Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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lunes, 8 de junio de 2009

Personajismo


Recuerdo que hace unos años me decía una exnovia, a propósito de un su pretendiente letraherido que es a día de hoy escritor de éxito, “el problema de este hombre es que se creía que la vida era una novela, y él y yo éramos personajes”. La vida no es una jodida ficción, aunque a veces lo pareciera, y por más que nos empeñemos en imponerle narraciones, la cosa no funciona así.

Y sin embargo, la palabra “personaje” se me está viniendo últimamente a la cabeza y a los labios más de lo que me gustaría admitir. Es una palabra útil, un poco cruel y sarcástica, lo mismo que Porerror (que es también un personaje). Todos tenemos algo de personajes, lo importante es darse cuenta, y sin embargo también es importante recordar que aunque tengamos “algo de” no somos del todo meros personajes. Pero cuando se conoce a alguien superficialmente, y más si hay empeño de sorna, ¡qué tentación más grande -amigos- la de deshumanizarlo! Elevar (o descender) a alguien a la categoría de personaje es ignorar el 80 ó 90% de su personalidad en favor de algún rasgo prominente, sobre todo de algún vicio o tic.

Y no pongáis esa cara: vamos, que vosotros no lo hacéis. En mis varias pandillas (amigos “de verdad”, amigos “de mentira”, excompis de trabajo y compis de Cosica) hemos alcanzado un sofisticado sistema de detectar y caracterizar personajes (en otras palabras: de crearlos). Basta un rasgo de la personalidad o del físico, un defectillo o una ocurrencia soltada a destiempo para criar una fama y echarse a dormir. No hay que acometer grandes empresas, basta con ser de la provincia “equivocada”, con hablar a gritos en las tiendas de discos, con ponerse un cinturón más llamativo de la cuenta o con parecerse a algún cantante famoso, por dar solo cuatro ejemplos.


Este mismo sábado comentaba un amigo y sin embargo lector: “¡Hay que ver lo personaje que es Zutano!” Yo asentí, pero otro amigo y lector también presente apostilló: “¡Tú nos has visto a nosotros, canijo?” Bingo: donde más duele. Pienso que es importante empezar por reconocerse en el espejo deformado y reírse un poquito de uno mismo. Me ha contado el buen Harvest (aún espero tu comentario en la entrada de Tutankamón) que el jueves pasado tuvo una cena fin de curso y que en ella tuvo el privilegio de ser imitado por sus alumnos. Y que se reconoció perfectamente en la imitación, y que se partió el ojete. Bien por Harvest: yo mismo no sé cómo hubiera reaccionado en una situación así.

El problema surge cuando alguien asume tan íntimamente su condición de personaje que se presenta como tal, potenciando esa faceta en público de tal modo que oculta o ensombrece las demás. Nadie se deja conocer por completo: sería de mongolos, pero a veces conoce uno a gente que directamente parecen actores o cómicos (sin gracia). Es como tanto “chico atormentado” (por citar a Deluxe), artista maldito y Quijote de última hora que me estoy encontrando últimamente, o como aquel clásico compi de carrera que se presentaba: “Tened cuidado conmigo que soy muy raro, así que si hago alguna rareza no me lo tengáis en cuenta porque yo soy muy raro”. Este, a fuerza de soltar el mismo discurso resultaba no extravagante sino aburrido. No, amigo, tú te creías personaje y no llegabas a cameo.


Aunque no lo parezca, hay días que Porerror se levanta contento, amable, de buena leche (hoy no es uno de ellos, por ejemplo) y prono a comprender las debilidades ajenas. Y en días como esos he descubierto que, si uno deja de ser el jodido Jonathan Swift por unos instantes, se le abre el campo de visión y puede contemplar a los demás con empatía, con indulgencia, con ternura. Y así, el personaje de ayer se troca en una persona profunda y multidimensional, de una sensibilidad riquísima. Fulanito, el que solo hablaba de gazpacho y bufandas, de pronto resulta que tenía tantísimo que comunicar. Mengana, la zorra euroasiática, es una bellísima persona con inclinaciones altruistas y un marcado instinto maternal.

Por increíble que parezca, esto ocurre, amigos, de vez en cuando llega un día en que esto me ocurre. Para los restantes 364, estaré encantado de seguirme descojonando con vosotros y atesorando vuestras historias de conocidos, amigos, churris, compañeros de piso, cantautores, colegas, porteros de discoteca, bebedores de agua y freaks en general... personajes a millares que conforman este alocado y grasiento tapiz que llamamos Mundo Sublunar.
 
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