Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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jueves, 6 de noviembre de 2008

Oda al ibuprofeno


“La vida es sufrimiento”
-Platón



Nos conocimos con veintiún añitos: ¡qué edad más bonita para el amor! Fue en Galicia, aquel verano nublado y lluvioso de 1999. En el Camino de Santiago, por cerca del Monasterio de Samos, yo tenía una tendinitis en la rodilla derecha debida a un vicio al pisar mal. Un buen samaritano, otro peregrino, vio mi cara de sufrimiento por dolor y tuvo a bien presentarnos. Me contó tus virtudes y advirtió de tus vicios: “Y no te olvides de tomar un protector estomacal”.


Al año siguiente, viviendo en Inglaterra, vi cómo me eras infiel con otro compañero Erasmus. Este chaval usaba de tus servicios por sistema, cuando tenía resaca. Espidifén era tu nombre por aquellos días, venías en forma de sobre. Nuestro siguiente encuentro fue un dolor de muelas. El bendito dentista (nunca me dio miedo: quita los dolores) me puso en contacto de nuevo contigo. El flechazo fue instantáneo y caí entre tus brazos –parafraseando la canción de Mecano.

Con el tiempo nuestra relación fue madurando, yo me hice mayor y tú también creciste: 200, 300, 600 mg.

Ya cada vez que algún dolor de muelas me visita, un par de veces al año, voy al cajón de las medicinitas a buscarte. Pastilla blanca: como viejos amigos. Cuántas visitas de urgencia al dentista estando en un grito fueron solucionadas con un simple: “Tómate ibuprofeno”. Siempre quitando inflamaciones, ora de marca ora genérico, siempre bueno.


Más tarde vino el muy temido esguince: aquí la inflamación en grado sumo. Edemas, hematomas, los dolores. Oh, ibuprofeno, ¡imposible pagarte tus favores! Agradecido de por vida quedo, tú salvaste.

Hace una escasa semana me asaltaba de nuevo terrible dolor de muelas, tan grande que me despertó. La noche no fue agradable, pero pude dormir reconfortado tras ingerir buena dosis de mi pequeño y blanco amigo. Ayer, cuando al dentista el caso relataba, ya conocía de antemano su respuesta. “Tómate ibuprofeno” –me espetaba, zanjando la polémica.


Anteayer sobrevino monumental caída, gracias al cielo solo se saldó con un susto. Dolorido, magullado, jodido, me apresuré a engullir la cena para no tener el estómago vacío, por poderme tomar ibuprofeno. Y gracias a eso pude de noche pegar ojo. La mañana siguiente raudo me tomé otro para aguantar la jornada. Más tarde, en la consulta del médico, bajito, pero que muy bajito (por citar a don Skakespeare y a Woody Allen), llegaban el diagnóstico y la prescripción. “Tómate ibuprofeno” –me dijo la doctora-. “El hermano mayor, el llamado 600, puedes quedar con él hasta tres veces al día”. A la farmacia fui, a requerirte: ¡ven a mi boca, amor…!

martes, 7 de octubre de 2008

Aquellas juergas universitarias


Aquellas juergas universitarias… ¡Madre de Dios! Geniales, ¿no? Serían las vuestras, porque las mías no existieron. Matizo.

Felicitando hoy el 30 cumpleaños a una lectora y amiga, ella me comenta que nunca hubiese pensado que su vida a los treinta iba a ser como es ahora. Ni mejor ni peor, simplemente de otro modo. Coincido plenamente con ella. Yo gracias a Dios tengo trabajo y (casi) no me puedo quejar de cómo me está tratando la vida. Hoy en el trabajo comentaba una compañera que el finde pasado había estado de discotequeo y “yo ya no me veo en esos sitios, está una muy mayor”. Mmmmmmmhhh. Cruel pero cierto. Ya no está uno para esos trotes, máxime cuando ahora te pueden multar no ya por hacer botellona, sino por charlar en la calle. Pero eso es en Sevilla, claro, donde el alcalde es un superdotado, un genio y un ser superior. ¡Ojalá viviera yo allí!

