Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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martes, 19 de mayo de 2009

Quadrophenia: Orgía mod


La palabra “moderno” es muy graciosa, se supone que significa “lo último”, “lo actual”, pero claro, al carecer de un referente fijo, su contenido cambia con el cambio del tiempo. Está claro que “moderno” se opone a antiguo o clásico, pero ya en la Antigüedad romana se hablaba de obras de arte y estilos “modernos”. Lo mismo pasó luego, en la Edad Media varias veces, y en las sucesivas etapas de la Historia. Quizás el uso más desvergonzado que se haya hecho de la palabra “moderno” sea el de la famosa tribu urbana de los mods (del inglés “modernist”). Esta subcultura sesentera británica -que luego ha tenido revivals en otros tiempos y en otros lugares- de siempre me ha fascinado. Admito que durante un par de años de la adolescencia les profesaba incluso una cierta admiración... afortunadamente, se me pasó pronto.

Recordadme que otro día os cuente mis últimos encuentros con mods de “pata negra”, de esos que solo escuchan soul semidesconocido y que para escuchar un tema de Gene Clark se tapan las narices. “Ortodoxia” sería una palabra que se me viene a la mente de momento, y no deja de ser ridículo, o al menos paradójico. Me explico. De acuerdo en que la imagen de los mods ha quedado ahora perfectamente codificada: música pop-beat, soul, jamaicana... trajes a medida, motocicletas italianas, uso de símbolos nacionales británicos... pero lo que hoy se puede tener la tentación de percibir como un coherente bloque sin fisuras no deja de ser una amalgama de estilos y tendencias absurdas que cristalizaron al azar hace 45 años.


O si no, que venga un mod y me explique qué tiene que ver montar en una Lambretta decorada con un parche de las fuerzas aéreas británicas, escuchando rocksteady Y grupos de chicas vestido con un traje a rayas sobre el que se pone una parka caqui. Si los mods nos han dejado algo, está claro que es su estética ecléctica (de hecho, yo es el único legado que les reconozco). Por lo demás, por muy paladines del buen gusto, elegancia y saber estar que quieran hacernos creer que son, no debemos olvidar que se trataba en su origen de pandillas de niñatos gamberroides -digámoslo: precursores de punks y skinheads-, de extracción social media-baja o clase obrera directamente.


Uno de los productos culturales más fuertemente asociados al fenómeno mod es sin duda la peli de 1979 Quadrophenia. Muy famosa por su banda sonora de los Who y por sus escenas de peleas, la verdad es que hoy día sigue dando grima pasearse por la playa de guijarros de Brighton y recordar la escena de Sting dando ostias como panes a los rockeros. Para muchos de nosotros, Quadrophenia es y será el producto mod definitivo. Estoy seguro de que los auténticos mods se reirán y pensarán que es solo algo derivativo, un producto de teensploitation rodado una década después. También estoy seguro de que luego en sus casas llorarán viéndola en secreto con las luces apagadas.

Yo había visto Quadrophenia hace 15 años (por mi época de interés mod), coincidiendo con el descubrimiento de los grupos mods que ahora resulta que no son mods de verdad: The Who, The Small Faces, The Kinks. Me gustó ver la peli, pero me pareció un poco tomadura de pelo, un videoclip extendido que era tan solo un mero vehículo de lucimiento para los temas de The Who y el acento cockney de Phil Daniels. Hace unos días la he vulto a ver, y mi valoración ha cambiado dramáticamente. He visto en Quadrophenia una honesta crítica social-generacional, con todas las ingenuidades propias del género, pero sorprendentemente hábil en retratar lo que quiere. Lo que antes me pareció una trama absurda montada al azar ahora se me antoja una historia con planteamiento, nudo y desenlace, episódica si se quiere, pero coherente.

Los personajes me parecían meros brochazos, y es verdad que algunos de ellos tienen menos profundidad que un plato de postre pero al menos están ahí por algo, cumplen con eficacia sus funciones narratológicas de conseguidor, villano, ayudante, princesa, héroe... etc. Y qué queréis que os diga, el cine musical y/o adolescente me suele parecer un insulto a la inteligencia del personal (lo cual no es óbice para su disfrute) pero en Quadrophenia pienso que los jóvenes y sus problemas están tratados con una ternura, un respeto y una adecuada distancia irónica que son muy dignas de encomio.


