Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

viernes, 11 de julio de 2008

Retorno a Cosica


"He cruzado el desierto en un caballo sin nombre".
(America)

¿Lágrimas? No: legañas. Algo que se acumulaba en los ojos de Porerror no le dejaba ver bien pero él sabía claramente que de su certera vista dependía la conducción y –en último término- el buen suceso de la empresa que aquella mañana había acometido. Se frotó los ojos y pisó el acelerador, como en esa canción de los Beatles. La línea del horizonte le devolvió su reflejo y un puntito de luz, que pronto se convirtió en un peligroso cartel: una flecha de dirección. “Cuenca minera”. No había más indicaciones, ni de topónimos ni de distancias. Porerror sabía que al salir de aquella rotonda estaba abandonando la civilización.

La dieta musical que se había permitido no era estricta: Family, Jacob Golden… pero a partir de ese momento Porerror comprendió que ya solo valían dos tipos de canciones: las de jazz y las que tenían distorsión. Sonny Clark y los Black Crowes le fueron marcando el camino. La leyenda contaba que más allá del gran-pueblo-donde-se-come-buen-pescado-frito, incluso más allá del pequeño-pueblo-de-la-fábrica-de-botas, una angosta carretera flanqueada por eucaliptos serpenteaba hasta el destino final: Cosica.

El pueblo de Cosica era un asunto simple: un blanco caserío y una iglesia renacentista que se cae a pedazos. También había cuatro o cinco bares, dos farmacias, un hostal, una gasolinera, un supermercado… todo muy pintoresco para ir de visita. El problema –si de tal podía tildarse- era que Porerror no estaba allí de paso: pretendía quedarse a vivir. No era la primera ocasión en que nuestro hombre hollaba las calles de Cosica, hacía poco más de tres semanas que se había aventurado por primera vez, una previa toma de contacto, una medición del terreno. Dice una leyenda que hay que medir Cosica antes de que ella te mida a ti el lomo.


Lo primero que le sorprendió al llegar al pueblo fue que era día de mercado. Lo segundo, que no había Museo del Queso. La vida en Cosica iba a ser más dura de lo que le habían pintado antiguos supervivientes. Una amable lugareña vestida de blanco se lo confirmaba minutos más tarde: “Aquí se vive muuuuuuy tranquilo, nunca pasa nada. Te pondrás Internet, ¿no? Espero que te guste leer o escribir…” Porerror estuvo a punto de comentarle que llevaba unos meses escribiendo un blog, pero el viento ya se había llevado a la señora. Un parpadeo podía durar meses en Cosica, lo malo es que cada segundo pesaba como un año.

Porerror se adentró en las calles principales del pueblo, y no dejó de constatar un hecho curioso: la mitad de sus habitantes se desplazaba en ciclomotor, la otra mitad en caballo. Pese a ser un forastero, Porerror encontró que todo el mundo le saludaba, “Igualito que en Inglaterra” –pensó. Avanzó hasta donde sabía que se encontraba su lugar de trabajo. Él había vuelto a Cosica en busca de un techo, de un sitio donde quedarse, pero no pudo resistirse a mirar cara a cara –una vez más- el edificio donde iría a ganarse el pan. “Allí más abajo, donde se pierde la carretera, están construyendo un polideportivo” –la mujer de blanco había vuelto a materializarse a su lado. “Ah, qué bien, qué interesante” –alcanzó Porerror a replicar, por toda respuesta.

El sol se encontraba en su cénit veraniego cuando Porerror decidió salir del pueblo. La broma había durado ya bastante. Años le quedaban por delante para hacerse con Cosica, sus calles, sus casas, su gente, sus ovejas. A la salida del pueblo volvió la vista hacia atrás desafiante (se había jurado que lo iba a hacer). Se acordó de la novela Papá Goriot (1834) de Balzac, de la escena en la que el joven Rastignac contempla la estampa de Paris que tiene ante sí y exclama: “¡Nos veremos las caras!” A Porerror, en todo momento más humilde y pragmático, solo se le oyó musitar: “Vámonos a la playa”.

jueves, 10 de julio de 2008

Fardando con Sonny Clark


No me gusta repetirme con los temas en Estatuas Verdes, así que como anteayer se habló aquí del concierto de Bob Dylan y ayer de Operación Triunfo, hoy en cambio toca escribir sobre música.

