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(Dedicado a la buena Silvia, gran lectora de este blog y gran rockera indie).Espeluznado y espoleado por la reciente lista del NME con las “100 mejores canciones de los 90”, me da por reflexionar sobre el paso del tiempo y la acumulación de disco tras disco tras disco. En este contexto, qué lejos quedan los años 90! Pienso y me decido a efectuar un poco de criba y ofrecer, a modo de ejercicio abierto a la polémica, mi propia lista de los mejores discos de la década pasada, la década del 2000, “the noughties”, como se les llama en inglés. La inclusión o no en esta lista y la clasificación dentro de ella obedecen a varios criterios: gusto personal, influencia percibida e importancia dentro de mi biografía. Me ciño a discos de pop-rock, por ser los que más conozco, y ya sin mayores preámbulos, he aquí los que en mi soberbia opinión son:
LOS MEJORES DISCOS DE LA DÉCADA DEL 2000

1. Kid A. Radiohead (2000). Cuando salió en septiembre del año 2000, Kid A enfureció a casi todos los fans de Radiohead, y a muchos críticos. Tal vez porque la anticipación que creó ser el heredero de OK Computer (1997) fuera demasiado, y no estuvo a la altura. Pero Kid A –número 1 en USA y en UK, tal vez debido a esta anticipación- no era la continuación de nada: era la música de las esferas. Para los que no habíamos escuchado jazz abstracto o la música tecno de Aphex Twins este disco fue como un martillazo en la cabeza: gracias a él aprendí el adjetivo “mindblowing”. En septiembre del año 2000 yo vivía en Inglaterra y aprendí que una banda de guitarras no tenía por qué sonar siempre igual. Nada de un segundo “Creep” o “Paranoid Android”, pero 12 años después si Kid A no encabeza la lista de los años 2000 es porque estará en el número 2. No ha habido grupo indie de los últimos 15 años, desde Muse hasta Maga, que no haya emulado a Radiohead.

2. Is This It? The Strokes (2001). En 2001 nadie daba un pimiento por el rock de guitarras, en parte por cosas como el Kid A. Pero The Strokes llegaron capitaneando una nueva ola de rock dizque “de garaje”, en la que también militaron gente como, The White Stripes, The Vines o The Hives. Decir que The Strokes salvaron el rock ellos solitos sería una fantochada, pero como este blog va un poco de eso, me atrevo a decir que ellos devolvieron a los rockeros melenudos su dignidad. De repente, llevar camisetas de The Ramones volvía a estar de moda. De repente, gente como yo tenía posters de The Strokes en sus habitaciones, y los miembros de la banda eran gente cool, árbitros de la moda indie. Con el filón del britpop más que agotado y el rock alternativo americano convertido en una broma pesada, Is This It? Supuso lo que los críticos de rock gustan llamar “un soplo de aire fresco”. Más de una década y 4 discos después The Strokes siguen en la cresta de la ola indie, y si alguien los critica ahora es para añorar este disco de debut con el que convulsionaron la escena mundial.

3. Yankee Hotel Foxtrot. Wilco (2002). Ya dediqué una entrada a este disco, pero no por eso iba a obviarlo en esta lista. Quisiera centrarme en su influencia, y matizo la aseveración sobre Radiohead: si algún grupo indie de los últimos 15 años no ha intentando emular a los de Oxford es porque andaban tratando de sonar como Wilco. Puede argumentarse que la década pasada ha sido la del alt.country, Americana o folk rock con raíces. Jamás el country ha tenido tanto prestigio, se recuperó a figuras como Johnny Cash, Loretta Lynn o Wanda Jackson con discos à la mode. Todos los grupos americanos citaban en sus influencias a los popes del country y a todo el mundo le dio por el género, desde Nick Lowe a Elvis Costello, pasando por Cerys Matthews o Lily Allen. Wilco tienen la culpa de mucho de esto, porque ni Uncle Tupelo ni The Jayhawks salen en el telediario de TVE 1, pero Wilco sí. Y de entre toda la obra del grupo de Chicago, Yankee Hotel Foxtrot sobresale como ese faro, como ese monumento icónico en el que tanta y tanta música se sigue mirando hoy en día.

4. Elephant. The White Stripes (2003). Recuerdo comprarme el Elephant porque The White Stripes estaban muy de moda (ya tenía un par de discos suyos). Recuerdo ponerlo a sonar por primera vez antes de meterme en la ducha y cagarme encima al escuchar “Seven Nation Army”. Recuerdo que pensé “Ya están aquí los Rolling Stones de esta década”. Elephant es una bofetada sonora desde la primera a la última canción, y su influencia no ha hecho más que agigantarse a medida que las caretas musicales han ido cayendo para revelar a Jack White como el mayor talento musical de esta generación. Lo siento, Thom Yorke y Jeff Tweedy, para mí Jack White os gana a todos por su versatilidad y su profundo conocimiento del vocabulario del rock and roll. Él no está interpretando unas cancioncillas, él está creando rock. Es como esos toreros noveles de los que se dice que son “niños sabios”. Es como esos artistas de verdad que se pasaban los géneros (rock, folk, country, blues, soul, pop…) por el forro de los cojones, como hacían Elvis Presley o Bob Dylan. White ha seguido con y sin The White Stripes, con otros grupos y este año en solitario, pero con Elephant dio un golpe en la mesa que lo catapultó al Olimpo del R.O.C.K.