Más allá del hecho de que uno se palotice más o menos con las referencias subculturales que hay en la peli (el poster de Pete Townsend, la sintonía del Ready Steady Go! a cargo de Manfred Mann, el duelo por poderes Ray Davies vs. Gene Vincent, Sting bailando el “Louie Louie” como un poseso...) recomiendo a todo el mundo ver Quadrophenia porque me parece que toca temas universales y eternos, y no... no estoy de coña. La peli se circunscribe a una época y lugares muy concretos: pandillas mods inglesas en 1964, y sin embargo logra trascender la mera anécdota para retratar la rabia adolescente, la frustración, el desencanto (del trabajo, del amor, de la amistad...), la evasión en forma de drogas, las urgencias sexuales, la búsqueda de la identidad... esto pasaba en Sumeria hace 5000 años y seguirá pasando siempre si el mundo no explota antes.


Los sesenteros que no la hayan visto encontrarán el plus de la música, la original de los Who y la “de época” que se escuchaba en la tele, bares, discos y guateques en 1964. Los demás podemos encontrar a una especie de arquetipo en el protagonista atormentado, el joven Jimmy Cooper (pero el grupo Cooper, aunque su nombre saliera de aquí, no merecen ser mods, ¿eh?). Todos podemos aprender algo de un personaje que se equivoca, que se lleva varias decepciones, que sufre una evolución y que acaba por redimirse. Y además sale Sting disfrazado de Botones Sacarino. ¿Alguien da más?

jueves, 23 de abril de 2009

Magia cristiana


Imaginad a un inocente chico de 14 años, recién llegado a fan de los Beatles. Por su cumple le echan el Diccionario de los Beatles (1992) de Jordi Sierra i Fabra, durante meses –casi años- será su libro de cabecera, de ahí lo aprende todo. En ese libro aprende, por ejemplo, que existió un grupo llamado Badfinger que hacía música bonita apadrinada por los Beatles (todavía no conoce el término power pop). Aprende que Badfinger tuvieron un Top 5 con el tema de Paul McCartney “Come and Get It”, escrita para una peli de 1969 titulada The Magic Christian.

Aprende que The Magic Christian la protagonizan Peter Sellers y Ringo Starr, que en ella sale Raquel Welch semi-en-bolas blandiendo un látigo… pasan los años y el muchacho no vuelve a oír hablar de esta película: ¿la habrá soñado? El chico se hace mayor, agota a los Beatles y se hace fan de Badfinger, se compra toda su discografía por Amazon.com, ve muchas pelis de Peter Sellers, lee libros de Terry Southern, visita Londres, come perritos calientes, le ponen multas de tráfico, viaja en barco… hasta que se convierte en un joven despierto y alegre, que en el día de su trigésimo primer cumpleaños recibe como regalo algo que ya había olvidado: el DVD de la peli The Magic Christian.


Solo que en español su título es Si quieres ser millonario no malgastes el tiempo trabajando. Al chico siempre le había escamado que, habiendo de por medio nombres tan enormes (Peter Sellers, Ringo Starr, Badfinger, guión de Terry Southern y los Monty Python), esta peli no fuera más conocida. Queda con el amigo que se la regaló, con otro que es experto en criptozoología, ven la peli y entonces comprende. Comprende no la peli, claro, sino por qué no es famosa.

Atención, pregunta: ¿Cuál de estas secuencias aparecen en The Magic Christian?

a) Yul Brinner travesti haciendo un baile
b) Peter Sellers recortando un Rembrandt
c) Ringo Starr junto a una piscina de mierda

Ojalá pudiera deciros que ninguna, pero la respuesta correcta es TODAS LAS ANTERIORES. Lluvia de ideas: negros fornidos, caretas de gorrino, sacos de dormir, caza menor con artillería antiaérea, un Hamlet maricón, un guardia de tráfico comiéndose una multa, Raquel Welch fustigando a Drácula (¿o era a King Kong?)… ¿Despropósito? ¿Genialidad? Sin lugar a dudas despropósito, amigos.

Sabido es que uno aguanta lo inaguantable y en pos de una supuesta amplitud de miras culturales se justifica lo injustificable. Pero The Magic Christian, episódico bochorno ajeno con pretensiones satirizantes en lo económico y en lo social, es como si tu sobrino de 5 años te contara -a la vez- Barbarella (1968), El sentido de la vida (1983) y Casino Royale (1967).


