Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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jueves, 11 de septiembre de 2008

Miedo me dan


“Los nacionalismos qué miedo me dan”.
-Enrique Bunbury


Me despierta un buen amigo de la siesta con un anuncio inquietante: “¿Estás escuchando Radio 3? En un programa están contando que han acusado a Bunbury de plagiar a Benedetti, a Neruda y al sum sum corda”. Demasiado bueno para ser cierto. A mí Bunbury no es que me caiga mal, de hecho cada vez me mola más con los años, pero siempre me ha parecido sospechosa su calidad literaria (por no hablar de su gramática: “blanca esperma resbalando por tu espina dorsal”). ¿Bunbury plagiando a Benedetti, el apóstol del buenrrollismo? Demasiado jugoso para ser cierto.

Entonces busco la noticia y no hay vuelta de hoja: Bunbury ha copieteado a varios poetas como un cosaco, sin ningún miramiento. En cierto blog le echan en cara que no haya admitido sus influencias de antemano, como hicieron el Sabina o Jaime Urrutia. La revista La Clave (dirigida por José Luis Balbín) aporta pruebas demoledoras: plagiazos a caraperro. Botón de muestra: “Las cosas más triviales / se vuelven fundamentales” (“Todavía”, Mario Benedetti). En la canción “Opio” de Héroes del Silencio: “Las cosas más triviales se vuelven fundamentales”.


Bunbury, rey de la intertextualidad, dirán algunos, un cantautor cuyo nombre artístico está sacado del de un personaje de una obra de Oscar Wilde. Cuando la crítica feminista y postestructuralista Julia Kristeva acuñó el término en 1966 no creo que se estuviese refiriendo a poner en tus canciones versos de otros sin decir de dónde habían salido. En otro blog se defiende a Bunbury con denuedo: lo que pasa es que el pavo es tan leído que se le viene a la mente todo su bagaje literario a la hora de componer. Lo mismo alegó George Harrison cuando le acusaron de plagiar el “He’s So Fine” de las Chiffons con su tema “My Sweet Lord” (“Es una canción que me ha calado tan hondo que voy y la compongo otra vez”).

Con misericordia, pienso que la mejor frase de Bunbury es aquella que le dedicó al nacionalismo en su tema en solitario “El extranjero”. Los nacionalismos son pupita, ¡qué gran verdad! Yo mismo he buscado este verano infructuosamente en Irlanda el libro que desenmascara los nacionalismos: La invención de la tradición del prestigioso historiador británico marxista Eric Hobsbawm (1983). No lo encontré. ¿Será porque en Irlanda el nacionalismo (la fábula) alcanza el grado supremo de historia oficial? No lo creo, porque los anaqueles de las librerías irlandesas sí que exhiben otras obras de Hobsbawm.


Irlanda es un país joven que como todos necesita sus héroes. Lástima que ellos los saquen de entre terroristas y gente de la más dudosa ralea. Cada país necesita sus héroes, preguntadle a un uruguayo por Mario Benedetti, o a un argentino por… Carlos Gardel. Bunbury, el aragonés con nombre de personaje inglés escrito por un irlandés plagió a un uruguayo.

Costa Amalfitana, agosto de 2008. Dentro de un Seat León negro que circula a 50 km/h por la traidora carretera italiana, un amigo me espeta: “¿No has oído la última de Gardel? Que por lo visto el pavo no era argentino sino uruguayo, y él mismo en su lecho de muerte ratificó emotivamente su uruguayidad”. Impresionado, guardo silencio. Yo siempre había pensado que Carlos Gardel había nacido en Francia.

sábado, 30 de agosto de 2008

Irlanda vs. Sicilia


Sin motivo aparente, vuelvo a la carga con la comparación de dos bonitas islas. Una de ellas es un país independiente desde hace menos de sesenta años, y ni siquiera la isla entera. La otra forma parte de un país mayor, de unos 140 años de antigüedad como tal. Hablemos.

Bandera. La de Irlanda es una copia de la de Italia, que a su vez fue calcada de la de Francia. Su simbolismo (el verde católico y el naranja protestante unidos -¿separados?- por el blanco de la paz) le hace ganar enteros. La de Sicilia, un triángulo rojo y otro amarillo sobre el que campa la Trinacria, emblema de la isla que simboliza su condición de bañada por tres mares diferentes (el Mediterráneo, el Tirreno y el Jónico: o sea, el Mediterráneo). Sin embargo, la Trinacria es una divertida figura con tres piernas, lo que concede a Sicilia la victoria en este apartado por un mínimo margen.