5. Whatever People Say I Am, That’s What I’m Not. Arctic Monkeys (2006). Justo cuando parecía que Franz Ferdinand y su debut homónimo de 2004 iban a ser el triunfo británico de la década, llegaron Arctic Monkeys y les hicieron pipí en la cabeza. ¿El truco? Llevar más allá el “rock con caderas” injertándole todo el punk y la new wave que el resto de artistas de la década habían dejado orillados. ¿Qué inventaron Arctic Monkeys? No inventaron nada, está claro. ¿Cómo suenan? Lo más divertido que ha escuchado usted en décadas, señora! Tampoco Nirvana inventaron nada y ahí está su cartelazo. Pero Arctic Monkeys –sin copiar- bebieron de The Jam, Undertones, The Clash, etc, insuflándoles nueva vida en esta sociedad postindustrial, desde un Sheffield en el que internet contaba más que el acero inoxidable de sus siderurgias. Sus letras son un reflejo perfecto de la vida de niñatos ingleses, con furgonetas de la policía, sudaderas con capucha, vandalismo y puticas en la noche, y también dieron lugar a una amplia pléyade de emuladores. El gran Diego Manrique lo dijo hace seis años, “Por una vez, la nueva sensación del pop británico es sencillamente eso: sensacional.” Ahora se han ido a USA, se han vuelto serios y aburren. Pero en el año 2006 no los había mejores.

6. Back to Black. Amy Winehouse (2008). El caso de Amy Winehouse podría resumirse en la frase “se veía venir”. Favorita de Estatuas Verdes, ya sabéis que le dediqué varios posts y en uno de ellos deseé de corazón que no acabara muerta antes de tiempo por culpa de las sustancias. El talento de Amy Winehouse es fácil de poner en solfa, y las comparaciones con Aretha Franklin o con muchos artistas clásicos a duras penas se sostienen. Cierto. Pero también lo es que los Beatles o Led Zeppelin no inventaron (casi) nada y sin embargo fueron capaces de galvanizar a toda una generación. El soul pop –o como se quiera etiquetar- de Amy abrió la puerta al megaéxito de Adele, y logró hacer soñar de nuevo a una generación de niñas que soñaban con ponerse pañuelos en la cabeza y de niños que soñaban con tirársela. Posiblemente Back to Black haya sido el disco de la década anterior que más veces haya escuchado, y a su éxito comercial se sumó la lluvia de galardones y parabienes críticos que cosechó en su lento pero seguro ascenso a la categoría de clásico. La voz de Amy transmitía lo que otras ya quisieran, sus letras hacían daño y su carisma como artista será recordado mientras la gente ponga discos.

7. Want Two. Rufus Wainwright (2004). Confieso que a Rufus Wainwright llegué tarde… y me fui pronto. Pero lo de enmedio… madre mía, qué prestigio! Want Two era la segunda parte de su díptico Want, que había empezado el año anterior. Pero aunque ambos discos se complementan y tal y tal, la profundidad, ambición y capacidad turbadora de Want Two no la tiene el One, ni ningún otro disco de la década. Recuerdo la primera vez que lo escuché: ese comienzo en latín (“Agnus Dei”) y yo corriendo por la casa de lo nervioso que me puse. No me podía estar quieto porque estaba asistiendo a un prodigio: la música que haría el hijo de Brian Wilson y Elton John, si hubieran podido procrear. Creo que no me turbaba tanto el comienzo de un disco desde el Kid A o el Deserter’s Songs de Mercury Rev (1998). Turulato, me hice fan ipso facto de Rufus Wainwright, cumplí el sueño de verlo en directo (el único de esta lista, junto a Wilco), me compré toda su obra pero el entusiasmo ha ido decayendo con el paso del tiempo y sus sucesivas fantochadas: discos en directo, imitaciones de Judy Garland, etc. Pero Want Two era maravilloso, perfecto, sus letras nos llevaban a un mundo que yo no conocía y del que ya no se puede volver igual. Leí en el folleto interior que Rufus pretendía ser una especie de Bob Dylan o Brian Wilson de su generación, y que no lograrlo lo apenaba. Al final no ha llegado ni al Arthur Brown de su generación, pero siempre nos quedará su música de aquellos años.

8. Vampire Weekend. Vampire Weekend (2008). A este grupo lo conocí gracias al estupendo blog musical El Perro Lunar. Que si lo habían escuchado en USA, que si el disco solo te solucionaba una pinchada en una fiesta… solo con esas coordenadas corrí a comprarlo y la verdad es que fue una sorpresota por la que nunca les estaré suficientemente agradecidos. Decir Vampire Weekend es decir niñatos pijos onda anuncio de Tommy Hilfiger. Ellos fueron la demostración de que los pijos también tenían derecho a ser indies, y además consiguieron lo que no logró en su día Peter Gabriel ni Paul Simon: hacer divertida la música africana. Evidentemente su enfoque es de indie rock, sus toques africanos son anecdóticos, pero cómo me ha quedado la frase, eh? Del debut homónimo de Vampire Weekend me quedo (aparte de con sus camisas) con unos temazos pegadizos con letra inteligente, con unas melodías que era verdad, son pinchables en una fiesta. Me lo compré en CD y me lo tuve que comprar luego en vinilo (dejad de gritarme!), igual que el Back to Black y el último de esta lista, porque nunca tenía suficiente dosis de Vampire Weekend en mi vida. Este año sacan nuevo disco, ya sacaron otro hace dos años, esperemos que los neoyorquinos vuelvan a dar en la diana y repitan éxito.

