
Hoy me estaba partiendo el ojete mientras levantaba hierro en el gimnasio. Amiga burra que ahora rebuznas con desafuero al filo de la medianoche cosiquesa, ¿a que tú también te ríes? (Solo te pido que, en la medida de lo posible, te prives de dar rebuznos a partir de la una, más que nada por dormir y esas cosas… una mala costumbre que arrastro de mis años de vida urbana). Hoy me estaba riendo, con cada dolor que sentía en cada músculo que estaba trabajando. Hace meses que no me peso, y francamente, no me voy a pesar, pero los agujeritos del cinturón no mienten, y ayer gané otro…
Hay frases, amigos, que nunca en la historia de la Humanidad pueden quedar bien. Una de ellas es “Te estás quedando calvo”. ¿Cuándo convendrá esa frase? Decídmelo vosaltres si podéis. Otra, mi favorita, es “Estás más gordo”. Analicemos. Si un interlocutor te dice que estás más gordo solo caben dos posibilidades: A) que sea verdad, en cuyo caso, caben dos posibilidades: A1) que tú ya te hayas dado cuenta o A2) que tú no hayas reparado. Si A1), ¿qué beneficio se saca en refregártelo por la cara? El placer de ser un gran fisonomista, o una de esas personas que ganan premios en la barracas de feria acertando el peso exacto de un jamón. Si A2), a la persona que se lo haces ver te aseguro que no le vas a alegrar el día.

Vamos a ver, si tú no eres endocrino ni dietista, ni nutricionista, ni nutrólogo, ¿a qué viene hacer ese comentario? Máxime cuando tu opinión al respecto no ha sido requerida (“Oye, ¿cómo me ves, estoy más gordo?”), ¿no será que no tienes otra cosa de la que hablar y/o eres un tocahuevos fenomenal? Ya lo estoy viendo: “¡Guau! Amigo, gracias mil por hacerme ver que he engordado, ahora me siento mejor gracias a tus francas y acertadas palabras, que sin duda me han de servir de acicate para ponerme a perder inmediatamente estos kilillos de más que tú –oh, ser perspicaz- te has dado cuenta que he cogido”. I don’t think so!
Posibilidad B), que no sea verdad que la persona interpelada esté más gorda, que pese exactamente igual o incluso menos. Pero a ti te han visto raro, y en vez de decirte “¿Te has hecho algo en el pelo?”, “Te veo cambiado” o “¿Por qué ahora eres del Barça y bebes cerveza?”, te sueltan directamente lo de “Estás más gordo”, que es una pésima manera de afectar interés por la salud de la persona y el hecho de que se está pendiente de ella. Sobre todo si hace tiempo que no te veían. Pero tú, qué, ¿que llevabas una tabla con mi peso, cabrón?

Si me estrujo mucho el magín (¿y qué no haré por mis lectores?), puedo llegar con esfuerzo a conceptualizar dos situaciones hipotéticas en las cuales la aseveración “Estás más gordo” sería bien recibida. Caso 1) El sujeto es un superviviente de Auschwitz. Caso 2) El sujeto viene padeciendo de anorexia nerviosa. Como gracias a Dios ninguno de los dos es mi caso, figuraos mi estupor (realmente, no me sirve otro sustantivo) cuando el viernes pasado acudo con toda mi buena fe a una comida con antiguos compañeros de trabajo y uno de ellos me espeta a bocajarro: “Tú estás más gordo”. Y me deshago en explicaciones de todo tipo, da la puta casualidad de que no solo no estoy más gordo (¿más que cuando?) sino que peso menos y estoy más fuerte.
Y le cuento que sin ir más a lejos la tarde antes le di la vuelta a Cosica corriendo, a la hora de más sol, sorteando perros, cabras, ovejas, caballos, todoterrenos de la Guardia Civil y autocares de línea. Y que luego me inflé de hacer abdominales, y que llevo tiempo haciendo bla bla y bla bla…. todo para nada. Porque como a mí me encanta jalar, sabido es, ya ha quedado dictaminado por mi ex colega que lo que estoy es más gordo. Sin duda debido a que, claro, vivo en la sierra y allí me harto de comer todos los días buenas chacinas ibéricas. Claro que sí, amigo! ¿No es precioso cómo la gente se monta ella sola en su cabeza sus películas?

