorada de él), ni a la cabrita blanca que iba en silla de ruedas. Yo digo el malo. ¿Cómo se llamaba el malo de Willy Fog?

Aunque no lo parezca, una pregunta así puede destrozarte una noche de fiesta. Que me lo digan a mí, que me la hicieron estas navidades a las tres de la mañana con un gin-tonic en la mano. ¿Nunca os ha pasado? Por algún motivo que no alcanzo a comprender, muchos de mis amigos me consideran erudito en frikadas, simplemente porque recuerdo de memoria la letra de la sintonía de Dragones y Mazmorras, o porque me sé el nombre de todos los personajes de Loca Academia de Policía (1984). No como alguien que ayer me quería hacer creer que había uno llamado “Sargento Sachetti”… (¿Sachetti no es un tipo de pasta fresca rellena de queso?)

Pues a pesar de saber (más bien acordarme de) tantas tonterías, lo que me ha reportado más de una victoria al Trivial Pursuit (por acordarme “de qué pueblo era oriunda Doña Rogelia” o “cómo se llamaba la novia del anuncio de Opel Corsa”), a veces me pasa que me quedo en blanco, y entonces sobreviene el terror. Y en ocasiones –suele haber alcohol de por medio, tampoco lo voy a negar- esta sensación de no acordarte de algo que sabes que sabes o que por fuerza debes conocer se convierte en un agobio insoportable. Casi siempre hay alguien ahí que te da la clave que te falta y acaba con la incertidumbre. Todos los presentes se quedan entonces aliviados: es como si por fin se explota una ampolla muy molesta. Lo malo es cuando estás solo, no tienes a mano la Wikipedia y no te puedes dormir.

¿Cómo se llamaba el malo de Willy Fog?… ¿Cómo se llamaba el malo de Willy Fog?... en esos instantes se acuerda uno de todos los demás personajes: Rigodón, Tico, Bully y Dix, Ralph… se acuerda de Mocedades cantando la sintonía, del ciervazo ese que había (el Brigadier Corn)… de cuando salvaban a Romy de la bárbara costumbre de tenerse que inmolar con su difunto esposo por ser viuda… del inolvidable twist final que hace que Fog logre su empresa de dar la vuelta al mundo en ochenta días (“al haber viajado siempre en dirección este…” ). Si uno se estruja el cerebro (y no bebe más gin-tonic) es posible hasta que llegue a acordarse de que el tal personaje “malo” que quiere frustrar a nuestro héroe no existe en la novela original de Julio Verne. “¡Claro, por eso no me acuerdo de su nombre!” –nos sale la vena cultureta: como si eso importara.

Lo grave de esto no es la anécdota en sí, sino la sensación de no acordarte de algo, detalles absurdos. ¿Nunca os ha pasado? Tengo una amiga que es experta utilizando en estos casos el comodín de la llamada. Hará cosa de un año que me encontraba en una comida de trabajo y alguien recordó la fantástica serie Pasión de Gavilanes. Inmediatamente cada uno aportó las anécdotas más sabrosas que recordaba, incluyendo los nombres de los personajes, cuando de pronto paramos en seco; el terror y el frío nos sobrecogieron a todos. ¿Cómo se llamaba la madre de las Elizondo, la mala? Nos pasamos más de media hora picados, y al final esta chica optó por llamar a una amiga para que se lo mirase en San Google.

La pobre amiga se ve que se impresionó tanto con la consulta que le mandó un sms con el nombre del reparto al completo. Pero nos quedamos tranquilos: la madre de las hermanas Elizondo era Doña Gabriela. El pasado sábado, en una fiesta de cumpleaños (en la que, casualmente, la mitad de los invitados habían leído a Carver), de pronto surgió la duda de ¿qué pececito es el que obsesiona al personaje de Dummy, amigo del padre del narrador en el cuento “La tercera de las cosas que acabaron con mi padre”? Al final, más picado que el bonobús de Willy Fog, uno se acaba rindiendo. Hasta que se lo dicen. Mi amiga llamó a su hermana, le dijo que cogiera el libro de su mesilla y mirara el dato. La respuesta era “percas” (en inglés era “black bass”, un pez totalmente distinto). La respuesta era “percas”, ya lo sabíamos, solo había hecho falta llamar a alguien. El problema era que eran las dos de la mañana. ¿Por cierto… os acordáis del malo de Willy Fog? ¿Cómo se llamaba?