9. Funeral. Arcade Fire (2004). En enero de 2005 (antes de que se editara en Europa) me llegó un paquete con un disco, de parte de un amigo desde Carolina del Norte. Fue Jonathan, el mismo amigo que me hablaba del Yankee Hotel Foxtrot. En la carta me explicaba: “Esta gente están partiendo el bacalao en USA esta temporada: se llaman Arcade Fire, son de Canadá”. El resto es historia. Mucha gente ha aclamado The Suburbs (2010) como el mejor disco del grupo pero cómo olvidar el impacto que hace años supusieron en nuestras vidas canciones tan alucinantes como “Neighborhood #1 (Tunnels)” o “Neighborhood #3 (Power Out)”? Leo en Wikipedia que ya en 2005 U2 versionaron a Arcade Fire y desde entonces su influencia y su credibilidad indie no han hecho sino crecer. Los canadienses demostraron que se podía ser comercial sin renunciar a la seriedad y el rigor, porque sus temas no eran precisamente facilones pero ahí está “Rebellion (Lies)”, que fue Top 20 en listas de ventas. Desde que salió, Funeral se ha convertido en un fijo de este tipo de listas de “lo mejor de…” (el año, la década) y Estatuas Verdes no iba a ser menos...

10. In Rainbows. Radiohead (2007). Cuando la década enfilaba su recta final, y las radios indies echaban humo con los temazos breves y concisos de unos Arctic Monkeys, van Radiohead y dan otro golpe de mano. Otra colleja musical, otro intento de “reinventar” el rock. El problema es que desde Kid A lo han hecho con todos sus discos, pero esto es algo que se agradece, siempre he dicho que los Beatles de ahora serían por un lado U2 (por relevancia mediática, éxito comercial y mesianismo de sus componentes) y por otro Radiohead, por su incesante búsqueda de nuevos sonidos y su exigencia de entregar cosas diferentes cada vez al público. Recuerdo que se lo presté a un compi de trabajo y me lo devolvió desilusionado. Recuerdo que un amigo me regaló un single promocional (“Jigsaw Falling Into Place”) porque no aguantaba este tipo de música. Radiohead no es para todos los públicos, pero será porque los públicos no quieren, solo basta acercarse: ellos ya no pretenden alienar a nadie. Conviene recordar también que In Rainbows fue el primer disco de la historia sin precio fijo, se colgó en una web con la consigna de “Paga lo que quieras”. Dicen que la media fue de una 4 libras por compra, muchísima peña se lo bajó de gratis… lo único cierto es que pocos años después este se ha convertido en posiblemente el tercer disco favorito para los fans de Radiohead, y ha engendrado un clásico fijo en su repertorio como es “Reckoner”. Pese a la patraña de su supuesta “gratuidad”, In Rainbows fue número 1 en USA y en UK, descontadas las descargas, o sea que hubo MUCHA gente que se lo compró. Y que es canela, vaya.

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“Ahí está ese Yankee Hotel Foxtrot
.... tan difícil de oír la primera vez pero que no te abandonará jamás.”(Tirso Malatesta)Dos mil doce, eh? Este año se está conmemorando lo inconmemorable en cuanto a efemérides musicales: 40 años del Harvest, del primero de Paul Simon en solitario, del Exile On Main St., del debut de Big Star, de “All the Young Dudes”… quizás los más sonados aniversarios sean los del Transformer de Lou Reed y el Ziggy Stardust de David Bowie. Podríamos seguir: 20 años del Automatic for the People… esto sería un no parar, pero me sorprende que entre todas estas pseudonoticias no le hayan dado mucho bombo al décimo aniversario de un disco fundamental.
El lunes pasado (hace una semana justo) hizo 10 años de la publicación de Yankee Hotel Foxtrot de Wilco; disco de –digámoslo- country alternativo que marcó un punto de inflexión en la carrera del grupo por muchas razones, además de haberse convertido con el tiempo en uno de los 4 ó 5 más importantes de la década de los 2000: lo pongo junto al Kid A (2000) o el In Rainbows (2007) de Radiohead, el This Is It (2001) de The Strokes, el primero de Arctic Monkeys (2006) y pare usted de contar. Tengo que decir que el único al que le he “escuchado” reivindicar este álbum en la blogosfera o las redes sociales ha sido el buen Malatesta, fan impenitente de Wilco (estoy contigo en que ver en directo a Nels Cline te cambia la vida… pero eso es adelantarse en el tiempo).

En 2002 Wilco (todavía sin Nels Cline) tenían un disco acabado desde hacía meses que su compañía Reprise no quería editar. El grupo compró los masters y los derechos o lo que sea y por fin editó el disco en Nonesuch el 23 de abril, y bueno… la historia es de sobra sabida, y si no ahí tenéis la Wikipedia. El afamado multiinstrumentista Jay Bennett dejó el grupo tras la grabación, tales fueron las tensiones internas que el proceso creativo de Yankee Hotel Foxtrot conllevó para la banda de la zona de Chicago. Jeff Tweedy (el crack de Wilco, el cantante y compositor) también se peleó con el batería Ken Coomer y este fue reemplazado por Glen Kotche.
Todas estas tensiones y malos rollos se ven perfectamente en el documental I Am Trying to Break Your Heart (2002) de Sam Jones, y a propósito de esta película debo confesaros algo. Con Wilco profeso un poco la fe del converso, me pasaba como con otros grupos que ahora son imprescindibles en mi vida (p. ej. Guns N’ Roses o The Band), que me gustaban pero no acababa de cogerles el punto sin reparos que hacía que otra gente los idolatrara. En el verano de 2002 me fui a vivir a Carolina del Norte, y allí mi amigo Jon me habló de I Am Trying to Break Your Heart, de la grabación del disco, y la verdad es que yo no le hice demasiado caso, porque la faceta country de Wilco siempre me ha parecido más difícil de digerir que la pop-rock y, al predominar aquella, me costaba aceptarlos.

