Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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martes, 12 de mayo de 2009

Ángeles caídos


¡Qué gran cosa es la nostalgia, amigos! En pequeñas dosis solo, claro. Qué gran recurso de autoengaño es recordar con añoranza tiempos pasados. ¿Cualquier tiempo pasado fue mejor? Ni de coña. Pero hay cosas pretéritas que molan. Sobre todo si se ha tenido todo o se ha estado en una posición de ventaja y se ha perdido. Tiene Quique González una bonita canción que se titula “Cuando éramos reyes”. ¿Quién no ha sido rey alguna vez, o al menos se lo ha creído? O mejor aún, ¿quién no ha vuelto la vista atrás y ha pensado que lo había sido en algún momento?

Hoy os traigo a una serie de personajes, de artistas que admiro profundamente. Nunca salen en las listas de favoritos que confecciono, ni los saco a relucir en las conversaciones freak de música, no sé por qué. No es que me avergüence de mis gustos, supongo que simplemente, por parafrasear aquel tema de Weezer, el mundo ha girado y los ha dejado atrás. Los gustos han cambiado, no están considerados cool, y ya no venden una escoba. De estos artistas no hablan revistas como el ROCKDELUX o el Ruta 66, si es que alguna vez lo hicieron. Son los ángeles caídos del pop español.

Me estoy refiriendo en concreto a tres de mis ídolos: Ariel Rot, Coque Malla y Jaime Urrutia. También hay otros pero, o bien no significan tanto para mí (Bunbury) o han sabido más o menos mantenerse en el candelero (Andrés Calamaro). No se puede hablar en ningún caso de perdedores, estas son gentes que han conocido el éxito en primera persona, que llenaban estadios (polideportivos, al menos), que tenían números 1 en Los 40 Principales como churros. No estamos, pues, ante la típica historia de “secreto mejor guardado” o “deberían haber sido famosos”. No, amigos, a esta gente los conoce todo el mundo, y hace 15 ó 20 años gustaban a la mayoría, pero hoy han dejado de ser relevantes.


Y es una pena, porque en España, con una industria discográfica de risa y cero cultura musical, si no estás de moda, si no vendes, no eres nadie. Nadie te va a hacer un recopilatorio en condiciones (no un expolio de tus hits) con un folleto currado y con cariño. Nadie te va a citar como influencia de una tradición, porque en España no hay apenas tradición (mirad si no a Juan y Junior, no los hay más seminales: id a buscar su discografía a una tienda y me contáis). Lo constato con pena, porque en países como Gran Bretaña o Francia (no digamos USA) es todo lo contrario: cada día se reeditan más cosas y se tiene más respeto por los grandes nombres, los has-beens.

Ariel Rot, casi nadie. Empezó con Moris en 1978, siguió con Tequila (otro grupo seminal), luego en solitario, militó en Los Rodríguez… en cada etapa dejó su sello con grandes canciones, auténticos himnos, y desde 1997 sostiene una más que meritoria carrera en solitario, con un nivel artístico fuera de lo normal en este país, que sin embargo concita en el público y en los medios un interés cada vez menor. Igual que “no hay boda sin la Tía Juana” tampoco la hay sin hits de Ariel, y para muestra un botón al azar, el pasado sábado en Valladolid sonaron dos suyas: “Rock and roll en la plaza del pueblo” y “Hace calor”. El año pasado Ariel Rot sacó un disco de duetos con M-Clan, Amaral, Fito Páez, Quique González, Pereza, Christina Rosenvinge, etc, y creo que no se enteró nadie.


Coque Malla, eterno cara de niño (igual que Leo DiCaprio o servidor de ustedes, aunque c’est clair que yo soy mucho más guapo que ellos dos juntos), actor guadianesco de desigual fortuna (el buen Migue me cantó hace poco sus alabanzas), pero centrémonos en sus virtudes musicales. Pocos como él y su grupo Los Ronaldos sonaron tan auténticos en todo el rollo ese de la Movida o post-Movida o lo que sea. Pocos comprendieron y encarnaron como ellos (sin plagiar) el espíritu del rock and roll, sonando a ratos como los Stones y a ratos como la Creedence. Lo mismo versionaban un tema de Pata Negra que les producía un LP John Cale.

Su repertorio mete miedo, como pudimos comprobar con su fugaz vuelta a los escenarios de hace un par de años. Parece que la vuelta de Los Ronaldos no ha cuajado, ya no interesan ni disfrazados de indies (su nuevo EP lo sacó Subterfuge). Coque Malla en solitario no puede ser calificado de “genial”, pero desde luego que merecería muchísima más atención que muchos otros payasos que pululan actualmente por nuestras ondas y nuestras pantallas.

