Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

Mostrando entradas con la etiqueta Tarantino. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tarantino. Mostrar todas las entradas

lunes, 23 de marzo de 2009

Los abrazos rotos


El mundo necesitaba otra peli sobre “el cine dentro del cine” igual que La Ilíada otros 100 versos sobre Agamenón. Afortunadamente, no es eso lo único que acaba por ofrecernos Los abrazos rotos (2009), la última de Almodóvar. Vaya por delante que me caen fatal Pedrooooo! y Penelopi Crus, pero que admiro su trabajo como el que más cuando es de mérito. Aquí lo es, pero no de supermérito. Fui a ver Los abrazos rotos con mucha ilusión: el trailer me transmitió buenísimas sensaciones. Salgo del cine con la impresión de haber presenciado -pese a todo-una película fallida, ni muchísimo menos mala, pero que no ha llegado a lo que tenía que llegar.

Creo que el problema de mi decepción parcial viene dado por el guión y el montaje, porque la historia está francamente bien, los personajes muy interesantes y hay diálogos de antología. Pero hay también momentos chabacanísimos, de auténtica vergüenza ajena, y líneas de diálogo tipo “Si no te lo digo ahora es posible que no te lo pueda decir ya nunca”. Uuuuuuffffffff!!!!!! En este sentido, Los abrazos rotos me ha recordado a un disco de Queen: momentos sublimes, ideeas geniaales, pepitas de oro puro junto a atentados al buen gusto y rollazos intragables.


Descuento y simplifico del monto las almodovaradas, que conozco y tolero: estética kitsch, decoración bizarra, hospitalismo, momentos gayer, toques de pop art. Todo esto, que está presente a raudales en Los abrazos rotos, no me supone ningún problema, de hecho ayuda a cohesionar la peli y a inscribirla inequívocamente dentro de la filmografía del manchego universal. Un colega me advirtió de que los únicos títulos de crédito iniciales eran “Guión y dirección: Pedro Almodóvar”. Lo habíamos sospechado, gracias.

La cita cinéfila y el autohomenaje trufan Los abrazos rotos: que si Louis Malle, que si Ingmar Bergman, que si Ingrid Bergman... y el tema del cine dentro del cine. Los abrazos rotos nos cuenta el rodaje de una peli a mediados de los noventa con toques sospechosamente almodovarianos, mujeres que cortan tomates para preparar un gazpacho empastillado, chicas al borde de un ataque de nervios que lanzan objetos desde el balcón... Tampoco faltan a la cita de los cameos (aunque sean fotográficos) el Banderas, Chus Lampreave, Kiti Mánver, Victoria Abril y Rossy de Palma.


La historia debería haber sido simple: un guionista y ex director ciego y follarín es cuidado por una abnegada ayudante que lo idolatra en silencio y el hijo de esta, pinchadiscos drogata y escritor en ciernes. Paralelamente, se recuerda el rodaje de una peli del ciego catorce años atrás (cuando no era ciego), peli financiada por un magnate cuya mujer florero es la protagonista. El comienzo es bueno, y hay en la peli escenas chulísimas en lo visual y en lo narrativo. Pero por algún motivo, la historia se va volviendo cada vez más rocambolesca hasta llegar a una escena, supuesto plato fuerte dramático, que resulta un truño puro. Los diálogos los encuentro de alta calidad, salvo bochornosas excepciones. Me da la sensación de que no se ha usado aquí el Typpex lo bastante, porque Los abrazos rotos acaba resultando un tanto complaciente.

Si Quentin Tarantino se cree Sófocles o Esquilo (ver lo que dijo sobre su Death Proof -2007- en Cahiers du cinéma España, nº3), está claro que entonces Almodóvar es directamente Calderón de la Barca. Pero también por eso el hombre podría haberse privado una mijita y haberse currado un final menos chapucero. El elenco... está soberbio a ratos, lo mejor Penélope Cruz, que factura un personaje excelente 50% Audrey Hepburn/50% Marisa Tomei. Lluís Homar y Blanca Portillo, muy bien a ratos, de obra de colegio en otros momentos. José Luis Gómez bastante bien y Carmen Machi, impresentable, como siempre, en un papelito corto pero desagradable.


Mención aparte merece el personaje de Rubén Ochandiano, lo mejor desde su Marquitos en Al salir de clase. Enorme la creación de Ray X, fantoche de la intelectualidad indie que queda completamente desenmascarado en cuanto rascamos en su biografía. Otro aplauso para el brevísimo papel de Ángela Molina, dos minutos en pantalla y transmite una barbaridad. Me gustan los personajes, casi todo lo que dicen, me gustan los encuadres, el énfasis en las manos, en los pies, en las piernas y en los brazos, que son los que al final dan los abrazos que terminan por romperse.

Me gusta casi todo de la peli, pero no salgo de verla con un buen sabor de boca. ¿Por qué? La verdad, no lo sé del todo, yo lo achaco al guión, mal resuelto y que va perdiendo fuelle a partir de la hora y media de película (dura dos). Aun así la recomiendo, sobre todo a los almodovarianos de pro (pese a no incluirme en ellos), que verán recompensada su filia. Pero si te dio coraje mínimamente Todo sobre mi madre (1999), esta de Los abrazos rotos ni la huelas.

viernes, 6 de marzo de 2009

Hitler, ¿eh?


