Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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domingo, 5 de octubre de 2008

Vicky, Cristina, Barcelona, Woody, y Almodóvar


Si un desconocido te regala flores, eso es Impulso. Si un desconocido te invita a volar en su avioneta y a follisquear, eso es una peli de Woody Allen. Sí, amigos, he acudido a ver Vicky Cristina Barcelona (2008), esa película que usted y yo le hemos pagado a Woody Allen. Se trata de “una carta de amor a Barcelona”, una postal a Oviedo y un post-it a Sevilla (que solo es nombrada una vez de refilón: las otras dos ciudades salen, se ve que pagaron más). Primera sorpresa, “Barcelona” la impresionante canción de Giulia y los Tellarinis que abre la peli y salpimenta la banda sonora.

En lugar del jazz de siempre, como esta está rodada en España aquí toca “Granada” de Albéniz o “Entre dos aguas” de Paco de Lucía. En lugar del Empire State Building, la Sagrada Familia. Y así sucesivamente. La segunda sorpresa es que aunque la peli se ha promocionado hasta la saciedad como un triángulo entre Bardem, Scarlett Johansson y Penélope Cruz, no lo es del todo. O no solo es eso. El dichoso triángulo (difícil conceptualizar un trío actoral menos caro a Estatuas Verdes, acaso Bebe, Blanca Romero y Nancho Novo) es uno de los núcleos pero hay otro, que es en realidad la premisa de la peli. La historia es simple: dos americanas de clase media alta y con aspiraciones intelectualoides pasan un verano de gañote en Barcelona.

Aun siendo –supuestamente- almas gemelas, en asuntos del amor la una es la antítesis de la otra. Vicky (Rebecca Hall) es una chica seria, comprometida, de las que tienen novio formal y están a punto de casarse. Dándole la réplica a esta especie de Meg Ryan está Cristina (la Johansson): romántica empedernida, guarrilla, desinhibida, descreída del amor y el compromiso. A estos personajes perfectamente arquetípicos –que además en la peli se nos presentan de dos brochazos no diré gruesos pero sí medianitos- se les une otro arquetipo: el bohemio artista atormentado, hipersensible en lo espiritual pero con más ganas de fornicar que Picasso. Este es el papel que interpreta Bardem.


Bien leí en Almanaque de Otoño que Vicky Cristina Barcelona era un estudio o reflexión sobre el amor y la vida, y dicha noción –que considero acertada- condicionó en cierto modo mi experiencia de visionado de la peli. En efecto: aquí se filosofa con baja intensidad sobre el amor y la condición humana: compromisos, fidelidad, promiscuidad, amor, sexo… al trío inicial pronto se sumará el personaje de Penélope Cruz, adición que es muy bienvenida y que da a la historia un apreciable toque almodovariano.

Otro posible título para esta peli podía haber sido Pintores al borde de un ataque de nervios. Los gritos e histerismos del dúo Bardem-Cruz resultan tan chabacanos que realmente funcionan: no sé si lo suyo es método pero no me cuesta imaginármelos chillando igual fuera de cámara. Ironías aparte, no voy a criticar su interpretación: es correcta y funciona, y ya estoy diciendo mucho. Pero a mi juicio la gran injusticia de esta peli es el ninguneo que se ha hecho en la promoción de Rebecca Hall, cuyo personaje sea quizás el más creíble de toda la peli. Rebecca (Vicky) supone un verdadero hallazgo, y se me ha antojado (por su dicción y las situaciones en que se ve envuelta) el alter ego femenino de Woody Allen.

Sabido es que desde hace diez años, Allen ya no sale haciendo de sí mismo en sus películas: pone a otro en su lugar, sea Kenneth Brannagh o Jason Biggs. Pues aquí quien hace de Woody Allen es la señorita Hall, y lo hace estupendamente. Atípico, ¿verdad? Otra cosa que se ha comentado acerca de Vicky Cristina Barcelona es que carece de los elementos tópicos de las pelis de Allen, a saber: rabinos, psicoanalistas, culturetismo. Todo lo demás sí esta: diálogos chispeantes, comeduras de tarro, escenas de cama, pero es verdad que no hay ni rastro de judaísmo, solo una mención al psicólogo, del jazz ya he hablado y en lugar de cultura aquí se habla de Gaudí y de Miró.


¿Quiere esto decir que Woody Allen ha hecho una peli “española” (o “catalana”)? Nanay de la china. Lo que ha hecho es una peli de yanquis ambientada en un sitio exótico, que bien podía haber sido Cuba, Egipto o un crucero por los fiordos. No hay trampa ni cartón, empero, el propio Allen así lo ha declarado con una desfachatez que le honra. Que su peli es una historia de amor que podría desarrollarse en cualquier lado. Pero ponle unas alpargatas, una guitarra española y una mijita pa amb tomaca y ya tenemos los marchamos de la Generalitat y el Ministerio de Cultura.

En cuanto a los personajes y su evolución, hay que decir que no son planos, sino que acaban (previsiblemente, por cierto) en las antípodas de sus posiciones de salida. Y no es un spoiler, no os preocupéis, no cuento más. Entonces, Porerror, ¿en qué queda esta historia de amor y expatriados insatisfechos sexualmente à la novela decimonónica ambientada en Barcelona y Oviedo? Pues mirad, para mí queda en una comedia divertida, que realmente funciona. Una especie de divertimento menor frente a una obra de calado como Match Point (2005), pero oye, Shakespeare también te alternaba obrones con comediotas.

jueves, 22 de mayo de 2008

Palabra de rock (Te alabamos, Señor)

¿La Movida o La Familia Monster?... ¡Correkchou!


