
“Noche de miedoooo… thriller night!...” ¡Madre mía, qué miedo! Últimamente me ha dado por las pelis de terror, género que yo jamás había frecuentado, por resultarme desagradable. Pero este verano, con el rollo del Grindhouse (2007) y demás, me di cuenta de que tenía una laguna cinematográfica, y he visto en poco tiempo la que los críticos consideran Diabólica Trinidad del terror adolescente: Navidades negras (1974), Viernes 13 (1980) y Halloween (1978). Por cierto que las he visto como hay que verlas: solito y a oscuras. Y dan miedo, oiga.
Vale, a lo mejor ustedes ya lo tenían superado y consideran estos filmes ingenuos, pero para alguien que no ha visto nada de terror ni de gore en su vida… me he acercado a ellas como lo hizo el público hace treinta años cuando se estrenaron. Mi único referente al ver esto era el clásico Psicosis (1960), donde el miedo lo infundía una sensación de desasosiego mezcla de la brutalidad de los crímenes con el hecho de que no son inexplicables (solo que la explicación da mucha pupita).
Navidades negras tiene bastante de la peli de Hitchcock aunque según algunos inaugura un género nuevo. Se trata de una serie de asesinatos cometidos en una casa de fraternidad femenina de una universidad americana. Las chicas van cayendo una a una, hasta que solo queda la protagonista (la única con juicio), que es quien planta cara al asesino. ¿Suena tópico? Pues será porque DESPUÉS se ha copiado hasta la saciedad, pero aquí está el dato genuino. Otros hallazgos de esta peli son el uso de la cámara subjetiva (punto de vista del asesino, con su respiración tipo Darth Vader), las llamadas telefónicas inquietantes, el aislamiento de las víctimas del mundo exterior y la presencia de un asesino trastornado con problemas sexuales.
Estos son algunos “fijos” del subgénero (que en inglés se llama slasher), como también lo son el hecho de que las muertes parecen tener lugar al azar, en un corto espacio de tiempo y en un lugar concreto, y la característica presencia de atractivos jóvenes ligeros de ropa (sobre todo chavalas) y de parejas manteniendo relaciones, que suelen caer como moscas. Por no hablar del final ambiguo, donde siempre queda una puerta abierta para las secuelas (tan caras a este tipo de cine).
Vale, a lo mejor ustedes ya lo tenían superado y consideran estos filmes ingenuos, pero para alguien que no ha visto nada de terror ni de gore en su vida… me he acercado a ellas como lo hizo el público hace treinta años cuando se estrenaron. Mi único referente al ver esto era el clásico Psicosis (1960), donde el miedo lo infundía una sensación de desasosiego mezcla de la brutalidad de los crímenes con el hecho de que no son inexplicables (solo que la explicación da mucha pupita).
Navidades negras tiene bastante de la peli de Hitchcock aunque según algunos inaugura un género nuevo. Se trata de una serie de asesinatos cometidos en una casa de fraternidad femenina de una universidad americana. Las chicas van cayendo una a una, hasta que solo queda la protagonista (la única con juicio), que es quien planta cara al asesino. ¿Suena tópico? Pues será porque DESPUÉS se ha copiado hasta la saciedad, pero aquí está el dato genuino. Otros hallazgos de esta peli son el uso de la cámara subjetiva (punto de vista del asesino, con su respiración tipo Darth Vader), las llamadas telefónicas inquietantes, el aislamiento de las víctimas del mundo exterior y la presencia de un asesino trastornado con problemas sexuales.
Estos son algunos “fijos” del subgénero (que en inglés se llama slasher), como también lo son el hecho de que las muertes parecen tener lugar al azar, en un corto espacio de tiempo y en un lugar concreto, y la característica presencia de atractivos jóvenes ligeros de ropa (sobre todo chavalas) y de parejas manteniendo relaciones, que suelen caer como moscas. Por no hablar del final ambiguo, donde siempre queda una puerta abierta para las secuelas (tan caras a este tipo de cine).
Elementos todos que aparecen, y amplificados, en Viernes 13. Aquí ya se hace un intento por explicar la motivación del asesino: la típica secuencia de “20 años antes”, donde ocurre alguna desgracia o protocrimen que desencadena el reguero de sangre de muchos años después, que es el que de verdad cuenta la peli. Viernes 13 tampoco puede sacudirse la influencia de Psicosis, pero con dosis de hemoglobina que alcanzan cantidades alarmantes. El escenario es un campamento veraniego a punto de ser reabierto, las víctimas sus jóvenes monitores y la muerte viene de parte de un chico dado por ahogado décadas ha: el terrible Jason.
Halloween continúa la tradición del mal rollo en las festividades (ver también otras pelis sobre San Valentín, el Día de los Inocentes, los cumpleaños o el Día de la Madre –y recordemos el falso trailer que había en Grindhouse: Acción de Gracias). El asesino es el trastornado Mike Myers, y todo transcurre en un pueblo durante la Noche de Brujas. Sin embargo, en esta película dirigida por John Carpenter se nota que ya hay otra cosa. Por un lado, el guión y la historia son mejores y se da un muy sólido intento de caracterización del asesino y sus motivaciones. Más allá de la muerte y las vísceras, Halloween presenta un magistral dominio del susto, entendido como sobresalto creado por una serie de factores: encuadre, banda sonora, tensión creciente, diálogos de mal rollo, ironía entre la aparente inocencia de las víctimas incautas y el destino de muerte que les acecha… Todo esto estaba en las otras dos, pero aquí aparece de un modo tan maduro que supone un auténtico salto cualitativo en la calidad.
Quizás con años de retraso me doy cuenta del increíble potencial que este tipo de cine tiene como elemento de diversión (proporcionando, además, una catarsis), y entiendo su enorme popularidad entre los jóvenes durante su “Edad de Oro”: los años 80. Pero también pienso que en estas tres pelis hay muchísimo material para la reflexión seria y la crítica cultural. De un lado, es curioso constatar el papel del sexo en estas pelis, algo a menudo vetado o reprimido para los adolescentes, pero que en la pantalla lo practican sin inhibiciones (¿dónde estaban los adultos en estos pueblos de Terror?). Hay un morbo omnipresente, pero es que además la mayoría de las muertes tienen lugar mientras las chicas están desnudas o las parejas haciendo la “caidita”, como si eso fuera un castigo por haber cometido un pecado (¿Follas? ¡Pues muere!). Y no olvidemos la figura de la “última chica superviviente” (casi siempre mojigatas o reprimidas sexuales), que ha hecho verter ríos de tinta a la crítica feminista.
Por otra parte, era necesario que el terror cambiase, los jóvenes ya no se podían asustar con muñecos de cartón piedra o naves espaciales de guardarropía. Estas muertes tienen por escenario lo más cercano: el hogar, el lugar de trabajo, de estudio o de diversión, y sus instrumentos no son bizarras pistolas láser o demenciales superpoderes. Son objetos cotidianos, bolsas de plástico, perchas, rastrillos, hachas para cortar leña, cubertería… Y esto, señores, sí que da cague.