miércoles, 16 de enero de 2008

De qué hablamos cuando... tomamos café


Frenesí Carver: leamos a Carver. Raymond Carver (1938-1988) es un escritor norteamericano del que solo he leído un libro pero estoy rabiando por leer muchos más. De hecho, la única razón por la que no dejo ahora mismo de teclear y me voy corriendo a una librería a comprarme todas sus obras es porque sé que en mi ciudad no las voy a encontrar en inglés. ¡Ay, qué pereza da Amazon.com! No, en serio, podría pedirlos ahora mismo, y a lo mejor para cuando lleguen dentro de un mes me ha dado por Luis Landero o por John Cheever, y los libros de Carver se quedan cogiendo polvo en la estantería. Y no merecen eso.

Si alguien me regalara un libro de Raymond Carver en inglés sería diferente. Sorprendente, inesperado, como aquel que me dio hace dos años una persona muy especial. Yo no había leído nada del pavo, tampoco estaba en mi onda. Pero me intrigaba. Recordaba un documental de Canal Historia sobre él, en el que otro autor lo criticaba. Decía que su estilo era una mierda, que había escrito cosas muy chabacanas, como “la noche era tan caliente como el tubo de escape de un Ford del 56”. Qué queréis que os diga, a mí me parece buenísimo.

Mi primer (y hasta ahora único) libro de Carver se titulaba De qué hablamos cuando hablamos de amor (1981). Es un libro de relatos, Carver escribió mayoritariamente relatos y poesía. No conozco lo bastante de él como para saber por qué nunca acometió una novela, o si tal vez sí lo hizo. Sus cuentos son inquietantes, es parco en palabras. No sabe uno a qué carta quedarse con los personajes, es el tipo de cuentos en los que o bien no pasa nada (aparentemente) o bien lo que pasa no tiene ninguna relevancia. En el momento pueden llegar hasta a dar coraje, ¿qué me está contando este hombre?, a su lado Hemingway era un incontinente verbal. Y sin embargo…

Y sin embargo, pocas veces me he sentido tan impulsado a volver a un libro como con este. Releer frases, párrafos, cuentos enteros una y otra vez. Son historias que te subyugan, que se quedan a vivir contigo. Creo que solo me ha pasado algo así con Ficciones (1944) y El Aleph (1949) de Borges, otro cuentista/poeta que no escribió una novela. Pero ahí acaban las similitudes: Carver son frutos secos frente al banquete estilístico y filosófico del argentino. No quiero decir que los cuentos de Raymond Carver sean pobres o malos, es que resultan frugales, y aun así se repiten como su puta madre.


Últimamente en mi vida han aparecido rastros de Raymond Carver por todas partes: tres compañeros de trabajo se han leído De qué hablamos cuando hablamos de amor, un cuarto ya lo tiene comprado (las conversaciones a la hora del café revolotean sobre el dichoso librito azul de Compactos Anagrama). Otro amigo se ha ofrecido a prestarme la peli Vidas cruzadas (Short Cuts, 1993) de Robert Altman, basada en sus cuentos y con guión del propio escritor. Las coincidencias siguen, algunas no os las creeríais si las cuento aquí. Y yo, qué remedio, he ido a mi estantería a desempolvar mi ejemplar de What We Talk About When We Talk About Love. He vuelto a visitar las desasosegantes historias “La calma”, “Bolsas” o “Tanta agua tan cerca de casa”.

Se ha encuadrado a Carver en el llamado “Realismo sucio” norteamericano, por retratar la vida de la clase obrera y la cara menos dulce del American Dream. Roberto Bolaño dijo de él que era el mejor cuentista del siglo XX (con permiso de Chéjov, a quien el propio Carver admiraba y que tanto le influyó). Aunque ya sabéis que me pone la teoría literaria, siento que con Carver simplemente me dejo llevar. Me dan igual las consideraciones críticas, solo me interesan las emociones que me provoca su lectura. Por ejemplo, en el cuento “El baño”: ¿el niño muere o no muere?”. ¡Qué angustia, por Dios!

 
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