Jugando en la Play 2 al Singstar versión “La edad de oro del pop español”, un colega me comenta: “Qué letra más mala tiene está canción”. Se refería nada menos que a “El calor del amor en un bar” de Gabinete Caligari (1986), una de mis favoritas de todos los tiempos. A mí siempre me ha parecido que la letra de ese tema es especialmente buena, tanto es así que en Estados Unidos se la hacía leer a mis alumnos universitarios de clase de español. Me parece una agudísima radiografía castiza de un momento (el amanecer tras una noche de juerga) y un lugar (un bar… de Madrid, para más I.N.R.I.).

Como argumento de autoridad, le digo a mi colega, “Pero tío, ¿qué dices? ¡Si esa letra figura hasta en el libro Palabra de rock, es una de las mejores de Jaime Urrutia!” Entonces caigo en la cuenta de que todavía no he hablado de este libro en Estatuas Verdes. Palabra de rock: Antología de letristas españoles (2008) es una obra editada por Silvia Grijalba , escritora, estudiosa de la poesía rock y autora de canciones ella misma. Recuerdo que leí sobre la aparición del libro y me interesó: me lo compré enseguida.

La prensa decía que Palabra de rock venía a paliar la criminal ausencia de obras de este tipo en España, y estoy completamente de acuerdo. Como bien dice la editora, “la letra de canción es un género en sí mismo” (muy desatendido en España, por cierto), y por tanto no debe confundirse con otros géneros literarios con los que está emparentada, como el relato breve y la poesía (algo que ya se dijo en este blog). También decía en su prólogo Silvia Grijalba que dictaminar “si Dylan es mejor poeta que Gamoneda” es un debate estéril y chorra. A cada uno lo suyo, y aunque haya permeabilidad (Borges escribió tangos, Luis Alberto de Cuenca letras para La Orquesta Mondragón y Jim Morrison poesía seria… ji, ji, ji…) ambos mundos no son lo mismo.

Hasta aquí las coincidencias con la editora/antóloga del libro. Supongo que cualquier fan de la música rock podría perfectamente realizar su propia selección de lo que considera “los mejores textos de canciones de rock españolas” (la acotación es importante, porque el criterio deja fuera a Serrat, Sabina, Calamaro, Spinetta o Manolo García). El truco está en que la selección que aquí nos presenta doña Silvia Grijalba a mí personalmente me parece un despropósito. Lo bueno que tiene es que está razonada (justificada, diría yo), no es arbitraria, pero a mí no me vale. Pero claro, el libro lo ha hecho ella y no yo.

Resultaría tedioso listar la nómina de “letristas” (the preferred nomenclature, no “autores”, “compositores” o “poetas”) del libro, pero citaré algunos ejemplos para ilustrar mi caso. Aparecen indiscutibles como Kiko Veneno (¿era rockero?), Robe Iniesta (el de Extremoduro) o Santiago Auserón (de Radio Futura, Juan Perro y más). El problema es que las canciones antologadas no me parecen ni las mejores ni las más representativas, de acuerdo con los criterios literarios explicitados por la editora. Ejemplo: aparecen nada menos que dos temas del último disco de Kiko Veneno (El hombre invisible, 2005) y ninguno de los álbumes Veneno (1977) o Échate un cantecito (1992).


De la nueva hornada tenemos a nombres tan dispares como Nacho Vegas, Astrud o Pauline en la Playa (no es coña). No hay canciones de Nosoträsh, La Costa Brava, la buena vida o Los Planetas (aceptamos “barco”). Entiendo que esto no es un combate de preferencias (¿por qué Chucho sí y Sr. Chinarro no?, etc), cada cual tendrá las suyas, pero no dejan de ser fascinantes determinadas presencias y ausencias en una antología que –diga lo que diga- al final da a las letras de canciones el tratamiento estándar de los poemas.

Lo que para mí constituye un escándalo de juzgado de guardia es la hipertrofia de canciones de la “Movida” antologadas en el libro. ¿De verdad fue un fenómeno de tal calado cultural? Aun concediendo la importancia de ciertas canciones en el imaginario colectivo de ciertas personas, Palabra de rock deja en la calle a Nacho Canut, Carlos Berlanga o Vainica Doble, pero sí abre las puertas a “figuras” como Sabino Méndez (el letrista de Loquillo), Fernando Márquez (Kaka de Luxe, La Mode), Poch (Derribos Arias, Ejecutivos Agresivos). El caso de este Poch ya raya en la ida de cabeza: doña Grijalba lo califica de “genio en general” (ahí queda eso).

En fin, para qué voy a decir más… también están por ahí el de Siniestro Total, el Bunbury… yo, qué queréis, al lado de todos estos Almodóvar y McNamara (que no salen) eran Góngora y Quevedo, literariamente hablando. Y aun así recomiendo el libro, por lo menos lo alabo por su valentía y por haber intentado hacer una cata en un terreno que, repito, en España estaba virgen. Y yo de mayor quiero ser Silvia Grijalba.
 
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