
Este fin de semana he estado tan ocupado recopilando material para futuros posts (es que si digo divirtiéndome queda un poco indolente) que no he tenido tiempo de escribir en el blog. Además, me he “cargado” dos libros, sí señores: Cuentos breves y extraordinarios (1957) de J.L. Borges y A. Bioy Casares y Ventajas de viajar en tren (2000) de Antonio Orejudo. ¿Cómo es esto posible? –puede que os preguntéis- ¿Es Porerror una rata de biblioteca al estilo de Firmin (personaje del que pronto hablaré)? No, amigos, el truco está en que ambos libros tenían menos de 150 páginas, y la letra grande, lo que también ayuda.
Gracietas aparte, hoy quería reivindicar los libros pequeños, los cortitos, esos que te caben en un bolsillo. El libro de bolsillo lo inventó la editorial británica Penguin en 1935 y tenía dos premisas: ser manejable y resultar barato. La idea era popularizar la lectura (no necesariamente la literatura), y a juzgar por los resultados podemos afirmar que tuvieron muchísimo éxito. Tengamos en cuenta que Gran Bretaña es un país donde hoy en día hasta la gente más pobre lee. De hecho, me atrevería a decir que precisamente estos son los que más leen, acaso porque son los que tienen una mayor necesidad de evadirse. Se venden libros de bolsillo hasta en los supermercados, la gente los compra y se los lee. Que lean mierda (thrillers ínfimos, novelitas rosas, biografías de futbolistas) es ya otro asunto. Por lo menos se lee, que ya es mucho más de lo que podemos decir aquí.
Pero aparte del pequeño tamaño, con sus innegables ventajas de espacio y almacenamiento, también es interesante que un librito sea corto. Cortito, ¿eh?, llevadero. Que te lo puedas leer en un par de tardes, o en muchos pequeños ratitos. Diría que el límite está en mi caso en unas 200 páginas, todo lo que sea más de eso me da miedo. Los libros de poesía son fantásticos, y también los de relatos. Tienen, de por sí, una subdivisión interna que los hace ideales para la lectura en ratos perdidos. Si te pones con un novelón de 1000 páginas… yo últimamente es que no puedo. Me intimida, me aburre, me desespera llevar una hora leyendo y no haber avanzado ni el 10% del libro.
Estas navidades me compré una novela de más de 900 páginas, de esas que os digo, y la compré con el firme propósito de leerla, ¿eh? El tema me interesaba muchísimo (de otra manera nunca me hubiera gastado 25 pavos en un ladrillo de tapa dura), y la empecé con ilusión. Leí, leí unas cien páginas, y sabe Dios que me la pienso acabar (ya os enteraréis por Estatuas Verdes), pero de momento… No la he abandonado, ¿vale? ¡Dejad de gritarme! Es solo que, entre tanto, me voy a leer otros libros más cortitos. En cualquier caso, dice el afamado pedagogo Daniel Pennac (el del ensayo Como una novela, 1992) que en el decálogo de los derechos del lector se encuentra el “Derecho a no terminar un libro”.
Y es que en el tiempo que emplearía en leerme una de esas novelazas gordas, me da tiempo a leer cuatro o cinco títulos diferentes, lo cual me mola mucho más. Y me motiva más, porque yo no sé vosotros, pero yo un libro que me dura más de un mes empiezo a percibirlo como un castigo. En esta ocasión han sido unos cuentos fantásticos de Borges y Bioy Casares, además de la novela de Antonio Orejudo, autor al que próximamente dedicaré un post. Antes de estos, este mes me había leído La siesta asesinada (2001) de Philippe Delerm y los dos de poesía que ya comenté aquí. Creo que el próximo en caer va a ser Un viejo que leía novelas de amor (1989) de Luis Sepúlveda y el nuevo de Woody Allen (Pura anarquía, 2007), los dos cortitos, los dos de bolsillo.
