Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Watchmen: La gran cosa (I)


Cuando el 29 de agosto empecé a leerme la novela gráfica Watchmen (1986-87, de Alan Moore y Dave Gibbons) tenía superclaro que quería terminármela pronto por un motivo: escribir este post. ¿Cómo así, Porerror? Señora, porque es lo mejor desde el chicle. ¿No quedamos en que lo mejor era la serie Perdidos? Pues, en cierto, modo, podría decirse que Perdidos es lo mejor desde Watchmen (y por cierto, que tienen cosillas en común).

Meses ha que el buen Grillo Solitario me daba la tabarra (en el buen sentido) para que me leyera yo Watchmen, sabiendo como sabía, el mamón, que me iba a encantar. Ahora comprendo por qué me sacaba a relucir este cómic cada vez que en Estatuas Verdes se hablaba de superhéroes, sea Batman, Iron Man o La Patrulla-X. Ahora comprendo tantas cosas… Lo que más me ha impresionado de esta obra es su talla, a continuación paso a explicarme.

Los tebeos molan, pero sinceramente, nunca he pensado que pudiesen ser fuente de conocimiento. En otras palabras, entretenimiento sí, pero no alta cultura. Hay cómics megasesudos, y sí, muy vanguardistas estéticamente, todo lo que ustedes quieran. Hay intentos muy buenos, como ese Maus (1980-1991), preciosa fábula ratonil sobre el Holocausto, pero por lo general me pasaba que los tebeos de contenido ideológico me solían parecer groseros (por ejemplo, Paracuellos de Carlos Giménez o V de Vendetta de Alan Moore). Hasta ahora.


Con Watchmen asisto a un fenómeno acojonante: la lectura de una auténtica novela gráfica, contada con el lenguaje del cómic pero que, en la mejor tradición del arte postmoderno, no le hace ascos al pastiche, al humor, al juego, a la parodia, y que toma prestado de las formas de narrar del cine, la literatura o el ensayo. Y todo esto –oh, milagro- con un dibujo puro de superhéroes, pues Watchmen es un cómic de superhéroes. No hay aquí histrionismos manga, ni vanguardias paranoico-metafóricas. Son viñetas rectangulares de colorido convencional, con un dibujo semirrealista que bien podría haber firmado Jack Kirby, Michael Golden o John Romita.

De hecho, si uno pasa rápido las páginas (muchas: la novela gráfica se ensambla con doce episodios bastante jugosos) de Watchmen, se encontrará con algo muy similar al típico cómic de superhéroes ochentero de Marvel o DC. ¿El prodigio, pues? La combinación de este artwork con el guión, magistral guión y diálogos de Alan Moore. Sobre el contenido de esta obra hablaré más bien mañana (hoy me estoy centrando en la forma), pero me atrevería a decir que Watchmen es a las historietas de superhéroes lo que en su día El Quijote fue para las novelas de caballería.


La concepción de la obra es monumental, al tratarse de una serie limitada, la historia tiene sentido completo, y aunque la narración es –más o menos- lineal, asistimos a numerosas analepsis y prolepsis (saltos atrás y adelante) y a un uso portentoso del cinematográfico “montaje en paralelo”. Al final, todo cobra sentido como en una complicadísima obra de relojería, pero durante la lectura del tebeo en más de una ocasión me entró el complejo de no saber qué demonios estaba pasando. Pero todo se explica, y el final, con ser fantástico (en el doble sentido del término) no es una mera patochada ex machina.

Creo que, estructuralmente, el mayor logro de Watchmen consiste en la creación de una distopía, un mundo paralelo con sentido completo, en el que Robert Redford se presenta a la Casa Blanca en 1988, Richard Nixon es el vencedor de Vietnam y la comida rápida predominante en USA es la india. La publicidad, los eslóganes, los pequeños detalles que se repiten continuamente dan cohesión (de hecho, los fondos de las viñetas son importantísimos), y aunque este mundo es propio (los superhéroes que aparecen en Watchmen no salen en ninguna otra obra) se parece demasiado al nuestro.

