Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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miércoles, 3 de junio de 2009

La canción donde ella vive


Dicen que la literatura puede ser una forma de conocimiento (no racional) tan potente como otras más ortodoxas. Es una buena manera de llegar a intuiciones, y por usar la paradoja, de expresar lo inexpresable. Expresar con palabras lo que no se puede expresar con palabras es un don del verdadero poeta; para ello se sirve de cierto tipo de comparaciones especiales: el símil (A es como B), la imagen (A es B) y la metáfora (hablar de B directamente cuando me refiero a A). De entre ellas prefiero el símil y la imagen, creo que sobre todo hallar un buen símil es una de las operaciones poéticas más bonitas y dífíciles que se pueden realizar.

Y ahora, os contaré una historia. Hace tres semanas andaba por una feria del libro trasteando libros de poesía de Bolaño cuando escucho por megafonía las palabras “postmodernismo” y “Beach Boys”: era la presentación de una novela. Como mínimo, ya habían captado mi atención, se trataba de un libro acerca de unos amores con trasfondo de música rock, y no cualquiera sino sesentera: la que a mí más me gusta.

La novela se llamaba La canción donde ella vive (2009), el autor Daniel Ruiz García. Como quiera que -sin desvelar la trama- en la presentación se desveló que el libro trataba los temas de la mujer fatal, la metaficción, el cine y la música (con fuerte presencia de las canciones de Brian Wilson), no tuve más remedio que comprarla y pedirle al autor que me la firmara. Cuál no sería mi sorpresa cuando Daniel Ruiz (carambolas de la vida) me contó que era fiel lector de Estatuas Verdes.

Va por ti, Daniel, y por tu excelente novela, sabe Dios que me cuesta hablar de ella sin revelar sus secretos, es como hablar de la serie Perdidos sin poder argumentar por qué me gusta tanto (para no aguarla). Me aseguran que con Perrera (2008) -la obra que te ha puesto en el mapa- te saliste del mapa, no la he leído pero no tardaré en hacerlo. Me aseguran que La canción donde ella vive es tu obra menos experimental, y está claro que no va a revolucionar las letras españolas, pero amigo, ¿quién necesita a Huidobro o a Joyce pudiendo tener a alguien que le cuenta una interesantísima historia? Una historia que te da arañazos, además.


La canción donde ella vive es un relato confesional, formalmente es un monólogo escrito en primera y segunda persona por un narrador autodiegético (cuenta su propia historia) que en un momento puntual le cede la palabra a otra “primera persona”. El narrador, Mario, se dirige a un “tú” que es su amigo al que se está confesando, el personaje más nombrado del libro por virtud del vocativo pero que en realidad es un mero artificio literario. ¿Por qué me bajo a esta tramoya narratológica? Porque en esta novela cobra especial importancia la metaficción (“escribir sobre escribir”), hasta el punto de que se trata de una historia in the making, en proceso de construcción a medida que se va contando -o al menos este es el engaño que logra el buen Daniel Ruiz.

Y también porque sería injusto desdeñar su forma en favor del valor del contenido, siendo la forma tan interesante. El relato de Mario se convierte en una consciente carrera contrarreloj por dejar escrita la justificación de sus últimos actos y días, y desde la página 1 se nos muestra la preocupación del narrador por ordenar, seleccionar y secuenciar los materiales de su narración: sus “recuerdos”. Hay un par de metáforas muy aptas que Daniel Ruiz utiliza para capturar el proceso de construcción narrativa de Mario: de un lado una colección de postales que él debe ordenar cronológica (o al menos lógica) -mente, y del otro la recomposición cual puzzle de los fragmentos de un espejo hecho añicos. Así, a pellizcos, la historia va creciendo a medida que va persiguiendo al narrador y al propio lector, de manera tan acuciante como una arcada que nos sube por la garganta y nos impide respirar.


En cuanto al contenido... era lo fácil, seguro que a Guardiola le molaría una novela acerca de los trofeos del Barça, o a Carpanta una sobre los pollos asados. Es una trampa leer un libro sobre un tema que nos mola y es muy cercano, empero: podemos salir corridos de gusto o tremendamente decepcionados. Afortunadamente, el caso de La canción donde ella vive es la primera de estas opciones. Referencias cultu-sixties no le faltan (“Voodoo Child” de Hendrix juega un papel central, al igual que los álbumes Forever Changes de Love o Smiley Smile de Beach Boys), así como tampoco referencias culturetas mainstream, de Marcel Proust a Mark Rothko, pasando por Walt Whitman, Goya, Beethoven o la mitología griega. Pero todo eso, amigos, es bien sabido que se queda en nada si no hay una historia de fuste, y en este caso el fuste lo dan los sentimientos que entran en juego.

La voluntad de no destriparos la novela me impide dar más detalles acerca de la temática principal y varios de los subtemas que trata, pero baste decir que en La canción donde ella vive conviven muchos de los fantasmas y los males que aquejan a la sociedad actual, el ennui de las parejas y de las relaciones sin amor, la voracidad inmobiliaria, las vidas sin rumbo, la autodestrucción... todo ello regado con incontables botellines de cerveza y festoneado por las canciones que más nutren el alma.


