Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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martes, 2 de diciembre de 2008

La mafia de los libros


Ya se habló aquí sobre la guerra de los libros, hoy le toca a la mafia. Es lo propio de estas cosas desagradables y sangrientas, que en papel pueden quedar todo lo desagradable que usted quiera, pero al menos se pueden racionalizar. La mafia de los libros viene a cuento de dos libros sobre el tema que me he leído este año, dos libros muy diferentes sobre dos mafias muy diferentes.

Uno es una novela, ¿Quién es Lou Sciortino? (2005, traducción 2008) de Ottavio Cappellani, periodista metido a escritor. El otro es el conocido reportaje Gomorra (2006, 2007) del también periodista metido a escritor Roberto Saviano. Sabido es que Gomorra (cuya adaptación cinematográfica ya se criticó aquí) versa sobre la Camorra napolitana, es una radiografía cruda, por usar uno de esos lugares comunes me tanto me complacen. Una denuncia, con nombre y apellidos, que ha motivado que su autor ahora viva permanentemente amenazado. ¿Quién es Lou Sciortino? en cambio se trata de una novela sobre la mafia siciliana, la Cosa Nostra (y sus conexiones con la mafia USA), que se vale de una trama y nombres supuestos.


Aparte del género literario, en estos dos libros nos encontramos con dos organizaciones criminales muy dispares. La Cosa Nostra siciliana, amiga de la extorsión, de poner bombazos, creadora de silencios. En la novela de Cappellani se nos presenta sin embargo envuelta en el folklore siciliano: la horchata de almendras, las frutas de mazapán, las boinas… La Camorra me da más miedo porque no se presenta como una organización criminal al margen del poder oficial, sino que pretende –cual virus- expandirse y penetrar en todas las estructuras del poder, para suplantarlas. En vez de bombas, kalashnikovs, en lugar de extorsiones, eficiencia comercial y financiera. El silencio conseguido no como omertà sino como una aquiescencia fatalista a un destino que es imposible cambiar.

Nos la han vendido como lo último en literatura pulp, pero la trama de ¿Quién es Lou Sciortino? es un poco flojoide: escenas llamativas de violencia, sexo y mafia recicladas de pelis de Coppola, Scorsese y, ejem, Tarantino. El estilo tampoco es muy allá, en plan “Esa zorra te agarra la polla tan fuerte que luego hay que llamar a la Policía Judicial para que te la devuelva”. Vamos, que Rubén Darío no es. Al final, nos quedamos con una novelita entretenida, escrita creo que con un ojo en la pantalla cinematográfica, pero llena de tópicos.


Gomorra libro (lamento caer en lo de siempre, pero es así) es infinitamente mejor que la película. Otra forma de verlo sería decir que ambas no tienen nada que ver. Gomorra peli es al libro lo que sería si se filmara una peli sobre la vida de una familia de parados a partir de los datos de la encuesta de población activa. El libro NO es una novela -digámoslo ya-más bien de ser algo sería un ensayo. Las pequeñas escenas autobiográficas tienen, a mi juicio, mal encaje en el cuerpo del libro pero supongo que el autor ha querido dejar aquí algo de su impronta personal antes que limitarse a hacer un mero tratado sociológico. Aun así, el retrato de la Camorra que se presenta está exento de folklore (aunque no falten menciones al D10S Maradona o a la mozzarella de búfala), es el retrato de una organización desapasionada (y por lo tanto despiadada), con su propia lógica interna, omnipresente.

Y responsable o copartícipe en todas las actividades del crimen organizado del Mundo, desde la ETA hasta las mafias chinas, pasando por conexiones americanas o africanas. El Sistema de la Camorra todo lo toca y todo lo trastoca: droga, usura, el ladrillo, tráfico de armas, prostitución, redes de inmigración, manufactura de ropa, juego, holdings empresariales, sector de la alimentación… hasta llegar a impregnar –según el libro- al 50% de todos los negocios legales de la región de Nápoles.


