Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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lunes, 11 de mayo de 2009

Castilla me la pone dura


Creo en Castilla. Castilla me ha dado mi cultura. Decidí tener una educación castellana, pero aprendí a no deshonrar nunca a mis coloristas paisanos de Despeñaperros para abajo. Leí El Lazarillo, leí El Quijote, admiré a Felipe II, me emocioné con Machado, con la Catedral de Burgos… Aprendí a no distinguir al pronunciar entre la “b” y la “v”, pese a que lo hacían los cantantes argentinos de moda….

Creo que más o menos así comenzaba la monumental película El Padrino (1971), cuya escena inicial tenía lugar en una boda. El destino y mi inquieta imaginación han querido que este fin de semana me haya acordado de este discurso, pues he tenido la suerte de asistir a otra boda, celebrada en Valladolid. Esto me ha servido para constatar una tendencia de mi mentalidad que venía latente desde hace tiempo pero que es irrefrenable: admiro Castilla, la envidio. De hecho, salvo el clima, se lo envidio todo.

Pese a lo que tres décadas de delirios autonómicos nos hayan intentado hacer creer, Andalucía no es ni Marruecos, ni Cuba, ni “la California de Europa” (Pepote, vuelve!). Andalucía, para bien o para mal, es el sur de Castilla. Claro que hay muchísimas cosas diferentes, España seca vs. España húmeda, allí saben hablar y aquí no (es bromita: en realidad ocurre al revés, pero eso lo dejo para otro post), supuesta gracia andaluza frente a sequedad castellana… lo que ustedes quieran. Pero en el fondo, gracias, venimos de lo mismo.


A mí me parece maravilloso que en Córdoba, Sevilla o Granada haya numerosísimos restos árabes/musulmanes. También los hay romanos, pero que yo sepa Canal Sur todavía no ha decretado que andaluces e italianos seamos “misma cosa”. Llamadme cafre o lo que queráis, pero yo cuando transito por Andalucía lo que veo son iglesias, conventos, palacios, etc… iguales que los castellanos. Hace poco una amiga me contaba de sus deseos de casarse en la Capilla Real de la Catedral de Sevilla, donde por cierto, reposan los restos-mojama del Rey Fernando III el Santo. Este buen rey (re)conquistó lo más grande en el siglo XIII, y el otro día me emocioné al ver una placa en la Plaza Mayor de Valladolid, contando que allí había sido coronado en 1217.

Treinta años después, Fernando III bajó al “extranjero”, al Valle del Guadalquivir, y la lió parda. El mismo rey. Y desde entonces, somos la misma cosa que Burgos, Zamora y Salamanca (bueno, Granada desde los Reyes Católicos, ya se sabe).


Una de las cosas que más coraje me da es que se llame “castellano” a la lengua española, y es una violencia que está ratificada a nivel político, pese a ir en contra de la base científico-académica. Menos mal que fuera de España nadie hace caso, y nuestra lengua se conoce como español (incluso en Nueva York, tengo entendido). Pese a todo, y pese a no reconocerme en el habla castellana, me gusta saber que lo que yo hablo, el latín de ahora, sí me viene del castellano. Y me emociona ver las glosas silentes y emilianenses, leer con esfuerzo el Mio Cid, El conde Lucanor, El libro de buen amor…

Por ceñirme a la cultura escrita, sigo con Manrique, La Celestina, Garcilaso, Cervantes, Calderón, Lope (el convite de la boda tuvo lugar en el pueblo de Olmedo, no os digo nada…), Góngora (y él era de Córdoba, ¿no?), Quevedo... Tampoco voy a hacer aquí un listín telefónico, pero ya sabéis, se podría seguir. Casualmente la semana pasada me dio por comprarme un par de libros de Machado, entre ellos Campos de Castilla (1912), a cuyos poemas no me acercaba desde la infancia. Machado fue el primer poeta que leí de niño, por esa razón le tengo muchísimo cariño pero también por eso creo que nunca lo llegué a entender del todo. Es una figura que, aparte su obra, me encanta porque ejemplifica perfectamente la comunión entre Castilla y Andalucía: Sevilla, Madrid, Soria, Baeza, Segovia… Y en su poesía ya se sabe: lo mismo te critica la Semana Santa sevillana que te habla de un meandro del Duero.