La historia, por una vez, no es simple. El punto de partida es que aparece un superhéroe muerto, lo que motiva que sus antiguos compañeros de capa y gayumbos vuelvan a ponerse en contacto, y de ahí se deriva una trama de suspense y aventuras al nivel de un Blade Runner (1982) o un Matrix (1998). La peli ya la están haciendo. Estáis avisados.

martes, 16 de septiembre de 2008

Madonna/Maradona


Hoy que actúa en Sevilla Madonna, voy a hablar de Maradona. Aparte de rimar, ambos nombres se parecen mucho, tanto que el personaje Ali G (interpretado por Sacha Baron Cohen, el mismo que hace de Borat) hizo un chiste a su costa en el videoclip de Madonna “Music” (2000), llamando a la rubia Ciccone con el nombre del Pelusa. Ali G tuvo en Gran Bretaña una fama y una repercusión lingüística comparables a las que tuvo aquí Chiquito de la Calzada a mediados de los noventa. No he visto su peli Ali G anda suelto (2002) pero seguro que es peor que Aquí llega Condemor (1996).

Más allá de modas y de personajes del momento, Madonna y Maradona han demostrado su capacidad para durar en lo más alto del candelabro, lo que en inglés se conoce como “staying power”. Ambos saltaron a la fama en los primeros ochenta, tuvieron altibajos en los noventa, a mediados (a lo mejor fue porque Chiquito y Ali G les restaron protagonismo) y ambos han resurgido en el presente siglo con el estatus de dioses.

Hay que decir que Madonna sigue siendo una número uno en lo suyo, mientras que Maradona es un dios (eso es incuestionable) pero vive más bien de las rentas de glorias pasadas y si es un asiduo de la prensa últimamente lo es por motivos extradeportivos: sus problemones de salud, sus estancias en Cuba, su programa de televisión (E-NOR-ME: con sintonía de los Fabulosos Cadillacs), sus tatuajes del Che…


Madonna –digámolso- aunque lo ha petado con sus dos últimos discos, tampoco es ajena a las páginas del colorín, ¿eh? y ha tenido también más que su ración de frikadas: sus infumables libros infantiles, sus conversiones al judaismo y la cábala, su matrimonio-o-no con Guy Ritchie, su adopción en Mali (¿o era Bali?). Más paralelismos entre el Diego y la cantante: aquel jugó en el Sevilla F.C. mientras que “la ambición rubia” (¡qué me gustan los clichés!) está ahora mismo actuando en el Estadio Olímpico de Sevilla, con un lleno de menos de dos tercios, por cierto.

Si cuando se anunció que iba a actuar en Sevilla no faltaron frikis en los telediarios proclamando que Madonna era “más grande que la Virgen del Rocío”, o remedando a su remedo chanante, Maradona, el Diego, el Dies, directamente es Dios. Para algunos, claro. No hay más que ver la de libros y películas que se siguen haciendo sobre su figura, si hasta Calamaro le dedicó una canción, copón. E hizo con él un dueto en otra, una espantosa ranchera (ambas en Honestidad Brutal, 1999).


A mí, que no me gusta nada el fútbol y me chifla la música, tengo que decir que por una curiosa paradoja odio a Madonna pero Maradona me cae fenomenal. Hablo de los personajes, ojito, no de sus respectivos trabajos. La música de Madonna me encanta, me parece la última estrella del pop, que ha llegado donde otros solo soñaron, mientras que el juego futbolístico de Maradona me provoca unos bostezos comparables en extensión a la Bahía de Nápoles.

Distinto es el visionado de ciertas jugadas memorables del Diego convenientemente retransmitidas por comentaristas argentinos, como aquel estupendo gol con “la mano de Dios”. Pocas cosas audiovisuales me producen más placer que cuando narrando otro gol el pavo suelta aquello de “¿De qué planeta viniste, Diego, para dejar por el camino a tantos ingleses?” Sublime. Lo de los argentinos con Maradona es chochera pura, eso está claro, pero, jo, no hacen daño a nadie, y mola tanto…


Curiosamente, otro sitio donde el culto a Maradona raya la chochera es el antes mencionado Nápoles, nada que ver con Barcelona o Sevilla, donde también jugó el hombre y apenas se le recuerda. Es comprensible: a ver, en Barna se hizo drojadicto y cuando fue a Sevilla era un chiste, pero con el Nápoles ganó la UEFA, la Copa de Italia y las dos únicas ligas que tiene el club. Como para no acordarse de él.

