Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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lunes, 21 de abril de 2008

Visita a la casa de Rafael (I)


Por “petición popular”, incluyo aquí mis impresiones sobre algo que pasó a finales de septiembre del 2007. Como el texto es largo, voy a publicarlo en 3 entregas, espero que os guste:


Hoy he visitado la casa de Rafael Alberti, la Fundación que lleva su nombre en el Puerto de Santa María. Esperaba encontrarme con el tópico: el mar, la mar, los salineros, pero he encontrado algo más bonito y profundo, que acaso ya venía conmigo. El mar y la mar estaban allí, lo mismo que la paloma y la arboleda perdida. Lo mismo que a galopar y las fotos con la Pasionaria, pero eran en todo caso adjetivos del poeta, no sus sustantivos.

Lo primero que me ha llamado la atención es la familiaridad de Alberti. Quiero decir que a un andaluz culto de mi edad toda su obra le resulta familiar. Sucede igual que con una parte de la Generación del 27. Ya desde la infancia nos metían por los ojos a la lagarta y al lagarto (con delantalitos blancos). Imposible sustraerse al marinero en tierra y al compadre que venía sangrando verde, que te quiero verde.

Y me ha gustado comprobar cómo en el imaginario del 27, lo mismo que en el mío, precisamente los poetas más sobresalientes son Alberti y Lorca. Esto lo sé porque siempre se alude a ellos por su nombre de pila. ¡Rafael! ¡Federico!...

Curiosamente, nadie dice “estaban Luis y Salvador” sino “Buñuel y Dalí”, el norte (con perdón) es otra cosa. Sin embargo, “¡qué bien tocaba el piano Federico!” Se entiende, ¿no?

Pero hablábamos de Rafael Alberti, su vida, su obra. “Cien años de creación viva”, como reza el eslogan acuñado en su centenario y omnipresente en la casa. Se me antoja muy acertado este eslogan en todas sus palabras. Los cien años son indiscutibles, pura aritmética inexorable. Lo de creación… me gusta de la Fundación el hecho de que recoge una parte de la obra gráfica de Alberti, no son meros dibujillos.

He aquí un niño burgués según sus propias palabras “venido a menos” (sospecho que esto lo diría el poeta de sí mismo para que no lo excomulgaran del Partido Comunista) que iba para pintor, que vio el Museo del Prado y que lo salvó de una guerra, que expuso en Madrid y que años más tarde, privado de sus Goyas, sus Velázquez y sus Zurbaranes soñó en el exilio ese museo imaginario que componen sus poemas dedicados A la pintura. Hasta aquí la faceta de artista plástico, ensombrecida hasta la insignificancia por su obra literaria.

Es lo que tienen los gigantes, que a su lado todo parece pequeñito.

lunes, 11 de febrero de 2008

Nuevo fin de semana poético

Vuelvo a las andadas con la poesía este fin de semana. En este caso, los autores que he leído son lo bastante conocidos como para que no tenga que ponerme a contaros quiénes son. Tal vez los libros que he leído sí que no estén entre los suyos más populares, de ahí que también me haya apetecido sacarlos en Estatuas Verdes.


ESTROFA 1: Neruda. Subyugado por la reciente escucha del poema “Oda a la crítica” recitado por el Sabina (he tenido que amenazar a un compañero de trabajo que me lo ponía cada vez que me montaba en su coche pero nunca me lo grababa), me decido a pillarme las Odas elementales (1954). Este libro no está entre los más comprometidos de Pablo Neruda, y sin embargo se abre con un poema (“El hombre invisible”) en el que el poeta chileno pretende ser la voz universal que canta la vida de las personas corrientes, los trabajadores, etc, frente a esos poetas antiguos que caían en el solipsismo y de los que él se ríe.

En Odas elementales, el comunismo campa por doquier, ¿eh? No vayamos a creernos otra cosa. Me encanta la “Oda a Leningrado”, con referencias a su empaque literario de Pushkin y Dostoievski (“los estudiantes locos/ que esperaban/ con un hacha en la mano/ a la puerta/ de una anciana”), a la Revolución de Octubre (“cuando en la escalinata/ del Palacio de Invierno,/ subió la Historia/ con los pies del pueblo”) y más tarde el asedio a manos de los nazis (casi tres años duró), en que la ciudad fue “torre invencible” o “flor inquebrantable”. Qué duda cabe que Neruda se deleita con estas cosas del socialismo, como cuando habla en su “Oda al cobre” de la principal riqueza de Chile, en términos tan elogiosos para los mineros.

Hay en estas odas también algunos poemas simpatiquísmos (no es un término muy científico para hablar de literatura pero me da igual), como esa “Oda a una castaña en el suelo” o la “Oda a la alcachofa”. También le dedica odas al pan, al tomate, al verano, al aire, a los poetas populares…. la verdad es que se agradece que no todo en Neruda sean grandilocuentes versos sobre el mar y los Andes, la crítica a Estados Unidos y las alturas de Macchu-Picchu. Siempre os cuento que no me gusta la literatura comprometida y al final resulta que leo mucha. Bueno, para criticar algo hay que conocerlo antes, ¿no? Pero lejos de mí criticar a don Pablo, un poco el patrón de este blog.


ESTROFA 2: Lorca. Cuidadín: hablar de Federico (por antonomasia) me da mucha pereza por el enorme mito folclórico que envuelve su figura. No aguanto al personaje, con su pianito y sus moñadas, su peinado relamido, ¡no puedo! (lo digo públicamente), pero su obra literaria… lo mejor que he leído en español (también lo digo, y al mismo volumen). En esta ocasión, me da por buscar su libro Canciones (1921-1924), publicado en 1927 (año en que también vieron la luz el Romancero gitano y el Poema del cante jondo –libritos de nada, ¿sabéis?). Oí hablar de este libro a Rafael Alberti en una conferencia que tengo suya en CD, y me impresionó que dijera que era un libro “de madurez”, sin ser de los más conocidos.

A lo mejor el que no lo conocía era yo, porque me encuentro entre sus páginas con algunos de los poemas más recordados, como ese sin título de “El lagarto está llorando./ La lagarta está llorando.”, o la “Canción tonta” (“Mamá./ Yo quiero ser de plata./Hijo,/tendrás mucho frío.”). Me siguen fascinando las poderosas imágenes de Lorca, en mi humilde opinión nunca igualadas en lengua española. Ahí queda esta de “Canción de jinete”: “Caballito frío./¡Qué perfume de flor de cuchillo!”, que está a la altura de aquel “río de leones” del Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez-Mejías o de la “vaga anatomía/ de pistolas inconcretas” del “Romance de la Guardia Civil española”.

Pues como esas, montones. ¡Ay, Lorquita! El tipo se las pinta solo en ese registro costumbrista o pseudo popularista que también encontramos en el Marinero en tierra (1924) de Alberti. Pienso que aquí radica gran parte del encanto de este libro: es falsamente naïf, cuando en realidad se trata de una lírica muy trabajada y con resultados profundos. Me apetece terminar esta entrada citando unos versos que yo sé que son muy del agrado de mi amigo Kike (el de Radio Alma, 101.9 FM). Pertenecen a la “Cancioncilla del primer deseo”, que dice así:

En la mañana verde,
quería ser corazón.
Corazón.

Y en la tarde madura
quería ser ruiseñor.
Ruiseñor.

(Alma,
ponte color naranja.
Alma,
ponte color de amor.)
 
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