Primicia: Hitler era malo. Hitler fue malo, malvado, era la encarnación del mal. El hombre en sí no parece para tanto: militar dizque mediocre (aunque en sus momentos lúcidos coordinó la mejor guerra nunca vista: la que enfrentaba a los generales bajo su mando), enfermete al final, la lió parda con sus ideas racistas y directamente locas que, sin embargo, en un momento dado lograron galvanizar a toda Alemania, la locomotora de Europa (jugamos a que fue “toda”). La expresión clave de la frase anterior parece ser “en un momento dado”: ¿qué momento? Uno aciago en lo económico, político y social, de posguerra, revolución, crisis tras crisis, inflación, humillación, desconcierto...

No es mi intención trivializar sobre Hitler y el nazismo: todo lo contrario. Pero ya sabéis que si no tratara aquí los temas con desenfado esto no sería Estatuas Verdes. Hitler era malo. El peor. Rescato su figura porque últimamente me lo estoy encontrando por doquier, a él y a su obra, sin buscarlo. Para alguien tan malo, que merece la condena más absoluta de la Humanidad, su frecuencia de aparición en la cultura popular no está nada mal. Hitler, el presentador de un programa de entrevistas en Padre de familia... la peli Valkiria (2008)... voy en el AVE y me ponen El niño con el pijama de rayas (2008)... en la expo de Bacon veo crucifixiones con esvásticas y fotos que el pintor guardaba de muchos jerarcas nazis... Hitler sale en el trailer de la nueva de Tarantino como si fuera un teleñeco enfadado... Hitler nombrado -otra vez- como ejemplo de retórica falsa (recordad la Ley de Godwin) en el libro que me estoy leyendo... por no mencionar que el anterior que me leí fue El lector (1997), de fuerte contenido nazi.


Hitler por acá y por allá... hasta decir ¡BASTA! La presencia de este hombre en nuestra cultura es verdaderamente más pervasiva e icónica que la de Papá Noel, el Che Guevara y Mickey Mouse juntos. Yo soy un flipado de la 2ª Guerra Mundial, lo admito, pero las apariciones de Hitler que os he recitado me han venido por casualidad, sin buscarlas (a ver, también tengo libros sobre las SS o las divisiones blindadas nazis, pero eso no cuenta). Una amiga profesora de instituto me enseña con horror lo que un alumno suyo se ha dedicado a hacer en clase: un carro de combate de papiroflexia decorado con unas vistosas esvásticas. ¿Hitlermanía?

La profe estaba indignada por la “obra” de su alumno, y yo estuve a punto de hacerle el chiste de que desde luego aquello era impresentable, ya que todo el mundo sabe que los blindados de la Alemania nazi no exhibían la esvástica pintada, sino la Balkenkreuz. Frikadas y bromas aparte, no deja de fascinarme la fascinación que Hitler y su “obra” parecen seguir ejerciendo hoy día. De acuerdo, que no es admiración, que no es adoración, pero tampoco parece que a la gente le mueva el horror o el rechazo, al menos explícitamente. Por más vueltas que le doy al asunto la única explicación que se me ocurre es la que adelanté en “Los malos molan”: que todo sea una cuestión estética.


No sé bien si esta revelación o conclusión es tranquilizadora o al contrario. El hecho de pensar que los alemanes fueron a la guerra “a morir de guapos”, o peor aún, a matar de guapos. Y con los mejores vehículos, aviones, carros, piezas de artillería, al menos al principio de la guerra, como unos jodidos G.I. Joe's de diseño... pero esto no explica mi principal preocupación, que era Hitler. Un amigo filósofo me dice “la verdad es que el tío es icónico”. Su carisma personal debió ser la hostia, puesto que ponía firmes a todos los que tenía a su lado e inspiraba en su séquito una mezcla de respeto y de terror reverencial: como un padre cabrón. Un hombre bajito con muy mala leche.

Me empiezo una novela de Stephen Fry sobre el ámbito universitario: en Cambridge, un joven historiador y un catedrático de física se embarcan en un viaje en el tiempo a la Austria de 1889 para impedir.... QUE NAZCA HITLER. ¡Basta ya con este hombre! A menudo pienso que si hubiera sido una buenísima persona su historia no le habría interesado a nadie, y eso me da pupita.

martes, 2 de diciembre de 2008

La mafia de los libros


Ya se habló aquí sobre la guerra de los libros, hoy le toca a la mafia. Es lo propio de estas cosas desagradables y sangrientas, que en papel pueden quedar todo lo desagradable que usted quiera, pero al menos se pueden racionalizar. La mafia de los libros viene a cuento de dos libros sobre el tema que me he leído este año, dos libros muy diferentes sobre dos mafias muy diferentes.

