Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

Mostrando entradas con la etiqueta Nick Hornby. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Nick Hornby. Mostrar todas las entradas

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Lecturas veraniegas (II): Las aventuras íntimas de Belle de Jour


Si os interesan los zorros que hablan, ved la nueva peli de Lars Von Trier. Si os interesan las zorras que escriben, seguid leyendo Estatuas Verdes.

Como parte de mi agitado programa de lecturas veraniegas adquiero en una prestigiosa librería londinense (en la sección de “Sexo”, como si fuera un puto pervertido) un curioso librito titulado Las aventuras íntimas de Belle de Jour (2005). Se trata de un diario escrito por una prostituta de lujo, primero en forma de blog y luego (en contra de la admonición de algunos), de libro. En Gran Bretaña ha constituido un pequeño fenómeno, puesto que ya hay segundo volumen de estos diarios, y una adaptación televisiva de éxito protagonizada por la “fea” Billy Piper.

Belle de Jour es el buñueliano pseudónimo de esta putica de lujo, que es ya una auctoritas en la blogosfera (ved su bitácora, si gustáis) y las columnas de opinión. La chica exhibe una vasta cultura, de hecho diríase que se esfuerza más de la cuenta por dejar muy claro que ha ido a la universidad, que es culta y leída, etc, cualidades –qué duda cabe- de gran utilidad en el mundo del puterío. Aunque quizás no sean esos los talentos más celebrados por sus clientes (vaya por Dios!), empeñados en valorar más otros relacionados con la mecánica de fluidos y los distintos orificios de su cuerpo lozano.


Sea como fuere, detecto en el relato de Belle (un diario que abarca aproximadamente ocho meses de putición) un claro tono apologético. ¿Apología de la prostitución, Porerror? Pura y dura, señora, sin ningún miramiento. Y es lógico, hasta cierto punto, que si la chiquilla se dedica a follar por dinero lo vea como una actividad aceptable, lícita, moral y hasta saludable. Pero es que esta Belle acaba haciéndote sentir culpable por no salir corriendo uno mismo a prostituirse: estamos perdiendo dinero, amigos! ¿Cómo así? Lo explicaremos.

De acuerdo con la lógica de la joven licenciada Belle (a juzgar por sus temas de conversación y su desempleo, carrera de letras), si una quiere vivir en Londres, al precio que van los abonos de transporte la única opción posible para vivir con desahogo es hacer de puta. La chica cuenta en su diario un rosario de currículos entregados y entrevistas de trabajo infructuosas, como queriendo demostrar que ella no es que quisiera ser putica, es que no le quedó más remedio.


Una vez establecido que fueron las Moiras del destino quienes la empujaron, para Belle prostituirse supone lo más maravilloso del mundo: le encantan el maquillaje y la lencería, (y, por lo que se lee entre líneas, calentar a los tíos), y cobra cantidades astronómicas por hacer algo que le resulta incluso divertido. Según Belle, todos los clientes son hombres atractivos y refinados que le ofrecen vino y le hablan de pintura italiana mientras se la meten por el culo. La verdad, al principio no me creía la mitad de la mitad, pero luego dudé porque recordé dos cosas: 1) que yo nunca he sido puta y por tanto no sé cómo está el patio, y 2) que ella se mueve en el selecto mundo de la prostitución de superlujo.

Belle de Jour, la putica que cita lo mismo al novelista Martin Amis que a la peli Cuando Harry encontró a Sally (1989), pasa por alto decirnos (pero quedan implícitos) dos detallitos que hacen de su puta vida algo bastante fácil. Por un lado, que la zagala debe estar cañonera, y por otro, que le gusta más un rabo que a un tonto un lápiz. Sin ambas características no se explicaría cómo la pava puede andar tan feliz de la muerte yendo de hotel en hotel, de zotaina sado en lluvia dorada, contentísima con los fajos de billetes que recibe y sin ningún sentimiento de degradación ni escrúpulo moral.


Pero no creáis que estas Aventuras íntimas... de una call girl londinense son una lectura porno o libertina. Material de catequesis tampoco son, pero no debemos olvidar que suponen, ante todo, el diario de una mujer. Lo de poner que es puta es para darle más morbo, pero el 60% del material del libro lo constituyen los enredos sentimentales de la chica, que si mi novio tal, que si tengo una cita con cual, que si mamá y yo vamos de compras, que si he visto un bolso monísimo en esa tienda. Algo más parecido a Sexo en Nueva York que a La Venus de las pieles, vamos.