Lo que más me turba es que detrás de todo esto se encuentra la mente de Terry Southern, guionista de Teléfono Rojo… (1964), nuevo-periodista y autor de ficción alabado hasta el ditirambo por Norman Mailer, Hunter Thompson, Kurt Vonnegut, William Burroughs, Joseph Heller o Gore Vidal. Y es que al parecer The Magic Christian era una novela suya de culto de 1959, agudísima sátira anticapitalista que se contaba entre los libros favoritos de Peter Sellers (dicen que se la regaló a Kubrick), quien no paró hasta verla llevada al cine. Del libro nada digo porque no lo conozco, pero la peli: simplemente no cuela.

Lo lamento, sacar una película sin pies ni cabeza no es una sátira anticapitalista, por mucho que en ella aparezcan carteles de Mao y billetes de banco mojados en pipí. La actuación de Sellers es mediocre, la de Ringo inexistente, y el rosario de cameos (la Welch, el Brinner, Roman Polanski, Christopher Lee, Richard Attenborough, John Cleese, Graham Chapman, John Lennon…) no basta para enderezar un guión que, por decirlo piadosamente, “hace aguas” (igual que el trasantlántico que da nombre al engendro).


Ya sabéis que yo soy muchísimo de los años sesenta, mi década, ¿eh? Además me encantan las sátiras, el pop, las comedias corales… pero no me gusta que me tomen el pelo. Casino Royale, obra maestra. ¿Qué tal, Pussycat? (1965), todavía me estoy riendo. Teléfono Rojo…, la de Dios en vinagre. Pero el Magia Cristiana me da pesadillas desde que vi la peli. Los 60, ¿eh? ¿Es que acaso todo estaba permitido?

martes, 21 de abril de 2009

"Respetando a las mujeres con Philip Roth"


Hola, amigos. Buenas noches y bienvenidos a una entrega más de “Respetando a las mujeres con…”. Tras contar en nuestro plató con invitados como Rocco Siffredi, John Holmes, Silvio Berlusconi, Judd Apatow o Terry Southern, hoy le toca el turno al ínclito escritor norteamericano Philip Roth. Hablemos de penes. Hablemos de libros. Hablemos de libros y de penes, un aplauso para Philip Roth!

-P: Después de leer su famosísima novela El mal de Portnoy (1969), estudiada en cientos de universidades, me ha quedado una duda: ¿a qué raza o religión pertenece?

-R: Me ofende sobremanera que utilice las palabras “religión” y “Philip Roth” en una misma frase, don Porerror. De sobra sabe que Dios no existe, todas las religiones son una patraña y además Jesucristo vestía (y se peinaba) como un hortera. En cuanto a raza, soy judío, aunque a lo mejor en el libro no lo digo lo suficiente.

-P: ¿Piensa que su personaje protagonista (Alex Portnoy), con su continua referencia a su miembro viril y al autoerotismo puede en algún momento correr el riesgo de alienar a sus lectoras femeninas?

-R: Al contrario, tengo más que comprobado que al bello sexo, al que dicho sea de paso yo respeto como el que más, no hay cosa que más le guste que un buen rabo. Corría el año 1967 y me dije “¿Sobre qué puedo escribir que llame la atención, ahora que Vietnam, la pederastia, los viajes en el tiempo y San Francisco ya están cogidos?” Entonces me acordé de “mi hermanito pequeño” y pensé que lo más sensato era conjugar judaísmo y sexo. Mire si no a Woody Allen…. y él es famoso, ¿no?


-P: Qué duda cabe. Volviendo al tema del judaísmo, ¿de verdad cree seriamente (como hace su personaje) que los judíos de la segunda mitad del siglo XX en USA son una minoría oprimida comparable a los, digamos, negros e hispanos?

-R: ¡Cómo se nota que a usted le dejaban comer cerdo de pequeño! Y que no ha tenido que aguantar las sucias miradas de los nazis y sus crueles burlas y violencias…

-P: Bueno, usted y su personaje tampoco, habiendo crecido en la Nueva Jersey de los años 40-50…

-R: Ba, ba, ba! Comete usted el mismo error que todos los gentiles: pensar que pertenece a un “pueblo elegido”.

-P: ¿No es precisamente en eso en lo que se basa todo el judaísmo?

-R: Ah, mais ça c’est très different! Es que nosotros lo somos.

-P: Comprendo. Hablemos de su polla (hablando de todo un poco), tras leer El mal de Portnoy confieso que me han entrado ganas de hacerme maricón…. ¿tanto le gusta el manubrio?

