Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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lunes, 18 de febrero de 2008

El gran fraude de la historia inglesa


Estoy hasta las narices. Veo en el telediario de Antena 3 (¿dónde si no la agenda de espectáculos?) que nos llega la enésima película histórica ambientada en el Renacimiento inglés. En este caso la excusa son las hermanas Bolena (Ana y “la otra”) y su supuesta rivalidad para lograr los favores del joven y apuesto príncipe Enrique, futuro rey Enrique VIII. Esta peli se suma a otras como Elizabeth: La edad de oro (2007), Matar a un rey (2003), Elizabeth (1998), Shakespeare In Love (1998), Restauración (1995) y a las series de TV Enrique VIII (2003), La Reina Virgen (2005) o Elizabeth I (2005).

Estas representaciones culturales de la realeza y la historia inglesas son todas iguales: infernales. Pero hay que reconocer que los británicos (espoleados por el entusiasmo y la ignorancia norteamericanas, lo digo con todas las letras) se las pintan como nadie para sacarle partido a su historia y a su patrimonio. ¡Cómo te lo venden los mamones! Solo hay que realizar un tour guiado por la Torre de Londres, antiguo castillo normando de Guillermo el Conquistador, luego palacio real y prisión de –entre otros- Ana Bolena para ver cómo la visita a un monumento puede convertirse en un divertidísimo paseo repleto de anécdotas atractivas (a base de morbo y topicazos pero, ¡hey! no es un congreso de historiadores). Todo esto teniendo como guía a un sargento de los Beefeaters (los de la ginebra –y no hablo de la esposa del Rey Arturo) ataviado con el típico uniforme de gala.

Imagínense ahora cualquier visita guiada (si es que las ofrecen) a un palacio o monasterio del Patrimonio Nacional español. Sería la funcionaria malencarada de turno, vestida de azul marino y largándote una turra de datos y fechas que el 99% de los visitantes no es capaz de asimilar. O el tipo gris que habla para el cuello de su camisa y se dedica a detallarte una por una las autorías de todos y cada uno de los objetos que hay en todas y cada una de las salas (“aquí, tapiz de la escuela flamenca, de 1568, realizado en el taller de Van der Fulanitje”, “frescos de estilo italiano atribuidos a un discípulo del Maestro de la Virgen del aguamanil, activo en Génova entre 1617 y 78”…). Esto es así váyase a Madrid, Toledo, Sevilla, Córdoba, Cáceres, El Escorial o San Millán de la Cogolla.

El pasado verano tuve la suerte de visitar el palacio de Hampton Court, situado a la orilla del Támesis (por cuya entrada, por cierto, me clavaron 30 euros). La verdad es que el palacio me interesaba muchísimo: primero perteneció al poderoso Cardenal Wolsey, quien luego cayó en desgracia y se lo regalo a Enrique VIII. Allí no había tour guiado como tal: directamente se trataba de un sainete en el que una troupe de actores y actrices (todos vestidos de época) dialogaban entre ellos y con el público, y así te iban entreverando las perlas de información. También había otras visitas temáticas, tomando como excusa la dieta de palacio (y las comilonas de Enriquito Octavo), los supuestos fantasmas que lo habitan o los instrumentos musicales de la época, con demostraciones en vivo incluidas.

Otra cosa que pude ver fue una falaz exposición acerca del joven Enrique VIII (sí, el tipo repulsivo de los cuadros… ¡pues lo casaron seis veces!), donde lo pintaban como el típico caballero del Renacimiento: apuesto, galante, poeta, músico, cazador, consumado guerrero, deportista, que lo mismo era capaz de asediar una plaza en Francia que de componer una delicada pieza musical. Al pobre Enrique lo retrataban como un hombre aquejado de una vitalidad y una pasión extraordinarias, que poco menos que no tuvo más remedio que aceptar los requiebros de Ana Bolena. Traducción: estaba casado con Catalina de Aragón, gracias, y como esta era incapaz de darle un heredero varón pues la tiró como un kleenex y se fue con su amantona. Verdad es que luego se casó con la Bolena, como también es verdad que más luego todavía la mandó matar cuando se hartó de ella.

Pero… ¡cuán atractivo queda todo bien expuesto, con la selección y disposición adecuada de los contenidos! Hablo de paneles informativos, de objetos, documentos y piezas históricas que contribuyen a crear ambiente y a meterte en la época. Hablo de iluminación y de ambientación musical; hablo de cartelitos en las vitrinas lo suficientemente claros e interesantes… No dudo de que la historia inglesa es apasionante, a mí me apasiona desde luego. Pero tanto o más lo hace la española, y aquí no sabemos sacarle partido a nuestra mejor etapa (los Siglos de Oro), ni a nuestros personajes: Cervantes, Carlos V, Santa Teresa… Al final tenemos que aguantar que los extranjeros nos tachen de ignorantes por negar que el primero que dio la vuelta al mundo en barco fue Francis Drake (al que por supuesto ellos consideran un caballero y no un pirata). Ahora que lo pienso, a lo mejor lo que tengo es envidia. Sí, la tengo, pero no de su historia sino de su manera de divulgarla.
 
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