Y sin embargo, lo que más me ha molado de este libro, por lo que seguramente lo recordaré, más allá del catálogo de canciones o artistas mencionados es por la manera de escribir de Daniel Ruiz. Un hombre amigo (al menos en esta obra) de la oración compleja y compuesta, de la catarata verbal, pero sin abrumar nunca al lector, siempre ofreciéndole la intuición justa. Si te puede poner dos ejemplos de algo, jamás te pondrá uno, y lo mismo sucede con los símiles e imágenes, de ahí lo que escribía en el primer párrafo de este post. De todo el libro me quedo con dos, que provocaron que me hiciera pipí encima: “ojos húmedos y oscuros como olivas flotando en un charco” y “la tarde es un enorme lienzo de Rothko”. Ah, a todo esto... ¿y la canción donde ella vive? Pues no os cuento cuál es, pero no me puedo privar de deciros que la compuso Brian Wilson...

martes, 30 de diciembre de 2008

Narratología y vida


Este post iba a titularse “Aprendiendo de la gente”, pero al final lo he llamado “Narratología y vida”, que queda mucho mejor. Atención, amigos, Porerror ha vuelto y desde la última vez que os habló se ha comprado tres libracos de Estudios Culturales. ¡Temblaaaaad!!!

Como todos sabéis, hay dos formas de contar una historia: en una, una voz (narrador) te cuenta lo que pasa en plan “Fulanito era un señor muy malo” y en la otra, se muestran acciones en plan “Fulanito le pegó a un niño, como hacía todas las mañanas”, y ya de ahí tú sacas tus conclusiones. Eso lo entendemos todos, aunque no sepamos que se llaman “diégesis” y “mímesis” respectivamente. Esto también es aplicable en la vida real, al menos hasta cierto punto, y es lo que trataré de explicar aquí.


Qué bonito sería que la vida (para no entrar en filosofías, llamémosle así a esa experiencia intuitiva que tenemos todos acerca de la peli o novela de la que somos protagonistas) tuviera un narrador omnisciente en tercera persona, ¿verdad amigos? Uno que estuviera por encima de nuestras conciencias, que lo supiera todo acerca de nosotros y de las personas que nos rodean, y cuando digo todo es TODO, lo que hicimos, lo que hacemos, lo que haremos, hasta lo que se nos pasa por dentro de la cabeza. “Porerror se pegó una ducha, como hacía todas la mañanas. Ese día estaba preocupado porque bla bla bla…” ¿Sería bonito, verdad? ¿O sería un coñazo?

Claro, amigos, si nuestras vidas fueran así, no serían vidas reales sino jodidas novelas del siglo XIX. Y gracias a Dios no es el caso. Hay una peli que mola mogollón, del director de Quantum of Solace (2008), esta otra se llama Más extraño que la ficción (2006) y trata precisamente de eso, de un pavo que vive su vida hasta que de pronto se da cuenta de que solo es un personaje creado por la mente de una escritora, etc, etc. Todo muy postmoderno, sí (el arte postmoderno se ocupa de estas cuestiones), pero no dejéis de verla porque es muy buena (pese a estar protagonizada por el ingracioso Will Ferrell) y no es tan cultureta como parece.



Es muy bonico pensar que en realidad los seres humanos solo somos personajes soñados por otra imaginación superior, si os fijáis esto es una idea poderosísima, porque abre una espiral infinita, en plan una foto de un nota que tiene en la mano una foto de otro nota que tiene en la mano la foto de otro nota que tiene en la mano la foto de otro nota que tiene en la mano… Y no es tan descabellado pensarlo, quiero decir, es fácil de imaginar. Si nosotros podemos hacer y deshacer vidas de papel (modernamente, también de celuloide), y podemos inventar personajes que inventan personajes que inventan personajes, etc, ¿por qué no vamos a ser nosotros mismos creaciones de otros que lo mismo van y son creaciones de otros, etc? Esta idea fascinaba, por ejemplo, al rarito de Borges.

Hace poco menos de un siglo, entre que una serie de gurús le desmontaron el chiringo a la Iglesia (Marx, Nietzsche, Darwin, Freud) y que la gente en general ya no estaba para milongas, a algunos escritores les dio por pensar que no era honesto narrar historias en plan cuentito “Pepito estaba agobiado” porque no era así como uno percibía la realidad, sino más bien como [Dentro del cerebro de Pepito] “Mañana tengo un examen, ¡qué agobio más grande! ¡Uf! A ver si me concentro… esto son doscientos folios… qué buena está la del jersey rojo…” Lo malo fue que empezaron a escribir así, y sus novelas son un auténtico coñazo de leer. Pero tranquilos, que este estilo (llamado, por cierto, Modernismo) no triunfó: que se lo digan a Ken Follett o a Dan Brown.