Lo que más me fascina de las historias de mafiosos es la hipocresía, la violencia extemporánea y el valor supremo de la lealtad al clan. Esas típicas escenas en las que dos se abrazan, uno le dice a otro “Todo está perdonado, compadre” y al darse la vuelta le pega tres tiros. O esas emboscadas que en un momento dado te mandan a “dormir con los peces”. Ejemplos de esto y de la típica “guerra entre familias rivales” los encontramos a punta pala en ambos libros: más dramatizados en Lou Sciortino y más terroríficos (por lo cotidiano) en Gomorra.

Los nuevos mafiosos del siglo XXI parecen ser hombres de negocios, con carrera universitaria (siempre dije que estudiar no podía traer nada bueno), alejados del arquetipo clásico del mangante-chulo de barrio. Su estética se asemeja a la de los gángsters de la gran pantalla, en lugar de ocurrir lo contrario: la realidad imita al arte y los mafiosos imitan a Scarface o a los Corleone. Esto queda muy claro en los dos libros: los mafiosos de Lou Sciortino son productores de cine, los de Gomorra se visten como Brandon Lee en El Cuervo (1994) o se hacen construir mansiones a imagen de la de Tony Montana.


Tal vez ya sea hora de que la literatura y el cine les hagan justicia a estos nuevos gángsters, y queden superados los estereotipos de la trilogía de El Padrino (1972-74-90). Mi dictamen: ¿Quién es Lou Sciortino?, regu tirando a bien; Gomorra, bien tirando a regu. Si queréis pasar un buen rato leed a Cappellani. Si queréis espeluznaros con un testimonio comprometido, leed a Roberto Saviano. Si queréis literatura de calidad, id a buscarla en otro lado.

lunes, 17 de noviembre de 2008

Gomorra: ¿Qué me estás contando?


Va uno andando por una larga avenida de Nápoles, por ejemplo el Corso Umberto I (“per lo shopping), cuando de pronto ve una placa: “Aquí, el tal del tal de mil novecientos ochenta y tal, cayó el agente de policía Fulani, asesinado por la Camorra”. A ambos lados, mesitas plegables dignas de un mercadillo repletas de artículos falsos de marca: Prada, Dolce&Gabbana, Chanel… gafas, cinturones, pañuelos, gorras, monederitos de Pukka o de Hello Kitty. En las tiendas legales de la calle, en los escaparates, camisetillas canis y modelitos que alguna vez resultaron elegantes. ¿De dónde sale todo esto?, puede parar a preguntarse uno viendo tanta mercancía. Según Roberto Saviano, de China, vía el puerto de Nápoles.

A estas alturas ya todo el mundo sabe que Saviano es el periodista/autor a cuya cabeza ha puesto precio la Camorra, la mafia napolitana, para entendernos. Si él no nos lo hubiera dicho –me refiero al hecho de conectar este comercio de mercadillo con las terribles redes mafiosas-, a lo mejor no hacemos la conexión, yo no por lo menos. Demasiados mercadillos similares hay en las ciudades españolas. Pero Saviano publicó en 2006 Gomorra, libro novela/reportaje de investigación que desenmascara lo más sucio de la Camorra (o “el Sistema”, como al parecer se conoce ahora). Objetivo: la mafia sin glamour.


El libro, contra todo pronóstico, fue un best-seller, fue llevado al cine y la peli ha ganado el Premio Especial del Jurado en el Festival de Cannes. Estas cosas al parecer le han tocado las narices a los clanes camorristas, que gustan de verse reflejados en los medios (desde Brian De Palma a Tarantino) pero claro, no con nombres y apellidos. Creo que Roberto Saviano ha estado en Sevilla coincidiendo con la presentación de Gomorra (la peli, 2008, de Matteo Garrone) en el festival de cine de la ciudad. A raíz de esto y del estreno comercial de la cinta he podido leer varias llamadas de atención de columnistas españoles, dando calor a Saviano por tener tantos cojones y lamentándose de que no se le dé más apoyo desde el mundo de las letras biempensantes (como se hizo, en un momento dado, con Salman Rushdie).