Jaime Urrutia, castizo con el pie cambiado, el hombre que hizo que todos nos subiéramos hacia arriba el cuello de la camisa en un momento dado, ha acabado siendo objeto de chanza en Muchachada Nui. Jaime empezó con Ejecutivos Agresivos, y luego consiguió el éxito comercial sin paliativos con su siguiente grupo. Creo que Gabinete Caligari no necesitan de mi defensa, su currículum habla por sí solo. A principios de los noventa, esta banda (que venían de ser número uno, inflarse de actuar en verano y ser los reyes de los karaokes, como dice Wikipedia) simplemente dejó de interesar. Ha habido luego dos soberbios discos en solitario en 2002 y 2004, y uno en directo de colaboraciones en 2007, pero ya nada es igual.


Urrutia encarnaba como nadie la problemática del rock español, con su estética a medio camino entre el rockabilly y el toreo. Ariel Rot y Coque Malla también son rockeros, antes que otra cosa. Sus canciones son rocanroles, hasta las baladas y medios tiempos. Me reitero, ellos ya no venden una escoba, ¿significa esto que en España el rock and roll ha dejado de interesar? Recordemos que hace 20 años era un producto comercial perfectamente viable (Rebeldes, Gatos Locos, Loquillo, Dinamita Pa Los Pollos, La Frontera, Tennessee, Víctor Coyote…): ahora no. Pues no puedo decir otra cosa, amigos, ¡qué pena más grande!

Coque Malla acaba de sacar disco nuevo, y leo por ahí que los miércoles Ariel Rot y Jaime Urrutia colaboran en un programa de La Ser para hablar de música y anécdotas. Bienvenido sea, queremos más de esta peña: en cualquier caso, yo me niego a jubilarlos.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Empieza por power y rima con pop


Estoy harto de malos rollos y de milongas. La tristeza me acompaña y me acompañará, es mi copiloto, pero eso es otra cosa. Se puede estar triste y de buen humor, yo no lo sabía pero es así. Y yo no quiero malhumorarme. Es por eso que antes que otro sesudo o indignado post hoy quisiera hablaros de mi música favorita. Los que seáis de los que desconectan cuando hablo de música, bear with me please. Hay esperanza de salvación para todos. Hoy se va a hablar aquí de power pop, hombre ya!!!

Los del foro Power Pop Action, auténtica biblia con predicamento internacional, dicen algo muy bonito, a saber, que dentro del power pop “el abanico estilístico es amplio, podréis escuchar canciones que abarcan desde el Garage Beat hasta el Pop Indie o desde el Power Pop al Alt Country; todas ellas presentan como denominador común ese buen gusto por la melodía del que tanto presumimos [...], lejos de ese integrismo del que se nos acusa a veces”. Porque el power pop es un subgénero, aunque esté mal que yo lo diga, lo cual no quiere decir para nada que se trate de un gueto. Otra definición del estilo que leí la semana pasada y que me ha encantado: el power pop es puro rock and roll con coritos. Amén.


Ayer por la tarde por fin le quité el papelito al último de los diez CDs que me compré la semana anterior en mi fructífera visita a Escridiscos. He de decir que los diez discos han dado en la diana plenamente, yo solo elegí dos, el resto fueron recomendaciones del dependiente, que como buen camello sabe lo que los yonquis de la melodía necesitamos. Lo que más me ha flipado han sido Lolas, cuyo disco Silver Dollar Sunday (2001) -“esto es una obra maestra, llévatelo que está descatalogado”- fue Disco de la semana en Estatuas Verdes. Es raro encontrar una obra en la que todos los temas te satisfagan, pero este esfuerzo de Lolas no tiene ni una canción mala, oiga. Beatles, Beatles, Beatles y Who parecen ser los cuatro ingredientes principales de un disco que, pese a todo, no suena a mero revival.