No entiendo mucho de jazz, de hecho no entiendo nada, pero el poquísimo criterio que he podido llegar a tener me ha venido de la manera que considero más bonita: escuchando la música. Nunca he leído un libro sobre el tema ni me he documentado más allá de saciar la curiosidad que me despiertan las grabaciones que he ido descubriendo. Por ejemplo, a veces escucho algún tema de jazz que me gusta especialmente y digo “este es el estilo que me mola”. Va uno diciendo me gusta esto, y esto, y esto, y esto… cuando me quise dar cuenta daba la “casualidad” de que todo lo que me gustaba pertenecía al subestilo de jazz llamado hard-bop.

Leemos en All Music Guide que en el hard bop las melodías son sencillas, tienen “soul”, que hay influencia del gospel y que los pianistas y saxofonistas suelen sonar como si conocieran bien el rhythm and blues. Visto esto ya no es casualidad que me guste tanto: el hard bop (que además se desarrolló entre 1955 y 1970) es, dentro del jazz, lo más parecido al soul y al rock and roll. Cuando hablamos de hard bop estamos hablando de Miles Davis, John Coltrane, Sonny Rollins, Wes Montgomery, Art Blakey, Cannonball Adderley, Herbie Hancock, Horace Silver… casi nadie. Esta gente tienen cada uno más discos que la Pantoja y Manolo Escobar sumados (un disco de jazz se podía grabar en un día, así que calculad) pero todos en algún momento practicaron este estilo.


Otro nombre inmortal asociado al hard-bop es el de Rudy Van Gelder, ingeniero de sonido desde sus estudios de New Jersey, en Hackensack primero y en Englewood Cliffs finalmente. Para que os hagáis una idea, este joven (óptico de carrera y profesión) es el responsable de la grabación de prácticamente todos los discos de jazz de los sellos Blue Note, Prestige, Verve e Impulse! durante los años 50 y 60. A él le debemos haber captado con sus micros lo mejor de la obra de Miles Davies o de John Coltrane. Dicen los entendidos que el “sonido Van Gelder” se caracteriza por poder apreciarse claramente todos los instrumentos por separado. Doctores tiene la Iglesia…

Con estas coordenadas de hard-bop y Rudy Van Gelder me topo en una tienda con un disco de jazz muy rebajado. Me suena la portada, la habré visto en alguna lista antológica de cositas que hay que escuchar, aunque no reconozco a los músicos. El disco se llama Cool Struttin’ (1958) y está acreditado a Sonny Clark (piano), aunque también el trompetista, saxo alto, bajista y batería son auténticas lumbreras de la época (no pongo aquí la lista para no resultar tedioso pero la sección rítmica es la misma del Quinteto de Miles Davies).

En pocas (y no cualificadas) palabras: la música de Cool Struttin’ es maravillosa. El disco original son cuatro temas (tres de Clark, uno de Miles Davies), enriquecidos en esta reedición en CD con dos Bonus Tracks. A pesar de durar todos más de ocho minutos me sumerjo en ellos de un modo muy distinto a como lo haría con una canción pop-rock. Los temas largos me aburren soberanamente, los instrumentales también. La música clásica la trabajo poco por idénticos motivos (sé que es una incultura por mi parte)… entonces, ¿por qué me hacen sentir tan vivo estos temazos de jazz?


