
La Naturaleza es sabia y normalmente si algo es perjudicial o nocivo nos envía señales. Una seta venenosa (ANÓNIMO: no hagas chistes de judíos, que me cierran el blog), los llamativos colores de un pez asesino, la sirena de los Stukas... La tele no es una excepción, y ya debería yo haber advertido que una serie dizque de humor cuya sintonía estaba a cargo de Bebe no podía ser trigo limpio.
En mi tradición de desenmascarar a los Grandes, Estatuas Verdes acusa: tras despotricar contra Dylan y Clint Eastwood, hoy le toca el turno a Aída (2005-), la infumable serie con que Telecinco viene castigándonos hace años la noche de los... domingos... ¿jueves?... ¿domingos? Esta serie ha cosechado los mayores éxitos de público y público, atesora galardones (ayer mismo le dieron uno a Pepe Viyuela, por su mejor papel desde que se tropezaba con una escalerilla de mano). Todo cosas que no comprendo. Me encanta lo bajuno, el humor no intelectual, me parto con las pelis de Chiquito, me parecía sublime Manos a la obra (1998-2001)... pero ¿Aída?
El único mérito que le encuentro a Aída es el haber sido el primer producto español de spin-off: una serie desgajada de otra, explotando el éxito de alguno de sus personajes (por ejemplo: Fraser respecto de Cheers). Pero un producto derivativo de Siete vidas (1999-2006), no sé, no sé... Aída viene a confirmar la caída en picado de los estándares de la sit-com española, consecuencia y causa del deplorable nivel sociocultural de la TV actual. Durante los noventa, los modelos de nuestra ficción eran el doctor Nacho o el tito Alfonso (piloto de aerolíneas) de Médico de familia (1995-99) o la "Licenciada" Lourdes Cano de Farmacia de guardia (1991-95). Los años 00 vieron la revancha de la clase obrera (los "graciosos" de nuestro teatro clásico), y los héroes pasaron a ser los taberneros Diego y Santiago, el mecánico Fiti (Los Serrano, 2003-08) y el portero de finca urbana (Aquí no hay quien viva, 2003-2006). No censuro ni me lamento, simplemente constato.

Es en este contexto en el que debe juzgarse Aída, historia de una esforzada limpiadora rodeada de una supuesta "tranche de vie" de nuestra sociedad: la prostituta, el yonqui retrasado, el adolescente delincuente, el tabernero socarrón, explotador y racista... todos ellos elevados a la categoría de modelos, a la caza de personas inteligentes o íntegras (tendencia que ya pionerizó Los Serrano). Se me dirá (ya se me ha dicho) que está genial que estos personajes constituyan la risión pública: qué mejor manera de exorcizar nuestros defectos y demonios colectivos. En otras palabras, que si Mauricio Colmenero humilla y degrada por sistema al Macchu Picchu, ya no lo haremos nosotros. ¿Esto se lo cree alguien? Podría seguir: si el Jonathan se burla y abusa de su amigo el empollón con gafas... si el Luisma putea a un minusválido en silla de ruedas...
Está claro que porque estas acciones o situaciones negativas salgan por la tele no las va a imitar todo el mundo inmediatamente en la calle, pero que por favor no me vengan con la burra de que con ellas nos reímos de nosotros mismos. Falacia #2: "Aída es solo un espejo de nuestra sociedad". ¡Y un gurumelo! Será un reflejo de determinada parte de la sociedad, lo mismo que lo sería una serie ambientada en un penal psiquiátrico o sobre una comunidad budista en las Alpujarras. Que queréis que os diga, yo todavía -gracias a Dios- no me muevo en un ambiente formado por putas, yonquis y delincuentes juveniles, ni la mayoría de los que me leéis tampoco. No cuela.

Porerror, ¿cómo tú juzgando el mérito de un producto cultural en base a su contenido ideológico? ¿Dónde tu objetividad? Tiene usted toda la razón, señora, es porque me enciendo. En un afán de búsqueda de la verdad, y tras los pasos de mi nueva ídola Samanta Villar, durante los tres últimos meses vengo forzándome a ver episodios de Aída con el único fin de escribir este post. Y tengo que decir que la serie me ha hecho menos gracia que un bocado en el escroto. Racismo, estulticia, mala leche, humor grosísimo, inquina, odio, frustración, comedia física de 1º de Preescolar: he aquí los elementos de comicidad que exhibe Aída. Personajes estereotipados: el mariquita, el debilucho, el tonto entrañable, el caradura simpático, el facha, otro mariquita thrown in for good measure...
Y ¿qué decir de las situaciones y los argumentos? Los mismos que en todas las sitcoms, eso está bien, pero con factura tosca y grosera, pocas y predecibles gracias y enredos de obra de colegio. El tratamiento de los temas deja bastante que desear, también: siempre parecen girar en torno al quebranto de alguna virtud o algún derecho fundamental, lo mismo da la amistad que el amor, que el honor, que la honradez, que la lucha de los ex-toxicómanos, que la homosexualidad reprimida, las relaciones familiares y de pareja... Es lo que hay, amigos, hablar a gritos, callar al otro a piñas cuando se tiene poco que decir y reírse del más débil. Si este es el espejo de nuestra sociedad mañana voy a apuntarme de vampiro.