Madonna no es tan molona, hay que decirlo, aunque también haya hecho cosas cool como salir en una peli de James Bond (Muere otro día, 2003) o fingir que es inglesa (con esto se equilibra el universo, porque los Rolling Stones llevan fingiendo ser yanquis desde 1964). En cualquier caso, la mujer sigue ahí a sus 50 años, dando caña con sus bailes y sus muslos que son, en palabras de su alterego chanante, “acero pa los barcos”. Seguro que tanto ella como el Pelusa nos deparan todavía fortísimas diversiones.

Absurdo como... por soleares


“Deja que adivine en qué ciudad de Bélgica vivías: en Brujas, ¿a que sí?”
-Ana Corbalán en Física o química


Ahora que estoy en “todo lo contrario a Bélgica” voy a hablar de Bélgica, mire usted por donde. Habría tanto que decir… para empezar, yo siempre voy ahí comentando la leyenda urbana de que Bélgica (lo que es el país) es más pequeño que la provincia de Badajoz, cosa que no es cierta pero que sirve para dejar callado a cualquiera. Ojito, Badajoz es como más de dos tercios de Bélgica, con lo que si alguien os lo refuta pues decís que “es más pequeño que Extremadura” y entonces ya ganáis por goleada.

¿A qué viene esto, Porerror? ¿Te está afectando el siempre adocenante aire de Cosica? No, señora, viene a que yo soy mucho de Bélgica, me declaro fan de este país, y recientemente este sentimiento se ha actualizado al haber coincidido el sábado con varios residentes de la patria de Tintín y las papas fritas. Primer detallazo: ser la cuna de Tintín o las papas fritas ya sería, en solitario, motivo para encumbrar a una patria al rango de “cultura superior”. Pues bien, en Bélgica no solo crearon estas dos cosas sino que también inventaron los bombones. Y más cositas…



Pero vayamos por partes. El sábado pasado estuve en la boda de unos amigos, ocasión siempre agradable hasta que no se demuestre lo contrario (os debo un post revolucionario: a favor de las bodas), y resulta que uno de mis mejores amigos –invitado también-lleva varios años viviendo en Bruselas. Había en la cena otra chavala que también estaba viviendo allí, luego mi novia estuvo de Erasmus en Gante y yo he ido de viaje a Bélgica en varias ocasiones, igual que otros amigos… total, que ya la teníamos liada.

Bélgica mola, yo ya le pedí fecha a mi colega para volver a ir a visitarlo en primavera. ¿Y qué tiene Bélgica? Tintín es impalpable, y sus tebeos se pueden leer en tu casa, ídem comerte unos bombones o unas patatas fritas. Hablemos de una cosa belga que, si bien también la hay fuera en pequeñas dosis tiene allí sus mejores expresiones: el arte flamenco. La historia belga mola mogollón. Como país, son un invento revolucionario liberal del siglo XIX, pero llevaban dando caña desde hace siglos. Quien no me crea, que lea Astérix en Bélgica. Su Edad Media es chulísima, ese Franconato de Brujas, esos duques de Borgoña, y culmina con Caiser Karel (o sea, Carlos V), que nació allí.

Yo lo siento mucho, pero a mí me pone un montón ir a Yuste y ver retratos de Carlos V, ir a Gante y también, ir a Palermo y tres cuartos de lo mismo. Además, el arte flamenco medieval y renacentista es uno de mis favoritos, en concreto me chiflan los pintores llamados “Primitivos”, como los Van Eyck, Van der Weyden, Hans Memling, Dirk Bouts, sus cuadritos así, chicos, quiero decir, muy detallados, pintados al óleo, me parecen una perfecta expresión de su sociedad. Siempre andan llenos de objetos de lujo: ahí, joyazas, ricas telas, objetos suntuarios, que se vea bien que aquí estamos forradísimos. Y además rezamos, claro, a tope.