Me gusta especialmente una reseña del libro de la revista femenina Heat: “Más Bridget Jones en un burdel que Catherine Deneuve vestida de Chanel”. Se pilla por dónde va la cosa, ¿no? El estilo es desenfadado y un poco déjà vu, la verdad: listas jocosas à la Nick Hornby, lamentos inseguros à la Bridget Jones, y en general esa fina ironía como de alguien postmoderno-que-está-de-vuelta-de-todo que detecto últimamente en toda la prensa británica. Sólo que esta que lo escribe, además es putica. Después de todo, el libro es entretenido y se deja leer, pero aviso: no es apto para mojigatos.

lunes, 17 de agosto de 2009

Lecturas veraniegas (I): Tanta gente sola


Mi madre me enseña el último libro que se ha leído: un “mamotreto” de más de 400 páginas que me semiinteresa pero claro, con esa extensión… Mis primas insisten en que me lea esos librazos tan esforzados de la trilogía negra escandinava. No hay ironía aquí: seguro que son excelentes, pero como ya he dicho en otras ocasiones, sólo con verlos me entran sudores. Ya sabéis que en Estatuas Verdes sólo se lee a los G.R.A.N.D.E.S., pero siempre en pequeñas dosis: concretamente de bolsillo y con menos de 300 páginas.

El verano es conocido por ser época de muchas lecturas, será el relajo que se supone que nos entra por el cuerpo. Me gusta comentar aquí casi todos los libros que leo, pero algunos se me pasan. En mis vacaciones he leído bastante, diría que compulsivamente, entre Camino, conciertos y catamarán he sacado bastante tiempo para comerme quince libros. Como es imposible hacer una crítica de todos pero quisiera que quede constancia, iré trayendo aquí los que me han parecido más interesantes, por uno u otro motivo.


Hoy quiero hablar de uno al que vuelvo a medida que pasan los días, se titula Tanta gente sola (2009), y el autor es Juan Bonilla. Desde que lo leí (me lo zampé en unas siete u ocho horas) no he dejado de acordarme de él, y eso por fuerza tiene que significar algo. Por eso mismo, porque contra toda lógica o racionalidad este librito parece que se me ha metido adentro, me niego a hablar de él en plan crítico literario o técnico profesional. Mucho y bueno podría decirse de Tanta gente sola en estos planos literarios, pero hoy me voy a ir de impresionista, de lector de a pie, que es lo que soy.

El libro es una colección de relatos, nueve cuentos independientes que sin embargo tienen entre sí una sutilísima ilación. Esta trabazón entre muchos de los cuentos, que se hace patente sobre todo en el último (“El lector de Perec”) resulta una absoluta delicia, ya que supone una complicidad creciente con el lector. Me explico: a lo mejor en un cuento dado se nombra algo (un cromo de fútbol, un relato de Borges…) y resulta que el siguiente cuento trata, precisamente, sobre ese algo, aún sin tener nada más que ver con el anterior relato.


Hay también personajes recurrentes, que el lector sonríe al reconocer porque construyen significado pero que realmente daría igual si se llamaran de otra manera, en realidad. Uno sobresale de entre todos, el poeta Jacinto (auto-inserción del propio Bonilla?), que aparece en creo recordar que cuatro de los relatos. En el que abre el libro “Un gran día para tus biógrafos”, el poeta es el protagonista y el narrador (en una hilarante historia en que lo invitan a recitar sus versos a una despedida de soltera). También lo es en “Fregoli” (que ya se nombró aquí).

Una muestra de que este poeta es contemplado con una distancia irónica es el título de sus poemarios: Verso perverso, Prosa porosa y Balada baladí. Jacinto también aparece en “En la azotea”, un cuento de suicidas pero con un twist, que me ha recordado a aquella obra maestra que Nick Hornby escribió sobre el mismo tema: En picado (2005). Otros cuentos muy memorables para mí han sido “Alma cargada por el diablo”, dedicado a los celos retrospectivos en una pareja (este me ha recordado a Antes de conocernos, de Julian Barnes, 1982).


“El cromo de Boronat” y “Algo más que simplemente existir” nos retrotraen al mundo de un colegio de E.G.B. en los ochenta, mi mundo, amigos, y quizá por eso me han resultado especialmente caros. “Todos contra Urbano” tiene por trasfondo el programa Cifras y Letras (no me digáis que no mola!): he aquí tres cuentos que tratan sobre la superación personal, yo diría que de muy diferente manera y desde muy diferentes puntos de vista morales.

