Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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martes, 26 de mayo de 2009

"Estás más gordo"


Hoy me estaba partiendo el ojete mientras levantaba hierro en el gimnasio. Amiga burra que ahora rebuznas con desafuero al filo de la medianoche cosiquesa, ¿a que tú también te ríes? (Solo te pido que, en la medida de lo posible, te prives de dar rebuznos a partir de la una, más que nada por dormir y esas cosas… una mala costumbre que arrastro de mis años de vida urbana). Hoy me estaba riendo, con cada dolor que sentía en cada músculo que estaba trabajando. Hace meses que no me peso, y francamente, no me voy a pesar, pero los agujeritos del cinturón no mienten, y ayer gané otro…

Hay frases, amigos, que nunca en la historia de la Humanidad pueden quedar bien. Una de ellas es “Te estás quedando calvo”. ¿Cuándo convendrá esa frase? Decídmelo vosaltres si podéis. Otra, mi favorita, es “Estás más gordo”. Analicemos. Si un interlocutor te dice que estás más gordo solo caben dos posibilidades: A) que sea verdad, en cuyo caso, caben dos posibilidades: A1) que tú ya te hayas dado cuenta o A2) que tú no hayas reparado. Si A1), ¿qué beneficio se saca en refregártelo por la cara? El placer de ser un gran fisonomista, o una de esas personas que ganan premios en la barracas de feria acertando el peso exacto de un jamón. Si A2), a la persona que se lo haces ver te aseguro que no le vas a alegrar el día.



Vamos a ver, si tú no eres endocrino ni dietista, ni nutricionista, ni nutrólogo, ¿a qué viene hacer ese comentario? Máxime cuando tu opinión al respecto no ha sido requerida (“Oye, ¿cómo me ves, estoy más gordo?”), ¿no será que no tienes otra cosa de la que hablar y/o eres un tocahuevos fenomenal? Ya lo estoy viendo: “¡Guau! Amigo, gracias mil por hacerme ver que he engordado, ahora me siento mejor gracias a tus francas y acertadas palabras, que sin duda me han de servir de acicate para ponerme a perder inmediatamente estos kilillos de más que tú –oh, ser perspicaz- te has dado cuenta que he cogido”. I don’t think so!

Posibilidad B), que no sea verdad que la persona interpelada esté más gorda, que pese exactamente igual o incluso menos. Pero a ti te han visto raro, y en vez de decirte “¿Te has hecho algo en el pelo?”, “Te veo cambiado” o “¿Por qué ahora eres del Barça y bebes cerveza?”, te sueltan directamente lo de “Estás más gordo”, que es una pésima manera de afectar interés por la salud de la persona y el hecho de que se está pendiente de ella. Sobre todo si hace tiempo que no te veían. Pero tú, qué, ¿que llevabas una tabla con mi peso, cabrón?


Si me estrujo mucho el magín (¿y qué no haré por mis lectores?), puedo llegar con esfuerzo a conceptualizar dos situaciones hipotéticas en las cuales la aseveración “Estás más gordo” sería bien recibida. Caso 1) El sujeto es un superviviente de Auschwitz. Caso 2) El sujeto viene padeciendo de anorexia nerviosa. Como gracias a Dios ninguno de los dos es mi caso, figuraos mi estupor (realmente, no me sirve otro sustantivo) cuando el viernes pasado acudo con toda mi buena fe a una comida con antiguos compañeros de trabajo y uno de ellos me espeta a bocajarro: “Tú estás más gordo”. Y me deshago en explicaciones de todo tipo, da la puta casualidad de que no solo no estoy más gordo (¿más que cuando?) sino que peso menos y estoy más fuerte.

Y le cuento que sin ir más a lejos la tarde antes le di la vuelta a Cosica corriendo, a la hora de más sol, sorteando perros, cabras, ovejas, caballos, todoterrenos de la Guardia Civil y autocares de línea. Y que luego me inflé de hacer abdominales, y que llevo tiempo haciendo bla bla y bla bla…. todo para nada. Porque como a mí me encanta jalar, sabido es, ya ha quedado dictaminado por mi ex colega que lo que estoy es más gordo. Sin duda debido a que, claro, vivo en la sierra y allí me harto de comer todos los días buenas chacinas ibéricas. Claro que sí, amigo! ¿No es precioso cómo la gente se monta ella sola en su cabeza sus películas?


Visto lo visto, abandono cualquier tentativa de racionalidad o de explicarle, por ejemplo, que Cosica no está en ninguna sierra y que yo aquí como pollo a la plancha. Pero, ¿quién soy yo para robarle las ilusiones a este hombre, con lo que está disfrutando? De manera que lo tengo decidido: sí a todo, y al próximo que me encuentre y me vuelva a decir que estoy más gordo, sea o no verdad, le espetaré sin dudarlo: “Como una auténtica foca, oiga”.

viernes, 28 de diciembre de 2007

Oda a la hamburguesa


Como buen lector de Nick Hornby (el de Alta fidelidad), yo soy mucho de confeccionar listas y rankings. Lo malo es que en mi familia no lo han leído y también lo son, hace unos años nos entró a todos un frenesí por dejar constancia en listas de nuestras “10____ favoritas” (sean “películas”, “canciones”, “novelas”, “obras de arte” o “comidas”: de aquella época son las listas que hay en este blog, de hecho). Pues bien, para estupor de muchos, mi lista de 10 comidas favoritas incluía a la humilde pero rotunda Hamburguesa.