-R: ¿A usted no? (risas)

-P: No veía tantos rabos desde que el nota de Supersalidos (2007) me enseñó su cuaderno. ¿Sabe?, su libro me ha recordado a un personaje de Patricio Fernández al que operan de fimosis y se vuelve un obseso de su propio pene.

-R: ¿Insinúa usted que la circuncisión, rito sagrado de la bella tradición judía –a la que por cierto odio, detesto, execro y abomino- es solo una broma?

-P: En modo alguno… y dígame, ¿es cierto que fue su madre quien le regaló su primer diccionario de sinónimos?

-R: Eso es rigurosamente cierto, todavía lo conservo. De hecho, de ahí aprendí los aproximadamente 78 nombres diferentes que utilizo en mi novela para referirme al miembro viril, incluyendo los términos judíos en yiddish.


-P: ¿Se reconoce en la frase “el Raskolnikov de las pajas”? (utilizada por el protagonista, Alex Portnoy).

-R: No me gusta caer en la falacia biografista [pensar que porque un escritor diga algo en un libro es verdad en su vida real], pero admito que El mal de Portnoy contiene ciertas dosis autobiográficas, sí.

-P: ¿Por ejemplo en escenas como cuando el protagonista mete el churro en un filete de hígado de ternera, en una manzana, en unas cortinas, en un calcetín o en otro filete de hígado de ternera?

-R: Cada cual es libre de pensar lo que quiera.

-P: Respecto al tema mujeres, ¿piensa que el personaje de la Mona podría resultar un poquitín ofensivo cuatro décadas más tarde?

-R: No entiendo su pregunta, ¿por qué?

-P: Teniendo en cuenta que es una mujer con la que Portnoy mantiene una relación, a la que conoció proponiéndole sexo en plena calle pero a la que humilla por haberse prostituido años atrás, para acto seguido obligarla a mantener varios menage à trois. Por no hablar de que su mote “La Mona” le viene por su afición a comer plátanos…

-R: Eso es incierto, el mote le viene de una camiseta que ella tenía, en la que se veía la cara de un mono.

-P: ¿Quiere que cuente la escena entera en la que la Mona se gana el mote?

-R: Sería desvelar todo el encanto de la novela. Me remito al hecho de que a las mujeres de hoy en día, mis libros falologocéntricos les encantan.


-P: Me consta que es así: todas las personas que me han recomendado libros suyos son mujeres. Una última pregunta, señor Roth. El personaje de Portnoy, pajillero obseso sexual con problemas de complejo de Edipo que sin embargo es un gran filántropo, parece querer vengarse de su supuesta marginación (en cuanto que judío) zumbándose a lo que para él representa la América limpia: jovencitas de Nueva Inglaterra, bellezas sureñas, pijas protestantes… ¿hay algo simbólico o metafórico en esto?

-R: No descubre usted la pólvora con ese análisis, ni descubre nada: recuerde que es el propio Portnoy quien llega a esa conclusión al final del libro.

-P: Bueno, señor Roth, con esto nos despedimos, no sin antes comentar que, pese a sus múltiples payasadas, El mal de Portnoy es una buena novela, que se lee con una facilidad pasmosa. Si me permite el chiste (y el homenaje a Cela), “literatura para leer con una sola mano”.

-R: Siempre envidié al bueno de Camilo José por aquello de la palangana, yo intenté lograr algo parecido con los filetes de hígado, pero no cuajó. Muchas gracias a ustedes por invitarme a su programa… Esto.... ¿sabe si hay un cuarto de baño cerca? ¿No tendrá por ahí un kleenex por casualidad...?

martes, 21 de octubre de 2008

¿Crees en la magia?


Conozco el frenesí con dos canciones: así de fácil soy de contentar. Hoy iba a escribir sobre otra cosa, pero es imposible. Estoy tan tranquilo en mi Cosica en mi casita viendo la tele cuando me sobresaltan dos canciones. La primera se llama “Pleasant Valley Sunday”, es del matrimonio formado por Gerry Goffin y Carole King y la hicieron popular The Monkees. La escucho en la serie Padre de familia, en un montaje donde se parodiaba la serie de TV de los propios Monkees, los pre-fab four (“los cuatro prefabricados”, si los Beatles eran los “fab four” –cuatro fabuloides).