El inevitable rincón cultureta (si obviamos el hecho de que un poeta sea personaje de varios de los cuentos) de Tanta gente sola lo hallamos en “Metaliteratura”, sobre un chaval obsesionado en llevar a la realidad el cuento de Borges “El otro” y “El lector de Perec” (acerca de uno que colecciona ejemplares del libro Me acuerdo, de Georges Perec, 1978) el relato más postmoderno del libro, en que todos los demás encuentran –en cierto modo- su significado último.


Al acabar de leer Tanta gente sola le invade a uno la agradable sensación de haberse cargado un libro bueno, pero sobre todo “que merece la pena”, y fijaos que estoy hablando de un escritor vivo, español y joven. Espero no equivocarme, me lo leí hará unas dos semanas y desde entonces me acompaña, intuyo que no me dejará. A vosotros os lo recomiendo, ojalá pudiera regalaros un ejemplar a cada uno de los que me leéis!

viernes, 28 de diciembre de 2007

Oda a la hamburguesa


Como buen lector de Nick Hornby (el de Alta fidelidad), yo soy mucho de confeccionar listas y rankings. Lo malo es que en mi familia no lo han leído y también lo son, hace unos años nos entró a todos un frenesí por dejar constancia en listas de nuestras “10____ favoritas” (sean “películas”, “canciones”, “novelas”, “obras de arte” o “comidas”: de aquella época son las listas que hay en este blog, de hecho). Pues bien, para estupor de muchos, mi lista de 10 comidas favoritas incluía a la humilde pero rotunda Hamburguesa.

Desde chiquitito he sido consumidor ocasional pero fiel de hamburguesas: McDonald’s, Burger King, Wendy’s, el snack bar de mi barrio… pero fue en 1992, en el pabellón estadounidense de la Expo de Sevilla, cuando probé mi primera hamburguesa “de verdad” y empecé a darme cuenta de que la cosa no era como me la estaban contando. Desde entonces, aunque no he abandonado las cadenas de comida rápida, he ido buscando hamburguesas de calidad, y hay que decir que, evidentemente, las mejores son las caseras. Como no siempre se tiene el tiempo ni las ganas de preparar buenas hamburguesas, es interesante saber en qué sitios se pueden encontrar.

La hamburguesa -¡sorpresa!- no es más que una tortita de carne picada frita o a la parrilla entre dos panes. Tan solo eso ya da lugar a infinitas variaciones: tipo de carne, aderezo, método de cocinarla, tipo de pan…, pero es que luego están los extras. Los más normales son la ensalada (lechuga, cebolla, tomate, pepinillo…) y el queso (americano, suizo, azul, Cheddar, Monterrey Jack…). También, por supuesto, el bacon, el huevo, los frijoles, champiñones, aguacate… una buena hamburguesa es algo muy serio, señores.

Por muy denostada que sea la gastronomía norteamericana, hay que concederle que nos ha dado esta maravilla (al menos en su forma actual), y claro que hay hamburguesas que son una porquería, igual que gazpachos o jamón serrano, depende de dónde uno vaya a comer. Para mi gusto, en España se pueden conseguir hamburguesas decentes (no baratas) en las franquicias TGIFriday’s y Foster’s Hollywood, tampoco están mal las del VIPS (esa Argentina Pampera, por Dios), o las de ciertos restaurantes Tex Mex que hay en mi ciudad.

Las mejores que he comido en mi vida (perdón por el esnobismo) fueron algunas de Estados Unidos, donde la hamburguesa puede ser un gran plato en algunos restaurantes. Recuerdo especialmente dos de sitios que no dejaban de ser franquicias: las de Nathan’s Famous y las de Fuddruckers. En este último restaurante puedes comerte una hamburguesa de hasta medio kilo, tú eliges la carne, el tipo de pan, les dices cómo la quieres hecha, tú añades los ingredientes extra que te apetezcan y la preparan delante tuya. Otra cosa que tenía su encanto era ir al drugstore local y tomarse un hamburguesón con aros de cebolla, bebiendo vanilla Coke (una coca-cola con una bola de helado de vainilla dentro).