Gracietas aparte, hoy quería reivindicar los libros pequeños, los cortitos, esos que te caben en un bolsillo. El libro de bolsillo lo inventó la editorial británica Penguin en 1935 y tenía dos premisas: ser manejable y resultar barato. La idea era popularizar la lectura (no necesariamente la literatura), y a juzgar por los resultados podemos afirmar que tuvieron muchísimo éxito. Tengamos en cuenta que Gran Bretaña es un país donde hoy en día hasta la gente más pobre lee. De hecho, me atrevería a decir que precisamente estos son los que más leen, acaso porque son los que tienen una mayor necesidad de evadirse. Se venden libros de bolsillo hasta en los supermercados, la gente los compra y se los lee. Que lean mierda (thrillers ínfimos, novelitas rosas, biografías de futbolistas) es ya otro asunto. Por lo menos se lee, que ya es mucho más de lo que podemos decir aquí.
Pero aparte del pequeño tamaño, con sus innegables ventajas de espacio y almacenamiento, también es interesante que un librito sea corto. Cortito, ¿eh?, llevadero. Que te lo puedas leer en un par de tardes, o en muchos pequeños ratitos. Diría que el límite está en mi caso en unas 200 páginas, todo lo que sea más de eso me da miedo. Los libros de poesía son fantásticos, y también los de relatos. Tienen, de por sí, una subdivisión interna que los hace ideales para la lectura en ratos perdidos. Si te pones con un novelón de 1000 páginas… yo últimamente es que no puedo. Me intimida, me aburre, me desespera llevar una hora leyendo y no haber avanzado ni el 10% del libro.
Estas navidades me compré una novela de más de 900 páginas, de esas que os digo, y la compré con el firme propósito de leerla, ¿eh? El tema me interesaba muchísimo (de otra manera nunca me hubiera gastado 25 pavos en un ladrillo de tapa dura), y la empecé con ilusión. Leí, leí unas cien páginas, y sabe Dios que me la pienso acabar (ya os enteraréis por Estatuas Verdes), pero de momento… No la he abandonado, ¿vale? ¡Dejad de gritarme! Es solo que, entre tanto, me voy a leer otros libros más cortitos. En cualquier caso, dice el afamado pedagogo Daniel Pennac (el del ensayo Como una novela, 1992) que en el decálogo de los derechos del lector se encuentra el “Derecho a no terminar un libro”.
Y es que en el tiempo que emplearía en leerme una de esas novelazas gordas, me da tiempo a leer cuatro o cinco títulos diferentes, lo cual me mola mucho más. Y me motiva más, porque yo no sé vosotros, pero yo un libro que me dura más de un mes empiezo a percibirlo como un castigo. En esta ocasión han sido unos cuentos fantásticos de Borges y Bioy Casares, además de la novela de Antonio Orejudo, autor al que próximamente dedicaré un post. Antes de estos, este mes me había leído La siesta asesinada (2001) de Philippe Delerm y los dos de poesía que ya comenté aquí. Creo que el próximo en caer va a ser Un viejo que leía novelas de amor (1989) de Luis Sepúlveda y el nuevo de Woody Allen (Pura anarquía, 2007), los dos cortitos, los dos de bolsillo.
Mi madre corrobora todo lo que digo en este post al contarme que en una tarde se ha leído Seda (1996) de Alessandro Baricco, que le regalé hace nada por su cumpleaños. Tengo una compañera de trabajo que le prestas un libro y te lo devuelve al día siguiente. El mundo está lleno de lectores rápidos que saborean los libros en pequeños tragos. Ahora, que también los hay de los otros; cada día veo a más gente con sus novelones: El libro negro de la conjura de los templarios, La orden jesuita y el secreto merovingio, Crimen en la catedral de los códices maya-tolteca… y esa onda. Yo, humildemente, continuaré con mis tapitas de literatura. ¿Me recomendáis algún título (que a ser posible no verse sobre la Orden del Temple)?