¿Por qué me llega tan hondo esta canción, si es una tontada? Para empezar, el riff está plagiado de “I Want to Tell You” de los Beatles. Ayer me decía una amiga “Cuando escuchas jazz a saco durante mucho tiempo, después la música pop te parece una simpleza que te machaquea el cerebro, pam, pam, pam…”. Exacto. Pues la otra canción me llega mucho más. Se trata de “Do You Believe In Magic”, esta escrita por John B. Sebastian para su grupo The Lovin’ Spoonful, su grupazo. “La cucharada de amor”, “de cariño”, por lo menos.


Ayer también recomendaba a esta amiga una docena de discos de pop-rock aparecidos durante el año 2008: todos los tiraría a la basura a cambio de poder escuchar una vez más el riff introductorio de “Do You Believe In Magic”, con esa infantil pero poderosa autoharpa a cargo de Sebastian. Este tema lo escucho en la serie Caso abierto, un caso ambientado en los años sesenta, Vietnam, gente en bolas, fumaban porros, ya sabéis. Y las canciones. Suenan otras luego: de The Zombies, de Mamas & the Papas, de The Doors, de Bob Dylan, de Tommy James and the Shondells, de Aretha Franklin, pero el daño ya está hecho. La que cuenta es la de Lovin’ Spoonful.

Y esto me pasa bastante a menudo, una canción, cogida por los pelos, cazada en el aire como una brizna de hierba… si la pongo yo no vale. Todas las tengo en CD cuarenta veces, en cintas, en vinilo, algunas por triplicado. Pero eso no vale. Tiene que ser que me las brinde la radio de la Vida, el shuffle de lo que conocemos diariamente. Y tiene que ser pop.

Antes os he dicho una mentira. Dije que todos los discos que me gustan de este año 2008 los cambiaba sin pestañear por una cosa de 1965, no es verdad del todo, todos no. Uno se salva del donoso escrutinio, pero es con trampa. Su autor es Brian Wilson, ¿hay que decir más? El otro día lo iba escuchando en el coche, y a medida que pasaban las canciones iba apretando los dientes de coraje. ¿Por qué me haces esto, Brian? ¿Por qué sigues haciendo música de tal calibre cuarenta años después? ¿Tenías guardado en la manga That Lucky Old Sun (2008) desde 1968? ¿Por qué no te has rendido?


That Lucky Old Sun es un disco concepto como pueda serlo SMiLE (1967/2004), más de lo que lo fue Pet Sounds (1966). Nos habla de Los Angeles y del sur de California, ahora (inmigrantes mejicanos, autopistas…) y antes (“en 1961 fuiste mi chica surfera”, “yo solía cantar con mis hermanos”). Nos habla de las playas, del sol y del Hollywood dorado, y tiene unas naranjas en la portada: ¿es posible mayor provocación?

Voy escuchando tus canciones, una a una, como cuentas de un rosario, musitándolas. Eres un puto orfebre, Brian, un terrorista de la melodía. Te odio. ¿Por qué no haces de una vez un disco ramplón para que nos relajemos? ¿No habíamos quedado en que el pop era una simpleza, a pesar de Björk y gente como ella? ¿Que si creo en la magia…?

domingo, 10 de febrero de 2008

En marcha por los 60

Anoche no pude dormir, atosigado por el remordimiento que me causa haber calificado a mi década favorita “los embarazosos años 60” en el post de ayer. Hoy no he comido, no me he duchado… esto hay que arreglarlo como sea. Por esa razón decido dedicar la entrada a homenajear la música de aquellos tiempos, mi preferida. ¿Y qué mejor manera de rendirle tributo que hablando sobre los grupos que también se lo rinden? No voy a escribir sobre artistas sesenteros, eso lo dejo para otro día. Hoy voy a presentaros los que, en mi opinión son Los mejores discos de música de los 60 que no se grabaron durante los años 60. (Antitítulo, ¿que no?)