Geografía. Empate en población: poco más de cinco millones de almas en ambos casos. Irlanda es casi cuatro veces mayor que Sicilia, punto ahí, pero si hablamos de clima… Sicilia tiene clima Mediterráneo, muchísimo calor y pocas lluvias. Irlanda el Atlántico: lluvias, lluvias, nubes y fresquete. ¿Empate? No, claro, preferimos pasar calor.

Idioma. En Sicilia se habla una particular variedad de italiano, que es decir que se habla latín. En Irlanda se habla inglés (también dialectal) y una divertida lengua celta en la que el gobierno se empeña en poner todos los letreros: el gaélico irlandés. Por supuesto, el italiano es infinitamente superior al inglés, pero el hecho de tener Irlanda otra lengua minoritaria hace que en esta área declaremos el empate.


Gastronomía. Bebidas de referencia de Irlanda: la Guinness y el whisky. Ídem de Sicilia: horchata de almendra y vino de Marsala. Personalmente prefiero las sicilianas, pero las estadísticas les dan la razón abrumadoramente a los colegas irlandeses. Desayuno típico siciliano: brioches migados en granizada y bollería rebozada rellena de nocilla; desayuno irlandés: huevos, salchichas, bacon, tomate, champiñones, varios tipos de morcilla… Irlanda gana por goleada.

Para el resto de comida Irlanda nos ofrece su ternera, sus patatas, sus pies, sus scones (bollitos) y Sicilia su pez espada, sus pistachos, sus bocadillos de helado, su pasta (con berenjenas, con calabacines, con sardinas, con tinta de calamar), sus croquetas de arroz, sus cannoli (dulces típicos). Ni que decir tiene que punto para Sicilia.


Historia. Pueblos que han invadido Sicilia: cartagineses, griegos, romanos, bárbaros germanos, bizantinos, árabes, normandos, aragoneses, Borbones, liberales de Garibaldi, ejército Aliado (2ª Guerra Mundial). Pueblos que han invadido Irlanda: celtas, vikingos, normandos, ingleses, ingleses e ingleses otra vez. Simplificando a los normandos del siglo XII, nos queda que Sicilia ha sido invadida más veces y por gente más interesante. Y eso que haber sufrido el yugo inglés puntúa doble.

Sociedad. La Mafia y el IRA se simplifican y se cancelan mutuamente, a cuál más hijos de puta.


Cultura. Empate en religión, la favorita de ambas islas es la católica. Irlanda además presenta a varios santos de gran peso como San Patricio, San Borondón o San Kevin. Los santos sicilianos (como Santa Ágata o Santa Rosalía) son un poco de segunda fila, pero es de admirar que cada pueblo siciliano suela tener dos patrones, mejor que uno.

En cuanto a las artes… en Irlanda estuvieron los vikingos y en Sicilia los griegos y los romanos, lo cual ya debiera de por sí zanjar el debate. Está claro que el patrimonio siciliano (al que hay que sumar las obras de arte sículo-normando y barroco) deja en brajas cualquier aportación irlandesa. Sin embargo, parafraseando a El Nota de El Gran Lebowsky, la carrera artística de Sicilia ha ido “un poco lenta últimamente”, mientras que durante los últimos ochenta años los irlandeses se han esforzado muchísimo por dejar huella de su cultura nacional (inventada, como todas).


Literatura. Aquí la pluma debe rendirse sin dudarlo del lado irlandés. Pese a contar en su nómina con sinvergüenzas como James Joyce y terroristas asesinos como Brendan Behan, la literatura irlandesa ha dado al mundo media docena de nombres universales. En realidad, solo con Oscar Wilde bastaría para callar a cualquiera, pero a este debemos sumar a G. B. Shaw, a Jonathan Swift, a W. B. Yeats y a Samuel Beckett. Y a Bram Stoker, el autor de Drácula (1897). Sicilia también ha dado alguna lumbrera, como Luigi Pirandello o G. Tomasi di Lampedusa, pero no olvidemos que los sicilianos son responsables de infligir en el mundo gran parte de la ópera del siglo XIX. Novela de referencia irlandesa: Ulises (1922); ídem siciliana: El Gatopardo (1958). Gol del honor para Sicilia.

No sé, me sale un empate, ¿qué pensáis? A ver si va a resultar que, después de todo, Irlanda y Sicilia van a ser la misma cosa… si doblamos el mapa, claro.
 
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