Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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miércoles, 22 de julio de 2009

"Por el camino yo me entretengo"


-“Decidir aguantar en el camino…”
(Nuria Fergó)





Cuenta la leyenda que un buen día que estaba aburrido, Santiago Apóstol decidió diseminar por el Camino que lleva su nombre una jauría de pastores alemanes asesinos para alegrar a los peregrinos con sus bonitos colmillos. Y a mí me salieron al paso todos.

Pero no solo perricos encuentra uno en el Camiño, el animal más frecuente es la vaca, seguido muy de cerca de la gallina. Gallinas por las calles, ¿a quién no le hacen gracia? ¿Y las vacas? No así sus enormes cagadas del tamaño de sombreros de picador y consistencia problemática. Y así y todo lo mejor del Camino es la gente que te encuentras, personajes en un grado de densidad tal que mi colega Kike y yo llegamos a la conclusión de que para ponerte a caminar ya hay –de entrada- que tener un toque dado. Sería tedioso a la par que imposible referir aquí a todos los que me he cruzado, pero no puedo cerrar esta serie de posts sin acordarme de tres en especial.


El primero, por orden cronológico ha de ser por fuerza el Colombiano. Nunca supimos su nombre: su país de origen bastaba. Él explicaba que andaba parado (inaugurando así una estirpe muy numerosa, la de los peregrinos en paro, que les sale más a cuenta hacer el Camino que quedarse en su casa) y aunque oriundo de Colombia, no hubiese abrazado el Camiño con más espíritu si hubiera nacido en Santo Domingo de la Calzada, tanto que soñaba con hacerse hospitalero. Su entusiasmo y su buen humor eran encomiables, así como su facilidad para dispensar perlas de sabiduría, cual máquina de grageas.

De entre todos sus eslóganes, me quedo con dos: “El Camino no es una carrera, el primero ya llegó hace muchos siglos y el último aún no ha salido” y “Yo solo conozco del Camino hasta la próxima curva donde alcanzan mis ojos”. ¿Cómo olvidar sus arengas a sentir el Camino de corazón y aquellas figuritas de alambre que graciosamente confeccionaba y regalaba a todo el mundo (salvo a mis amigos y a mí, por cierto)? El Colombiano prometía continuar caminando al llegar a Santiago: en su momento nos pareció una frikada, hasta que nos topamos con…

Facundo, el Catedrático. “Yo es que ya he hecho el Camino quince veces”. ¿Perdone? Solo tuvimos la suerte de su compañía una noche, pero aquel encuentro bastó para iluminarnos: el buen hombre había hecho el Camino, todos los Caminos, hasta una quincena de veces. “También he ido a Roma, cuatro meses de ida y cuatro de vuelta. Ahora me queda el de Jerusalén”. De Facundo obtuvimos la auténtica definición de lo que era ser peregrino.


“El peregrino siempre es a pie y desde luego va y vuelve, si no, no es peregrino”. A juzgar por el elevado número de personas que nos topamos haciendo el Camino en sentido contrario me atrevo a decir que las enseñanzas de este buen hombre de barba blanca y atuendo estrafalario son más ciertas que el Evangelio. Media hora larga duró mi conversación con él, y aprendí más que leyendo cuatro guías sobre la ruta xacobea. Dios le guarde, ya que todavía no habrá llegado a su punto de partida, el Monasterio de Montserrat, a donde regresaba tras haber estado en Finisterre. “No, no, no: el Camino no termina en Santiago, hay que ir a Finisterre, si no, no es nada”.

Mi charla con Facundo viose interrumpida por el Peregrino Rockero, quien llegó pregonando MDMA y otras “drogas modernas”. Siempre con sus gafas Ray-Ban (¿quién no las lleva?) y sus camisetas de Burning o similar, el Rockero hablaba con citas de canciones de Los Rodríguez, Loquillo o Calamaro: suerte que yo sabía su idioma y le contestaba con otras perlas que él festejaba mucho. Con una cerveza (o doce) encima confesaba que él hacía el Camino por puro hedonismo: “Yo no tengo espíritu –bueno, espíritu rockero sí”.