Todo esto venía a cuento de una lamentación: que en la vida real no hay narradores ni procedimientos artificiales que te vayan radiando el partido y explicándote lo que pasa, lo que está pasando a tu alrededor, lo que estás sintiendo, lo que está sintiendo la persona que hay sentada a tu lado… aunque sea a posteriori. Los cabrones de los Modernistas en esto sí que tuvieron razón, la experiencia vital es caótica, incompleta y fragmentaria, no hay narrador que valga que le dé sentido a todo. Y la verdad, cuando me puse a escribir el post lo iba a hacer para quejarme sobre este hecho pero a medida que lo voy terminando casi que me parece que me alegro. Igual no te llegas a enterar de qué va la película, pero también así te quedas más tranquilo. O puedes figurarte lo que te dé la gana, que eso de pensar en explicaciones totalizadoras está ya muy pasao de moda.

lunes, 27 de octubre de 2008

Flaubert, el loro, el lechoncillo, el otro loro y Julian Barnes


Parafraseo el título de una sección de El loro de Flaubert (1984) del autor inglés Julian Barnes para darle nombre a este post. Julian Barnes, ¿mejor novelista británico vivo? Contesta razonadamente. No lo sé, no soy como esos profesores que escriben exámenes en Cambridge con poemas de Amy Winehouse, esos de los que el propio Barnes se cachondea. Solo diré que Julian Barnes es un escritor de talla grande, XXL, de esos de “hondo conocimiento del alma humana”.

Conocí a Barnes en un catálogo por correo de la editorial Penguin, de donde pillé su novela Inglaterra, Inglaterra (1998), hilarante, que a todo el mundo recomiendo. Años después lo reconocí en la carrera, listado junto a los grandes de su generación (Amis, McEwan, Ishiguro, G. Swift). Su fama entre los contemporáneos se la debe a obras como Historia del mundo en 10 capítulos y medio (1989) y, sobre todo, El loro de Flaubert. La Historia del mundo me la leí con muchísimo gusto: una estupenda reflexión acerca de la Historia, el amor, el significado, los significados de las cosas.


El loro de Flaubert –dicen que su obra maestra- me ha gustado tanto que he ido por la calle gritándolo. “¡Este libro es buenísimo!” –“Como todos los que tú te lees…”, me contestaron con sorna. Ojalá. Este está muy por encima de la media, hacedme caso. Hablamos de una obra postmoderna en su forma (estructura no lineal, humor, juego, parodia, pastiche, intertextualidad, metaficción y Su Majestad la Ironía) y su contenido, que a continuación paso a comentar.

La historia de este libro no es que sea simple o complicada: es que la historia aquí es lo de menos. Un médico inglés jubilado, estudioso amateur de Flaubert, trata de dar sentido a su propia vida reconstruyendo la vida y la obra del novelista francés a través de lecturas, visitas a los lugares flaubertianos y reflexiones filológicas. ¿Rollazo, Porerror? Tranquilos. El punto de partida del narrador es la supuesta autenticidad o no de unos loros disecados que se exhiben en sendos museos, pretendiendo ser el “loro disecado original” que inspiró a Gustave Flaubert el relato “Un corazón sencillo” (incluido en Tres cuentos, 1877).


Para ello, el narrador desenmascara las fantasmadas de los críticos literarios profesionales (usando sus mismos métodos), expone la subjetividad de las biografías ofreciendo distintas versiones de la peripecia vital de Flaubert, parodia el Diccionario de lugares comunes (publicado en 1913) escribiendo el suyo propio, revela la inconsistencia de la creación literaria a propósito del color de los ojos de la protagonista de Madame Bovary (1857). Barnes es mucho de estos jueguitos postmodernos, y sin embargo creo que su fuerte son los temas llamémoslos “de siempre”.

Creo que con la excepción de Italo Calvino, ningún escritor del siglo XX me ha llegado tan hondo cuando habla del amor como este Julian Barnes. Otro de sus temas recurrentes es la Historia y su percepción. En un momento dado, el narrador de El loro de Flaubert nos dice que la Historia es como un lechoncillo untado de pringue: muchos lo intentan atrapar, agarrar, fijar, pero siempre se escapa y encima deja a todos sus perseguidores con cara de gilipollas. Me parece una buena metáfora sobre el intento de imponer sentido al pasado desde el presente. Bueno, Barnes al coleto. Ahora habrá que leer a Flaubert, ¿no?

domingo, 19 de octubre de 2008

Montano Dream


El profesor de literatura francés Pierre Bayard sacó un libro titulado Cómo hablar de los libros que no se han leído (2007). Dice que es perfectamente posible opinar –y quedar bien- sobre libros sin habérselos leído, y que no es un pecado dejarse a la mitad los libros que por la razón que sea no queremos terminar. Esto ya lo dijo hace tiempo también Juan Manuel De Prada en un artículo de ABC, pero es una opinión que en ciertos círculos parecería blasfema. Un libro puede ser aburrido -aviso- o no, depende de para quién. ¿Y semejante perogrullada, Porerror?

Pues señora, esto viene a colación de libro del que quería hablar aquí hoy, que no es el de Pierre Bayard. Y no hablo sobre el de Pierre Bayard porque no me lo he leído. Pero sin comerlo ni beberlo os he plantificado un párrafo citando a dos escritores, que es lo que hace Enrique Vila-Matas a lo largo de toda su (¿novela?) El mal de Montano (2002). Aceptamos “novela” como animal acuático aunque habría bastante que discutir al respecto. De hecho, hice un poco de investigación en Internet sobre El mal de Montano, y hay tal cantidad de ensayos y artículos de Teoría de la Literatura y Crítica literaria que desisto de transplantar aquí siquiera una versión minúscula del debate.