El juerguismo con la edad va quedando atrás, y casualmente el reciente visionado de dos pelis míticas me retrotrae a otra época antigua: la universidad. Cuando yo era pequeñito, la universidad se me antojaba como el templo del saber definitivo, pensaba que todo el que daba clase allí era un genio (más o menos como el actual alcalde de Sevilla) y todo el que entraba a estudiar salía transformado por tantísimos saberes como aquello chorrearía. La realidad me demostró que la mediocridad es la tónica dominante en la universidad española, aunque duela decirlo, entre alumnado y también profesorado. Hablando de cierta Facultad de Económicas, las lectoras Rocío e Inmi polemizaban hace poco. Valgan sus opiniones del otro día como botón de muestra.


En momentos de desesperación, recurro a las comedias y me zampo, de un lado, Desmadre a la americana (1978) y, del otro, La revancha de los novatos (1984). Estas dos piezas clave del humor se encuentran por ahí en DVD por 5 pavos, si las veis no dudéis en adquirirlas. Ambas pelis tienen varias cosas en común: ambientación universitaria, estudiantes inadaptados (golfos en un caso, pardillos en otro), el sistema de fraternidades yanqui y fiestismo a tope (= alcohol + sexo). Mítica es ya la escena de la “fiesta de togas” de Desmadre a la americana, os aseguro que este tipo de fiestas –peña disfrazada de romanos con una sábana por todo atuendo- se siguen haciendo.


Hay otras cosas en común: el estudiante “sobrehumano” borracho y pendenciero (“Bluto” en Desmadre y “Ogro” en La revancha), las bromitas estudiantiles (caballos muertos en despachos, redadas de bragas…) y el odio a lo establecido, a la norma impuesta que en realidad es minoría: los hiperguapos, los guays del Paraguay, los triunfadores de pacotilla. Hay siempre una corriente de represión sexual, voyeurismo, pérdidas de virginidad, risitas al ver una teta, que supongo un reflejo de las potenciales audiencias, que irían igual de calientes. También –por algún motivo- estas pelis y otras del género suelen tener unas bandas sonoras cojonudas, que si The Kingsmen, que si Michael Jackson, Queen, The Rubinoos…

Salvando el hecho de que estas películas son una gruesa caricatura de la realidad universitaria americana, hay que decir que están basadas en cosas que existen de verdad. Para los españoles esto era y sigue siendo ciencia-ficción (por lo menos para mí que vivía en casa de mis padres mientras estudiaba, en Miciudad). Yo no me considero un nerd (“empollón”, “pardillo”) como los de las pelis, pero durante la carrera me la pasé estudiando, que creía que era lo que tenía que hacer. Y entré y salí bastante, no como el que más, pero sí lo justo, y siempre rodeado de buenos amigos. Pero vaya, nunca incendié una casa ni planté cámaras en las duchas de unas tías.


Tuve que vivir la experiencia universitaria en Inglaterra y, sobre todo, en Estados Unidos, para darme cuenta de que en ciertas culturas, ir a la universidad constituye un auténtico rito de paso, que unos aprovechan para madurar, otros para echarse a perder, y la mayoría se va de juerga todo lo que puede y al final se reconvierte. Yo conocí en Carolina del Norte a un pavo como Bluto o el Ogro al que llamaban “Tragabarriles” (Chug-a-keg), y os aseguro que era digno de ver en acción en una fiesta. Estas cosas existen, las animadoras, las fraternidades, y como son una minoría elitista, el 90% de la gente que te encuentras abominan de ellos (algo así como los tunos españoles, pero no quiero ni sugerir la comparación).

Supongo que en el extranjero me corrí todas las juergas que aquí no pude, aparte de por motivos logísticos, por el simple hecho de experimentar. Ya estaba un poco mayorcito entonces, y no os digo nada ahora. Cuando pienso en mis años de carrera no les tengo especial cariño, la verdad, solo el de Erasmus y el de postgrado. Pero me alegro de haber hecho el cafre y el gamba, no me arrepiento de nada. Por lo menos ahora cuando veo a John Belushi (que en paz descanse) gritar “¡¡¡Batalla de comida!!!” y liarla parda puedo sonreír internamente y pensar “Si no lo he hecho es porque no he querido”.
 
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