Mi cuadro favorito es la Adoración del Cordero Místico de los Van Eyck, que está en la iglesia de San Bavón en Gante (por eso se le llama también el Políptico de San Bavón). El matrimonio Arnolfini (National Gallery) o la Virgen del Canciller Rolin (Louvre) tampoco son mancos. Pero el Cordero Místico… para cajarse en las brajas. Cada vez que tengo la suerte de contemplarlo me paso más de una hora delante, y no es exageración (hay que decir que la audioguía se tarda casi tres cuartos de hora en explicarlo, tampoco tengo tanto mérito).

Me se va la olla hablando de los Primitivos Flamencos. En Gante, Ypres, Brujas, Bruselas, tenemos ejemplos de este arte a punta pala. Pero Bélgica también ofrece otros atractivos: un clima idéntico al de Gran Bretaña, numerosos locales turcos de kebab… es broma. Otro supuesto atractivo es el de ser centro político y administrativo de la Unión Europea, y otro más su bilingüismo beligerante, con el bello francés y la siempre divertida e ininteligible lengua flamenca (dizque “neerlandés”).

Como Bélgica es tan chica y tan modernota, se encuentra muy bien comunicada con autopistas alumbradas con dinero público, puntuales y frecuentes trenes de cercanías… Yo ya lo he dicho: he puesto plan de volver antes de que el país se desintegre, ahora que las comunidades flamenca y valona andan a la gresca.

lunes, 15 de septiembre de 2008

Oda a la ensalada caprese


¿Cuántas veces más estimará necesario el telediario de Antena 3 enseñarnos el culo en pompa de Freddie Mercury enfundado en unas mallas de licra? Cada vez que veo el clip, extraído del vídeo musical no sé si de “Radio Ga Ga” o “Don’t Stop Me Now”, la contemplación de tan rojo y musical trasero me recuerda indefectiblemente a las formas de un tomate, y he aquí que ya nos vamos acercando al temita que os traigo esta noche.

El tomate, amigos, es uno de los ingredientes principales del plato cuyas alabanzas hoy me he propuesto cantar: la ensalada italiana llamada caprese. Los ingredientes indispensables son dos: el tomate y la mozzarella. Luego, lo más extendido es añadirle albahaca, aunque también se ha visto con orégano. Y la sal y el aceite, claro. Investigando en Internet leo que hay quien le ha echado pimienta de varias clases, aceitunas negras, queso rallado, ba ba ba ba! Lo que ustedes quieran. Pero lo básico es tomate, mozzarella y albahaca.

El nombre de caprese viene de la isla de Capri, y con esto se explica el origen de los ingredientes. El aceite de oliva dicen los italianos que es cosa italiana, y, bueno, esta absurda pretensión monopolizadora del oro líquido acaso constituya el único defecto del país transalpino (como lo llama Antena 3). Capri es una isla que está enfrente de Nápoles, en la región que se llama Campania. Los tomates de la Campania tienen muchísima fama, los paisanos se encuentran muy orgullosos de ellos, y con razón.


En una frutería de Meta di Sorrento (Campania) vi por ejemplo un cartel junto a hermosos tomates gigantes que decía “Los famosos tomates sorrentinos, originales de mi huerto, no temen a la competencia, pero cuidado con las imitaciones”. Lo de la mozzarella ya es para echarle de comer aparte.

Dejando a un lado el debate sobre si se trata o no de queso (dadle a un italiano alcohol y tiempo para charlar y veréis), la mozzarella es ese riquísimo producto lácteo blanco que se pone (o se debería poner) en las pizzas, otro inventazo napolitano. Pues la mejor mozzarella se fabrica con leche de búfala, algo que yo pensaba la primera vez que lo oí que era una broma, pero resulta de que no. Y las mejores búfalas lecheras pasan por ser –otra vez- las de Campania. Os aseguro que allí la mozzarella en las tiendas es como aquí los yogures: está por todas partes. Luego la albahaca, pues también es un producto mediterráneo, y además añade un gracioso colorido verde.