No entendí lo que mi amigo quería decirme con tanta vehemencia y entusiasmo hasta que un año después consentí que me grabara el Yankee Hotel Foxtrot y empecé a escucharlo poco a poco. Yo seguía prefiriendo otros discos de Wilco, como el Summerteeth (1998) o el Being There (1996), más accesibles o acaso a mí me lo parecían. En su momento no llegué a comprender que estaba in the company of greatness, que Yankee Hotel Foxtrot era un monumento de la década, acaso el disco por el que el grupo estaba destinado a pasar a la historia. Y coincido con Malatesta en que no es un disco fácil de oír las primeras veces, pero no porque sea tan experimental como el Kid A o marque un cambio de rumbo estilístico brutal con lo anterior de Wilco, sino más bien porque pudiera engañar por su aparente simpleza y pecar de anodino ante los oídos no sensibles.
A día de hoy, me es imposible ver sin emocionarme el comienzo del DVD Ashes of American Flags (2009), que se abre con la canción homónima, del Yankee Hotel Foxtrot, interpretada en directo. Puede que hace diez años no supiera apreciar la grandeza de lo que se nos venía encima, pero en 2012 estoy orgulloso de recomendaros este disco. Digo esto porque hoy he tenido una conversación con amigos acerca del esnobismo y la impostura en la música, gente que pretende ser más cool que tú a toda costa, y yo la verdad es que no tengo problema en reconocer que aunque conocía a Wilco desde el principio, no me entusiasmaban y tardé en cogerles el punto. Ahora me pirran y celebro con vosotros este décimo aniversario. Y no vas a decir nada más del disco, Porerror? De la música y sus canciones?

No puedo ni debo decir nada más, señora: corra usted a escuchar Yankee Hotel Foxtrot y -con un poco de suerte- lo comprenderá.

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“El que te focka, el que te parte la boca.”
(El Tito MC)Hoy quisiera homenajear a una personita muy especial. Un chiquitino al que vamos a rescatar tras un viaje en el tiempo. Mezclad en una licuadora una lata de refresco carbonatado, un sobre de polvos pica-pica y un mechón de pelo de Michael J. Fox y disponeos a viajar 22 años atrás en el tiempo: hasta 1990, cuando cursaba 7º de EGB. 7º de EGB era el equivalente a 1º de la ESO, solo que ahora “eso” marca el comienzo del instituto, los mismos niños pero ya en el insti, con cambio de etapa, etc., y en aquella época 7º constituía un auténtico mojón de pato, el Concejal de Cuenca de los cursos, un quiero-y-no-puedo porque todavía no eras el mayor del patio (siempre tenías a los de 8º poniéndote la pierna encima) y no habías entrado en ninguna maravillosa etapa nueva.
But I digress. De quien quería hablaros hoy era de un chavalón de mi clase, al que llamaremos Adolfito. Recordad, 7º de EGB: era el año en que se estudiaban por primera vez las ecuaciones, en que había que saberse el aparato digestivo de una paloma, y si mal no recuerdo en Sociales se daba la Edad Moderna, se aprendía a distinguir el Complemento Directo del Directo... Adolfito estaba en mi clase y en la de Harvest, era un repetidor, y por tanto un año mayor que nosotros. Era lo que en aquella época se conocía como “un mafia”. Él fumaba, se peleaba a hostias y probablemente ya hubiera cumplido los 14 años. Quién sabe si no se hubiese follado a algún burro utilizando un paquete de pipas como anticonceptivo. Decía “nabo” en lugar de “picha” y se le veía merodeando siempre con los (y las) de 8º, su “verdadera clase”.

Harvest y yo éramos niños muy buenecitos: obedientes, siempre hacíamos caso de lo que nos decían nuestros padres, y la mayor barrabasada que podíamos cometer era volcar un bote de témpera sobre una mesa y ser castigados sin ir al circo ese año. Por descontado que hacíamos a diario los deberes: TODOS LOS DEBERES TODOS LOS DÍAS. Y cuando faltábamos, estrictamente por estar enfermos, nos preocupábamos de llamar por el fijo (el único teléfono que existía) a algún amigo para saber qué se había hecho aquel día en clase. Tampoco éramos hijos o alumnos modelo, independientemente de las notas que se sacaran, el 90% de mi clase de entonces te podría contar la misma historia.
Pero Adolfito no. Él había repetido porque le quedaron un chorro de asignaturas, y paseaba su cuerpo por las aulas como quien vaga por ellas, estando sin estar, pasando de todo, como un personaje de una canción coetánea de Sabina, a quien por supuesto ninguno escuchábamos. Por tanto él no atendía en clase ni tomaba apuntes, antes bien, hacía todo lo humanamente posible por incordiar en clase, probablemente porque se aburría, sí, pero también porque gustaba de elevar el incordio a la categoría del Arte por el Arte.

Recuerdo una anécdota en concreto, que en mi joven cerebro tuvo un poder catártico. Veníamos de celebrar las fiestas de mi colegio, un par de días sin clase en los que se celebraban torneos deportivos, concursos culturales, festivales de variedades y verbenas de bailoteo light. Lo más esperado del año por nosotros, huelga decirlo. El día después de las fiestas teníamos deberes, claro, Harvest y yo y casi todos los traíamos hechos, pero nuestro profesor de Naturales (un farmacéutico al que muchos de mis lectores recordarán) sacó a la pizarra a Adolfito para preguntarle oralmente.
El niño, con todo el desparpajo contestó a las preguntas del profesor que no se lo sabía y a la absurda pregunta de por qué, que porque no había estudiado. Más preguntas absurdas de interrogatorio de profesor: “¿Por qué no has estudiado?” -“Porque eran las fiestas”. “Y para ti que es más importante, unas fiestas o estudiar y sacarte tu curso…?” Creo que no necesito revelaros lo que le contestó Adolfito. Aquello me causó piedad y terror, a partes iguales; era una trasgresión inimaginable en mi mundo de niño responsable.