El segundo álbum que más me ha llamado la atención es el Goodnight to Everyone (2008) de Jellybricks. Este es más fácil de conseguir, no os dejéis asustar por la horrendosa portada: el contenido es canela pura. Su aproximación al power pop es más contemporánea, menos retro, aquí la fase power prima con las guitarras distorsionadas, pero siempre dentro de la ortodoxia melódica. De verdad que recomiendo este disco porque no os lo van a promocionar en ningún lado y es una auténtica joya, otra obra maestra. Otro bombazo me lo encuentro en el disco de The Cute Lepers Can't Stand Modern Music (2008). Este grupo se ve que no aguanta la música moderna, y dentro del CD te dan las gracias por comprar un disco cool antes que uno de moda. Ignoro en qué pervertido planeta están considerados “cool” los Cute Lepers, pero seguro que es uno condenadamente divertido. Esta familia practica un power pop más setentero, cercano al punk '77 y al garaje, que no deja de ser interesante entre tanto pasteleo.


Si os queréis dejar llevar por una milonga más retro otra vez, oscilando entre el garaje sixties y el sonido jangly, ahí están los discos de The Maharajas y The Resonars, respectivamente. Sobre este último (Nonetheless Blue, 2007) me dijo el gurú de Escridiscos: “una canción suena a los Hollies y la siguiente a los Byrds... pero a los Byrds buenos, no a los country. Creo que con esto ya está dicho todo. El grupo sueco The Maharajas también están firmemente anclados en la tradición, esta más garajera, más rock and roll. In Pure Spite, también del 2007, es un trallazo que así lo demuestra.

Otros dos discazos que me han encantado son los homónimos de Rooney (2003) (a lo mejor conocéis su tema “I'm a Terrible Person” del anuncio de la colonia CH de Carolina Herrera) y de The Rewinds (2006). Estos exhiben una paleta sónica menos estricta, menos ortodoxa, y harán las delicias de los fans del pop-rock indie. Supongo que se les llama power pop por su afición a las melodías y los estribillos pegadizos, pero sus canciones no desentonarían en la banda sonora de cualquier comedia indie americana sobre chicos con problemas. Hay un disco que merece una atención especial, el The Power of Sound (2004) de Jonny Polonsky. Pienso que Jonny Polonsky -apadrinado en su día por Frank Black y deudor estilístico de Nirvana- es el eslabón perdido entre el power pop y el “rock alternativo” de los noventa y más allá. Atentos a este disco porque es otra joya (¿Jonny Polonsky tenía más de un disco? Pues sí, señora).


Y no me quiero marchar sin nombrar a dos clásicos de verdad, de los que imitan todos estos grupos de la nueva hornada. En mi afán de completar la discografía de Cheap Trick me llevé All Shook Up (1980). ¿Qué decir de estos catedráticos del pop (y del power)? Este disco es considerado una mierda por All Music Guide, como todos los anteriormente citados, no esperéis ver en sus críticas más de tres estrellas (el power pop no está bien visto, es un subgénero). El otro clásico que me llevé, por inspiración del vendedor, fue Big Smash (1980), el tercero y fracasadísimo disco del medio punky-medio poppy británico Wreckless Eric. La edición que pillé es gloria bendita, ya que vienen dos CDs: el primero con el álbum original y el segundo con una cosa que salió en USA recopilando todos sus singles y las mejores album tracks de sus dos primeros esfuerzos. Otra porquería de disco, vamos, no lo compréis ni borrachos. Como ninguno de los que os he recomendado antes: nada, son todos caca.

martes, 6 de enero de 2009

"Adriano ha llegado" (I)


El 6 de enero de 1938, en el día de la Befana (la bruja que hace las veces de Reyes Magos en Italia), la cigüeña dejó en Milán un bebé llamado Adriano Celentano. Así empezaba un preciosísimo cómic-historia sobre el cantante italiano que ocupaba todas las caras de la funda de un LP doble que tenía mi padre, recopilatorio de Celentano desde 1959 hasta 1972 (entre nosotros: su época buena). Como hoy es 6 de enero, he querido conmemorar a este grandísimo artista.

Para mí hablar de Adriano Celentano es muy complicado, se mezclan demasiados sentimientos y no puedo expresarme con claridad. Es algo así como escribir sobre Fito Páez o sobre Londres, cosas que por cierto ya he intentado en Estatuas Verdes, y siempre me dejo llevar por la hipérbole. Ahí va una: Adriano Celentano es mi artista favorito. No es así, pero como si lo fuera. Vayamos por partes pues.


Supongo que este cantante/actor/showman/inventor del chicle italiano no necesita presentación, pero por si acaso démosle una pequeña. Su campo de excelencia es la canción, dejémoslo claro desde un principio, aunque ha hecho numerosas pelis flojas (también apareció en La dolce vita -1960- de Fellini, por cierto: cantando, claro). Sería un poco tramposo decir de Celentano que es “el Elvis italiano”, pero los paralelismos con el ídolo de Memphis son muchísimos. Elvis inventó el rock and roll, Adriano tampoco. Lo de las pelis malas ya lo he dicho, y además ambos tuvieron una etapa semioscura con el advenimiento del beat inglés (que volvió su pop comercial obsoleto) para renacer luego sobre 1968 convertidos en crooners, showmen y lo que hiciera falta.