Tomate rojo, mozzarella blanca y verde albahaca, y ya tenemos los colores de la bandera italiana. Mola, ¿eh? Volviendo a la caprese, es lo más fácil de preparar del globo. Basta con cortar la mozzarella en rodajas (viene en unas pellas -que parecen otra cosa- dentro de bolsas con suero), el tomate también en rodajas y ponerle trozacos de albahaca. También trozos pequeños, o si no, orégano, que está muy rico. Me gusta valorar los platos que pruebo por ahí según su capacidad para ser reproducidos en casa fácilmente, y este la verdad es que es imbatible.

Y de sano y ligero, ni hablamos. Además, la mozzarella hoy día ya se puede conseguir hasta en el Mercadona (los que viváis en una localidad donde haya este supermercado). Hacedme caso, con queso fresco tipo Burgos o Filadelfia no sale igual de rico: directamente es otra cosa. Yo llevo comiendo caprese tres días seguidos para almorzar y preveo que va a ser uno de mis platos estrellas en los próximos meses, aunque claro está que la idea es eminentemente veraniega (pero, hey!, estáis leyendo el blog del tipo que le rogaba a su madre que en invierno pusiera de comer gazpacho).

No suelo poner links en mis entradas, como bien sabéis, para no distraeros. Pero hoy os voy a dejar con una perla que me he encontrado en Wikipedia cuando he ido a mirar la caprese. Ojito al dato, porque no sé yo si esto va a durar así, sin modificaciones, mucho tiempo. Más bien me ha parecido propio de la descojonante Uncyclopedia. En fin, yo a lo mío: ¡viva la insalata caprese!

viernes, 12 de septiembre de 2008

¿Qué fue del siglo XX?


“Bienvenido al siglo XXI: es igual que el XX, salvo que la gente tiene miedo y la bolsa está mucho más baja”.
-Lisa Simpson


A menudo la juventud me pregunta: “Porerror, ¿cómo es que te gusta tanto el siglo XX?”. “¡Copón, porque es mi siglo!” –suelo responder. Y es que, sí amigos, ahora estaremos viviendo en el siglo XXI (por cierto, qué debate más bonico y estéril sobre si empezaba en el 2000 o el 2001, ¿os acordáis?) pero yo cada vez que tengo que hablar de Napoleón, las Cortes de Cádiz o la reina Victoria de Inglaterra todavía me refiero al XIX como “el siglo pasado”. Mi cerebro vive en el XX, será porque se creó (y formateó) en aquel siglo.

Recuerdo haber hecho un trabajo en el cole sobre Antonio Machado (1875-1939), leer su biografía y pensar “jo, nosotros lo estudiamos como alguien del siglo XX, pero para cuando empezó el siglo él ya tenía los 25 años cumplidos”. Cuando empezó el XXI, servidor tenía 22 (¿ó 23?), y desde entonces la mente se me ha parado siempre en los asuntos del siglo XX. Lo siento, pero el tema de Bin Laden, Internet 2 (¿o van ya por la 3?), la Globalización, no digamos el Cambio Climático… me dan un poquete igual, la verdad.


A mí lo que me pone es la Segunda Guerra Mundial, el crack del 29, los totalitarismos, el cine, la Descolonización, las Vanguardias artísticas (las de los años 10 y 20), la lucha por la igualdad de la mujer, el Modernismo y el Postmodernismo… Se decía hace unos años que tras la caída del Muro de Berlín había llegado el “fin de la Historia” (Fukuyama y compañía). Tampoco es eso, simplemente es que yo me quedé anclado en aquella época. Y luego lo pienso y es fuerte, no sé si será siempre así, porque por descontado que la mayor parte de mi vida va a transcurrir en este siglo XXI.

Más señales. Es lo que tienen los gin tonics y la conversación entre amigos, que se habla de libros y se acaban recomendando. A mí el otro día gente de muchísimo criterio me recomendaba leer Naná (1879) de Zola y también algo de Stendhal. Ayer fui a una librería dispuesto a llevármelos pero cuando los vi: madre mía, todos tenían más de 600 páginas, y como sabéis, a mí eso me lo tiene prohibido el médico. Me salió del alma, le dije al amigo que venía conmigo: “Yo soy del siglo XX, gracias, no del XIX, no tengo tiempo para leer esos novelones”. No es que tenga nada contra ellos, es solo que yo no tengo espíritu para eso ahora mismo.