El mal de Montano es una novela porque su autor lo dice, y eso deberá bastarnos. Me he acercado a él de la manera que más me gusta: por recomendación de un amigo con muchísimo criterio literario. De hecho, este hombre me lo regaló por mi cumple, pero hasta hace un mes no pude hincarle el diente. Mi amigo me aseguraba que le había encantado, que sí era una novela porque tenía una cierta trama y que era un libro muy interesante. A mi me daba miedo por varias razones. La primera porque ya había leído dos obras de Vila-Matas, Bartleby y compañía (2001) e Historia abreviada de la literatura portátil (1985). Ambas me gustaron, pero me dejaron intelectualmente hecho polvo, tal es el esfuerzo que requieren.


La segunda tiene que ver con Vicente Luis Mora (poeta, prosista, crítico) y su ensayo La luz nueva (2007). En este libro –que desde aquí recomiendo a todo el mundo- se desenmascara el lamentable panorama de las letras españolas actuales: todo novelas históricas o realistas con poca o ninguna vocación experimental. Según La luz nueva, hay autores “clásicos” modernos de probada calidad pero que también han degenerado hasta plegarse a las exigencias del mercado. Uno de estos sería Vila-Matas, antaño grande (siempre según V.L. Mora) pero que lleva escribiendo el mismo libro desde el año 2001.

Mi amigo me aseguró que El mal de Montano no merecía tan ligera clasificación (el supuesto “mismo libro” de Vila-Matas sería una historia entre la novela, el ensayo y la falsa autobiografía sobre un escritor obsesionado con otros escritores, y tan rellena de citas y alusiones literarias que a su lado las obras de Borges serían las de un iletrado). Tengo que decir que El mal de Montano es exactamente eso: una historia entre la novela, etc, etc… Ahora bien, ¿es eso un problema? El libro es lo que es, realmente no cuenta mucho, pero por el camino va desgranando auténticas perlas literarias de estilo y pensamiento, y nada más por eso ya merece la pena.

Verdad es que El mal de Montano no me ha vuelto loco, pero me ha reconciliado con Vila-Matas: él hace lo que mejor sabe hacer, si a ti te interesa o no es otra historia. Sirva esto como advertencia: yo suelo ser en Estatuas Verdes deliberadamente hiperbólico cuando recomiendo algo (“lo mejor desde el chicle”, “quien no lo lea no tiene alma”, etc). No lo seré en este caso, pero no porque el libro no me haya gustado o no sea verdaderamente bueno. Me ha gustado mucho y es muy bueno, pero, ojo, no es una lecturita para pasar el rato. En una página al azar podemos encontrar referencias a Herman Melville, John Cheever, Alejandra Pizarnik, Robert Walser, Justo Navarro, Witold Gombrovicz, Fernando Pessoa, Robert Musil y Franz Kafka. Así en cada página, una culturetada, lo que pasa es que está todo admirablemente hilado.


Lo que más me ha gustado de El mal de Montano es su cuidado estilo engañosamente fácil, y su estructura postmoderna, en la que la lectura de cada nueva parte dinamita todo lo aprehendido en la anterior. Pongo un ejemplo, burdo por lo improvisado: es como si mañana yo escribiera un nuevo post diciendo que ayer escribí un post fingiendo que me había leído El mal de Montano y pasado mañana otro post en el que revelo que ni existe Enrique Vila-Matas ni yo sé escribir (ahora que lo pienso, a lo mejor son ciertas ambas cosas).

Lo que menos me ha gustado del libro es su poética o intento de teorizar asistemáticamente sobre todo lo que significa el hecho literario, la creación, la vida del autor, la desaparición de la literatura. V.L. Mora y los Nocilla dirán que es un rollo y una paja mental. A lo mejor es que secretamente ellos envidian a Vila-Matas por escribir como escribe, yo desde luego que sí.

jueves, 24 de julio de 2008

Expiación: L.I.B.R.A.Z.O.


Paro un momento de mis obligaciones para escribir este post. Estoy tirando a la basura todos mis libros para dejarle sitio al último que me he leído. Expiación (2001), señores. Se estudiará en las universidades.

Decía don Aristóteles en su Poética que la diferencia entre la historia y la literatura era que mientras la primera trata de “las cosas tal y como fueron”, la segunda se encarga de las cosas “como debieron haber sido”. Esto es la típica fantasmada clásica, pero creo que todavía hoy podemos extraer una lección de estas palabras. Expiación es una novela, si no histórica sí ambientada en el pasado. La escribe un señor hoy figurando que quien la escribe es una señora hoy contando lo que le pasó más de sesenta años atrás.


Ya cuando vi la película me quedé flipado, y no quisiera repetirme aquí. La novela tiene (como la peli) cuatro partes: 1) los líos infantiles/románticos del verano de 1935 en Inglaterra, 2) la peripecia de un soldado durante la retirada británica de Francia en la primavera de 1940, 3) la experiencia de una enfermera estudiante en Londres en la misma época y 4) una coda en que la enfermera, convertida en anciana escritora en la actualidad, revela qué partes de lo anteriormente narrado corresponden a la realidad y cuáles a su fabulación.

Como es bien sabido, la misma premisa que pone en marcha la novela (el falso testimonio de una niña que lleva a la cárcel a un hombre inocente y a la infelicidad a su propia hermana mayor) es un embuste, una fabulación de la niña escritora. La “expiación” a la que alude el título es el proceso por el cual la niña trata de purgar su culpa y expiar su pecado o “crimen” como lo llaman en el libro. Incapaz de cambiar lo que pasó, la niña –convertida en escritora- lo reescribe, pero claro, esto lo estamos leyendo nosotros en un libro también, lo que completa un bonito y preciso juego de muñecas rusas de ficción-realidad-invención-historia muy del gusto postmoderno.