Lo que sí voy a decir alto y claro es que Adriano Celentano es el primer artista original que dio Europa en toda la era rock. El primer rockero europeo auténtico, para entendernos. Ni siquiera en Gran Bretaña (no digamos Francia, Alemania o España) tuvo nadie la visión de apropiarse de los nuevos sonidos blanquinegros y de hacer algo original y nuevo con ellos, más allá de toscas versiones en inglés. Y eso que los cuatro primeros singles de Adriano (todos de 1958, amigos!) eran toscas versiones en inglés de hits de rock and roll de Little Richard, el propio Elvis o Fats Domino. Pero este hombre enseguida se dio cuenta de que era necesario adaptar el nuevo idioma “rock” a su cultura y ya desde 1959 se lanzó a hacer rock and roll del bueno compuesto en italiano.


Para ello se rodeó siempre de excelentes compositores y arreglistas, entre ellos Del Prete y Beretta, que le componían sus cancionazas. Luego con el tiempo, Celentano llegaría a darle su primera oportunidad a autores de talla como Paolo Conte o Don Backy. Ignoro qué grado de control artístico tuvo Celentano sobre sus grabaciones y discos editados pero sospecho que alguna mano en la elección del repertorio sí que tenía. Sus primeros números 1 y megaéxitos (“Il tuo bacio è come un rock”, “Impazzivo per te”, “24 mila baci”) son un prodigio de composición, arreglos e interpretación. Estaba claro que este hombre era una máquina de hacer dinero.

Pero Celentano no se limitó a copiar o “adaptar” un solo estilo de rock USA, también exploró otros estilos siempre comerciales y bailables pero siempre de manera honesta, como el rockabilly, el doo-wop, el chachachá, las baladas, el tango o el twist. Hacia 1964-65 el hombre tuvo un pequeño bajón en la calidad de sus temas, coincidiendo con el huracán Beatles y todo lo que conllevó. Él, que a lomos del huracán Elvis (por así decirlo) se llevó por delante a toda una generación de artistas orquestales y melodiosos, debía hacer frente a la realidad de que sus cancioncillas quedaban obsoletas frente al nuevo beat, pop-rock, folk rock y demás.


Adriano supo sobreponerse a las modas en incluso en 1968 le escribió una carta al “beat” (nombre con que él se refería a todo el pop sixties) diciendo que por su culpa los jóvenes no se lavaban, se drogaban, se escapaban de casa y olvidaban a Dios. Celentano, el rockero loco que en 1959 cantaba “yo soy rebelde en el vestir, en el pensar, en el amar a mi chica” era ahora un cómodo representante de la ideología conservadora. Pero su música no sufrió. Si queréis, le dio por hablar de ecología, de superpoblación, de drogas duras, de huelgas... en plan paternalista, pero todo venía envuelto en unas canciones tan pegadizas, tan bien escritas, con tantísima garra que se le perdona todo.

Y eso por no hablar de la mayor aportación de Celentano a mi panteón pop personal. Objetivamente, su contribución a la música popular es haber traído el rock a Europa (lo siento, no fueron Cliff Richard, Johnny Halliday ni el Dúo Dinámico) pero a mí por lo que más me gusta es por sus canciones de amor. No necesariamente baladas, él siempre sabía darles un toque entre granuja y caballero que –según un amigo mío que liga mucho- tan atractivo resulta a las tías. Y los tíos supongo que veían en él más que a un donjuan competidor a un buen colega, un prototipo de romanticismo con los pies en la tierra francamente apetecible de imitar. Porque la educación sentimental nos la han dado las canciones (y las películas), ¿no lo sabíais? Mañana seguiré ahondando en la historia de Adriano Celentano, en su relevancia en mi vida y se verá el porqué del título del post.

martes, 2 de septiembre de 2008

Discazos

Permitidme un pequeño post musical, ahora que dizque se acaba el veraneo, y que todos hemos vuelto a trabajar y esas cosas. Música para oxigenar el cerebro y permanecer fresquito, que a pesar de estar ya en septiembre, por aquí no remiten los calores. Algún día os hablaré sobre mi teoría de música refrescante y música que da calor. Por el momento, baste saber que los dos discazos que os he traído hoy son de los veraniegos.