Uno es una novela, ¿Quién es Lou Sciortino? (2005, traducción 2008) de Ottavio Cappellani, periodista metido a escritor. El otro es el conocido reportaje Gomorra (2006, 2007) del también periodista metido a escritor Roberto Saviano. Sabido es que Gomorra (cuya adaptación cinematográfica ya se criticó aquí) versa sobre la Camorra napolitana, es una radiografía cruda, por usar uno de esos lugares comunes me tanto me complacen. Una denuncia, con nombre y apellidos, que ha motivado que su autor ahora viva permanentemente amenazado. ¿Quién es Lou Sciortino? en cambio se trata de una novela sobre la mafia siciliana, la Cosa Nostra (y sus conexiones con la mafia USA), que se vale de una trama y nombres supuestos.


Aparte del género literario, en estos dos libros nos encontramos con dos organizaciones criminales muy dispares. La Cosa Nostra siciliana, amiga de la extorsión, de poner bombazos, creadora de silencios. En la novela de Cappellani se nos presenta sin embargo envuelta en el folklore siciliano: la horchata de almendras, las frutas de mazapán, las boinas… La Camorra me da más miedo porque no se presenta como una organización criminal al margen del poder oficial, sino que pretende –cual virus- expandirse y penetrar en todas las estructuras del poder, para suplantarlas. En vez de bombas, kalashnikovs, en lugar de extorsiones, eficiencia comercial y financiera. El silencio conseguido no como omertà sino como una aquiescencia fatalista a un destino que es imposible cambiar.

Nos la han vendido como lo último en literatura pulp, pero la trama de ¿Quién es Lou Sciortino? es un poco flojoide: escenas llamativas de violencia, sexo y mafia recicladas de pelis de Coppola, Scorsese y, ejem, Tarantino. El estilo tampoco es muy allá, en plan “Esa zorra te agarra la polla tan fuerte que luego hay que llamar a la Policía Judicial para que te la devuelva”. Vamos, que Rubén Darío no es. Al final, nos quedamos con una novelita entretenida, escrita creo que con un ojo en la pantalla cinematográfica, pero llena de tópicos.


Gomorra libro (lamento caer en lo de siempre, pero es así) es infinitamente mejor que la película. Otra forma de verlo sería decir que ambas no tienen nada que ver. Gomorra peli es al libro lo que sería si se filmara una peli sobre la vida de una familia de parados a partir de los datos de la encuesta de población activa. El libro NO es una novela -digámoslo ya-más bien de ser algo sería un ensayo. Las pequeñas escenas autobiográficas tienen, a mi juicio, mal encaje en el cuerpo del libro pero supongo que el autor ha querido dejar aquí algo de su impronta personal antes que limitarse a hacer un mero tratado sociológico. Aun así, el retrato de la Camorra que se presenta está exento de folklore (aunque no falten menciones al D10S Maradona o a la mozzarella de búfala), es el retrato de una organización desapasionada (y por lo tanto despiadada), con su propia lógica interna, omnipresente.

Y responsable o copartícipe en todas las actividades del crimen organizado del Mundo, desde la ETA hasta las mafias chinas, pasando por conexiones americanas o africanas. El Sistema de la Camorra todo lo toca y todo lo trastoca: droga, usura, el ladrillo, tráfico de armas, prostitución, redes de inmigración, manufactura de ropa, juego, holdings empresariales, sector de la alimentación… hasta llegar a impregnar –según el libro- al 50% de todos los negocios legales de la región de Nápoles.


Lo que más me fascina de las historias de mafiosos es la hipocresía, la violencia extemporánea y el valor supremo de la lealtad al clan. Esas típicas escenas en las que dos se abrazan, uno le dice a otro “Todo está perdonado, compadre” y al darse la vuelta le pega tres tiros. O esas emboscadas que en un momento dado te mandan a “dormir con los peces”. Ejemplos de esto y de la típica “guerra entre familias rivales” los encontramos a punta pala en ambos libros: más dramatizados en Lou Sciortino y más terroríficos (por lo cotidiano) en Gomorra.

Los nuevos mafiosos del siglo XXI parecen ser hombres de negocios, con carrera universitaria (siempre dije que estudiar no podía traer nada bueno), alejados del arquetipo clásico del mangante-chulo de barrio. Su estética se asemeja a la de los gángsters de la gran pantalla, en lugar de ocurrir lo contrario: la realidad imita al arte y los mafiosos imitan a Scarface o a los Corleone. Esto queda muy claro en los dos libros: los mafiosos de Lou Sciortino son productores de cine, los de Gomorra se visten como Brandon Lee en El Cuervo (1994) o se hacen construir mansiones a imagen de la de Tony Montana.


Tal vez ya sea hora de que la literatura y el cine les hagan justicia a estos nuevos gángsters, y queden superados los estereotipos de la trilogía de El Padrino (1972-74-90). Mi dictamen: ¿Quién es Lou Sciortino?, regu tirando a bien; Gomorra, bien tirando a regu. Si queréis pasar un buen rato leed a Cappellani. Si queréis espeluznaros con un testimonio comprometido, leed a Roberto Saviano. Si queréis literatura de calidad, id a buscarla en otro lado.
 
click here to download hit counter code
free hit counter