Compré el libro en agosto, justo al volver de Nápoles, pero pese a mi curiosidad inicial todavía no lo he leído [Ya sí me lo he leído, 15 días después]. Veo que son once historias o capítulos, que la peli ha reducido a cinco, los más ejemplares. Ayer fui a ver la película, ilusionadísimo, esperando la gran denuncia o la gran catarsis sobre el mundo de la Camorra. Y me llevé la decepción intelectual del año. Entendedme, sabía que no iban a salir el Vesubio y la pizza, pero esperaba al menos una cierta conexión explícita entre la superficie visible y ese submundo de la mafia, la droga, la prostitución, el tráfico de mercancías, etc.


El problema –tal y como yo lo veo- es que la peli es tan bajuna (está rodada así queriendo, como un falso documental) que parece una mezcla de Trainspotting (1996) y un episodio de Callejeros. Y lo que nos muestra: violencia a cascoporro, sí, sordidez y miseria. Unos canis vendiendo droga, tiroteos desde coches… pero en fin, nada que no hayamos visto ya en cuarenta pelis de Scorsese o que no podamos ver si nos acercamos a determinados barrios de nuestras ciudades. Los canis italianos van mejor vestidos, de acuerdo, y su música en lugar del flamenkito o reggaetón es una especie de canzone napulitana makineta, pero el resto es lo mismo. Totò en vez de Joshua, y así sucesivamente.

¿Y por qué esto es un problema? El problema es mío, claramente, porque me esperaba otra cosa. Para ver pelis de mafiosos cutres ya me bastaban las de Guy Ritchie, que además tienen mejor banda sonora. Creo que las historias, con ser espeluznantes, no lo son tanto que te cambien la vida. Igual al no estar presentadas de modo tan épico no me resultaron tan efectivas. Igual ese era el objetivo: la Camorra en gayumbos, comprando mozzarella, con voz erigmofónica.


Leo en El País una entrevista con Matteo Garrone y una crítica de Carlos Boyero, lo de siempre: “Una Camorra sin maquillaje”, “Intenté mostrar esa realidad”… Pues para mi gusto lo que sale en la peli es demasiado anecdótico, tanto que no logro hacerlo extrapolable. ¿Cómo puedo inducir que la Camorra es la organización europea que más gente ha matado solo con ver a un gordo barbudo jugando a las cartas?

Dice el director de la peli que se ha centrado solo en los sustratos más bajos del libro de Saviano, lo que afecta a la gente en su vida cotidiana (en barrios marginales solo, se le ha olvidado decir). No es verdad, también muestra algo de los sustratos más altos (Euromoney, alta costura, grandes contratos), lo que no muestra es lo de en medio. Lo normal. Ni creo que todos los mafiosos napolitanos y sus víctimas vayan en camiseta de tirantas ni creo que todos vayan con traje de marca. ¿Y la gente normal? Esperaré a leer el libro, esta noche me lo empiezo, de coraje.

martes, 16 de septiembre de 2008

Madonna/Maradona


Hoy que actúa en Sevilla Madonna, voy a hablar de Maradona. Aparte de rimar, ambos nombres se parecen mucho, tanto que el personaje Ali G (interpretado por Sacha Baron Cohen, el mismo que hace de Borat) hizo un chiste a su costa en el videoclip de Madonna “Music” (2000), llamando a la rubia Ciccone con el nombre del Pelusa. Ali G tuvo en Gran Bretaña una fama y una repercusión lingüística comparables a las que tuvo aquí Chiquito de la Calzada a mediados de los noventa. No he visto su peli Ali G anda suelto (2002) pero seguro que es peor que Aquí llega Condemor (1996).

Más allá de modas y de personajes del momento, Madonna y Maradona han demostrado su capacidad para durar en lo más alto del candelabro, lo que en inglés se conoce como “staying power”. Ambos saltaron a la fama en los primeros ochenta, tuvieron altibajos en los noventa, a mediados (a lo mejor fue porque Chiquito y Ali G les restaron protagonismo) y ambos han resurgido en el presente siglo con el estatus de dioses.