Justo cuando parecía que su conversación se limitaba a la chufla (“Somos peregrinos rockeros. Español. Eléctrico. 24 horas.”), el nota se descolgó con unas recomendaciones literarias del copón: “Unamuno, best writer in Spain. Obstinación: Herman Hesse. Italo Calvino: mis santos cojones”, para acto seguido señalar a la copa de un árbol, en clara alusión a la obra de Calvino El barón rampante (1957), en la que sabéis que el protagonista vive subido a los árboles. Pocas veces se vieron muestras de tanta lucidez y capacidad de síntesis en una persona, rockera o no, sobria o no.

Al final entré en Santiago cojeando como un personaje de Shakespeare, pero con más huevos que una docena de fraile. Toda la gente que he conocido, siquiera brevemente, durante este Camiño me ha enriquecido: ¿cómo olvidar al buen David, aquel peregrino que iba “con lo puesto”, o al trío de jóvenes fiesteros del Bierzo, o a las dos chicas que estudiaban Psicopedagogía en Salamanca, o a las profes de instituto de Cataluña?


Y justo cuando pensaba que lo bueno se había terminado, me encuentro con que en Santiago dan comienzo las fiestas “del Apóstol” y que como premio por haber ido a verle andando el Santo me tiene reservado un pregón de Rober Bodegas (en galego: doblemente gracioso) y un concierto gratuito de Nuria Fergó. Gracias sean dadas al Hacedor por permitir que la bizarra realidad vaya siempre un paso por delante de Estatuas Verdes, aunque sea con ampollas.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Empieza por "F" y rima con frío...


“¿De qué se valdrán los tontos para entrar en conversación en aquellos países donde no llueve nunca y la temperatura es constante?”
-Dino Segre, llamado Pitigrilli



Justo cuando iba a escribir un post hablando bien sobre Cosica el viernes pasado, el destino me frenó la mano y esa entrada del blog quedará para siempre junto a las inéditas. El post del viernes nunca se escribió, os dejo el principio que iba a tener, para que veáis el tono:


Cosica existe. ¿Hablando bien de Cosica, Porerror? ¿Cómo así? No lo sé señora, serán todavía los efectos del Tanqueray.


Cosicas de la vida (y de la Cosica): el viernes no hubo post, hubo resaca. Pero hoy lunes sí que lo habrá, de modo que abríguense y sigan leyendo.

Justo cuando empieza uno a acostumbrarse al exilio entre semana, llega el finde y te rompe el ritmo. ¿Quejas? Ninguna. Solo es una constatación. Entonces llega el domingo sobremesa, por la tarde, tarde-noche, entonces llegan las nueve de la noche del domingo y ya la broma no se puede sostener más. Toca volver a emigrar, con diferencia el momento más amargo de la semana. Toca volver a la oscuridad, a las luces largas, a los coches de frente percibidos tan solo como conos de luz amarilla sobre fondo negro. Salvo que uno no es un personaje del cuento de Italo Calvino (“La aventura de un automovilista”), ni uno va en coche de A a B para citarse con Y.

Citando a Calvino, [c]omo si no bastara, se echa a llover”. Y es que Cosica nos tiene acostumbrado a un juego muy cruel, cada semana encuentra nuevas maneras de atormentarnos, cada semana nos presenta nuevas y refinadas formas de estrés que desconocíamos. Ausencia de alumbrado público, arbitrarias multas de aparcamiento, jaurías de perros callejeros, ruidos nocturnos, la “gracia” del butano, dolores de muelas, lluvias pepetuas, victorias de Lewis Hamilton… y esta semana todo lo anterior, más el Frío.


Su Majestad el Frío campa por aquí como no campara el hijoputa de El Cid por las tierras valencianas. Gracias a Dios, yo al Frío lo había conocido de lejitos, hasta ahora. Lo saludé hace unos años en el estado de Nueva York, a veinte grados bajo cero, con los mocos congelados. Le daba los buenos días cada mañana en el condado de South Yorkshire, apenas durante la longitud de un pasillo. He pasado noches furtivas con él en ciertas casas de Extremadura y Carolina del Norte. Todos los fines de año me lo encuentro al amanecer, él ataviado con su traje de gala, yo también. La última vez que el Frío y yo nos habíamos visto fue en el mes de abril pasado, a las puertas de la (cerrada) estación de Atocha a las cinco de la mañana.

