Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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martes, 6 de enero de 2009

"Adriano ha llegado" (I)


El 6 de enero de 1938, en el día de la Befana (la bruja que hace las veces de Reyes Magos en Italia), la cigüeña dejó en Milán un bebé llamado Adriano Celentano. Así empezaba un preciosísimo cómic-historia sobre el cantante italiano que ocupaba todas las caras de la funda de un LP doble que tenía mi padre, recopilatorio de Celentano desde 1959 hasta 1972 (entre nosotros: su época buena). Como hoy es 6 de enero, he querido conmemorar a este grandísimo artista.

Para mí hablar de Adriano Celentano es muy complicado, se mezclan demasiados sentimientos y no puedo expresarme con claridad. Es algo así como escribir sobre Fito Páez o sobre Londres, cosas que por cierto ya he intentado en Estatuas Verdes, y siempre me dejo llevar por la hipérbole. Ahí va una: Adriano Celentano es mi artista favorito. No es así, pero como si lo fuera. Vayamos por partes pues.


Supongo que este cantante/actor/showman/inventor del chicle italiano no necesita presentación, pero por si acaso démosle una pequeña. Su campo de excelencia es la canción, dejémoslo claro desde un principio, aunque ha hecho numerosas pelis flojas (también apareció en La dolce vita -1960- de Fellini, por cierto: cantando, claro). Sería un poco tramposo decir de Celentano que es “el Elvis italiano”, pero los paralelismos con el ídolo de Memphis son muchísimos. Elvis inventó el rock and roll, Adriano tampoco. Lo de las pelis malas ya lo he dicho, y además ambos tuvieron una etapa semioscura con el advenimiento del beat inglés (que volvió su pop comercial obsoleto) para renacer luego sobre 1968 convertidos en crooners, showmen y lo que hiciera falta.

Lo que sí voy a decir alto y claro es que Adriano Celentano es el primer artista original que dio Europa en toda la era rock. El primer rockero europeo auténtico, para entendernos. Ni siquiera en Gran Bretaña (no digamos Francia, Alemania o España) tuvo nadie la visión de apropiarse de los nuevos sonidos blanquinegros y de hacer algo original y nuevo con ellos, más allá de toscas versiones en inglés. Y eso que los cuatro primeros singles de Adriano (todos de 1958, amigos!) eran toscas versiones en inglés de hits de rock and roll de Little Richard, el propio Elvis o Fats Domino. Pero este hombre enseguida se dio cuenta de que era necesario adaptar el nuevo idioma “rock” a su cultura y ya desde 1959 se lanzó a hacer rock and roll del bueno compuesto en italiano.


Para ello se rodeó siempre de excelentes compositores y arreglistas, entre ellos Del Prete y Beretta, que le componían sus cancionazas. Luego con el tiempo, Celentano llegaría a darle su primera oportunidad a autores de talla como Paolo Conte o Don Backy. Ignoro qué grado de control artístico tuvo Celentano sobre sus grabaciones y discos editados pero sospecho que alguna mano en la elección del repertorio sí que tenía. Sus primeros números 1 y megaéxitos (“Il tuo bacio è come un rock”, “Impazzivo per te”, “24 mila baci”) son un prodigio de composición, arreglos e interpretación. Estaba claro que este hombre era una máquina de hacer dinero.

Pero Celentano no se limitó a copiar o “adaptar” un solo estilo de rock USA, también exploró otros estilos siempre comerciales y bailables pero siempre de manera honesta, como el rockabilly, el doo-wop, el chachachá, las baladas, el tango o el twist. Hacia 1964-65 el hombre tuvo un pequeño bajón en la calidad de sus temas, coincidiendo con el huracán Beatles y todo lo que conllevó. Él, que a lomos del huracán Elvis (por así decirlo) se llevó por delante a toda una generación de artistas orquestales y melodiosos, debía hacer frente a la realidad de que sus cancioncillas quedaban obsoletas frente al nuevo beat, pop-rock, folk rock y demás.


Adriano supo sobreponerse a las modas en incluso en 1968 le escribió una carta al “beat” (nombre con que él se refería a todo el pop sixties) diciendo que por su culpa los jóvenes no se lavaban, se drogaban, se escapaban de casa y olvidaban a Dios. Celentano, el rockero loco que en 1959 cantaba “yo soy rebelde en el vestir, en el pensar, en el amar a mi chica” era ahora un cómodo representante de la ideología conservadora. Pero su música no sufrió. Si queréis, le dio por hablar de ecología, de superpoblación, de drogas duras, de huelgas... en plan paternalista, pero todo venía envuelto en unas canciones tan pegadizas, tan bien escritas, con tantísima garra que se le perdona todo.

