
Por “petición popular”, incluyo aquí mis impresiones sobre algo que pasó a finales de septiembre del 2007. Como el texto es largo, voy a publicarlo en 3 entregas, espero que os guste:
Hoy he visitado la casa de Rafael Alberti, la Fundación que lleva su nombre en el Puerto de Santa María. Esperaba encontrarme con el tópico: el mar, la mar, los salineros, pero he encontrado algo más bonito y profundo, que acaso ya venía conmigo. El mar y la mar estaban allí, lo mismo que la paloma y la arboleda perdida. Lo mismo que a galopar y las fotos con la Pasionaria, pero eran en todo caso adjetivos del poeta, no sus sustantivos.
Lo primero que me ha llamado la atención es la familiaridad de Alberti. Quiero decir que a un andaluz culto de mi edad toda su obra le resulta familiar. Sucede igual que con una parte de la Generación del 27. Ya desde la infancia nos metían por los ojos a la lagarta y al lagarto (con delantalitos blancos). Imposible sustraerse al marinero en tierra y al compadre que venía sangrando verde, que te quiero verde.
Y me ha gustado comprobar cómo en el imaginario del 27, lo mismo que en el mío, precisamente los poetas más sobresalientes son Alberti y Lorca. Esto lo sé porque siempre se alude a ellos por su nombre de pila. ¡Rafael! ¡Federico!...
Curiosamente, nadie dice “estaban Luis y Salvador” sino “Buñuel y Dalí”, el norte (con perdón) es otra cosa. Sin embargo, “¡qué bien tocaba el piano Federico!” Se entiende, ¿no?
Pero hablábamos de Rafael Alberti, su vida, su obra. “Cien años de creación viva”, como reza el eslogan acuñado en su centenario y omnipresente en la casa. Se me antoja muy acertado este eslogan en todas sus palabras. Los cien años son indiscutibles, pura aritmética inexorable. Lo de creación… me gusta de la Fundación el hecho de que recoge una parte de la obra gráfica de Alberti, no son meros dibujillos.
He aquí un niño burgués según sus propias palabras “venido a menos” (sospecho que esto lo diría el poeta de sí mismo para que no lo excomulgaran del Partido Comunista) que iba para pintor, que vio el Museo del Prado y que lo salvó de una guerra, que expuso en Madrid y que años más tarde, privado de sus Goyas, sus Velázquez y sus Zurbaranes soñó en el exilio ese museo imaginario que componen sus poemas dedicados A la pintura. Hasta aquí la faceta de artista plástico, ensombrecida hasta la insignificancia por su obra literaria.
Lo primero que me ha llamado la atención es la familiaridad de Alberti. Quiero decir que a un andaluz culto de mi edad toda su obra le resulta familiar. Sucede igual que con una parte de la Generación del 27. Ya desde la infancia nos metían por los ojos a la lagarta y al lagarto (con delantalitos blancos). Imposible sustraerse al marinero en tierra y al compadre que venía sangrando verde, que te quiero verde.
Y me ha gustado comprobar cómo en el imaginario del 27, lo mismo que en el mío, precisamente los poetas más sobresalientes son Alberti y Lorca. Esto lo sé porque siempre se alude a ellos por su nombre de pila. ¡Rafael! ¡Federico!...
Curiosamente, nadie dice “estaban Luis y Salvador” sino “Buñuel y Dalí”, el norte (con perdón) es otra cosa. Sin embargo, “¡qué bien tocaba el piano Federico!” Se entiende, ¿no?
Pero hablábamos de Rafael Alberti, su vida, su obra. “Cien años de creación viva”, como reza el eslogan acuñado en su centenario y omnipresente en la casa. Se me antoja muy acertado este eslogan en todas sus palabras. Los cien años son indiscutibles, pura aritmética inexorable. Lo de creación… me gusta de la Fundación el hecho de que recoge una parte de la obra gráfica de Alberti, no son meros dibujillos.
He aquí un niño burgués según sus propias palabras “venido a menos” (sospecho que esto lo diría el poeta de sí mismo para que no lo excomulgaran del Partido Comunista) que iba para pintor, que vio el Museo del Prado y que lo salvó de una guerra, que expuso en Madrid y que años más tarde, privado de sus Goyas, sus Velázquez y sus Zurbaranes soñó en el exilio ese museo imaginario que componen sus poemas dedicados A la pintura. Hasta aquí la faceta de artista plástico, ensombrecida hasta la insignificancia por su obra literaria.
Es lo que tienen los gigantes, que a su lado todo parece pequeñito.