Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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domingo, 31 de agosto de 2008

Meryl mola


Hace unos diítas que el buen Migue soltó en un comentario una cosa en la que tengo que darle la razón. Él dijo, a propósito de El caballero oscuro, que no era creíble perder la cabeza por Maggie Gyllenhaal. Es cruel decirlo, pero es así. Y sin embargo, qué buena actriz es la chavala, ¿no? Seguramente los chinos la hubieran puesto a ella doblando a Jessica Alba o a Megan Fox.

Salgo de ver en el cine ese divertimento músico-vocal titulado Mamma Mia! (2008) y, tranquilos, no voy a hacer la crítica, pero esto me ha decidido por fin a escribir un post que tenía pendiente desde hace casi diez meses. Se trata de hablar en términos laudatorios de otra actriz no guapa, de hecho me resulta repulsiva (lo siento) pero que actuando es lo mejor desde el chicle. Me refiero a Meryl Streep, en mi humilde opinión la mejor actriz del mundo, si definimos actriz como una señora que cobra por hacernos creer que es otras personas. Y Meryl lo es, la hijaputa, es una persona diferente cada vez.

En Mamma Mia! la peli es ella, desde luego, y lo mejor no es su vis cómica, que no es una novedad, sino su expresión corporal (vale, aceptamos “baile”) y su manera de interpretar las canciones. No es Madonna, claro, -aunque deben andar por la misma edad- ni faltona que le hace. La buena señora ha tenido catorce nominaciones a los Oscars, habiendo ganado dos, y realmente me parece muy poco para esta especie de nueva Katherine Hepburn. Cuando se muera –Dios la conserve muchos años- ya veréis cómo todo será lloverle homenajes.


Como tampoco voy a escribir aquí su carrera sino solo a dar unos apuntes de mis vivencias con sus pelis, quisiera empezar en un orden autobiográfico, no cronológico. La primera vez que oí hablar de ella fue en Esta casa es una ruina (1986), en la cual una banda de rock travesti se había llamado como ella. Luego la he ido viendo en algunas películas y, sin ser fan suyo, debo decir que me ha dejado absolutamente fascinado. Creo que en Las horas (2002) me conquistó, haciendo de Clarissa Vaughan, esa nueva Sra. Dalloway. Su papel de ama de casa insatisfecha en Los puentes de Madison (1995) tampoco es manco, tanto que por una vez me hace soportable una peli de Clint Eastwood.

Si queremos liarla parda con sus dramones, capítulo aparte merecen Memorias de África (1985) –haciendo de la inaguantable esnob Karen Blixen-, La mujer del teniente francés (1981) donde interpretaba dos postmodernos papeles y, sobre todo, La decisión de Sophie (1982): amigos, eso sí que es llorar. Por esta ganó un Oscar, y creo que el otro fue por Kramer contra Kramer (1979) que confieso que no he visto, pero estoy deseando.


También sale por ahí en Manhattan (1979), en Julia (1977), en El cazador (1978), joder, si es que esta mujer lleva más de 30 años en el candelabro… No he visto algunas de sus películas más conocidas, ya digo, pero lo que he visto me basta para dedicarle tantísimos elogios. Lo que más me gusta es su versatilidad, la capacidad que tiene para hacerte creer en cada caso que es la persona que está interpretando. Ya puede ser un dramón sobre los nazis que una comediota de mucha risa. Cómo está ese papel en La muerte os sienta tan bien (1992), o esos más recientes en Secretos compartidos (2005) –la psicóloga/suegra- o El diablo viste de Prada (2006).

Esta última peli, con su impresionante papel de Miranda Priestley (el trasunto de la despótica directora de Vogue USA Anna Wintour) fue en realidad la que me sugirió la idea para este post, que hasta ahora no le he pagado a la señora Streep. Engáñenos más, por favor, hágase usted pasar por más gente.

lunes, 31 de diciembre de 2007

La mejor noche del año


Veo en el telediario de Antena 3, ese auténtico zoco donde se da cita lo más bizarro, que la agencia de viajes Neyzen (término turco que significa “maestro de la interpretación”) ofrece paquetes de lujo para que sus elitistas clientes pasen la Nochevieja de la manera más exclusiva. Las posibilidades incluyen viajar al Polo Norte, conducir un Fórmula 1, pilotar un avión de caza o ver la tierra desde el espacio, por no nombrar lo más “trillado”: playas privadas, safaris o excursiones de submarinismo.