He omitido un dato clave, acaso sin querer, acaso para ser tramposo. Adolfito era un niño “bien”, de familia con posibles. No sé qué habrá sido de él, si tengo que apostar diría que hoy día será un empresario de éxito, con patillas y copa de balón incorporadas. Posiblemente regente su propia empresa de transporte de melones. Al más negado de mi clase (le quedaban TODAS en TODAS las evaluaciones), también de familia bien, me lo encontré años después y me contó que era ejecutivo de una multinacional, tras haber estudiado en una universidad privada y haber ido a Estados Unidos. (Ya dijo el Arcipreste de Hita: “Aun el hombre necio y rudo labrador/ dineros le convierten en hidalgo doctor”.) No sería de extrañar que Adolfito hubiera corrido una suerte parecida a la del “ejecutivo”.
A diario me encuentro con mandrias que andan triunfando y con personas de éxito y valía que están en la puta calle. Anoche mismo me presentaron a una chica de mi edad con un expediente brillante, premios extraordinarios de Licenciatura y Doctorado, publicaciones y congresos a pares, con un libro publicado… que está en el paro. Adolfito fue en muchos sentidos un adelantado a su tiempo, un heraldo de la desidia que impera en las aulas actuales (más de la mitad de los alumnos actúan hoy como él lo hacía hace 22 años, me asegura Harvest) y de la puta picaresca española en su versión más negra, la que defrauda a Hacienda, la que se alegra de los males ajenos, la que medra por enchufismo y carece de escrúpulos y de talento.

Yo no puedo quejarme porque gracias a Dios estudié como un jabato y hoy tengo trabajo fijo. No puedo quejarme por mi situación, pero tengo ojos en la cara. Y mira por dónde, se me vienen a las mientes otros versitos de Sabina que caen ahora al pelo: “El más capullo de mi clase (¡que elemento!)/ llegó hasta el Parlamento (…) El superclase de mi clase (¡que pardillo!)/se pudre en el banquillo.” Si no habéis visto un vídeo de YouTube titulado “Generación Perdida” os animo a verlo. Yo sería el hermano mayor, pero también pertenezco a esa generación que se describe.
Si nos dieran un céntimo por cada vez que leemos en una novela algo así…
“Parecía increíble, pero a pesar de que [INSERTE NOMBRE O PARENTESCO] hubiera muerto, la gente por la calle seguía a sus quehaceres como si nada; yo estaba destrozado/a, pero el mundo cruel no se había parado.”
… seríamos millonarios.
Y es que está claro que cuando muere alguien querido el mundo no se para, y esto no es especialmente cruel (aunque vivir esa experiencia pueda serlo) sino que las cosas son así y conviene aceptarlo lo antes posible. Dicho esto, una vez que uno se ha armado de valor, resignación, serenidad, aceptación, llamadlo como queráis… una vez que uno lo ha hecho y continúa la vida “como si nada” a veces resulta espantoso comprobar lo fácil que se puede continuar adelante con un jugador menos en nuestro equipo. José Agustín Goytisolo lo plasmó muy bien: “Un hombre solo, una mujer,/ así tomados de uno en uno/ son como polvo en el camino;/ no son nada.” Somos las putas hormigas que ayer mi sobrino de cinco años pisoteaba en el parque –Dios caprichoso- para evitar que se le colaran por los zapatos. Polvo, hormigas, nada… la idea es de sobra conocida y constituye ya un tópico.
Tal vez por eso me fascinen las diferentes soluciones que el Hombre ha dado a este problema a través del tiempo y del espacio: las tumbas egipcias o aztecas, los cementerios romanos, las lápidas cristianas… e incluso esos que dicen que después no hay nada (si ponéis la radio a cualquier hora siempre hay algún tertuliano diciendo algo parecido) y que por tanto conviene carpear el diem. El pasado tiene la bromista tendencia a reaparecer tras mucho tiempo de andar agazapado, cuando menos te lo esperas, o será que yo (os confieso un defecto) no soy mucho de hacer limpia en los cajones. Personas importantes del pasado pueden saltarte al cuello en cualquier momento: cartas de ex novias, fotos de amigos de hace 20 años, a los que hace 10 que no ves, el problema surge cuando los recuerdos son de personas ya fallecidas, a las que por mucho que quieras ya no podrás volver a ver porque no se las puede contactar por Facebook.
¿Por qué será que es precisamente con ellos con los que más falta te haría reconectar? Siempre me he preguntado qué pasará después de la muerte, como todo el mundo, y como católico tengo una respuesta estándar altamente conveniente a mano: el Cielo, el Reino de Dios, etc. Vaya sin ironía, podemos creer en ello de manera más o menos metafórica o literal y seguir viviendo. Pero qué es el Más Allá? No será una viñeta de Mingote con peña tocando la lira o una de esas interpolaciones de Padre de Familia en las que un famoso llega al Cielo. No me da miedo mi propia muerte ni lo que pueda haber después, espero ser todavía demasiado joven para eso. Sin embargo, admito que a veces sufro por el destino de mis seres queridos que ya no están entre nosotros: qué habrá sido de ellos? Mis abuelos, mis abuelas, mi hermanita, no pueden estar solo en esos huesos tan deteriorados o ese polvo que salió del crematorio.
Aun a riesgo de parecer retórico o sentimentaloide, cuando estoy con personas que han sufrido pérdidas importantes hace poco tiempo siento una conexión especial, un temblor o un asombro si queréis, como si todos anduviésemos buscando las mismas respuestas. Perder a padres, madres o hermanas y hermanos demasiado pronto es una experiencia dura, y por desgracia tengo a bastantes amigos a los que les ha pasado en los últimos 6 años. Mantener vivo el recuerdo de alguien es difícil, porque aunque siempre anide ahí una llamita piloto de cariño en nuestro corazón (vamos a decirlo así) nunca podremos equiparar la sensación a cuando estaban vivos, a cuando estaban con nosotros, cuando los teníamos delante y su presencia nos llenaba de carne y hueso y sonrisas. Pero hay que seguir intentándolo.
Nada me produce más horror que el pensar que voy a olvidarme de las vivencias con mi hermana o de su papel central en mi vida durante mis primeros 31 años. Yo lo comparo al horror que sentía Marty McFly al comprobar que su foto de familia se iba borrando en Regreso al futuro, es como si estas cosas nunca hubieran ocurrido, se perderán como lágrimas en la lluvia, etc. La semana pasada, una compañera de trabajo me dio un retrato a boli de mi hermana y mío, basado en una foto en la que salimos los dos de chicos. Los que la han visto y conocen el paño han coincidido en el asombroso parecido y en lo bien que están captadas las miradas. No cuelgo el dibujo ni la foto porque tengo como regla no divulgar aquí ese tipo de imágenes, pero tengo que dar las gracias a mi compi y alegrarme de que le hayamos ganado una batalla al olvido, al tiempo malo que borra las imágenes de nuestra filmoteca mental y que atenúa las intensidades.
Algunos sabéis que Julio Iglesias era el artista favorito de mi hermana, y recordaréis que en su afamado tema “La vida sigue igual”, con el que ganó el Festival de Benidorm de 1968, decía “al final, las obras quedan, las gentes se van (…) la vida sigue igual”. Pero la vida, con seguir exactamente igual, no puede seguir igual ya nunca nunca nunca.
(Dedicado a los falsos poperos que me rodean y me aguantan.)Yo confieso: aunque me sigo comprando discos, sigo también bajándomelos gratis. Está la cosa muy mala, y además como excusa –si se necesitara- aporto problemas de distribución: en ocasiones, conseguir en Miciudad determinados discos de indie español es más difícil que sacarse unas oposiciones. Si no son novedades del último trimestre, olvídate, salvo que según no sé qué criterio luego aparecen (y se eternizan en las estanterías) infumables cosas que dice uno “De verdad alguien se compra esto o es lo que le gusta al dependiente del FNAC?” Pues ahí está el truco.
Dicho esto, hoy os traigo tres discos indies españoles que me he bajado gratis, y que luego sí que he visto en las estanterías de FNAC (porque en Miciudad, por si no había quedado claro, de otras tiendas de discos ni hablar). Me he bajado discos gratis, ñeñeñeñe, pero aún no tengo claro si os debo dinero o no, porque a cambio os estoy haciendo una propaganda bárbara. Y voy a ir a veros en directo, cuando vengáis y en los festivales. Y si no me llego a bajarlos no los habría escuchado, la verdad, y no se los habría copiado ilegalmente a amigos que a lo mejor se los compran o van a veros también en directo. No lo tengo tan claro, insisto, la conciencia no me remuerde ni lo más mínimo, pero admito que detrás de estos discos hay un trabajazo, de composición, de ensayos, de producción, etc… y dónde queda todo eso cuando yo me los bajo? Pues no sé, amigos, de momento vaya mi tributo emocional a vuestras canciones.