Cara A. Casualmente, además de la música más bonita que existe, la palabra inglesa pop quiere decir “refresco”. Nos llega aquí una golosina cuyo efecto es equiparable a que una persona muy querida te soplara en la carita. Me refiero a She’s About to Cross My Mind (2007), del duo Americano de power pop The Red Button. A estas alturas, decir que el power pop trata de emular los sonidos de los años sesenta es decir lo obvio, pero pocas veces se actualiza esto con tanta precisión como en este disco. Coordenadas: Beatles, Beatles y Beatles, circa 1965-66. Y no hay más. Bueno, si, la última canción, “It’s No Secret” es la única que se desmarca un pelín del resto, sonando más contemporánea, digamos, como unos Teenage Fanclub.

El disco se abre con un pepino titulado “Cruel Girl”, en el que desde las guitarras hasta el timbre de las voces nos recuerda a Lennon y McCartney. A ver, no se trata de una mera fotocopia, ni de (solamente) un ejercicio de nostalgia, pero estos grupos no se entenderían sin las referencias a las que aspiran parecerse. La canción que da título al álbum y otras como “Hopes Up”, que parece un descarte de Help!, nos retrotraen al año 1965 de una manera deliciosa. “Gonna Make You Mine” parece desentonar un poco a primera vista, por sus ritmos garajeros, pero nunca debe olvidarse que los Beatles no fueron ajenos al organito Vox y a pegar gritos.

Si os interesan estas cosas, leeréis que el disco es una muestra de Mersey Beat, lo cual es falso porque se trata de algo más elaborado, complejo y pulido (para entendernos, en 1965, los Beatles ya habían dejado atrás el estilo llamado “Mersey”, en referencia al río que baña Liverpool). Si queréis un marchamo de calidad –si no os fiáis de Porerror, vaya-, os diré que este disco fue votado como el mejor del año pasado por los críticos del foro Power Pop Action! Si queréis un piropo más impresionista, pensad que la canción más larga dura 3 minutos y 41 segundos.


Cara B. Si The Red Button encarnan a los Beatles cuarenta años después, The Hi-Risers serían todos los demás grupos de la década juntos. En efecto, su notabilísimo disco Once We Get Started (2008) bien pudiera calificarse de mini-enciclopedia de todos los estilos blancos del pop-rock de los 60. La pegatina del CD nos advierte en letras mayúsculas: NO COMPRE USTED ESTE DISCO… si no le gustan los Beach Boys, la Invasión Británica, el rock and roll americano y las melodías en general. Irresistible, ¿no?

Siendo power pop (o rock-pop, o pop-rock), The Hi-Risers no suenan tan jodidamente retros como los mencionados antes The Red Button. Estos hacen una música que parece levemente más moderna. Pero anclada en la tradición, qué duda cabe. A los estilos o géneros citados en la pegatina yo añadiría el rockabilly de “She’ll Be My Ruin”, el country Bakersfield de “18 Wheels of Love”, el rhythym and blues blanqueado de “Hole In My Heart” o el sonido chicle de “Boom Chicka Boom”. Incluso hay una canción que es hermana de varias de los Kinks, el “ATM Inside”.

Una obvia crítica que se le pueden hacer a estos grupos es que suenan como los antiguos, pero esto para ellos resultaría un halago. Como bien dijo un amigo en cierta ocasión, a propósito de las canciones de Jarabe de Palo: “si me gustan todas, ¿qué más da que sean todas iguales?” Pues eso. Que el que pasa calor oyendo música es porque quiere.

viernes, 6 de junio de 2008

Cerebro contra bajo vientre

Gran noche de rock and roll. Todavía resuenan en mi cabeza los ecos de un monstruo de dos cabezas: el concierto, primero, de Yo La Tengo y después de los New York Dolls. ¿Demasiado para el cuerpo? ¿Y qué me decís de la mente? Tengo que decir que disfruté mucho y también advertiros. No es mi intención aquí hacer la crítica de los conciertos. Para eso ya hay profesionales y además no tengo ganas. No soy fan de ninguno de los grupos, soy lo que All Music Guide tilda de “el oyente ocasional”. Mi intención es ilustrar algunas reflexiones que me asaltaron mientras veía el espectáculo.