Las piezas de Cool Struttin’ están basadas en el blues (lo leo en el folleto, yo no sería capaz de darme cuenta). Me encanta leer las críticas de los entendidos, dicen cosas estupendas sobre los cuatros, los ochos, los acordes menores… no sé lo que significan pero sí sé que son los ingredientes mágicos que conforman una música que no te puede dejar indiferente. El título Cool Struttin’ podría traducirse por “pavoneo guay” o la paradoja “fardar sin dárselas de nada”. ¿Seré tan impresionista como para caer en el topicazo y decir que eso es exactamente lo que te hace sentir la música del disco, que te conquista sin darle importancia? Pues sí, está noche lo seré.

miércoles, 9 de julio de 2008

Virginia OT: Birth of the cool


Mientras Harvest hacía el pardillo yendo a ver a Bobby Dylan en Jerez yo anoche me quedaba en mi casita viendo la Gala 13 de Operación Triunfo. Y vi lo que mucha gente ha visto ya, lo que Risto comentó hace tiempo: que la concursante Virginia es un “producto acabado”.

Se ha comentado mucho últimamente que si en OT estaban primando criterios extramusicales sobre los puramente artísticos a la hora de decidir qué concursantes se quedaban y cuáles eran expulsados. Denunciar esto equivale a escandalizarse porque los bancos cobran comisiones por chorradas; o a esa escena de Casablanca (1942) en que el policía cierra el casino clandestino de Rick (en el que él mismo acaba de ganar un fortunón jugando). A estas alturas todos sabemos lo que es Operación Triunfo, ¿no? Y al que no le guste que no lo vea (chistes fáciles, no, por favor).


Las críticas van por Virginia, supuesta “protegida” del concurso. La premisa es que esta chica, sin tener las cualidades musicales de otros (recordemos que ha estado nominada seis veces y las seis se ha salvado por los votos –de pago- del público) ha llegado a la final mientras que otros con muchísimo más talento se han tenido que largar. A ver, si la peña quiere que se quede, ¿por qué la van a echar? Virginia tiene posiblemente tantos detractores como fans (estos se han autointitulado la “Marea Azul”, en alusión al color de ojos de la cantante) pero cojones, por lo menos despierta reacciones (p.ej.: tengo un compi de trabajo tan friki que cada vez que sale Virginia cantando los martes por la noche me da un toque al móvil).

Los de OT lo saben y han visto en esto un nuevo filón de gallinas de los huevos de oro. Yo ni entro ni salgo en valorar a Virginia como talento musical (algo debe saber, porque me consta que ha trabajado como profe de música en un colegio y que cantaba en el coro de la Universidad de mi ciudad) pero sí constato una cosa. La chica ofrece “algo”, si queréis una frescura estudiada o una alternatividad pijorri, pero al menos destaca de la línea de pibes y pibas de gimnasio/gomina/ropa plateada /baladorris latinas que la factoría OT/Endemol lleva fabricando en cadena desde el año 2002.

Me remito al repertorio de los temas que ha interpretado (los que le han dejado): The Pretenders, Petula Clark, The Cardigans, Nina Simone, Jeanette, Radiohead, Michael Jackson (cuando era negro), Rosana (..ejem!)… Algún que otro bodrio también se ha mandado, y no digo yo que todas las haya clavado, pero está claro que poco a poco se ha ido labrando una imagen de “diferente” que ha cuajado. ¿Imagen estudiada? Muy probable, pero ¿no va de eso el concurso? Cuando entró la tildaron de “la Novia Cadáver” por ser muy pálida, y además es verdad que el hecho de hacerse la víctima le ha granjeado no pocas antipatías dentro y fuera de la Academia.

Pero vayamos a lo que importa. La semana pasada uno de sus envidiosos contrincantes decía “Sí, sí, Virginia mucho dar pena pero veremos si le compran discos”. A Virginia le dijo Javi Llano (director de Cadena 100) que era la menos versátil pero a la misma vez la mejor en “lo suyo” -vocalista poppy. Yo no sé si era una crítica o un piropo, porque cuando yo me compro el disco de un artista no espero que cada canción sea de un género distinto (salvo que sea Elvis Presley). ¿Os imagináis la crítica a Billie Holiday, por ejemplo? “Clavas el blues, nena, pero tu balada country no nos ha convencido. La semana pasada estuviste mejor con la canción de taberna irlandesa”. No jodas.