Cara A. There Goes the Neighborhood: The Jet Set (1985) Comenzamos con este interesantísimo grupo británico de revival, quienes a veces me pregunto si no creían de verdad estar viviendo veinte años antes de lo que les correspondió. Llegaron a fabricar discos flexibles para felicitar la Navidad a su club de fans, chapas, tazas, muñequitos y demás parafernalia de merchandising, igual que los Beatles. Su música, además de a estos nos remite a los Kinks, los Who, los Small Faces, los Monkees… ¡casi nadie! Y cómo serán de desconocidos que no tienen ni entrada en la Wikipedia (y yo no he tenido narices de encontrar la portada del disco para colgarla aquí). Es una tontería hablar sobre ellos, lo mejor es escucharlos. Si alguna vez veis este disco en una tienda, compradlo sin dudarlo y vuestras almas tal vez tengan salvación posible. Imprescindible su “The Jet Set Theme” o aquel memorable azucarillo “Wednesday Girl”. En palabras de All Music Guide, “si nunca has escuchado a The Jet Set, nada puede prepararte para la experiencia”.



Cara B. Psonic Psunspot: Dukes of Stratosphear (1987) Los miembros del grupo nuevaolero británico XTC decidieron gastarle una broma al mundo y darse el gustazo de tener una carrera musical paralela grabando música sesentera bajo el nombre de Dukes of Stratosphear. Nos movemos aquí en terrenos más psicodélicos: una pizca de garage, un poquitín de Syd Barrett, un pellizco en el culo al Sgt. Pepper’s. En otras palabras, si el disco de The Jet Set era un falso de 1965, este hubiera debido editarse en el 67. El tema que abre el disco (“Vanishing Girl”) tiene el honor de inaugurar también la fabulosa caja Children of Nuggets (2005), además de ser una de las “25 más escuchadas” en mi ordenador, según las estadísticas de iTunes. Cuando aparecieron las primeras canciones de este grupo, los integrantes firmaban con seudónimo para fingir no ser XTC sino un genuino producto de veinte años atrás. La verdad es que si te vendan los ojos y te ponen este disco te puedes llegar a creer que es un clásico perdido.


Cara C. The Complete Pet Soul: Splitsville (2001) Cuando sacaron su cuarto álbum Splitsville (que ya hacía un lustro que se habían hecho un nombre en el rock alternativo), a mí se me fue la cabeza. Aparte de los guiños en el título al Pet Sounds (Beach Boys) y al Rubber Soul (Beatles), este disco hubiera salido en 1966. Aquí hay pop de cámara: orquestación y armonías vocales a raudales, con canciones como “Caroline Knows” o “The Love Songs of B. Douglas Wilson” (la “B” es de “Brian”, por si os quedaba alguna duda). Esta última es, según All Music Guide una “miniopereta en varias partes tipo SMiLE. Perdonad que cite tanto a esta web pero es que no se me ocurre una mejor definición. Curiosamente, el más genuino producto sixties de todo el álbum resulta también el menos retro: una power versión del clásico de Bacharach/David “I’ll Never Fall In Love Again”, grabada para la banda sonora de la peli de animadoras A por todas (Bring It On, 2000).


Cara D. The Sidelong Glances of a Pigeon Kicker: Bronco Bullfrog (2002) Empezando por el título, este álbum nos remite a la psicodelia tardía del Reino Unido en 1968-69. Hablamos de Blossom Toes, de los Who, de Small Faces, incluso de Cream. También podemos estar hablando de grupos yanquis como Fapardokly o Honeybus, a quienes por cierto Bronco Bullfrog deparan un precioso homenaje en la exquisita canción “Honeybus”. Dicen del grupo de Colin Hare y Pete Dello que “contaban la historia más dulce y cantaban el más dulce cuento”. Luego están esos personajes absurdos tipo “Matthew and Son”, “Silas Stingy” o “Mean Mr. Mustard”, tan del regusto victoriano/eduardiano del pop británico de la época. En este disco tenemos al mezquino patrón-explotador “Barnaby Slide”, o a la misteriosa bruja mala del cuento infantil “Witch’s Garbage”. Pero no todo aquí es pasteleo, ¿eh? También hay destacado espacio para temazos de guitarra con riffs como “Look at Me” o “I’m Not Getting Through”, que no desentonarían en cualquier recopilación de freakbeat. Bronco Bullfrog habían grabado antes y lo seguirían haciendo después, pero nunca con este nivel de magia.

Todos estos discos tienen en común el hecho de que podrían haber sido realizados en aquella década de los 60, y no es casualidad sino un calculado ejercicio de estilo. Llamadlos retro, eso es precisamente lo que pretendían ser. Más allá de etiquetas como indie, power pop o neogarage, queda claro que las personas que compusieron, interpretaron y grabaron estas canciones desearon haber vivido la época dorada del pop-rock de guitarras y armonías vocales. Y que aman la música.
 
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