Otra que recuerdo con cariño: este verano en Brighton (Inglaterra) tuve ocasión de comerme una hamburguesa de 18 euros (ver foto). Era de carne 100% vacuno poco hecha, y llevaba ensalada, queso brie y chutney (una especie de compota) de mango. Tenía un divertido nombre que no recuerdo, y evidentemente hubo que comérsela con patatas fritas y coca-cola. Parafraseando al personaje de Travolta en Pulp Fiction, al verla pensé “para valer dieciocho euros debe ser una hamburguesa cojonuda”. Y pardiez, ¡vaya si lo era!

martes, 27 de noviembre de 2007

Nostalgia de otros formatos (I)

Hablar el otro día del anuncio de TDK de Blade Runner (ver entrada del 24/11/07) me dio que pensar. Me acordé de la infinidad de veces en que había abierto el plastiquito rojo y negro con esas tres letras para sacar una cinta de cassette. ¿Os acordáis? Había otras marcas, sobre todo Sony, Maxell, Fuji, de vez en cuando BASF, y algunas más misteriosas que se compraban en grandes superficies. Pero, en mi casa por lo menos, las reinas eran las TDK.

Las había de diferentes tipos, para mí inescrutables: “normales”, “de hierro”, “de cromo”… lo siento pero jamás logré distinguirlas. Yo, entre los trece y los veintiocho años solo me fijaba en un criterio: su duración. Lo más extendido eran 60 o 90 minutos, pero ¿cómo olvidar aquellas de 46’, de 100’ o incluso de 120’? La leyenda urbana era que mientras más duraran eran de peor calidad, porque debían ser más finas y se rompían antes. Capaz de ser verdad, pero yo tenía una cinta de 120’ con el Mellon Collie and the Infinite Sadness de Smashing Pumpkins que lo flipabas...

En una cinta de 90’ cabían normalmente dos discos enteros, las de 60’ eran una mierda porque, o había que buscar dos discos de menos de 30 minutos o te sobraba ahí un cuarto de hora para rellenar con canciones inconexas. Pero la razón de ser de las cintas de cassette vírgenes, el motivo por el que Dios (y Philips) las trajeron al mundo fue para recopilar cintas de varios. Las cintas de varios eran fantásticas, infinitamente mejor que los CDs de varios. ¡Nada que ver! Los que no las hayáis conocido os habéis privado de algunas de las mejores experiencias que un fan de la música pueda tener.

Si las escogías con cabeza, en tu cinta de 90’ de varios te podían caber más de treinta canciones (según un amigo mío, nunca más de treinta y siete, aunque inmediatamente otro amigo común hizo una cinta con treinta y nueve, solo para fastidiarle). Traían sus etiquetitas de identificación, que había que poner rectas, y además las TDK incluían una tarjeta con unas absurdas pegatinas de adorno en plan un corazón, una estrellita, una tacita de café, un coche deportivo o una guitarra eléctrica. Y luego estaba la carátula, ese inmenso lienzo en blanco o pautado para apuntar los títulos de las canciones intentando, primero, que cupiesen y, segundo, que no se corriese la tinta. ¡Cuántas dioptrías no les deberé a los centenares de cintas de varios que grabé y decoré en mi juventud!

Por no hablar de las horas y horas empleadas para su grabación. Había que seleccionar las canciones, que normalmente se sacaban de otras cintas (originales o no, incluso grabadas de la radio), de discos de vinilo y ya modernamente de CDs. Había que estar atento a darle a grabar antes de que empezara cada canción, a que sonara la canción entera y a parar la grabación cuando acabara, y cuidadito con los errores. Si todo esto suena tedioso, es que lo era. El proceso para una cinta de 90’ solía durar una dos horas, y eso si se tenían localizadas las canciones.

Quizás alguien, leyendo esto se haya sonreído y pensado “¡qué tontería!”. Pues sabed que había hasta sus reglas para realizar una buena cinta de varios. Sin ir más lejos, el escritor inglés Nick Hornby pone en boca del narrador de su fantástica novela friki-musical Alta fidelidad (1995) que “no se puede poner música blanca y música negra juntas”, o que “no se pueden poner dos canciones del mismo artista seguidas”. Esas reglas siempre me han parecido exageradas y abiertas al gusto personal (yo, que grababa a Concha Piquer con Crowded House). Sin embargo, no podría estar más de acuerdo con Rob, el protagonista de Alta Fidelidad, cuando parafraseaba a Neil Sedaka y decía que “una buena cinta de varios, igual que romper con alguien, es difícil de hacer”.

 
click here to download hit counter code
free hit counter