No me quiero ir sin desterrar de este post cualquier atisbo de tentación nacionalista, que sé que –como lectores míos que sois- sois muy malpensados. Normalmente hacéis bien, pero hoy os digo que no hay persona más alejada del nacionalismo que yo, del andalucista, del castellano, del español o del que sea. Ya lo dijo Bunbury: “los nacionalismos, qué miedo me dan”. Y además, ¿a cuánta gente conocéis que haya ido a por la camiseta del Barça a El Corte Inglés de Valladolid?

miércoles, 29 de octubre de 2008

Política esaboría


“Política, no seas esaboría”
-Carlos Cano



La referencia aquí al mítico (y aburrido) tema de Carlos Cano (R.I.P.) es porque la política española está por los suelos, amigos. Si ayer hablé de la yanqui, hoy hablo de la nuestra. Esto tiene menos talla intelectual que Torrebruno jugando a la Playstation. (Torrebruno R.I.P. también, of course!). ¿Dónde quedaron los políticos de antaño, serios, preparados, gente de sólida formación? ¿Qué se fizo Castelar, el orador? ¿Aquellos discursos de Azaña? ¿Ese Madariaga, erudito, novelista y “tonto en varios idiomas”, como bien apuntara Ortega y Gasset?

Si mis políticos no van a ser gente culta y bien formada, lo mínimo que les pido entonces es que sean graciosos. Pero es que ya ni eso, oiga. Como bien me ha dicho hoy un amigo: “Cómo estará la cosa de mala que en vez de hacer gracia los políticos ahora son los jueces”. Cuánta razón… Los políticos de hoy no son graciosos, señores: ¡NO! Estatuas Verdes acusa. ¿Zapatero? Da penita. ¿Rajoy? Da más penita aún. Pepiño Blanco da pupita directamente, y de Esperanza Aguirre se burlan muchos, pero no porque ella sea graciosa, precisamente. Las ministras del cupo (Vogue, Bibiana, Magdalena, Chacón) no tienen ni pizca de gracejo (las que daban juego, la de Cultura y la de Vivienda, las quitaron).

La nueva Directiva o Ejecutiva del PP parece sacada de una película de miedo y Aznar, por mucho que se empeñen todos los guionistas de Cuatro y La Sexta juntos, no es un señor gracioso: es soso. ¿Dónde buscaremos el humor, entonces? El nacionalismo, que por definición causa risa, era nuestro bastión clásico. Pero Ibarretxe da mucho miedo y los que hay ahora en CiU y el Bloque Galego tienen un perfil tan bajo que no llegan ni a actores de reparto. ¿Dónde quedó ese nacionalismo clásico y chocarrero? ¿Ese ajedrecista Sagaseta que se pasaba las sesiones parlamentarias en pie íntegras para protestar por la opresión de Canarias? ¿Ese Carod haciendo el mongo, ese Pujol bizqueando?


Mal que me pese reconocerlo, la época dorada del humor político en España fueron los 80, más aún, la era del Felipismo. El propio término (¿quién lo inventó, Mingote?) es un hallazgo lingüístico. Recuerdo haber hecho un mural sobre política en 3º o 4º de EGB y haber tenido que recortar las fotitos de todos los ministros para pegarlas en mi trabajo. Aquel Barrionuevo, joder, inefable Miguel Boyer, Solana, ¿por qué nos dejaste?, y no digamos Narcís Serra, con su piano y sus errores gramaticales, ¿y Fernando Morán? Él solo dio lugar a un género de chistes cortos. El Guerra como vicepresidente, eso sí que era canela, el mayor poeta de la Democracia (¿o era que leía a poetas?).

La Oposición en aquellos tiempos tampoco anduvo mal, ¿eh? Manuel Fraga de por sí es un espectáculo con solo abrir la boca: hoy día se le entiende menos que a Darth Vader comiendo polvorones, ¡pero es que ya era sí hace veinte años! Santiago Carrillo, con su peluca y su comunismo (entrañable), hasta de Adolfo Suárez me acuerdo (“el traidor”, como le llamaban los fachas). El fin de Fraga y el paso de AP a PP no fue fácil: ahí quedaron en el camino Jorge Vestringe o Hernández-Mancha, líderes del partido que solo sirvieron para que Pedrito Ruiz los imitara.

Hubo por aquella época solo una persona que brilló con luz propia y aquí no hay ironía: me refiero a Julio Anguita, un hombre que levantaba mucha admiración y respeto por su talante y su integridad. Sé de mucha gente que lo votaba a pesar de ser comunista, y también sé de otros no lo votaban exclusivamente por serlo. Anguita, hoy retirado, no ha tenido un digno sucesor en la siempre divertida extrema izquierda: ¿Llamazares? No me hagan reír. A Anguita muchos lo temían como adversario, hasta el punto de llegar a decir tonterías sobre él.