También se le dijo a la muchacha que supiera que seguía en el concurso por “argumentos irracionales” (p.ej. pena, atractivo físico, simpatía, carisma…) y no “racionales” (entiendo que puro talento musical). Volvemos a lo mismo.


Como no les pueden dar noticias “del exterior”, Risto solo pudo contárselo a Virginia (y a los demás) en clave. A finales del mes pasado la cantante copaba los puestos 1, 2 y 3 de la lista de canciones más descargadas de iTunes España (con sus versiones de Radiohead, Mike Oldfield y Nina Simone). Pues sí, xulo, le compran los discos, y eso que todavía no tiene ni disco. En concreto, su cover de “Creep” lo está petando. Meted en YouTube “Virginia iTunes” y veréis la cantidad de friki-vídeos que hay vindicando a Virginia y su éxito de ventas. “Ella vende porque es diferente”, dice uno de ellos. Pues por eso o por lo que sea, pero es la concursante más guay en muchos años, y como no va a ganar yo la apoyo desde aquí: ¡Adelante, Virginia!

martes, 8 de julio de 2008

La Oreja de Van Gogh y la cadera de Dylan


Queridos amigos, mirad lo que he encontrado bicheando por ahí. ¡Las cosas que llega a escribir la peña!

Voy al concierto de Bob Dylan esta noche en Jerez con un fervor cuasi religioso. Acudo esperanzado de estar a punto de contemplar un gran espectáculo. Mi contacto en el Rock in Rio, del fin de semana pasado, me envió un mensaje diciendo que Dylan había sido con diferencia lo mejor del festival. Desgraciadamente, mi cerebro decidió ignorar selectivamente parte de aquel sms, en concreto la parte que decía “¡Repasa estos días el Modern Times [2006] y el Love and Theft [2001]!” Riquísimo. ¿El problema? Que no tengo esos discos y nunca los he escuchado.

Pero está claro que una leyenda viva como Dylan no viene a promocionar su último disco, este hombre tendrá muchísimas más cosas que decir. Pionero del
folk comercial, del folk-rock, de ponerse sombreros con pluma sin ser de raza negra, de nombrar a Anthony Perkins en sus letras, de dedicarle canciones a boxeadores, de cantar ante el Papa… Qué duda cabe que traerá un repertorio como mínimo equilibrado entre temas nuevos y grandes clásicos, en todo caso tirando más para sus éxitos de siempre… un mojón para mí.

Que conste que yo no era de los que iban esperando “Blowin’ In the Wind” y después seguida “Knockin’ On Heaven’s Door”, pero mi mente no estaba preparada (claramente) para el concierto que nos deparó don Dylan. ¡Jesús, María y José! Vaya rollazo… Obviaré el precio de la entrada y la inadecuación del recinto (= el Gol Norte de un minicampo de fútbol). Pero no obviaré la malísima calidad del sonido y el hecho de que la mitad del público estuviese allí de gañote mientras yo me había gastado mis leuros. Como bien apuntó mi novia, hemos estado en conciertos de La Oreja de Van Gogh con cuatro veces más público. Casualmente aquí, entre pases de prensa y paniaguados del ayuntamiento (
“Sí, Manolo, al final hemos venido de gratis… ja, ja, ja”) no sé yo si Dylan habrá hecho mucha caja después de todo.

Mi primera impresión al llegar al concierto era que me encontraba en una de esas
reunions del colegio: entre ex profesores y ex compañeros de la facultad creo que llenábamos la tribuna del “estadio”. Luego está la constatación de que la edad media del respetable debía rondar los 65 años. Esto lo meto para hacer un poquito de sangre y que os riáis, porque yo en verdad no tengo nada en contra de que la gente de cualquier edad disfrute con la música en directo, siempre que no la usen como una excusa para ir a tomarse dos cervezas.

