Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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miércoles, 2 de septiembre de 2009

Lecturas veraniegas (II): Las aventuras íntimas de Belle de Jour


Si os interesan los zorros que hablan, ved la nueva peli de Lars Von Trier. Si os interesan las zorras que escriben, seguid leyendo Estatuas Verdes.

Como parte de mi agitado programa de lecturas veraniegas adquiero en una prestigiosa librería londinense (en la sección de “Sexo”, como si fuera un puto pervertido) un curioso librito titulado Las aventuras íntimas de Belle de Jour (2005). Se trata de un diario escrito por una prostituta de lujo, primero en forma de blog y luego (en contra de la admonición de algunos), de libro. En Gran Bretaña ha constituido un pequeño fenómeno, puesto que ya hay segundo volumen de estos diarios, y una adaptación televisiva de éxito protagonizada por la “fea” Billy Piper.

Belle de Jour es el buñueliano pseudónimo de esta putica de lujo, que es ya una auctoritas en la blogosfera (ved su bitácora, si gustáis) y las columnas de opinión. La chica exhibe una vasta cultura, de hecho diríase que se esfuerza más de la cuenta por dejar muy claro que ha ido a la universidad, que es culta y leída, etc, cualidades –qué duda cabe- de gran utilidad en el mundo del puterío. Aunque quizás no sean esos los talentos más celebrados por sus clientes (vaya por Dios!), empeñados en valorar más otros relacionados con la mecánica de fluidos y los distintos orificios de su cuerpo lozano.


Sea como fuere, detecto en el relato de Belle (un diario que abarca aproximadamente ocho meses de putición) un claro tono apologético. ¿Apología de la prostitución, Porerror? Pura y dura, señora, sin ningún miramiento. Y es lógico, hasta cierto punto, que si la chiquilla se dedica a follar por dinero lo vea como una actividad aceptable, lícita, moral y hasta saludable. Pero es que esta Belle acaba haciéndote sentir culpable por no salir corriendo uno mismo a prostituirse: estamos perdiendo dinero, amigos! ¿Cómo así? Lo explicaremos.

De acuerdo con la lógica de la joven licenciada Belle (a juzgar por sus temas de conversación y su desempleo, carrera de letras), si una quiere vivir en Londres, al precio que van los abonos de transporte la única opción posible para vivir con desahogo es hacer de puta. La chica cuenta en su diario un rosario de currículos entregados y entrevistas de trabajo infructuosas, como queriendo demostrar que ella no es que quisiera ser putica, es que no le quedó más remedio.


Una vez establecido que fueron las Moiras del destino quienes la empujaron, para Belle prostituirse supone lo más maravilloso del mundo: le encantan el maquillaje y la lencería, (y, por lo que se lee entre líneas, calentar a los tíos), y cobra cantidades astronómicas por hacer algo que le resulta incluso divertido. Según Belle, todos los clientes son hombres atractivos y refinados que le ofrecen vino y le hablan de pintura italiana mientras se la meten por el culo. La verdad, al principio no me creía la mitad de la mitad, pero luego dudé porque recordé dos cosas: 1) que yo nunca he sido puta y por tanto no sé cómo está el patio, y 2) que ella se mueve en el selecto mundo de la prostitución de superlujo.

Belle de Jour, la putica que cita lo mismo al novelista Martin Amis que a la peli Cuando Harry encontró a Sally (1989), pasa por alto decirnos (pero quedan implícitos) dos detallitos que hacen de su puta vida algo bastante fácil. Por un lado, que la zagala debe estar cañonera, y por otro, que le gusta más un rabo que a un tonto un lápiz. Sin ambas características no se explicaría cómo la pava puede andar tan feliz de la muerte yendo de hotel en hotel, de zotaina sado en lluvia dorada, contentísima con los fajos de billetes que recibe y sin ningún sentimiento de degradación ni escrúpulo moral.


Pero no creáis que estas Aventuras íntimas... de una call girl londinense son una lectura porno o libertina. Material de catequesis tampoco son, pero no debemos olvidar que suponen, ante todo, el diario de una mujer. Lo de poner que es puta es para darle más morbo, pero el 60% del material del libro lo constituyen los enredos sentimentales de la chica, que si mi novio tal, que si tengo una cita con cual, que si mamá y yo vamos de compras, que si he visto un bolso monísimo en esa tienda. Algo más parecido a Sexo en Nueva York que a La Venus de las pieles, vamos.

Me gusta especialmente una reseña del libro de la revista femenina Heat: “Más Bridget Jones en un burdel que Catherine Deneuve vestida de Chanel”. Se pilla por dónde va la cosa, ¿no? El estilo es desenfadado y un poco déjà vu, la verdad: listas jocosas à la Nick Hornby, lamentos inseguros à la Bridget Jones, y en general esa fina ironía como de alguien postmoderno-que-está-de-vuelta-de-todo que detecto últimamente en toda la prensa británica. Sólo que esta que lo escribe, además es putica. Después de todo, el libro es entretenido y se deja leer, pero aviso: no es apto para mojigatos.

jueves, 11 de diciembre de 2008

Los estados carenciales


De vez en cuando se agradece un libro fácil de leer pero que no sea ramplón, que no deje de aportarte algo. Es el caso de la novela Los estados carenciales (2002) de Ángela Vallvey. Este libro le valió a su autora el Premio Nadal de aquel año, y aunque confieso que no he leído Nada (1944) de Carmen Laforet, no puedo evitar pensar en cuánto ha cambiado la sociedad española –y en especial la situación de la mujer- desde aquella primera ganadora del Nadal hasta doña Vallvey.