Afortunadamente, también me habían recomendado la obra de teatro Calígula (1944) de Albert Camus, que sí me llevé, y de propina cogí La condena, colección de cuentos de Franz Kafka de entre 1909 y 1919. Dos libritos cortos, de bolsillo, de primerísima calidad, cada uno por el precio de un gin tonic. Desde luego, aquí el que no lee es porque no quiere (o porque se está emborrachando). Si queréis otro librito de bolsillo que cuesta na y menos, os recomiendo Breve historia del siglo XX (2005), de Massimo L. Salvadori.

Al ir a pagar, junto a la caja vi un álbum de chistes de Jordi Labanda, en cuya portada un par de estilosas charlaban, una con mascarilla que decía “Soy alérgica al siglo XXI”. Mmhhh… Labanda se va de radical, pero sí acabaré citando a José Ignacio Lapido, quien en un tema del extinto grupo granadino 091 recordaba: “¿Qué fue de King Kong, de los psicoanalistas, del jazz?, ¿Qué fue del siglo XX? ¿Qué fue del Dadá, del Big Bang y del ‘No pasarán’? Ya se han quedado atrás”. Va por ustedes.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Miedo me dan


“Los nacionalismos qué miedo me dan”.
-Enrique Bunbury


Me despierta un buen amigo de la siesta con un anuncio inquietante: “¿Estás escuchando Radio 3? En un programa están contando que han acusado a Bunbury de plagiar a Benedetti, a Neruda y al sum sum corda”. Demasiado bueno para ser cierto. A mí Bunbury no es que me caiga mal, de hecho cada vez me mola más con los años, pero siempre me ha parecido sospechosa su calidad literaria (por no hablar de su gramática: “blanca esperma resbalando por tu espina dorsal”). ¿Bunbury plagiando a Benedetti, el apóstol del buenrrollismo? Demasiado jugoso para ser cierto.

Entonces busco la noticia y no hay vuelta de hoja: Bunbury ha copieteado a varios poetas como un cosaco, sin ningún miramiento. En cierto blog le echan en cara que no haya admitido sus influencias de antemano, como hicieron el Sabina o Jaime Urrutia. La revista La Clave (dirigida por José Luis Balbín) aporta pruebas demoledoras: plagiazos a caraperro. Botón de muestra: “Las cosas más triviales / se vuelven fundamentales” (“Todavía”, Mario Benedetti). En la canción “Opio” de Héroes del Silencio: “Las cosas más triviales se vuelven fundamentales”.


Bunbury, rey de la intertextualidad, dirán algunos, un cantautor cuyo nombre artístico está sacado del de un personaje de una obra de Oscar Wilde. Cuando la crítica feminista y postestructuralista Julia Kristeva acuñó el término en 1966 no creo que se estuviese refiriendo a poner en tus canciones versos de otros sin decir de dónde habían salido. En otro blog se defiende a Bunbury con denuedo: lo que pasa es que el pavo es tan leído que se le viene a la mente todo su bagaje literario a la hora de componer. Lo mismo alegó George Harrison cuando le acusaron de plagiar el “He’s So Fine” de las Chiffons con su tema “My Sweet Lord” (“Es una canción que me ha calado tan hondo que voy y la compongo otra vez”).

Con misericordia, pienso que la mejor frase de Bunbury es aquella que le dedicó al nacionalismo en su tema en solitario “El extranjero”. Los nacionalismos son pupita, ¡qué gran verdad! Yo mismo he buscado este verano infructuosamente en Irlanda el libro que desenmascara los nacionalismos: La invención de la tradición del prestigioso historiador británico marxista Eric Hobsbawm (1983). No lo encontré. ¿Será porque en Irlanda el nacionalismo (la fábula) alcanza el grado supremo de historia oficial? No lo creo, porque los anaqueles de las librerías irlandesas sí que exhiben otras obras de Hobsbawm.


Irlanda es un país joven que como todos necesita sus héroes. Lástima que ellos los saquen de entre terroristas y gente de la más dudosa ralea. Cada país necesita sus héroes, preguntadle a un uruguayo por Mario Benedetti, o a un argentino por… Carlos Gardel. Bunbury, el aragonés con nombre de personaje inglés escrito por un irlandés plagió a un uruguayo.