Del concierto en sí, ¿qué decir? El hecho de que solo conociera 3 de las 17 canciones que interpretó Mr. Zimmerman no es culpa de nadie. El hecho de que la media de duración de cada tema fuese de siete minutos (cronometrado), sí. El hecho de que todas las canciones fuesen iguales (una especie de
blues sureño/rock and roll), también. El hecho de que fuesen interpretadas con desgana tampoco ayudó mucho a crear ambiente. Puedo decir que en mi vida he visto un público menos entregado: ni cantaban (¡no se las sabían, cojones!), ni bailaban, más bien estaban charlando y rezando porque el señor Dylan se dignase a tocar algún tema conocido de una puta vez.

Cuando lo único que allí se movía eran los abanicos entre el público, se obró el milagro. Tras once temas y 77 insufribles minutos de pseudorockera papilla geriátrica, Bob Dylan & His Band
(& the Mother That Begat Them) se lanzaron a perpetrar una versión de “Highway 61 Revisited” que, claro está, dejó igual de indiferente al público. Otro par de temas-rollo más y nos sueltan otra píldora: “Masters of War”. Sí, amigos, no son precisamente sus grandes éxitos. Servidor no es fanático de Dylan pero modestamente ha escuchado unos cuantos de sus discos. Las canciones famosas y conocidas este hombre (que no es lo mismo) iban brillando por su ausencia.

Una palabra ahora sobre la actitud de Dylan sobre el escenario. El buen señor no se dignó a decir ni
“hola” ni “adiós”, y entre canción y canción no dirigió la palabra a la gente que había ido a verle. ¿Chulería? ¿Leyenda? ¿Pose? ¿Tomadura de pelo? Elige tu propia aventura. Por poco y no le da la espalda al público, pues el cantautor se pasó las dos horas largas de recital tocando el órgano de perfil. Miento, el de Minnesota logró un hito desconocido desde tiempos de los egipcios: colocarse simultáneamente de perfil (torso y cabeza) y de frente (de cintura para abajo). ¡No se veía tan poderoso giro de cintura desde He-Man y los Masters del Universo, oiga!

Y así transcurrió el concierto, con el bueno de Dylan moviéndose menos que Epi y Blas en un colchón de velcro, y
“his band”, que instrumentalmente oscilaban entre los Hombres G y Dire Straits (juro que me pareció que una de las que cantaron era “Romeo and Juliet”, con mandolina y todo). En los bises, un par de temas más y el gran final con “Like a Rolling Stone”, que si es verdad que fue lo único que mereció la pena del concierto no lo es menos que fue así porque básicamente se la cantó el público. Una pena.

Fdo: Harvest


¿Habéis leído? Qué cruel es la gente… después de esto solo me queda una cosa que decir: ¡JUDAS!

lunes, 7 de julio de 2008

Perdidos: ¿Lo mejor desde el chicle?



Corren rumores muy malintencionados de que a partir de septiembre voy a tener por vecino a Marcial Ruiz Escribano, antes conocido como el ¡Ga-ñááááán! Poco más o menos así será, y entonces será también inevitable que me tope con la visita de su insidioso cuñado. Cuando me vea, el cuñado me dirá: “Te lo dije, Porerrorete, TE LO DIJEEEEEEEE!!!”

Y no se estará refiriendo a lo melosa que me haya salido la tortilla de patatas sino a la serie de televisión Perdidos (2004-????). Tengo varios amigos, que cual cuñados saltarán como hienas en cuanto lean este post, lo sé. Y tendrán razón. Uno en concreto, me lleva advirtiendo de que la serie era lo mejor desde el pan de molde (como se dice en inglés), y yo no es que no me lo creyera, simplemente es que no me había llegado el momento de verla.