Hay que decir que Madonna sigue siendo una número uno en lo suyo, mientras que Maradona es un dios (eso es incuestionable) pero vive más bien de las rentas de glorias pasadas y si es un asiduo de la prensa últimamente lo es por motivos extradeportivos: sus problemones de salud, sus estancias en Cuba, su programa de televisión (E-NOR-ME: con sintonía de los Fabulosos Cadillacs), sus tatuajes del Che…


Madonna –digámolso- aunque lo ha petado con sus dos últimos discos, tampoco es ajena a las páginas del colorín, ¿eh? y ha tenido también más que su ración de frikadas: sus infumables libros infantiles, sus conversiones al judaismo y la cábala, su matrimonio-o-no con Guy Ritchie, su adopción en Mali (¿o era Bali?). Más paralelismos entre el Diego y la cantante: aquel jugó en el Sevilla F.C. mientras que “la ambición rubia” (¡qué me gustan los clichés!) está ahora mismo actuando en el Estadio Olímpico de Sevilla, con un lleno de menos de dos tercios, por cierto.

Si cuando se anunció que iba a actuar en Sevilla no faltaron frikis en los telediarios proclamando que Madonna era “más grande que la Virgen del Rocío”, o remedando a su remedo chanante, Maradona, el Diego, el Dies, directamente es Dios. Para algunos, claro. No hay más que ver la de libros y películas que se siguen haciendo sobre su figura, si hasta Calamaro le dedicó una canción, copón. E hizo con él un dueto en otra, una espantosa ranchera (ambas en Honestidad Brutal, 1999).


A mí, que no me gusta nada el fútbol y me chifla la música, tengo que decir que por una curiosa paradoja odio a Madonna pero Maradona me cae fenomenal. Hablo de los personajes, ojito, no de sus respectivos trabajos. La música de Madonna me encanta, me parece la última estrella del pop, que ha llegado donde otros solo soñaron, mientras que el juego futbolístico de Maradona me provoca unos bostezos comparables en extensión a la Bahía de Nápoles.

Distinto es el visionado de ciertas jugadas memorables del Diego convenientemente retransmitidas por comentaristas argentinos, como aquel estupendo gol con “la mano de Dios”. Pocas cosas audiovisuales me producen más placer que cuando narrando otro gol el pavo suelta aquello de “¿De qué planeta viniste, Diego, para dejar por el camino a tantos ingleses?” Sublime. Lo de los argentinos con Maradona es chochera pura, eso está claro, pero, jo, no hacen daño a nadie, y mola tanto…


Curiosamente, otro sitio donde el culto a Maradona raya la chochera es el antes mencionado Nápoles, nada que ver con Barcelona o Sevilla, donde también jugó el hombre y apenas se le recuerda. Es comprensible: a ver, en Barna se hizo drojadicto y cuando fue a Sevilla era un chiste, pero con el Nápoles ganó la UEFA, la Copa de Italia y las dos únicas ligas que tiene el club. Como para no acordarse de él.

Madonna no es tan molona, hay que decirlo, aunque también haya hecho cosas cool como salir en una peli de James Bond (Muere otro día, 2003) o fingir que es inglesa (con esto se equilibra el universo, porque los Rolling Stones llevan fingiendo ser yanquis desde 1964). En cualquier caso, la mujer sigue ahí a sus 50 años, dando caña con sus bailes y sus muslos que son, en palabras de su alterego chanante, “acero pa los barcos”. Seguro que tanto ella como el Pelusa nos deparan todavía fortísimas diversiones.

lunes, 15 de septiembre de 2008

Oda a la ensalada caprese


¿Cuántas veces más estimará necesario el telediario de Antena 3 enseñarnos el culo en pompa de Freddie Mercury enfundado en unas mallas de licra? Cada vez que veo el clip, extraído del vídeo musical no sé si de “Radio Ga Ga” o “Don’t Stop Me Now”, la contemplación de tan rojo y musical trasero me recuerda indefectiblemente a las formas de un tomate, y he aquí que ya nos vamos acercando al temita que os traigo esta noche.