Costa Amalfitana, agosto de 2008. Dentro de un Seat León negro que circula a 50 km/h por la traidora carretera italiana, un amigo me espeta: “¿No has oído la última de Gardel? Que por lo visto el pavo no era argentino sino uruguayo, y él mismo en su lecho de muerte ratificó emotivamente su uruguayidad”. Impresionado, guardo silencio. Yo siempre había pensado que Carlos Gardel había nacido en Francia.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Frases míticas


Me suena de un anuncio. Reconozco en los anuncios un par de canciones chulas que les sirven de banda sonora. Una es “Colillas en el suelo” de Deluxe, en los avances de “Territorio Champions” de Antena 3 y la otra “All These Things That I’ve Done” de The Killers, en un anuncio de Nike. Ya en su recordado programa Rock alrededor de la FM, el gran Carlos Finaly se burlaba de un técnico que al escuchar “A Whiter Shade of Pale” de Procol Harum exclamó “Me suena de un anuncio”. Ya conté que mi profe de música se ponía a llorar cada vez que le decíamos que cierta aria de La flauta mágica era la música de un anuncio del Marca.

Pues lo siento, pero los anuncios son una estupenda manera de conocer canciones y grupos. Yo Buffalo Springfield me enteré de que existían por uno de Renault, y no me avergüenzo en absoluto. ¿Qué sería de los coches sin la música? The Knack, The Kinks, James Brown, Sly & the Family Stone, la lista es larga.


Disco nuevo de Queen. Hablando del cole y música, recuerdo a Queen como uno de los puntales de mi adolescencia; ese día que murió Freddie Mercury, que yo estaba en 7º de EGB, y todos los años por el aniversario de su muerte cantábamos “Bohemian Rhapsody” en el patio. Un amigo vino un día de 1993 con una noticia sorprendente. “Primicia” –dijo- “Queen van a sacar disco nuevo”. “Será en el cielo”-nos descojonamos. “Sí, con John Lennon, Jimi Hendrix y Camarón”. Mi colega juraba y perjuraba que había visto una rueda de prensa en la que se realizaba tan sorprendente anuncio, y hasta nos la describía con pelos y señales (“…y Roger Taylor llevaba unas gafas de sol…”).

Luego, claro, cada vez que salía un recopilatorio, reedición o lo que fuera de Queen, el pavo nos soltaba “¡Victoria moral! Yo tenía razón”. Hoy veo con regocijo que Queen van a sacar un nuevo disco, con Paul Rogers de cantante. No puedo evitar sonreír, y casi espero que mi amigo va a salir de detrás del sofá para echarme en cara que él tenía razón.


Haberme avisao. Tenía en el cole otro amigo muy bueno llamado Tote, fan de Hombres G, pareja mía en campeonatos de dominó, compañero en batallas de globos de agua… de lo mejorcito. Hoy día es un hombre hecho y derecho, se casó y sacó unas oposiciones de las que meten miedo. Con todo, su legado puede reducirse a dos frases, normales pero dichas con mucha gracia en el momento justo. La primera: nos lo encontramos de botellona (lo que el periódico llama “botellón”) hará unos seis años, nos hicimos una foto para conmemorar el encuentro y en el momento del disparo, en lugar de “patata” o “güisqui” al nota no se le ocurre otra cosa que exclamar “¡Durruti vive!”

Cinco años antes de eso ya hacía tiempo que nos habíamos perdido la pista. Mis amigos y yo nos fuimos de Interail un verano y a la vuelta, nos encontramos a Tote en otra botellona. Le contamos que habíamos estado en Francia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo, y al hombre se le pusieron los ojos de bolitas. Entonces fue cuando soltó su mejor frase: “Iiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiillo, ¡haberme avisao!”

Ayer me planté en Cosica tras un arduo viaje en coche (me tuve que poner un CD de chistes para animarme), mi primer día de trabajo, y cuando llego me sueltan mis jefes: “No tenías que haber venido hasta dentro de dos días, ¿no te lo dijeron?” Me acordé de Tote (y de los muertos de alguno): “¡Haberme avisao!”
 
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