
(Este post fue escrito el pasado 6 de julio en Madrid)
Apenas estoy en Madrid el tiempo de un cambio de trenes, pero me da lugar a acercarme al Bernabeu, siempre atento a la época que me ha tocado vivir. Ya el otro día el buen Susu desenmascaró que en realidad Estatuas Verdes lo escribe Cervantes, y es sabido que en su día Cervantes se dio un garbeo por el túmulo de Felipe II para ver in situ en qué habían quedado tanto poder en vida y tanta gloria.
De similar modo, yo hoy me acerco a ver ese circo de dinero y sudores ajenos que alguien dio en llamar “fútbol”. Este espectáculo tiene también su anfiteatro máximo, en este caso el estadio Bernabeu, donde esta tarde los leones se van a comer a un cristiano. Desde varias manzanas antes distingo una auténtica riada de personas vestidas de blanco y/o morado: con el calor afloran camisetas y equipaciones más o menos oficiales de todas las temporadas habidas y por haber.

A medida que voy andando solo por la Castellana (joder, me siento Rosa León), la gran riada va haciéndose más compacta. Aparecen camisetas de la selección de Portugal (C. Ronaldo 17); veo a preadolescentes “princesas” madridistas que se han rotulado en el brazo idéntica leyenda: CR9, salpimentada con corazones, estrellitas y signos de admiración; hasta veo a una chica con muletas, ¿esperará que el buen C. Ronaldo le imponga las manos y la saque de su dolencia?
Me permito esta broma porque veo que no es minusválida, solo accidentada. Pero hay algo de acertado en mi conjetura, este Cristiano es más que un futbolista para esta gente, es un mesías. Sus ojos te lo dicen: esperan el milagro de los títulos tras una temporada de sequía especialmente dolorosa. Son la nación madridista, convertida en masa al nuevo cristianismo. Hoy consagran en su templo a Cristiano Ronaldo, el “deseado”. ¿Le harán abjurar del Barça, de su pompa y de sus obras (por si acaso)?
Yo no me burlo ni los desprecio, ojo: con lo friki que soy, si me fuera algo en ello seguramente sería el primero en acudir a un ritual así. Las inmediaciones del campo del Madrid hierven de camisetas, puestos de bufandas, banderolas y medios de comunicación: cuando llego a dieciséis unidades móviles dejo de contar. La gente hace cola (la entrada al acto de presentación del jugador es gratuita), se apelotonan contra los vomitorios, aúllan, rugen y braman: es el paroxismo de la tribu.

Los luminosos del estadio me informan de que la presentación del jugador será a las 21:00, con apertura de puertas a las 19:00. Miro el reloj y son las cinco y media: aún faltan más de tres horas para que dé comienzo el carnaval, y esto ya está que rebosa. No me da tiempo a quedarme, además ya tengo material de sobra para el post. Me largo a una cafetería cercana a escribirlo en caliente, así en crudaco, como se hacen estas cosas. Con lo que he visto, me voy del Bernabeu espantado (en el sentido portugués de asombrado). En buena hora se sacie la sed de esta gente, sea presentado Cristiano Ronaldo, el cani, el atleta, ultraman, el futbolista destinado a acabar con todos los futbolistas. Así sea.
Apenas estoy en Madrid el tiempo de un cambio de trenes, pero me da lugar a acercarme al Bernabeu, siempre atento a la época que me ha tocado vivir. Ya el otro día el buen Susu desenmascaró que en realidad Estatuas Verdes lo escribe Cervantes, y es sabido que en su día Cervantes se dio un garbeo por el túmulo de Felipe II para ver in situ en qué habían quedado tanto poder en vida y tanta gloria.
De similar modo, yo hoy me acerco a ver ese circo de dinero y sudores ajenos que alguien dio en llamar “fútbol”. Este espectáculo tiene también su anfiteatro máximo, en este caso el estadio Bernabeu, donde esta tarde los leones se van a comer a un cristiano. Desde varias manzanas antes distingo una auténtica riada de personas vestidas de blanco y/o morado: con el calor afloran camisetas y equipaciones más o menos oficiales de todas las temporadas habidas y por haber.

A medida que voy andando solo por la Castellana (joder, me siento Rosa León), la gran riada va haciéndose más compacta. Aparecen camisetas de la selección de Portugal (C. Ronaldo 17); veo a preadolescentes “princesas” madridistas que se han rotulado en el brazo idéntica leyenda: CR9, salpimentada con corazones, estrellitas y signos de admiración; hasta veo a una chica con muletas, ¿esperará que el buen C. Ronaldo le imponga las manos y la saque de su dolencia?
Me permito esta broma porque veo que no es minusválida, solo accidentada. Pero hay algo de acertado en mi conjetura, este Cristiano es más que un futbolista para esta gente, es un mesías. Sus ojos te lo dicen: esperan el milagro de los títulos tras una temporada de sequía especialmente dolorosa. Son la nación madridista, convertida en masa al nuevo cristianismo. Hoy consagran en su templo a Cristiano Ronaldo, el “deseado”. ¿Le harán abjurar del Barça, de su pompa y de sus obras (por si acaso)?
Yo no me burlo ni los desprecio, ojo: con lo friki que soy, si me fuera algo en ello seguramente sería el primero en acudir a un ritual así. Las inmediaciones del campo del Madrid hierven de camisetas, puestos de bufandas, banderolas y medios de comunicación: cuando llego a dieciséis unidades móviles dejo de contar. La gente hace cola (la entrada al acto de presentación del jugador es gratuita), se apelotonan contra los vomitorios, aúllan, rugen y braman: es el paroxismo de la tribu.

Los luminosos del estadio me informan de que la presentación del jugador será a las 21:00, con apertura de puertas a las 19:00. Miro el reloj y son las cinco y media: aún faltan más de tres horas para que dé comienzo el carnaval, y esto ya está que rebosa. No me da tiempo a quedarme, además ya tengo material de sobra para el post. Me largo a una cafetería cercana a escribirlo en caliente, así en crudaco, como se hacen estas cosas. Con lo que he visto, me voy del Bernabeu espantado (en el sentido portugués de asombrado). En buena hora se sacie la sed de esta gente, sea presentado Cristiano Ronaldo, el cani, el atleta, ultraman, el futbolista destinado a acabar con todos los futbolistas. Así sea.