En realidad tengo los capítulos en mi ordenador (bajados antiramoncinescamente) desde hace meses, pero me daba pereza verla. Una serie tan imponente, que lleva cuatro temporadas -aunque cuando me la pasaron solo había tres- no sé: ya dije en su momento que no es que no quisiera verla sino que tenía que encontrara el escenario adecuado. Cuando me pusiese a verla necesitaría reposo, verla en versión original, del tirón y todas esas cosas. ¡Madre mía la gente que veía los capítulos semanalmente, lo mal que lo han tenido que pasar!

Otro que sé que es muy forofo de la serie es el autor de Almanaque de Otoño, donde le ha dedicado un par de posts. Hay quien, tras ver determinados episodios claves ha exclamado “¡Ámazing!” Porque la serie lo que tiene es que es muy sorprendente y muy misteriosa. ¿Pero qué hace Porerror aquí hablando del tema como si fuese una novedad? ¿Quedará alguien más en el planeta que, como yo, no haya visto ningún episodio? Como yo hasta hoy, que fijaos lo emocionado que estoy y solo me ha dado tiempo de ver cinco capítulos.

Eso sí, seguidos, y ya estoy haciendo un gran esfuerzo para parar y venir a escribir el post de hoy, que en cuanto lo publique me pongo con el sexto. La historia –como se suele decir por aquí- es simple: un avión se estrella en una isla desierta… claro, el resto no os lo voy a contar porque 1) es demasiado complicado y 2) ni yo mismo sé lo que ocurre. Confieso que la tal premisa en principio a mí tampoco me impresionó demasiado, pero está clarísimo desde el minuto uno que la serie es como un iceberg, y que la anécdota del accidente aéreo solo es la excusa que desencadena toda la tramaza.

"¿Se parece o no a la novia de Iker Casillas, el Rey de Copas?"


Mi primera reacción al ver este comienzo de la Temporada 1 de Perdidos fue como si hubiese acudido a una de esas reunions del colegio, por el montón de caras conocidas que se encuentra uno entre el reparto. De entrada, el pavo que hacía de hermano mayor en Cinco en familia (1994-2000). Luego, el pavo que hacía de Merry en la trilogía de El señor de los anillos (2001/2002/2003), el negro travesti que hacía de Mercucio en Romeo + Julieta (1996), el que hacía de Paul en Las reglas del juego (2002) y alguno más que me estoy dejando.

Si a esto le sumamos a Evangeline Lilly (la Eva González canadiense), el doble de Darek, el doble de Don Pimpón, una especie de Apu militarizado, una embarazada australiana, un oso polar y el hermano tullido del Coronel Kurtz, compondremos un fresco memorable de los personajes que parecen ser principales en estos episodios principiales de la serie. Perdidos, la serie: la real oca (en vinagre), oiga ¡Me voy corriendo a seguir viéndola!

domingo, 6 de julio de 2008

Retorno 201


Os voy a contar un secreto. La semana pasada tuve una caída cultureta del copón. “Caída” en el sentido de metedura de pata, no es que se enterara nadie ni tampoco que importara. Al único al que le afectó fue a mí, y a lo mejor ha resultado que con la equivocación he salido ganando. Me explicaré.

Entro en una librería de un pueblo a la que voy con frecuencia por caerme bien: no es muy cara y para lo pequeña que es tiene una selección exquisita de títulos (además de los best-sellers habituales). Solo tenía un billete rojo y nada que leer, así que me dije a mí mismo “de aquí tengo que salir con un libro que cueste menos de diez pavos”; evidentemente algo de bolsillo, se encuentran tales perlas… Mirando mirando me topo con un volumen de cuentos, no muy gordito, por siete euros, ya sabéis, lo mío. El nombre del autor me resultaba muy familiar, creí recordar que se trataba de uno de los maestros del relato hispanoamericano, así que no me lo pensé más.