Exceptuando la coda final (que está en primera persona), el resto del libro alterna el estilo indirecto libre (3ª persona que incorpora los pensamientos de los personajes) y la tercera persona de toda la vida, con un narrador de omnisciencia selectiva (o sea, que no lo sabe todo, solo lo que sabrían ciertos personajes, con lo cual puede dejar perplejo al lector). Lo bonito es que al final se aclara que todo lo anterior lo ha escrito uno de los personajes, lo que hace que se enriquezca la estructura narratológica del libro.


Expiación no carece de humor, casi siempre en forma de distancia irónica: una señora muy culta cuenta lo que pensaba ella misma cuando era una niñata, y aunque le tiene cariño al personaje deja entrever la sonrisa que le provoca aquello. El problema es que en su momento, la niñatada le costó la cárcel a un buen hombre y un disgusto a su hermana. Cuando hablé de la peli detecté un gran contenido de sexualidad reprimida, lo que venía muy bien al tema del crimen/pecado frente a la expiación. Pienso que en el libro este aspecto no está tan presente, y es un añadido bastante acertado por parte de los que hicieron la película, aquí se echa en falta.

La primera mitad de la novela (la parte que corresponde a 1935) es un prodigio de sensibilidad y sutileza como pocos he leído. La parte de Dunquerque es un poco rollo, y os lo dice un emocionado de la 2ª Guerra Mundial. Creo que el libro tiene unas 80 o así páginas menos finas, pero luego vuelve a resurgir con una fuerza dramática y un lenguaje que te dejan absolutamente sobrecogido. Este libro, con ser una obra de nuestro tiempo, puede disfrutarse a varios niveles, ya digo: historia romántica, fábula moral, estudio narratológico, novela histórica de costumbres…

Volviendo un poco al Planeta Tierra, la verdad es que Expiación es una auténtica maravilla, Literatura con mayúsculas. En una época en que los libros son, ante todo, objetos de consumo, hasta los grandes deben bajarse los pantalones y escribir novela histórica tardomoderna -por usar la jerga de Vicente Luis Mora en La luz nueva (2007). Mirad cómo empezaron jóvenes experimentalistas como José Ángel Mañas o Juan Manuel De Prada: fijaos en lo que escribían hace quince años y lo que escriben ahora. Puede que a Ian McEwan le haya pasado lo mismo, pero el tipo no ha renunciado a, con sus materiales, fabricar una novela de amor e intriga que es a la vez una historia sólida, con bastante tela teórica que cortar.

martes, 10 de junio de 2008

Un tal Cogtásag


Me leo de una sentada Un tal Lucas (1979) de Julio Cortázar, uno de mis escritores favoritos. Literalmente lo de la sentada, porque me lo he zampado esta tarde sentado sobre un cruce de piernas estilo indio. Acompañado de Coca-Cola Zero, chicles rellenos Trident y de fondo una radio con locutores soltando estupideces.

No se encuentra este libro entre los más conocidos de Cortázar, la verdad es que tiene tantos importantes que no todos pueden ser tan populares. Yo tuve la suerte de rastrear varios de sus cuentos en unas grabaciones que me pasó un amigo. Me explico, en la grabación de unas conferencias que dio Cortázar en Cuba, allí escuché varios textos leídos por él mismo que me hicieron darme cuenta inmediatamente de que nos encontrábamos ante un nuevo filón de oro puro. Me informé, vi que provenían de este Un tal Lucas y no tardé en comprármelo.

El libro lo componen tres series de cuentos cortos (cuarenta y ocho en total), dos de ellas giran en torno al susodicho Lucas, una especie de everyman burgués y por tanto risible (en el izquierdoso mundo de Cortázar, el que daba las conferencias en Cuba). Pero más allá de ideologías, la obra demuestra cumplidamente la absoluta maestría del argentino en el relato corto, y no es un tópico. El referente más cercano que encuentro es el volumen Historia de cronopios y de famas (1962), uno de mis libros favoritos de todos los tiempos (ver lista del blog). Me reconforta el hecho de que la comparación también se establece en la contraportada de Un tal Lucas. A caballo entre el surrealismo y el humor absurdo, los minicuentos de este libro no se quedan en el puro divertimento lúdico y estético.


En efecto, nos encontramos aquí con literatura comprometida del más alto nivel, pero del tipo que a mí me gusta: nada de turras ni de soflamas ideológicas sino verdades como puños (en alto) coladas de rondón cuando menos te lo esperabas. El humor se encuentra omnipresente, y en este sentido Un tal Lucas también me trae ecos de los libros del guatemalteco, humorista y comprometido Augusto Monterroso. Sí, muy de Monterroso, y además resulta que donde Historias de cronopios… se quedaba en un mundo absurdo y autoreferente, Un tal Lucas se impregna del signo de los tiempos (años 70) y entra a fajarse con muchas de la ideas de la época: crítica literaria, filosofías (post)estructuralistas, cultura de vanguardia.