Estos mismo días, hemos visto en el telediario lo de todos los años: cotillones, cenas con orquesta en hoteles, macrofiestas, barra libre primeras marcas, servicio de guardarropa, asegúrense de que la fiesta tiene licencia… todo se conjura persiguiendo un único objetivo, hacer de la noche del 31 de diciembre al 1 de enero no solo la última sino la mejor noche del año. A priori no estoy en absoluto en contra de esta formulación, lo malo es que esto haya de ser así por cojones. Y la realidad nos dice que, queramos o no, la de Fin de Año no suele ser la mejor, sino una noche más.

Todo el que haya visto Memorias de África sabe cómo puede ser una Nochevieja que no mola, y para evitarlo parece que es obligatorio celebrar a lo grande el paso al nuevo año. Este imperativo a mi juicio alcanzó su paroxismo en la Nochevieja de 1999, con el tan temido “Efecto 2000” (por cierto, recomiendo el tratamiento de este tema en las series Padre de familia y Me llamo Earl). Había gente que de verdad pensaba que el mundo se iba a sumir en el caos, ¿os acordáis? Menos mal que estaba ahí Jennifer López con sus videoclips para explicarnos que no fue así.

Sé que ahora sueno como un Scrooge del Fin de Año, y muchos de los que me leéis sabéis que yo he festejado esa noche como el que más, llegando incluso a organizar fiestas. He probado de todo: cotillones, fiestas privadas, reuniones con amigos, salir de bares, botellonas en pisos, y he pasado la Nochevieja en familia, en pareja, solo, con poquita gente, rodeado de peña… bailando, cantando, bebiendo, pinchando música, jugando al Trivial… por eso sé de lo que hablo. Como diría F. Scott Fitzgerald, yo hablo del fiasco de la Nochevieja “con la autoridad que me concede el fracaso”.

Nunca la cosa resulta tan buena como se la espera, pero creo que el problema no es de la festividad en sí, ni siquiera de las celebraciones, sino de las desmesuradas expectativas que uno le pone. En la adolescencia (bueno, hoy día sé de buena tinta que hasta los niños de doce años alquilan locales para hacer fiestas, pero en mi época era otra cosa) y en la primera juventud supongo que Fin de Año tiene un componente especial, que lo da la novedad, el ir arregladitos, ellas con sus vestidazos y nosotros de traje y corbata (salvo un amigo mío que iba en chándal), salir y quedarse por ahí toda la noche.


También ayuda que el ambiente es de fiesta oficial, todo el mundo va a lo mismo, hay ganas de juerga, se bebe y se baila con desenfreno. Pero claro, si uno va y se arregla, sale, bebe y baila con desenfreno casi todos los fines de semana, y resulta que no tiene hora de volver a casa, pues ya me diréis dónde reside el encanto o la magia de esta noche en concreto. Al revés, la Nochevieja puede convertirse en una de las noches más incómodas del año, con esas colas interminables para barras/servicios/guardarropa, ese frío si vas de ruta de bares, esos tacones, esa proverbial falta de taxis… ¡brbrbrbrbr!

Continuando con las referencias audiovisuales, hay un capítulo de Cómo conocí a vuestra madre que ejemplifica a la perfección esto de lo que estoy hablando. El protagonista alquila una limusina y organiza para sus amigos una maratón de fiestas de Fin de Año planeada al minuto para que todo resulte perfecto. Al final, todo acaba siendo un desastre y terminan charlando y comiendo perritos calientes. En esa línea, yo este año todavía no tengo plan, pero me veo en mi queli comiendo uvas y tarareando la canción de Mecano “Un año más”. ¡Feliz año a todos!

 
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