Cabeza de león (2011), de Jero Romero. Jero Romero era el cantante del afamado grupo Sunday Drivers, del que mis amigos tienen camisetas y que el telediario de Antena 3 bautizó como “los Wilco de Toledo”. No reírse, cabrones! Sunday Drivers no me gustaban porque cantaban en dizqueinglés, ese idioma propio del indie español tan fomentado por gente como Sexy Sadie o más últimamente The Right Ons. Pero Cabeza de león de Jero Romero en solitario está en español, su lengua materna, y bendito sea! No porque prefiera el español al inglés (no en la música pop-rock) sino porque prefiero el jamón bueno a la mortadela y una obra maestra a una espantajería.
Cabeza de león me parece el mayor golpe de estado al pop español desde Hostal Pimodán (2005) de Lori Meyers, por su sensibilidad, por su respeto a la mejor tradición melódica del pop sesentero español: Brincos, Juan y Junior, Los Ángeles, de eso estamos hablando, amigos. Pero con la frescura lírica de un Francisco Nixon, es decir, una cosa puesta al día. Os invito a escuchar “Nadie te ha tocado” y a resistiros si tenéis huevos a haceros fan de este prodigio. “Señor gigante” parece obra de Cánovas, Rodrigo, Adolfo y Guzmán (en mi mundo, esto es un piropo), “Correcto” tiene una letra que le envidiaría The New Raemon, y así sucesivamente. Como dicen los portugueses, a não perder.

Sí a todo (2011), de Rusos Blancos. Conocí a estos pavos por el blog de Francisco Nixon, creo que fueron sus teloneros alguna vez, o son sus amigos o así. Lo cierto es que su disco me ha supuesto una gran alegría, y su temazo “Supermodelo” es el himno indie que nos salvará de la mediocridad en 2012: baste escuchar una letra que comienza diciendo “Esas chicas indies/ que bailan sin mover los pies” y alcanza el paroxismo en un coro femenino que reivindica “Nosotras no llevamos chándal”. Quién no querría bailar esto, señoras y señores? Si no lo ponen en los bares lo pondré yo en mi casa o en la vuestra si me invitáis, no os quepa la menor duda.
El intimismo también tiene cabida, ahí están las preciosas “Tus padres, tu novio, tú y yo” (que suena a Santi Balmes sin resaca), “Comida para gatos” o “Lourdes” (“Lourdes,/ detrás de tus gafas de sol/ he visto un mundo mejor/ solo para mí”) y lo que tiene trazas de convertirse en otro himno de los tiempos que corren: “Hombre enamorado deprimido ante la crisis hipotecaria”. El humor costabravío regresa con “Carreras de lesbianas”, “(Todo esto es tan) Teenager” (otro estribillo imprescindible), “Gorka o Cabano” o “Novia depresiva”. En fin, que ya estáis tardando en oírlo porque es la crema: no podéis permitiros no tener un disco que incluye el verso “Batalla en tu cocina con queso Philadelphia”.

