
“¿De qué se valdrán los tontos para entrar en conversación en aquellos países donde no llueve nunca y la temperatura es constante?”
-Dino Segre, llamado Pitigrilli
Justo cuando iba a escribir un post hablando bien sobre Cosica el viernes pasado, el destino me frenó la mano y esa entrada del blog quedará para siempre junto a las inéditas. El post del viernes nunca se escribió, os dejo el principio que iba a tener, para que veáis el tono:
-Dino Segre, llamado Pitigrilli
Justo cuando iba a escribir un post hablando bien sobre Cosica el viernes pasado, el destino me frenó la mano y esa entrada del blog quedará para siempre junto a las inéditas. El post del viernes nunca se escribió, os dejo el principio que iba a tener, para que veáis el tono:
Cosica existe. ¿Hablando bien de Cosica, Porerror? ¿Cómo así? No lo sé señora, serán todavía los efectos del Tanqueray.
Cosicas de la vida (y de la Cosica): el viernes no hubo post, hubo resaca. Pero hoy lunes sí que lo habrá, de modo que abríguense y sigan leyendo.
Justo cuando empieza uno a acostumbrarse al exilio entre semana, llega el finde y te rompe el ritmo. ¿Quejas? Ninguna. Solo es una constatación. Entonces llega el domingo sobremesa, por la tarde, tarde-noche, entonces llegan las nueve de la noche del domingo y ya la broma no se puede sostener más. Toca volver a emigrar, con diferencia el momento más amargo de la semana. Toca volver a la oscuridad, a las luces largas, a los coches de frente percibidos tan solo como conos de luz amarilla sobre fondo negro. Salvo que uno no es un personaje del cuento de Italo Calvino (“La aventura de un automovilista”), ni uno va en coche de A a B para citarse con Y.
Citando a Calvino, “[c]omo si no bastara, se echa a llover”. Y es que Cosica nos tiene acostumbrado a un juego muy cruel, cada semana encuentra nuevas maneras de atormentarnos, cada semana nos presenta nuevas y refinadas formas de estrés que desconocíamos. Ausencia de alumbrado público, arbitrarias multas de aparcamiento, jaurías de perros callejeros, ruidos nocturnos, la “gracia” del butano, dolores de muelas, lluvias pepetuas, victorias de Lewis Hamilton… y esta semana todo lo anterior, más el Frío.

Su Majestad el Frío campa por aquí como no campara el hijoputa de El Cid por las tierras valencianas. Gracias a Dios, yo al Frío lo había conocido de lejitos, hasta ahora. Lo saludé hace unos años en el estado de Nueva York, a veinte grados bajo cero, con los mocos congelados. Le daba los buenos días cada mañana en el condado de South Yorkshire, apenas durante la longitud de un pasillo. He pasado noches furtivas con él en ciertas casas de Extremadura y Carolina del Norte. Todos los fines de año me lo encuentro al amanecer, él ataviado con su traje de gala, yo también. La última vez que el Frío y yo nos habíamos visto fue en el mes de abril pasado, a las puertas de la (cerrada) estación de Atocha a las cinco de la mañana.
El Frío se volvió a colar sin invitación aquí la semana pasada, en mi casa, en mi cama, dentro de mis huesos, en mi cerebro. Confundiéndose con el dolor de muelas. Su heraldo fueron las tostadas frías que me zampo cada mañana antes de ir a trabajar, o ese agradable paseo a la intemperie por el patio para encender el dichosito calentador de butano. ¿Habéis visto ese anuncio de Gas Natural en el que el pavo se despierta y estaba dentro de la cama con un forro polar y gorro de lana puestos? Pues entonces me habéis visto a mí a las 7 de la mañana todos los días.

Salvo que en Cosica no hay Gas Natural, ni la casa en la que vivo es mía para contratarlo. En Cosica hay edredones de IKEA, mantas de Ezcaray, calentadores Taurus, chalecos de lana de Springfield, chaquetones de El Corte Inglés. Y un hombre joven, cada mañana, tarde y noche contra el frío blanco, al que no le queda siquiera el consuelo de hablar del tiempo porque eso aquí no es noticia.