En los cuentos de este volumen lo mismo salen a relucir Freud que Sausurre que Jackson Pollock que Stockhausen, pero lo hacen no en plan borgiano (= cultureta) sino como payasetes de un guiñol, en paradigma con las señoronas burguesas, un pianista de veintiséis dedos o una viejita de barrio periférico dispuesta a coger el autobús (perdón, el colectivo). La voluntad postmodernista de Un tal Lucas queda patente en casi todos los cuentos, con frecuentísimas intrusiones autoriales (o sea, el autor interrumpe la narración y habla al lector, recordándole que está leyendo un libro), intertextualidad (da igual un tema de jazz que un soneto de Bécquer o Quevedo), metaficción (reflexión escrita sobre el propio proceso de escritura). No en vano uno de los cuentos se lo dedica Cortázar a John Barth, el más importante novelista norteamericano de los años 60 y 70.

Del contenido temático del libro en sí bástenos nombrar la anécdota disparatada de algunos de sus cuentos: instrucciones para escribir un soneto reversible, sobre cómo hacerse echar a patadas de un concierto de música clásica, pastiche de reseñas literarias, reflexiones sobre el lenguaje, historias eróticas, retratos de familias burguesas… Del personaje Julio Cortázar sí quisiera todavía decir un par de cosas.

Pocos autores tan mediáticos y tan culturetoides como este señor, y sin embargo, pocos dinamitan más su aura de inaccesibilidad una vez nos adentramos en su obra. Un amigo y yo llamamos “rayuelistas” a los culturetas filohispanoamericanos; hace poco a BMW le dio por anunciar sus coches con un texto de Cronopios y de famas (como ahora les ha dado por Kerouac); yo me sigo descojonando cada vez que vuelvo a oír que el frenillo de Cortázar (hablaba con la “egge”) era porque había nacido en Bruselas y vivido mucho tiempo en París (y el gangoso de los chistes de Arévalo, ¿de dónde sería oriundo, según esta teoría fónica?). Pero como digo, si despojamos al autor de toda esta hojarasca ridícula, tenemos a uno de los dos o tres grandes en español del siglo XX. Recomiendo su lectura porque.

miércoles, 20 de febrero de 2008

El beso de la mujer araña


Preside este post una foto de la gran actriz de cine mudo Gloria Swanson (sí, la que en El crepúsculo de los dioses estaba “lista para su primer plano”) porque es la misma que aparece en la portada del libro del que hoy voy a hablar. La Swanson/Norma Desmond dice también que en el cine de su época no hacían falta diálogos porque tenían los rostros. Irónico, porque en El beso de la mujer araña (Manuel Puig, 1976) el diálogo es el rey.

Sé que tiendo a la hipérbole y que me entusiasmo enseguida con las cosas pero vaya por delante: El beso de la mujer araña es LA MEJOR NOVELA CON DIFERENCIA desde que comencé este blog. Sí, amigos, el nombre del escritor argentino Manuel Puig tal vez no diga mucho al gran público, pero se encuadra en la mejor tradición de la literatura sudamericana. Su obra se estudia en las universidades al lado de la de Borges o Cortázar (en USA es megaconocido) e incluso tuvo su momento de popularidad a nivel mediático cuando varias de sus novelas fueron adaptadas al cine, como Boquitas pintadas o la propia El beso de la mujer araña, de la que también se adaptaron una obra de teatro y un musical.

Y esto viene totalmente al pelo, porque Manuel Puig es un autor muy relacionado con el cine: escribió varios guiones (entre ellos el de la adaptación de La Mujer araña), y empezó trabajando en una filmoteca. De hecho, según la Wikipedia, su primer sueño fue el de ganarse la vida como guionista de cine y televisión. El cine aparece en sus novelas de modo recurrente (ya lo veremos), pero no solo el cine sino todos los elementos de la “cultura popular”, los tangos, los boleros, los culebrones, las revistas… Para Donald L. Shaw (Nueva narrativa hispanoamericana, 1981), el arte pop está presente en la obra de Puig de un doble modo; por un lado, usando elementos como los mencionados (canciones, pelis, etc) y por otro apropiándose de modelos literarios pop (novelas rosa, policíacas, de géneros de baja estofa).

Estos rasgos han hecho que se enmarque a Manuel Puig dentro del Postmodernismo, pero esta adscripción no está tan clara. Otros lo incluyen en la última etapa del llamado Boom latinoamericano (Cortázar, Vargas Llosa, García Márquez) y aun otros en el Posboom (Isabel Allende, A. Skármeta, L.Esquivel…). La cosa se complica al entrar en juego la crítica yanqui, con su terminología (también se inscribe a Puig en el Modernism, que no es lo mismo que Modernismo en español). En cualquier caso, está claro que sus coordenadas clave son el pop pero también el compromiso (bien de izquierdas, bien de liberación homosexual) y el realismo. No hay aquí fantasmas que hablen ni personajes que se conviertan en jaguar.

Centrándonos en El beso de la mujer araña, no se me ocurre mejor resumen que el que la editorial ofrece en la portada del librito: Dos presos comparten su soledad y su miedo a la tortura en una cárcel de Buenos Aires. Uno es un homosexual corruptor de menores, el otro un activista clandestino de izquierdas. El contexto es la dictadura argentina, con su brutal (cuesta conceptualizarlo cuando se escuchan testimonios) mecanismo de represión y tortura sistemática. Para sobrellevar su cautiverio y sus miedos, ambos personajes (Valentín el activista y Molina el gay) se dedican a charlar, llegando a trabarse entre ellos una auténtica relación personal, muy rica en matices.