Y aquí quiero traer a la memoria un antológico artículo de Juan Manuel De Prada, de hace una pila de años. Por aquella época, Felipe González arremetía contra sus dos mayores contrincantes, diciendo “Aznar y Anguita es la misma mierda”. “Felipe: ese poeta” se titulaba el artículo, y es que he dejado para el final a la mayor figura de todas las de la política-humor. El que dio nombre a toda una era. Entró como un currante andaluz, guapete, con habla grasiosa, con chaqueta de pana, y salió como una especie de gurú internacional y bajo la sombra del terrorismo de Estado. Pero sin él y sus coetáneos ya nada ha vuelto a ser igual, por eso quiero acabar con el desgarrado grito que vi en una pintada cerca de mi casa hace ocho años: “FELIPE, VUELVE”.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Miedo me dan


“Los nacionalismos qué miedo me dan”.
-Enrique Bunbury


Me despierta un buen amigo de la siesta con un anuncio inquietante: “¿Estás escuchando Radio 3? En un programa están contando que han acusado a Bunbury de plagiar a Benedetti, a Neruda y al sum sum corda”. Demasiado bueno para ser cierto. A mí Bunbury no es que me caiga mal, de hecho cada vez me mola más con los años, pero siempre me ha parecido sospechosa su calidad literaria (por no hablar de su gramática: “blanca esperma resbalando por tu espina dorsal”). ¿Bunbury plagiando a Benedetti, el apóstol del buenrrollismo? Demasiado jugoso para ser cierto.

Entonces busco la noticia y no hay vuelta de hoja: Bunbury ha copieteado a varios poetas como un cosaco, sin ningún miramiento. En cierto blog le echan en cara que no haya admitido sus influencias de antemano, como hicieron el Sabina o Jaime Urrutia. La revista La Clave (dirigida por José Luis Balbín) aporta pruebas demoledoras: plagiazos a caraperro. Botón de muestra: “Las cosas más triviales / se vuelven fundamentales” (“Todavía”, Mario Benedetti). En la canción “Opio” de Héroes del Silencio: “Las cosas más triviales se vuelven fundamentales”.


Bunbury, rey de la intertextualidad, dirán algunos, un cantautor cuyo nombre artístico está sacado del de un personaje de una obra de Oscar Wilde. Cuando la crítica feminista y postestructuralista Julia Kristeva acuñó el término en 1966 no creo que se estuviese refiriendo a poner en tus canciones versos de otros sin decir de dónde habían salido. En otro blog se defiende a Bunbury con denuedo: lo que pasa es que el pavo es tan leído que se le viene a la mente todo su bagaje literario a la hora de componer. Lo mismo alegó George Harrison cuando le acusaron de plagiar el “He’s So Fine” de las Chiffons con su tema “My Sweet Lord” (“Es una canción que me ha calado tan hondo que voy y la compongo otra vez”).

Con misericordia, pienso que la mejor frase de Bunbury es aquella que le dedicó al nacionalismo en su tema en solitario “El extranjero”. Los nacionalismos son pupita, ¡qué gran verdad! Yo mismo he buscado este verano infructuosamente en Irlanda el libro que desenmascara los nacionalismos: La invención de la tradición del prestigioso historiador británico marxista Eric Hobsbawm (1983). No lo encontré. ¿Será porque en Irlanda el nacionalismo (la fábula) alcanza el grado supremo de historia oficial? No lo creo, porque los anaqueles de las librerías irlandesas sí que exhiben otras obras de Hobsbawm.


Irlanda es un país joven que como todos necesita sus héroes. Lástima que ellos los saquen de entre terroristas y gente de la más dudosa ralea. Cada país necesita sus héroes, preguntadle a un uruguayo por Mario Benedetti, o a un argentino por… Carlos Gardel. Bunbury, el aragonés con nombre de personaje inglés escrito por un irlandés plagió a un uruguayo.

Costa Amalfitana, agosto de 2008. Dentro de un Seat León negro que circula a 50 km/h por la traidora carretera italiana, un amigo me espeta: “¿No has oído la última de Gardel? Que por lo visto el pavo no era argentino sino uruguayo, y él mismo en su lecho de muerte ratificó emotivamente su uruguayidad”. Impresionado, guardo silencio. Yo siempre había pensado que Carlos Gardel había nacido en Francia.
 
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