¿Es un libro de y para mujeres? Para nada, pero sospecho que encierra una carga femenina que a mí se me ha escapado por ser tío. Describámoslo cursimente como una poesía o un ritmo interno secretos que a mí se me han escapado en ocasiones, pese a ser plenamente consciente de que estaban ahí (algo parecido a escuchar una conversación a través de una pared: te enteras de todo lo esencial pero te pierdes cosas). Lo que no se entiende del todo siempre resulta fascinante, más que lo que no deja resquicios o cabos sueltos. Y tiene la ventaja de que, al entenderse, no te deja sensación de ser idiota.



Como os he visto nerviosos al nombrar a Ángela Vallvey deseo tranquilizaros: ella parece ser de derechas, pero es tertuliana de Cuatro o sea que los progres la podéis leer sin problema. Por otro lado atisbo que la suya es una escritura muy femenina (si es que eso existe) pero en ningún caso llega a ser feminista: los que seáis más conservadores tampoco habéis de temer nada con esta mujer. Es Los estados carenciales un libro que pretende ser una disertación novelada acerca de la Felicidad, lo cual no es decir poco. Y felices –o infelices- podemos ser todos, todo el mundo tiene intuiciones de lo que es o no ser feliz, y pienso que en eso radica gran parte del éxito del libro: que puedes llegar a sentirte emocionalmente implicado.

Me acerqué a esta novela movido por la errónea impresión de que era una sátira de los libros de autoayuda, cosa que no es, pero no hay mal que por bien no venga (un inciso, si queréis una sátira cojonuda de la autoayuda leed las dos partes de El diario de Bridget Jones -1996 y 1999-: obras maestras en su género). Más que la autoayuda (psicología barata) este libro indaga en la filosofía barata y la propone como medio lícito de investigar acerca de la Felicidad, que a veces equipara al Bien. Lo que salva Los estados carenciales de ser solo filosofía barata es que se sustenta sobre un andamiaje de Filosofía de “pata negra”, convenientemente descafeinado aquí por la autora para ponerlo al servicio de su trama de amores y relaciones. En otras palabras, esto no es Lo mejor que le puede pasar a un cruasán (2001, Pablo Tusset), aquí se ha leído a Schopenhauer, Séneca, Epicuro, Diógenes, etc.


Sin embargo, no se me asusten. Aunque Los estados carenciales tiene sus cositas curiosas en cuanto a estilo y estructura (varias partes a lo postmoderno -aunque cronológicas-, leves cambios de voz y punto de vista, adjetivación valiente) no es un libro vanguardista ni sesudo, es muy fácil de leer. Tiene lo mejor de ambos mundos: la suficiente trama de amores, rencores, sexo, humor, relaciones, costumbrismo, realismo sucio de marcas de yogur, que se le pide a un best-seller junto con un mínimo de rigor intelectual, píldoras filosófico-reflexivas y dignidad en el estilo literario. En resumen, Ángela Vallvey ha querido hacer Literatura, estoy seguro, pero también tiene que comer la señora.

De todos modos hay un detalle que me fascina y no sé si me preocupa. Leo pocos libros españoles, pero todos los que leo encuentro que son como las pelis españolas: relaciones truncadas, amigotes, cama, gin-tonics, artistas frustrados, más cama, algún minimisterio que le dé emoción… y todos parecen tener un ojo puesto en la gran pantalla, ser fácilmente adaptables a guiones de cine. Le ocurre a David Trueba –admitámoslo-, le ocurría al citado Tusset, le ocurre a Vallvey. Me reitero: se ve que de algo tiene que comer esta gente.


Por último, quisiera detenerme en el humor, para mí lo más importante de cualquier libro. El humor o su ausencia y el tratamiento que se les dé es lo que a mi juicio hace o desbarata una obra de arte. Los estados carenciales tiene presente el humor, pero está puesto de una manera que a mí no me acaba de satisfacer. Es como una tostada con muy poquita mantequilla: de acuerdo, la mantequilla está ahí, y engorda poco, pero no te acabas de relamer. No es que piense que todos los libros hayan de ser graciosos ni de comedia, pero sí que este (el mencionado humor) es un elemento imprescindible, y, ya que presente, debe estar bien dispuesto. Pero es un defecto nimio, en realidad esta novela se preocupa de otras cosas mayoritariamente antes que del humor: de la vida, de la Felicidad y de cómo encontrarla.

No he hablado de la trama y es a propósito: no creo que aportara mucho a mi crítica. Básteos saber que si os interesan los libros en plan Más Platón y menos Prozac, Lo que Platón le diría a Woody Allen, Más Woody Allen y menos Platón y los de esta onda, y si sois “personas humanas” que se esfuerzan por ser felices, a lo mejor este libro es para vosotros. Para mí, desde luego (en pequeñas dosis): leeré más de esta autora.
 
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