Toda la novela está escrita en forma de diálogo (de ahí las adaptaciones en el escenario), sin indicación de quién está hablando en cada momento: se sabe por los vocativos y por lo que dicen, claro. Molina (el gay) se dedica a contarle a Valentín películas fantásticas (a la maniera de Las mil y una noches, dejándolo a medias) mientras que el otro expone sus ideas de justicia social y lucha por la causa. Toda la crítica señala que de este modo se realiza una interesante simbiosis entre dos movimientos revolucionarios: la izquierda marxista y el de liberación homosexual.

Ahora bien, este libro, que en principio podría ser una turra argumentativa ambientada en un sórdido contexto habitado por personajes morbosos, resulta todo lo contrario a un panfleto. Se trata de una obra maestra de sutileza y humanidad, en la que dos personas aparentemente sin nada en común se van desnudando una frente a otra (y frente al lector, mirón en la intimidad de su celda compartida), mostrando su alma, y van sufriendo una evolución ideológica.
A todo esto, la novela crea una realidad paralela que aleja a los protagonistas de su encarcelamiento, envolviéndolos en una tela de araña… la de la mujer que da los besitos.

domingo, 6 de enero de 2008

Fin de semana poético

Paso el fin de semana leyendo poesía, todo un lujazo en estos tiempos que corren. He aquí algunas reflexiones que tan beatífico estado me ha sugerido:


ESTROFA 1: Goytisolo. Por fin me hice con la antología de Ed. Cátedra del poeta catalán José Agustín Goytisolo, titulada sencillamente Poesía (2001), y que recoge lo mejor de su obra. A este libro le tengo mucho cariño porque me ayudó a sobreponerme a la nostalgia cuando vivía en Estados Unidos, lo saqué de la biblioteca de la universidad y lo leí. Años después regreso a él y me encuentro con muchos poemas muy familiares, sobre todo el que cantaron Rosa León y Paco Ibáñez (“Palabras para Julia”). Admito que a este escritor lo conocí a través de las versiones que Paco Ibáñez hacía de sus poemas en aquel disco Paco Ibáñez en el Olympia (1969). Desde entonces me enganché a él, y a otros autores del llamado “Grupo poético de los 50”, (la palabra “generación” ahora es pupita) como Ángel González, Gil de Biedma, Caballero Bonald y otros mayores pero también cultivadores de poesía social, como Blas de Otero o Gabriel Celaya.

Entre 1955 y 1996, este Goytisolo (recordemos que hay otros dos hermanos, también literatos) publicó veintiún libros de poemas, algunos revisitados y revisados con el paso de los años. Es una lástima que se quitara la vida en 1999, estoy seguro de que aún le quedaba mucho por decir. En una ocasión leí (lo siento, no sé dónde) que estos Goytisolos habían sido considerados “malos catalanes” por el catalanismo oficial y “malos españoles” por el nacionalismo español. Ese es el tipo de gente que me gusta, ya lo dijo Enrique Bunbury (“los nacionalismos qué miedo me dan”). Dejando aparte el tema de su filiación, es innegable que la ciudad de Barcelona y él se deben mucho mutuamente, ahí están su Novísima oda a Barcelona (1993) (escrita en español y en catalán) y varios poemas más para atestiguarlo.

Preciosos los poemas de amor procedentes del libro La noche le es propicia (1992), pero quizás el J.A. Goytisolo más recordado sea el de la conciencia social, de El retorno (1955) y años posteriores. Está claro que por aquel entonces hacía falta en España literatura así, comprometida, aunque yo soy más de “el Arte por el Arte” y “la torre de marfil”. Como antes uní a este poeta una anécdota autobiográfica, quiero terminar recordándole citando precisamente su poema “Americanos”, y decir sobre Goytisolo que “por sus canciones/ me inundó la alegría/ de otros mares”.


ESTROFA 2: Grande. ¡Qué ganas tenía de echarle mano a un libro de Félix Grande! Es un poeta extremeño muy premiado, autor de poesía, novela, ensayo, cuentos… además es flamencólogo y a lo que se ve, un poco guitarrista. Nunca había leído nada de este autor, lo conocí en 2004 cuando le concedieron el Premio Nacional de las Letras. Aprovechando su exposición a los medios, El País de las tentaciones le propuso valorar a los letristas del panorama hip-hop español. Me cayó bien inmediatamente, puesto que hablaba de unos y otros, y decía que muy bien, pero que los únicos que tenían calidad poética eran Tote King y Violadores del Verso (tampoco había que ser Sherlock Holmes, pero bueno).

Por fin me hago con otro libro de Cátedra, una edición conjunta en 1998 de los libros de Félix Grande Blanco Spirituals (1967) y Las rubáiyátas de Horacio Martín (1978) a cargo del también escritor y crítico Manuel Rico. Esto me lleva a una digresión a propósito de los críticos literarios españoles, que a veces no están al día en las referencias de los autores que reseñan, como apunta Vicente Luis Mora en su ensayo La luz nueva (2007). No deja de ser una anécdota, pero en un poema de Félix Grande que nombra la canción “Oh Carol”, una nota al pie nos informa que el tema es de Paul Anka, en vez de Neil Sedaka. Un despiste lo tiene cualquiera, pero ¿qué hubiera pasado si en lugar de a esos dos el editor hubiera confundido a Góngora con Quevedo?