El Frío se volvió a colar sin invitación aquí la semana pasada, en mi casa, en mi cama, dentro de mis huesos, en mi cerebro. Confundiéndose con el dolor de muelas. Su heraldo fueron las tostadas frías que me zampo cada mañana antes de ir a trabajar, o ese agradable paseo a la intemperie por el patio para encender el dichosito calentador de butano. ¿Habéis visto ese anuncio de Gas Natural en el que el pavo se despierta y estaba dentro de la cama con un forro polar y gorro de lana puestos? Pues entonces me habéis visto a mí a las 7 de la mañana todos los días.


Salvo que en Cosica no hay Gas Natural, ni la casa en la que vivo es mía para contratarlo. En Cosica hay edredones de IKEA, mantas de Ezcaray, calentadores Taurus, chalecos de lana de Springfield, chaquetones de El Corte Inglés. Y un hombre joven, cada mañana, tarde y noche contra el frío blanco, al que no le queda siquiera el consuelo de hablar del tiempo porque eso aquí no es noticia.

lunes, 27 de octubre de 2008

Flaubert, el loro, el lechoncillo, el otro loro y Julian Barnes


Parafraseo el título de una sección de El loro de Flaubert (1984) del autor inglés Julian Barnes para darle nombre a este post. Julian Barnes, ¿mejor novelista británico vivo? Contesta razonadamente. No lo sé, no soy como esos profesores que escriben exámenes en Cambridge con poemas de Amy Winehouse, esos de los que el propio Barnes se cachondea. Solo diré que Julian Barnes es un escritor de talla grande, XXL, de esos de “hondo conocimiento del alma humana”.

Conocí a Barnes en un catálogo por correo de la editorial Penguin, de donde pillé su novela Inglaterra, Inglaterra (1998), hilarante, que a todo el mundo recomiendo. Años después lo reconocí en la carrera, listado junto a los grandes de su generación (Amis, McEwan, Ishiguro, G. Swift). Su fama entre los contemporáneos se la debe a obras como Historia del mundo en 10 capítulos y medio (1989) y, sobre todo, El loro de Flaubert. La Historia del mundo me la leí con muchísimo gusto: una estupenda reflexión acerca de la Historia, el amor, el significado, los significados de las cosas.


El loro de Flaubert –dicen que su obra maestra- me ha gustado tanto que he ido por la calle gritándolo. “¡Este libro es buenísimo!” –“Como todos los que tú te lees…”, me contestaron con sorna. Ojalá. Este está muy por encima de la media, hacedme caso. Hablamos de una obra postmoderna en su forma (estructura no lineal, humor, juego, parodia, pastiche, intertextualidad, metaficción y Su Majestad la Ironía) y su contenido, que a continuación paso a comentar.

La historia de este libro no es que sea simple o complicada: es que la historia aquí es lo de menos. Un médico inglés jubilado, estudioso amateur de Flaubert, trata de dar sentido a su propia vida reconstruyendo la vida y la obra del novelista francés a través de lecturas, visitas a los lugares flaubertianos y reflexiones filológicas. ¿Rollazo, Porerror? Tranquilos. El punto de partida del narrador es la supuesta autenticidad o no de unos loros disecados que se exhiben en sendos museos, pretendiendo ser el “loro disecado original” que inspiró a Gustave Flaubert el relato “Un corazón sencillo” (incluido en Tres cuentos, 1877).


Para ello, el narrador desenmascara las fantasmadas de los críticos literarios profesionales (usando sus mismos métodos), expone la subjetividad de las biografías ofreciendo distintas versiones de la peripecia vital de Flaubert, parodia el Diccionario de lugares comunes (publicado en 1913) escribiendo el suyo propio, revela la inconsistencia de la creación literaria a propósito del color de los ojos de la protagonista de Madame Bovary (1857). Barnes es mucho de estos jueguitos postmodernos, y sin embargo creo que su fuerte son los temas llamémoslos “de siempre”.

Creo que con la excepción de Italo Calvino, ningún escritor del siglo XX me ha llegado tan hondo cuando habla del amor como este Julian Barnes. Otro de sus temas recurrentes es la Historia y su percepción. En un momento dado, el narrador de El loro de Flaubert nos dice que la Historia es como un lechoncillo untado de pringue: muchos lo intentan atrapar, agarrar, fijar, pero siempre se escapa y encima deja a todos sus perseguidores con cara de gilipollas. Me parece una buena metáfora sobre el intento de imponer sentido al pasado desde el presente. Bueno, Barnes al coleto. Ahora habrá que leer a Flaubert, ¿no?
 
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