Un cuentista mejicano… mmmh… entonces llego a mi casa, abro la solapa y leo: “Soy autor de los guiones Amores perros, 21 gramos, Babel y Los tres entierros de Melquiades Estrada”. He ahí mi caída: había confundido a Juan José Arreola (cuentista mejicano, 1918-2001) con Guillermo Arriaga, cuyo libro me había llevado. Ni siquiera sabía que Arriaga escribiese, más allá de sus premiados guiones, que -vaya por delante- me encantan. Como no había vuelta atrás, me leí el librito de Arriaga, y debo decir que ha supuesto una de las más gratas sorpresas literarias del año (tanto más cuanto que fue inesperada y casi indeseada).

El volumen que pillé se llama Retorno 201 (2006), y recoge al parecer “todos” los cuentos del writer mejicano, catorce en total. No se indica si es una recopilación o un volumen montado ex profeso pero me inclino por lo segundo dada la hilazón que une muchos de los relatos. Hay personajes comunes, desde luego temas comunes, pero solo un denominador común a todos y cada uno de ellos: el hecho de estar ambientados en la calle Retorno del D.F. (de ahí el título Retorno 201, que es una dirección).

Siempre que recomiendo aquí un libro de relatos me entra la tentación de contaros algunas de las anécdotas, en este caso os podía hablar de: un vecino antisocial que arrastra en silencio el drama de ser víctima del Katrina, un anciano que sufre un ataque al corazón mientras ve la tele, un médico que realiza un chapucero aborto clandestino, una mujer casada recluida a la que apodan “la Viuda”, un muerto que se niega a aceptar su condición de tal, unos chavales de barrio que pelean por su identidad… como siempre, los qués quedan muy descoloridos frente a los cómo-están-contados.


La crudeza y fragmentación de los relatos (en uno de ellos llega a haber 31 minicapítulos y tiene solo 14 páginas) me ha recordado mucho a las películas que se han hecho con los guiones de Arriaga. También, como digo, la violencia y los sentimientos al límite: las palizas, violaciones, desgarros, urgencias médicas, muertes trágicas. Aquí no hay –de buen rollo- espacio para la esperanza. Solo hay lo que Arriaga en un momento llama “los hondos dolores de la vida”, que según él merecen ser contados en historias. Por hacer un chiste fácil (a ver si así me redimo por confundir a Arreola con Arriaga), la calle Retorno se convierte en una especie de “Desolation Row”, calle de la desolación como la que cantó Dylan.

Aparte de las pelis, a lo que más me ha recordado este Retorno 201 es a los libros de Juan Rulfo, -este sí- máximo exponente mejicano del relato corto en el siglo XX (y en todos los siglos). Hay muertos que no parecen saber que lo están, hay muertes violentísimas y maldiciones que se trasladan de padres a hijos. Hay injusticia y autoridades corruptas. Hay pasiones vitales, apego a la tierra, secretos familiares, y todo esto contado con una economía de recursos y un lenguaje bastante preciso, sin escatimar horrores. Sí, amigos, las tres anteriores frases podrían aplicarse tanto a El llano en llamas (1953) de Rulfo como a Retorno 201 de Arriaga. Y no pretendo decir que este último esté a la altura del otro, tampoco es eso. Pero si queréis deprimiros leyendo buena literatura… ya sabéis dónde la hay, y baratita.

sábado, 5 de julio de 2008

El increíble Hulk: Superheroísmo a tope


De todos los superhéroes el más trágico siempre me pareció la Masa. Ahora resulta que se dice “el increíble Hulk”, bueno pues Hulk. Digo trágico porque es un tipo que tiene, por empezar citando a Capote, “un don y un látigo para fustigarse con él”. Muchos superhéroes Marvel lo son a su pesar, y sufren cantidad, ahí están casi todos los X-Men, Spiderman, en un momento dado Iron Man… Pero este pobrete de Hulk… no sé, su poder es también su ruina. Es un héroe trágico, una especie de Rey Midas al revés (por continuar citando a los Hollies o a Mansun, a quien prefiráis). Todo lo que toca se convierte en pupita.

