Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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viernes, 6 de marzo de 2009

Hitler, ¿eh?


Primicia: Hitler era malo. Hitler fue malo, malvado, era la encarnación del mal. El hombre en sí no parece para tanto: militar dizque mediocre (aunque en sus momentos lúcidos coordinó la mejor guerra nunca vista: la que enfrentaba a los generales bajo su mando), enfermete al final, la lió parda con sus ideas racistas y directamente locas que, sin embargo, en un momento dado lograron galvanizar a toda Alemania, la locomotora de Europa (jugamos a que fue “toda”). La expresión clave de la frase anterior parece ser “en un momento dado”: ¿qué momento? Uno aciago en lo económico, político y social, de posguerra, revolución, crisis tras crisis, inflación, humillación, desconcierto...

No es mi intención trivializar sobre Hitler y el nazismo: todo lo contrario. Pero ya sabéis que si no tratara aquí los temas con desenfado esto no sería Estatuas Verdes. Hitler era malo. El peor. Rescato su figura porque últimamente me lo estoy encontrando por doquier, a él y a su obra, sin buscarlo. Para alguien tan malo, que merece la condena más absoluta de la Humanidad, su frecuencia de aparición en la cultura popular no está nada mal. Hitler, el presentador de un programa de entrevistas en Padre de familia... la peli Valkiria (2008)... voy en el AVE y me ponen El niño con el pijama de rayas (2008)... en la expo de Bacon veo crucifixiones con esvásticas y fotos que el pintor guardaba de muchos jerarcas nazis... Hitler sale en el trailer de la nueva de Tarantino como si fuera un teleñeco enfadado... Hitler nombrado -otra vez- como ejemplo de retórica falsa (recordad la Ley de Godwin) en el libro que me estoy leyendo... por no mencionar que el anterior que me leí fue El lector (1997), de fuerte contenido nazi.


Hitler por acá y por allá... hasta decir ¡BASTA! La presencia de este hombre en nuestra cultura es verdaderamente más pervasiva e icónica que la de Papá Noel, el Che Guevara y Mickey Mouse juntos. Yo soy un flipado de la 2ª Guerra Mundial, lo admito, pero las apariciones de Hitler que os he recitado me han venido por casualidad, sin buscarlas (a ver, también tengo libros sobre las SS o las divisiones blindadas nazis, pero eso no cuenta). Una amiga profesora de instituto me enseña con horror lo que un alumno suyo se ha dedicado a hacer en clase: un carro de combate de papiroflexia decorado con unas vistosas esvásticas. ¿Hitlermanía?

La profe estaba indignada por la “obra” de su alumno, y yo estuve a punto de hacerle el chiste de que desde luego aquello era impresentable, ya que todo el mundo sabe que los blindados de la Alemania nazi no exhibían la esvástica pintada, sino la Balkenkreuz. Frikadas y bromas aparte, no deja de fascinarme la fascinación que Hitler y su “obra” parecen seguir ejerciendo hoy día. De acuerdo, que no es admiración, que no es adoración, pero tampoco parece que a la gente le mueva el horror o el rechazo, al menos explícitamente. Por más vueltas que le doy al asunto la única explicación que se me ocurre es la que adelanté en “Los malos molan”: que todo sea una cuestión estética.


No sé bien si esta revelación o conclusión es tranquilizadora o al contrario. El hecho de pensar que los alemanes fueron a la guerra “a morir de guapos”, o peor aún, a matar de guapos. Y con los mejores vehículos, aviones, carros, piezas de artillería, al menos al principio de la guerra, como unos jodidos G.I. Joe's de diseño... pero esto no explica mi principal preocupación, que era Hitler. Un amigo filósofo me dice “la verdad es que el tío es icónico”. Su carisma personal debió ser la hostia, puesto que ponía firmes a todos los que tenía a su lado e inspiraba en su séquito una mezcla de respeto y de terror reverencial: como un padre cabrón. Un hombre bajito con muy mala leche.

Me empiezo una novela de Stephen Fry sobre el ámbito universitario: en Cambridge, un joven historiador y un catedrático de física se embarcan en un viaje en el tiempo a la Austria de 1889 para impedir.... QUE NAZCA HITLER. ¡Basta ya con este hombre! A menudo pienso que si hubiera sido una buenísima persona su historia no le habría interesado a nadie, y eso me da pupita.
 
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