Demasié (2012), de Varry Brava. A este grupo les voy a echar de comer aparte. Olvidaos de dar pena en un rincón lamentando lo malas que son las mujeres (Erasmus, pijas, lesbianas, indies…) y haced el favor de salir a bailar. Varry Brava se han caído de una nave espacial, en concreto la de V, ochentera como ella sola, con el firmísimo propósito de haceros mover el jodido esqueleto. Y si este disco no lo ponen en los bares… etc. Se abre con “No gires” (reworking de una anterior versión maquetera), un tema que consigue precisamente lo contrario, que nos gire la cabeza hasta salir volando. Y continúa con “Calor”, otro más que posible candidato a mejor temazo del año.
El adjetivo que más se repite al hablar de Varry Brava es “hedonista”: admitámoslo, en sus letras hablan de bailar, de beber, de ligar, de salir por ahí a gastar dinero… y creo que son perjudiciales para nuestra juventud, un auténtico peligro público (“Después de tres/ se nos notó (…) mira dónde pones la mano/ alguien está mirando/ y te da igual”). Cosas nocturnas que no están bonitas, amigos. El disco entero es un frenesí de música de baile con influencia ochentera: “Ritual”, “Amantes de fuego”, “Radiactivo”… una auténtica barbaridad producida por Raúl de Lara (productor de Second). Pero el sonido de Demasié no tiene nada que ver con el de los discos de Second: aquí estamos más cerca de Alaska que de Los Secretos. Ah, y bueno, en verdad también hay hueco para lamentar lo malas que son las mujeres (“Despeinados”, "Disco"), pero no en un rincón llorando, sabéis, sino dándolo todo en la pista de baile, comme il faut!
De los creadores de Ir a ver una obra de teatro porque sale María Barranco nos llega ahora una elegante y conmovedora pieza: Ir a ver una obra de teatro exclusivamente porque sale Emma Suárez. Algún desalmado podrá acusarme de oportunista, o de salido. Ustedes no fuisteis adolescentes en los 90 o qué? Si la respuesta es no, difícilmente podréis calcular el impacto de estas jamelgas/grandes actrices en el imaginario masculino. Véanse de ejemplo películas como Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988), El efecto mariposa (1995), La ardilla roja (1993), Tierra (1996), Orquesta Club Virginia (1992) o El perro del hortelano (1996). ‘Nuff said!
En estas estábamos cuando un afamado lector del blog –cuya identidad permanecerá en el anonimato dado el desastre que vendrá- me llama el domingo pasado y me propone ir a ver la obra de teatro La avería, adaptación dramática del relato del suizo Friedrich Dürrenmatt, a quien vosotros conocéis mejor que yo. La cosa es que me encanta el teatrito, la última vez que fui acudí a ver Tócala otra vez Sam, de Woody Allen, dicen las malas lenguas que porque en el elenco figuraba María Barranco. Total, que digo “sí”, me apunto a la jugada y allá que voy. Es muy fácil a toro pasado tergiversar los hechos y afirmar que dije sí porque previamente había leído la programación del teatro y sabía que en La avería trabajaba Emma Suárez, otra gran musa del palotismo juvenil.

Yo a Emma la admiro como el que más, y me parece una gran dama del cine y del teatro y lo que haga falta. Por zanjar el tema, llega el día de la representación y –por la razón que fuese- ya andaba yo nervioso ante la perspectiva de la velada teatral que me aguardaba. Entonces, en un arranque de anticipación, me da por mirar en Google algo acerca de La avería, porque os confieso que ni noticia tenía del autor ni de su obra, y me pareció buena idea ir avisado. Entro en la web del teatro, releo el elenco, como confirmando que actuaba Emma y cual no será mi sorpresa al comprobar que su nombre no figura entre la lista de los “convocados”.
Me habría equivocado? Habría cometido la (gran) cajada de comprar una entrada para ver una cosa porque salía Emma Suárez y ahora resultaba que no salía ella? Me entraron sudores fríos, agravados por el hecho de saber que una semana antes habían representado en el mismo teatro El perro del hortelano de Lope de Vega, a la que no fui, y saber también que el nombre de Emma Suárez se encuentra para siempre asociado al de Diana, condesa de Belflor: papel que le valió un Goya (premio). Pero no actuaba Emma en esta versión de El perro, ni en ninguna de las otras obras anteriores ni inmediatamente posteriores.

Mosca, rebusco en Google más información sobre la obra (ya no me interesa la sinopsis ni nada) y confirmo la gran trayectoria que lleva, la gira de La Avería, dirigida por Blanca Portillo (personaje brbrbr…) y featuring Emma Suárez en el único papel femenino. Acudo al teatro, y en la cartela de fuera confirmo la jugada, todo va bien: va a haber emmismo. Pero –oh infortunio- en otro cartel más pequeño, dentro del propio teatro, aparece una lista de nombres y entre ellos no está el de nuestra actriz madrileña favorita. Me dan el programa y se confirma la infamia: Blanca Portillo, directora: sí, ya lo sabíamos… pero también como actriz y ni rastro de la otra.
Empieza la obra, estoy desolado. Solo me consuela el hecho de que los actores lucen un pesado maquillaje tipo cine, incluido Blanca Portillo, por lo que resulta imposible reconocerlos. La avería resulta ser una obra interesantísima, asaz turbadora, y con la clara vocación de sacudir conciencias, en una onda entre Kafka, Arrabal, Camus y el teatro del absurdo. Mezcla la farsa con la tragedia, subvierte tus expectativas, y os la recomiendo sin lugar a dudas. Pero a mí me sabe a poco porque mi mayor expectativa ya hace rato que me la subvirtieron.