Leo en Wikipedia que en una encuesta de 1965 realizada entre estudiantes USA se citaba a Hulk y a Spiderman junto a Bob Dylan o al Che Guevara como sus ídolos antisistema. Interesante. Leo también que cuando en 2003 el soporífero director Ang Lee llevó al cine al personaje anduvo influenciado por la moda “No a la guerra” de Irak, extremo que no puedo calibrar puesto que no vi dicha adaptación, que fue por demás un fracaso crítico y de taquilla. A lo mejor por eso han vuelto ahora a hacer una nueva película sobre la Masa, El increíble Hulk (2008).

Creo que esta nueva capta a la perfección el espíritu trágico del personaje, hasta el punto de convertirlo en un fugitivo (hay momentos en que te crees que estás viendo al Dr. Richard Kimball) y de no tener el típico final made in Hollywood. Esta peli corta con la de 2003, supone un nuevo comienzo “desde cero”, por lo que no influye haber visto o no la otra. La historia es simple: un tal científico llamado Bruce Banner sufre una pupita inducida por rayos gamma consistente en que si se enfada se vuelve un señor gigante verde, y no me estoy refiriendo al de las hortalizas. El buen hombre trata de librarse de esta cruz con el concurso de otros científicos, entre ellos su amorcete Betty Ross.


El problema es que el padre de Betty, el general Ross, fue el inductor del mal de Banner/Hulk, quien sin saberlo formaba parte de un programa para el desarrollo de un “supersoldado”. Sumemos a todo esto mamporros y explosiones por doquier, sin olvidar a Abominación (otro engendro-ser-supersoldado ateo, comunista y ruso), y ya tenemos la receta para el último éxito cinematográfico de la Marvel. De esta peli diré lo mismo que en su día dije sobre Iron Man (2008): que es muy entretenida. Tampoco le faltan frases lapidarias, como: “Las he pasado putas en misiones muy jodidas”, “Yo odio al gobierno como el que más”, etc.

Igual que en el caso del Hombre de Hierro, a lo satisfactoria que resulta la película contribuye en no poca medida su reparto. Aquí contamos con la presencia estelar de Edward Norton, William Hurt, Liv Tyler y un inconmensurable Tim Roth. Mola porque (igual que ocurría con Robert Downey, Jr., Gwyneth Paltrow y Jeff Bridges) a todos estos actores los hemos visto ya en otras ocasiones, y ninguno aparece precisamente en su mejor momento de físico. Aquí no se escatiman arrugas, cicatrices, ojeras, patas de gallo, flacideces… y esto, con los milagros del maquillaje y del PhotoShop no puedo sino pensar que resulta intencionado. Su apariencia no importa tanto como sus interpretaciones y eso, en una peli de superhéroes de cómic, ya es un puntazo.

Luego está el hecho de que El increíble Hulk no parece tomarse demasiado en serio a sí misma. No hay aquí banderas americanas al viento ni conjuras que amenacen la paz mundial. Hay un hombre atormentado que para colmo es perseguido, lo que le impide hallar reposo mental o físico. Hay, si queremos, un trocito del mito del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, con la dicotomía Banner/Hulk, un poquito de La bella y la bestia (enorme historia de amor entre Norton y Tyler, el pobre no puede palparla porque si se palotiza se convierte en Hulk: ríase usted de Tristán e Isolda). También hay un poquitín del mito de Prometeo y Pandora (si Frankestein era “el moderno Prometeo”, ¿podría Hulk ser el postmoderno?).


Pero no os asustéis, lo que más hay es mamporros. La pelea final entre Hulk y Abominación supone una suerte de Pressing Catch bizarro entre dos costillares de cerdo ibérico. Tal es el grado de violencia que la pobre Liv Tyler se ve obligada a gritar “¡Basta!” (ya digo, el final no es de los típicos, y no develo más). Muchas reflexiones para quien quiera ponerse a buscarlas, pero sobre todo hay disfrute y diversión a raudales.

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SPOILER: Y, por si esto fuera poco, al final aparece Tony Stark diciendo que quiere formar un “equipo”… (y no precisamente de fútbol).
 
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