Visto lo visto, abandono cualquier tentativa de racionalidad o de explicarle, por ejemplo, que Cosica no está en ninguna sierra y que yo aquí como pollo a la plancha. Pero, ¿quién soy yo para robarle las ilusiones a este hombre, con lo que está disfrutando? De manera que lo tengo decidido: sí a todo, y al próximo que me encuentre y me vuelva a decir que estoy más gordo, sea o no verdad, le espetaré sin dudarlo: “Como una auténtica foca, oiga”.
Hay frases, amigos, que nunca en la historia de la Humanidad pueden quedar bien. Una de ellas es “Te estás quedando calvo”. ¿Cuándo convendrá esa frase? Decídmelo vosaltres si podéis. Otra, mi favorita, es “Estás más gordo”. Analicemos. Si un interlocutor te dice que estás más gordo solo caben dos posibilidades: A) que sea verdad, en cuyo caso, caben dos posibilidades: A1) que tú ya te hayas dado cuenta o A2) que tú no hayas reparado. Si A1), ¿qué beneficio se saca en refregártelo por la cara? El placer de ser un gran fisonomista, o una de esas personas que ganan premios en la barracas de feria acertando el peso exacto de un jamón. Si A2), a la persona que se lo haces ver te aseguro que no le vas a alegrar el día.

Vamos a ver, si tú no eres endocrino ni dietista, ni nutricionista, ni nutrólogo, ¿a qué viene hacer ese comentario? Máxime cuando tu opinión al respecto no ha sido requerida (“Oye, ¿cómo me ves, estoy más gordo?”), ¿no será que no tienes otra cosa de la que hablar y/o eres un tocahuevos fenomenal? Ya lo estoy viendo: “¡Guau! Amigo, gracias mil por hacerme ver que he engordado, ahora me siento mejor gracias a tus francas y acertadas palabras, que sin duda me han de servir de acicate para ponerme a perder inmediatamente estos kilillos de más que tú –oh, ser perspicaz- te has dado cuenta que he cogido”. I don’t think so!
Posibilidad B), que no sea verdad que la persona interpelada esté más gorda, que pese exactamente igual o incluso menos. Pero a ti te han visto raro, y en vez de decirte “¿Te has hecho algo en el pelo?”, “Te veo cambiado” o “¿Por qué ahora eres del Barça y bebes cerveza?”, te sueltan directamente lo de “Estás más gordo”, que es una pésima manera de afectar interés por la salud de la persona y el hecho de que se está pendiente de ella. Sobre todo si hace tiempo que no te veían. Pero tú, qué, ¿que llevabas una tabla con mi peso, cabrón?

Si me estrujo mucho el magín (¿y qué no haré por mis lectores?), puedo llegar con esfuerzo a conceptualizar dos situaciones hipotéticas en las cuales la aseveración “Estás más gordo” sería bien recibida. Caso 1) El sujeto es un superviviente de Auschwitz. Caso 2) El sujeto viene padeciendo de anorexia nerviosa. Como gracias a Dios ninguno de los dos es mi caso, figuraos mi estupor (realmente, no me sirve otro sustantivo) cuando el viernes pasado acudo con toda mi buena fe a una comida con antiguos compañeros de trabajo y uno de ellos me espeta a bocajarro: “Tú estás más gordo”. Y me deshago en explicaciones de todo tipo, da la puta casualidad de que no solo no estoy más gordo (¿más que cuando?) sino que peso menos y estoy más fuerte.
Y le cuento que sin ir más a lejos la tarde antes le di la vuelta a Cosica corriendo, a la hora de más sol, sorteando perros, cabras, ovejas, caballos, todoterrenos de la Guardia Civil y autocares de línea. Y que luego me inflé de hacer abdominales, y que llevo tiempo haciendo bla bla y bla bla…. todo para nada. Porque como a mí me encanta jalar, sabido es, ya ha quedado dictaminado por mi ex colega que lo que estoy es más gordo. Sin duda debido a que, claro, vivo en la sierra y allí me harto de comer todos los días buenas chacinas ibéricas. Claro que sí, amigo! ¿No es precioso cómo la gente se monta ella sola en su cabeza sus películas?

Visto lo visto, abandono cualquier tentativa de racionalidad o de explicarle, por ejemplo, que Cosica no está en ninguna sierra y que yo aquí como pollo a la plancha. Pero, ¿quién soy yo para robarle las ilusiones a este hombre, con lo que está disfrutando? De manera que lo tengo decidido: sí a todo, y al próximo que me encuentre y me vuelva a decir que estoy más gordo, sea o no verdad, le espetaré sin dudarlo: “Como una auténtica foca, oiga”.