Empecemos por el grupo de Hoboken, New Jersey. Sin ser fan sí tengo que decir que me compré su último disco, y tengo algunos más. El último lo pillé porque escuché unas canciones en Radio 3, y vi que sonaban más poperos que de costumbre. De normal Yo La Tengo me parecen ruidosos, pero tuve la suerte de verlos en directo hace diez años en Benicàssim y me resultó un espectáculo de lo más entretenido. Anoche no pensé igual, tras un par de canciones de más de diez minutos (o eso parecía) con frenéticos solos y apenas un par de acordes. Musicalmente no entro a valorarlos, estoy seguro de que son geniales. El problema es que yo voy a un concierto de rock a divertirme, no a sufrir.

No en vano All Music Guide apoda a Yo La Tengo como “critics’ darlings” (“favoritos de la crítica”). La suya es una música que se origina en un concepto muy particular del rock and roll. Pienso que el origen de este rock experimental podría trazarse hasta The Velvet Underground, y ciertas bandas psicodélicas. A la pericia instrumental se unen un gusto por el ruido, absoluta experimentación formal y tensión irónica entre el feísmo y el preciosismo (o sea, en una canción de diez minutos gritan y te agreden los oídos y en la siguiente de dos y medio sacan una flautita y una melodía deliciosa). Seguro que Yo La Tengo es uno de los mejores grupos del mundo, de los más sólidos y demás, pero para música así, interpretada además de modo solipsista (solo dijeron hola al público después de la quinta canción, y no volvieron a hablar) yo prefiero escuchar el disco tranquilo en casa, como si fuera uno de John Cage o Stockhausen.

Para mí Yo La Tengo no fueron divertidos, pero me da que en ningún momento pretendieron serlo, y eso está muy bien para ellos y sus fans. Hay, sin embargo, otro concepto del rock and roll más puro en cuanto que más ajustado a su idea original (no estoy diciendo que sea necesariamente mejor, ¿eh?). La idea aquí no es realizar música cerebral o intelectual, experimentando y enlazando con el jazz, los clásicos contemporáneos, etcétera. ¿Para qué surgió el rock? Aparte de para vender discos, surgió para excitar a la peña, para incitarlos a bailar, a tratar de enrollarse unos con otros y, en una palabra, para pasarlo bien.

New York Dolls ejemplifican –me parece- esta corriente llamémosla “hedonista” del rock. Solo muy de cuando en cuando surgen genios que aúnan las dos tendencias, caso de John Lennon, Brian Wilson, Prince o David Bowie. Los New York Dolls (o lo que queda de ellos: David Johansen y Sylvain Sylvain) fueron y son una banda de rock, y en el concierto que vi anoche no pretendieron hacer otra cosa. En mi opinión ofrecieron un espectáculo divertido, que conectó mayoritariamente con el público (a pesar del cansancio reinante). Vale, igual no se dejaron la piel sobre el escenario o ya no son tan pioneros como cuando los produjo Todd Rundgren, pero a mí me pareció que hicieron todo lo posible para divertir a la peña… y para eso habían cobrado.

Hubo división de opiniones entre mis acompañantes: algunos dijeron que era el mejor show de rock que habían visto en años y otros que les había parecido una pantomima penosa. Con Yo La Tengo las opiniones también oscilaron entre “genios” y “un coñazo”. Mientras tanto los New York Dolls facturaron esa especie de rock duro cuyos ingredientes son el punk, el rhythm and blues, el boogie sureño y el glam. Me recordaron mucho a cómo podrían haber sonado Guns N’ Roses dentro de diez años si hubieran seguido juntos (a lo mejor porque tocaron “Human Being”, que los GN’R versionaron en 1993). También tocaron “You Can’t Put Your Arms Around a Memory” en homenaje al primitivo New York Doll Johnny Thunders (¡coño, esa también la versionó Guns N’ Roses!), “Pills” de Bo Diddley (bien traída ya que el buen Diddley murió esta semana) y “Piece of My Heart” de Janis Joplin, además de sus propios clásicos.

Yo La Tengo también son mucho de versiones (beben de The Kinks o The Beach Boys) pero eso anoche brilló por su ausencia. Los New York Dolls hicieron dos bises, Yo La Tengo ninguno (ni ese detalle tuvieron). En fin, creo que ha quedado claro qué concierto me hizo vibrar más, pero no es culpa de los grupos, es que yo me inclino porque el rock sea divertido. Continuaré siguiendo a Yo La Tengo en pequeñas dosis, pero es posible que la evocación de su concierto de anoche nunca consiga arrancarme la sonrisa que me aflora al pensar en ese señor Johansen gritándole al público “¿Tenéis una crisis de personalidad?!”
 
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