El tomate, amigos, es uno de los ingredientes principales del plato cuyas alabanzas hoy me he propuesto cantar: la ensalada italiana llamada caprese. Los ingredientes indispensables son dos: el tomate y la mozzarella. Luego, lo más extendido es añadirle albahaca, aunque también se ha visto con orégano. Y la sal y el aceite, claro. Investigando en Internet leo que hay quien le ha echado pimienta de varias clases, aceitunas negras, queso rallado, ba ba ba ba! Lo que ustedes quieran. Pero lo básico es tomate, mozzarella y albahaca.

El nombre de caprese viene de la isla de Capri, y con esto se explica el origen de los ingredientes. El aceite de oliva dicen los italianos que es cosa italiana, y, bueno, esta absurda pretensión monopolizadora del oro líquido acaso constituya el único defecto del país transalpino (como lo llama Antena 3). Capri es una isla que está enfrente de Nápoles, en la región que se llama Campania. Los tomates de la Campania tienen muchísima fama, los paisanos se encuentran muy orgullosos de ellos, y con razón.


En una frutería de Meta di Sorrento (Campania) vi por ejemplo un cartel junto a hermosos tomates gigantes que decía “Los famosos tomates sorrentinos, originales de mi huerto, no temen a la competencia, pero cuidado con las imitaciones”. Lo de la mozzarella ya es para echarle de comer aparte.

Dejando a un lado el debate sobre si se trata o no de queso (dadle a un italiano alcohol y tiempo para charlar y veréis), la mozzarella es ese riquísimo producto lácteo blanco que se pone (o se debería poner) en las pizzas, otro inventazo napolitano. Pues la mejor mozzarella se fabrica con leche de búfala, algo que yo pensaba la primera vez que lo oí que era una broma, pero resulta de que no. Y las mejores búfalas lecheras pasan por ser –otra vez- las de Campania. Os aseguro que allí la mozzarella en las tiendas es como aquí los yogures: está por todas partes. Luego la albahaca, pues también es un producto mediterráneo, y además añade un gracioso colorido verde.


Tomate rojo, mozzarella blanca y verde albahaca, y ya tenemos los colores de la bandera italiana. Mola, ¿eh? Volviendo a la caprese, es lo más fácil de preparar del globo. Basta con cortar la mozzarella en rodajas (viene en unas pellas -que parecen otra cosa- dentro de bolsas con suero), el tomate también en rodajas y ponerle trozacos de albahaca. También trozos pequeños, o si no, orégano, que está muy rico. Me gusta valorar los platos que pruebo por ahí según su capacidad para ser reproducidos en casa fácilmente, y este la verdad es que es imbatible.

Y de sano y ligero, ni hablamos. Además, la mozzarella hoy día ya se puede conseguir hasta en el Mercadona (los que viváis en una localidad donde haya este supermercado). Hacedme caso, con queso fresco tipo Burgos o Filadelfia no sale igual de rico: directamente es otra cosa. Yo llevo comiendo caprese tres días seguidos para almorzar y preveo que va a ser uno de mis platos estrellas en los próximos meses, aunque claro está que la idea es eminentemente veraniega (pero, hey!, estáis leyendo el blog del tipo que le rogaba a su madre que en invierno pusiera de comer gazpacho).

No suelo poner links en mis entradas, como bien sabéis, para no distraeros. Pero hoy os voy a dejar con una perla que me he encontrado en Wikipedia cuando he ido a mirar la caprese. Ojito al dato, porque no sé yo si esto va a durar así, sin modificaciones, mucho tiempo. Más bien me ha parecido propio de la descojonante Uncyclopedia. En fin, yo a lo mío: ¡viva la insalata caprese!
 
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