Volviendo a la poesía de Grande, solo he leído el primer libro, el de los “espirituales blancos”, y me parece un estupendo ejemplo de una generación intermedia entre la del 50 anteriormente citada y la posterior de los “Novísimos”. Al ser de 1967, el libro rezuma Guerra Fría, jazz, derechos civiles y cultura pop por los cuatro costados. Muy presentes están la ONU, el presidente Johnson, Vietnam, Kruschev, pero también los Beatles, John Coltrane y Sylvie Vartan. Hay conciencia política y social, hay experiementación formal y nuevos temas (de ahí que sea un sándwich entre las dos generaciones poéticas que dije antes).

Sin duda nos encontramos ante un autor postmoderno, su obra exhibe la técnica del collage, el uso lúdico del lenguaje, el desafío al concepto de “Historia” o la crisis de identidad. La introducción de Manuel Rico está bastante bien, pone en su contexto el libro, y me interesa cómo capta que son “las apoyaturas de índole cultural o artística las que [dan] una entidad poliédrica” a “la voz lírico narrativa” y las que dotan “de densidad, de complejidad intelectual al texto”. Y es que aquí hay música (los ya nombrados más Charlie Parker, Manolo Caracol, Beethoven, Mendelssohn, Juanito Valderrama, Fats Waller…), hay literatura (William Faulkner, Gutierre de Cetina, Esquilo, César Vallejo, Julio Cortázar, Dostoyevski, James Baldwin, Jorge Manrique, Virgilio…), cine (Ava Gardner, Antonioni, Jerry Lewis…), política (como ya se ha dicho), publicidad (“Oda fría a una cajetilla de L&M”)… ¡y todo esto se escribió en España hace más de 40 años, amigos! ¿Por qué no se estudia a este hombre en los colegios, coño!

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Mouse Dayan



-5 de junio de 1967: El ministro de defensa israelí, Moshe Dayan, ordena un ataque aéreo sorpresa sobre Egipto en el que casi doscientos reactores iraelís destruyen la fuerza aérea egipcia en tierra. Comienza la Guerra de los 6 Días.

-18 de noviembre de 1928: Se estrena Steamboat Willie
de Walt Disney, primer corto sonoro de animación. Su protagonista es un simpático ratón con una grandes orejas negras llamado Mickey.

-(220-190)? a.C.:
Un artista desconocido esculpe en mármol una imagen alada de la Victoria, para conmemorar una batalla naval. La imagen reposa en el museo del Louvre de París desde 1864, mientras que en la isla griega de Samotracia se encuentra una réplica de escayola.



Ese coloso de la crítica literaria que es Frederic Jameson estableció que una de las características definitorias del Postmodernismo era “la erosión de la vieja distinción entre la alta cultura y la cultura llamada popular o de masas”.

También dijo que otras características eran la “nostalgia de los estilos retro y el reciclaje de viejos géneros en nuevos contextos”, refiriéndose en concreto al “cine, la televisión, las imágenes, la tipografía, los colores, el vestuario, los peinados y las imágenes publicitarias”.

Entiendo que a estas ideas podemos remitirnos al ver el dibujo de un pepino sonriente con un gorro de puritano del siglo XVII, o un pastiche/parodia de El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde protagonizado por un John Galliano con acento de Cuenca. O una peli en ByN de serie Z de los años 50 en la que los personajes se enfrentan a Al Gore encarnado en un robot del espacio exterior “lampiño, pero muy viril”.

A estas alturas no debe quedarnos duda alguna de que Muchachada nuí es un programa postmoderno, además de humorístico (otro rasgo de la Postmodernidad). Pienso que –entre otras cosas- el programa nos mola porque apela a nuestro frikismo interior, engulle, digiere y regurgita nuestros conocimientos/recuerdos sobre El Imperio Contraataca, la ONU, Courtney Love, los aparejadores, Farmacia de Guardia o el Barroco y nos los devuelve por sorpresa, como un iPod en modo “shuffle”. Al final todo es parte de lo mismo: una papilla de sonidos y colores que nos regresa a la infancia-adolescencia para luego confrontarnos con el absurdo de la vida actual.

No pretendo aquí hacer pasar una gamberrada por una sesuda obra de reflexión, pero sí quería dejar constancia del arte, el ingenio y la poca vergüenza de este programa de La 2 (miércoles, 23.30) antes de que nos inunden los periodistas y críticos de TV que se están quedando roncos de decir que era mejor La hora chanante (¿mejor? ¡Cojones, pero si es lo mismo!). O antes, como ya me apuntó alguien el otro día, de que Joaquín Reyes & cía. hagan un especial de Fin de Año o cosa así (ah, ¿qué ya lo hicieron para Antena 3 hace años y no se enteró nadie?). O a lo mejor solo escribo esta entrada para celebrar lo que me río cada miércoles por la noche con sus tontás.


Retomando la vieja dicotomía alta cultura/cultura popular que el Postmodernismo dinamita, ¿hay mejor ejemplo que sacar en un programa como “presentadores” a Tita Cervera y la semana siguiente a Lars Von Trier? ¿Y qué decir de Moshe Dayan con orejas de Mickey Mouse compartiendo plano con la Victoria de Samotracia?
 
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