Mi acompañante - certero comentarista- me suelta al oído más sal en la herida: en una escena en la que la única actriz que hay sobre las tablas enseña muslo me dice: “Si hubiera sido Emma Suárez, eh compadre?...” Ay!
Sé que todos estáis esperando con el mismo interés que yo (o más) la nueva película de David Trueba: Madrid, 1987. De aquí a que se estrene, se hace imprescindible saciar la ansiedad con alguna obra del Trueba bueno (“el Trueba no jazz”, para entendernos), Personaje Oro de Estatuas Verdes. En estas estábamos cuando han editado en DVD la serie de televisión que hizo en 2010 para Canal Plus: ¿Qué fue de Jorge Sanz? Su visionado se hace imprescindible pues fue saludada como la gran novedad televisiva en España, y aunque en otros países haya habido cosas parecidas (Larry David, 2000- , se me ocurre, o muchos mockumentaries), lo cierto es que aquí no existía nada tan real, cómico pero aparentemente descuidado y pseudoconfesional desde los “Testimonios” de La Hora Chanante.
Si hubiera que incluir ¿Qué fue de Jorge Sanz? dentro de un género este sería la comedia, sin lugar a dudas. Pero no es una sitcom al uso, la serie consta de seis episodios de entre 30 y 40 minutos, cada uno con sentido completo, hilvanados por la evolución de Jorge Sanz, el niño prodigio trocado en galán bajito trocado en –nos quieren hacer creer- juguete roto. En realidad Jorge Sanz en todos estos años no ha dejado de trabajar, y no ha caído –que se sepa- en ningún horror sin fondo de alcoholismo, droga, ruina o cárcel. Es solo que desde que fracasara estrepitosamente con la serie El inquilino (2004) “su carrera ha ido un poco lenta” (por decirlo en términos de El gran Lebowski).

El gran chiste sobre Jorge Sanz, sobre el que toda la serie descansa, es que una persona pueda sentirse acabada a los 40 años: su mejor época queda lejos… los premios, el acoso de las fans, los grandes proyectos de la A List, su físico incluso, que lo convirtió en un imán para no pocas jamelgas. ¿Qué fue de Jorge Sanz? muestra a un actor desmejorado físicamente, a ratos desmoralizado pero sin perder la ilusión por plantar batalla. Algo pícaro (sospecho que este rasgo la ficción lo exagera), nos encontramos con un Jorge Sanz que ante todo sabe reírse de sí mismo (cosa que resulta palmaria desde el punto y hora en que la serie existe).
En el periplo basado en la cotidianeidad de Sanz fabulada nos encontramos abundantes cameos de otros grandes del cine español de las últimas décadas: Antonio Resines, Santiago Segura, Juan Luis Galiardo… y menciones a otros como Almodóvar, Quique San Francisco o Fernando León de Aranoa. También hay ficción: por ejemplo, Vicente Haro hace de padre de Sanz y Ayanta Barilli (la imposible hija de Sánchez Dragó) de una cachonda directora de banco.

Preludiados por clips de pelis clásicas de Sanz (Crónicas del Alba. Valentina, 1982, El año de las luces, 1986, Amantes, 1991…), los episodios de la serie están plagados de bromas recurrentes, todas a costa del actor. Que si de chico era más guapo, que si como galán resultaba corto de talla, su agria polémica con Almodóvar, el batacazo de El inquilino… mortificando al desmejorado actor, a quien además de pícaro se retrata como juerguista, pero siempre con buen corazón y amante de su profesión.
El tratamiento -ya se ha dicho- es realista, cuasi objetivo, la vida de Jorge Sanz pasa ante nuestros ojos como si de un documental se tratase, subrayada tan solo por el uso obsesivo de una canción de Eels y la sintonía “Civic Pride” del enorme Darren Hayman (que abría su disco Pram Town, 2009, se acordáis?).

Dejando aparte el hecho de que soy un incondicional de David Trueba y bastante fan de Sanz, mi veredicto sobre la serie es de un notable alto. No la considero obra maestra, pues aunque la idea de partida es magnífica, su desarrollo no alcanza todo lo que parece prometer. No sé si lo bueno si breve etcétera, pero a mí que solo hayan hecho seis episodios me ha sabido a poco. Además, en ocasiones, los ultrarrealistas diálogos me han parecido un poco insustanciales, aunque entiendo que estarán pulidos al máximo (precisamente por eso no quiero ver ni un minuto “de relleno”).
El 80% de los diálogos y el guión de Trueba sí me parecen cojonudos, y el otro hallazgo de la serie lo dejo para el final. Se trata de Eduardo Antuña, en el papel de Amadeo Gabarrón, ex vendedor de quesos metido a representante de Jorge Sanz sin tener ni puta idea del negocio. Entre losers anda el juego, ya que parece que tanto Trueba como Sanz iniciaron el proyecto cuando estaban sin trabajo y sin un duro, y es que, si queréis una de las claves de la serie, según su director no solo se trata de ¿Qué fue de Jorge Sanz? después de tantos años sino también de qué ha sido de nosotros.