Desde chiquitito he sido consumidor ocasional pero fiel de hamburguesas: McDonald’s, Burger King, Wendy’s, el snack bar de mi barrio… pero fue en 1992, en el pabellón estadounidense de la Expo de Sevilla, cuando probé mi primera hamburguesa “de verdad” y empecé a darme cuenta de que la cosa no era como me la estaban contando. Desde entonces, aunque no he abandonado las cadenas de comida rápida, he ido buscando hamburguesas de calidad, y hay que decir que, evidentemente, las mejores son las caseras. Como no siempre se tiene el tiempo ni las ganas de preparar buenas hamburguesas, es interesante saber en qué sitios se pueden encontrar.

La hamburguesa -¡sorpresa!- no es más que una tortita de carne picada frita o a la parrilla entre dos panes. Tan solo eso ya da lugar a infinitas variaciones: tipo de carne, aderezo, método de cocinarla, tipo de pan…, pero es que luego están los extras. Los más normales son la ensalada (lechuga, cebolla, tomate, pepinillo…) y el queso (americano, suizo, azul, Cheddar, Monterrey Jack…). También, por supuesto, el bacon, el huevo, los frijoles, champiñones, aguacate… una buena hamburguesa es algo muy serio, señores.

Por muy denostada que sea la gastronomía norteamericana, hay que concederle que nos ha dado esta maravilla (al menos en su forma actual), y claro que hay hamburguesas que son una porquería, igual que gazpachos o jamón serrano, depende de dónde uno vaya a comer. Para mi gusto, en España se pueden conseguir hamburguesas decentes (no baratas) en las franquicias TGIFriday’s y Foster’s Hollywood, tampoco están mal las del VIPS (esa Argentina Pampera, por Dios), o las de ciertos restaurantes Tex Mex que hay en mi ciudad.

Las mejores que he comido en mi vida (perdón por el esnobismo) fueron algunas de Estados Unidos, donde la hamburguesa puede ser un gran plato en algunos restaurantes. Recuerdo especialmente dos de sitios que no dejaban de ser franquicias: las de Nathan’s Famous y las de Fuddruckers. En este último restaurante puedes comerte una hamburguesa de hasta medio kilo, tú eliges la carne, el tipo de pan, les dices cómo la quieres hecha, tú añades los ingredientes extra que te apetezcan y la preparan delante tuya. Otra cosa que tenía su encanto era ir al drugstore local y tomarse un hamburguesón con aros de cebolla, bebiendo vanilla Coke (una coca-cola con una bola de helado de vainilla dentro).

Otra que recuerdo con cariño: este verano en Brighton (Inglaterra) tuve ocasión de comerme una hamburguesa de 18 euros (ver foto). Era de carne 100% vacuno poco hecha, y llevaba ensalada, queso brie y chutney (una especie de compota) de mango. Tenía un divertido nombre que no recuerdo, y evidentemente hubo que comérsela con patatas fritas y coca-cola. Parafraseando al personaje de Travolta en Pulp Fiction, al verla pensé “para valer dieciocho euros debe ser una hamburguesa cojonuda”. Y pardiez, ¡vaya si lo era!

martes, 20 de noviembre de 2007

Gastronomía británica


El pasado viernes 16 de noviembre, Carlos Herrera decía en un artículo del ABC lo siguiente:
Un viejo infundio dice que hay dos cosas que aún no se han podido hacer efectivas en la historia de la humanidad: escribir un libro sobre la gastronomía británica y demostrar la valentía de un militar italiano.

Admito que como gracia está muy bien, y constato en el seno de mi propia familia que no falta gente que sustente la primera opinión (sobre la segunda, no diré nada por pudor). ¿Y yo que sigo pensando que la comida británica mola?

Veamos lo que dicen al respecto otros expertos. Según la Guía "Xenófobo" de los ingleses (escrita por dos ingleses), en Inglaterra han sido y son cautos culinariamente hablando debido a su herencia puritana. Debido a esto, existe la "clara idea de que los platos elaborados y atractivos no pueden ser ni buenos ni honestos".

Según el escritor inglés Somerset Maugham (el de El velo pintado y otras), "para comer bien en Inglaterra hay que desayunar tres veces al día". Aparte de mucha coña, la frase encierra una gran verdad, y el que no se lo crea que mire la foto de arriba. Están los huevos (fritos, revueltos, cocidos...), el bacon, las salchichas de varios tipos, el tomate escaldado, los champiñones, la morcilla, las alubias con tomate, las tostadas con mantequilla y mermelada, café, té, zumos, gachas... Yo personalmente, cuando vivía en Inglaterra desayunaba en ese plan y ya no volvía a comer hasta la hora de la cena... las 6 de la tarde, claro.
Otra fábula que corre por ahí es que "la cocina británica" no existe, sino que es una mezcla de cocina india, china, turca, italiana, comida basura yanki, restaurantes caros franceses.... gran injusticia. ¿Que no existe la cocina británica? ¿Y los fish 'n' chips? ¿Y la tostada con alubias en salsa de tomate? ¿Y el bocadillo de patatas fritas?

No, hablando en serio. La gastronomía británica existe y es rica y variada. Lo que ocurre es que si uno va de turista a un Londres o de intercambio veraniego con una cutre-familia lo más probable es que ni la huela. Con un poquito de interés y curiosidad uno va comprobando que hay fish 'n' chips y fish 'n' chips, estupendos pies de carne, dulces de escándalo (crumbles de manzana, scones, bizcocho de zanahoria...) y que el té está rico, incluso sin leche ni azúcar.

Ayer mismo tomé un sencillísimo postre inglés llamado fruit fool, superfácil y que os recomiendo probar: simplemente es puré de frutas (en mi caso kiwi y plátano) con una capa de nata montada por encima, y se sirve muy frío.

Si por un casual no os he convencido de las bondades de la cocina del Reino Unido, me consolaré con otra cita, esta vez de Jacques Chirac: "Gran Bretaña es el país con la peor comida, después de Finlandia". De los franceses hablaremos otro día.
 
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