Y eso por no hablar de la mayor aportación de Celentano a mi panteón pop personal. Objetivamente, su contribución a la música popular es haber traído el rock a Europa (lo siento, no fueron Cliff Richard, Johnny Halliday ni el Dúo Dinámico) pero a mí por lo que más me gusta es por sus canciones de amor. No necesariamente baladas, él siempre sabía darles un toque entre granuja y caballero que –según un amigo mío que liga mucho- tan atractivo resulta a las tías. Y los tíos supongo que veían en él más que a un donjuan competidor a un buen colega, un prototipo de romanticismo con los pies en la tierra francamente apetecible de imitar. Porque la educación sentimental nos la han dado las canciones (y las películas), ¿no lo sabíais? Mañana seguiré ahondando en la historia de Adriano Celentano, en su relevancia en mi vida y se verá el porqué del título del post.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Carnaval de luz


Los Beatles, ¡qué gran tema! Seguro que no soy el único al que se le ha ocurrido hablar hoy de ellos. Como bien escuché decir hace años a una chica en el Virgin Megastore de Miciudad, “ellos inventaron el pop”. Eso hoy día no lo discute nadie, lo que a lo mejor no era tan conocido era que también inventaron otros
estilos…

Igual que Guns N’ Roses han puesto íntegro a la escucha gratuita su último y buenísimo (ya os cogeré, a los que os habéis burlado) disco en myspace, Sir Paul McCartney, conocido orfebre de la melodía, rockero a ratos y activista vegetariano ha hecho lo mismo con su más reciente trabajo. Al parecer, la cosa se publica bajo el nombre The Fireman, una especie de grupo paralelo electrónico… la verdad es que no estoy al tanto, como tampoco me interesaron otros proyectos/idas de olla de McCartney, léase Liverpool Oratorio (1991), etc.


Durante años he visto a McCartney como un chiflado amable, ya fuese en su calidad de millonario excéntrico (no recuerdo la cifra, pero creo que gana unos 4 millones de pesetas al día), de figura de referencia en los tabloides (ese divorcio con la modelo coja), de catedrático de no comer carne (cómo estuvo esa aparición en Los Simpson dando apoyo a Lisa) pero no como el músico cuyas melodías se encuentran entre mis favoritas. Ese que nos miraba desde la contraportada del McCartney (1970) o que fue responsable de barbaridades como “Let It Be”, “Yesterday” o “Penny Lane”.

De vez en cuando, la actualidad nos devuelve a la cruda realidad: Ah, copón, que ese McCartney del que tanto hablan en Corazón, Corazón es el mismo de los Beatles!
¿O era el de Pink Floyd? Escuchemos esta noticia, que parece sacada de El Equipo A:

En 1967, cuatro componentes de un grupo de pop realizaron un tema para un festival de música de vanguardia. El obrón, titulado “Carnival of Light”, tenía una duración de 14 minutos, y representaba una improvisación sin partitura, en homenaje a Varese y Stockhausen. Si usted se empeña, y los demás miembros del grupo ya han muerto o no pintan nada, tal vez pueda publicarlo.



Diremos que afortunadamente a nadie en 1967 se le pasó por la cabeza editar semejante engendro (del que no voy a opinar por no haberlo escuchado) como música de los Beatles, pero al parecer a Paul McCartney, el alma de la obra, le dolió en su corazoncito no haber figurado en la vanguardia del rock. Pero vamos a ver, Paul… ¿tú no eras fan de Little Richard?

Sabido es que, un año después, los Beatles sí que hicieron experimentación con su magistral “Revolution 9” (gracias al invento del CD y el mando a distancia hace años que es posible saltársela sin levantarse del asiento). No contento, John Lennon se consagró como el “experimentalista” de la banda con esos discos que a partir de 1968 sacó junto a Yoko Ono a base de peos y eructos, en cuyas portadas aparecían los dos en bolas. ¿De verdad le envidiabas, McCartney?


Sé que a McCartney no le hace falta el dinero, pero también sé que cualquier cosa –sobre todo los nuevos lanzamientos- relacionada con los Beatles mueve cantidades de guita difíciles de imaginar. Me cuesta no pensar, además, que el anuncio de Paul McCartney de que “ha llegado el momento” de que el público conozca esa joya de “Carnival of Light” se encuentra muy relacionado con la edición de su nuevo disco Electric Arguments (2008). Por lo visto el disco es una maravilla, y ahora resulta que McCartney sí que fue un pionero de la escena electrónica/avant-garde inglesa de mediados de los 60. Ahora nos enteramos (desde los loops de “Tomorrow Never Knows” no se vio nada igual, ¿eh?).

Mientras tanto, a la espera quedo de que se edite o no “Carnival of Light” (temblando), y si se edita me lo compraré, como compré “Free As a Bird”, “Real Love”, el disco del Circo del Sol o cualquier milonga que nos quieran vender como “lo último de los Beatles” (soy un yonqui Beatle). Pero vamos, que no nos tomen por tontos. Que los Beatles fueron lo que fueron y son lo que son, sin hacer falta estas fantochadas. Hacían música pop, muy bonita, por cierto, y se hicieron ricos y famosos, ¿no?
 
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