Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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martes, 10 de marzo de 2009

Aída: ¿Error de Dios?


La Naturaleza es sabia y normalmente si algo es perjudicial o nocivo nos envía señales. Una seta venenosa (ANÓNIMO: no hagas chistes de judíos, que me cierran el blog), los llamativos colores de un pez asesino, la sirena de los Stukas... La tele no es una excepción, y ya debería yo haber advertido que una serie dizque de humor cuya sintonía estaba a cargo de Bebe no podía ser trigo limpio.

En mi tradición de desenmascarar a los Grandes, Estatuas Verdes acusa: tras despotricar contra
Dylan y Clint Eastwood, hoy le toca el turno a Aída (2005-), la infumable serie con que Telecinco viene castigándonos hace años la noche de los... domingos... ¿jueves?... ¿domingos? Esta serie ha cosechado los mayores éxitos de público y público, atesora galardones (ayer mismo le dieron uno a Pepe Viyuela, por su mejor papel desde que se tropezaba con una escalerilla de mano). Todo cosas que no comprendo. Me encanta lo bajuno, el humor no intelectual, me parto con las pelis de Chiquito, me parecía sublime Manos a la obra (1998-2001)... pero ¿Aída?

El único mérito que le encuentro a Aída es el haber sido el primer producto español de spin-off: una serie desgajada de otra, explotando el éxito de alguno de sus personajes (por ejemplo: Fraser respecto de Cheers). Pero un producto derivativo de Siete vidas (1999-2006), no sé, no sé... Aída viene a confirmar la caída en picado de los estándares de la sit-com española, consecuencia y causa del deplorable nivel sociocultural de la TV actual. Durante los noventa, los modelos de nuestra ficción eran el doctor Nacho o el tito Alfonso (piloto de aerolíneas) de Médico de familia (1995-99) o la "Licenciada" Lourdes Cano de Farmacia de guardia (1991-95). Los años 00 vieron la revancha de la clase obrera (los "graciosos" de nuestro teatro clásico), y los héroes pasaron a ser los taberneros Diego y Santiago, el mecánico Fiti (Los Serrano, 2003-08) y el portero de finca urbana (Aquí no hay quien viva, 2003-2006). No censuro ni me lamento, simplemente constato.


Es en este contexto en el que debe juzgarse Aída, historia de una esforzada limpiadora rodeada de una supuesta "tranche de vie" de nuestra sociedad: la prostituta, el yonqui retrasado, el adolescente delincuente, el tabernero socarrón, explotador y racista... todos ellos elevados a la categoría de modelos, a la caza de personas inteligentes o íntegras (tendencia que ya pionerizó Los Serrano). Se me dirá (ya se me ha dicho) que está genial que estos personajes constituyan la risión pública: qué mejor manera de exorcizar nuestros defectos y demonios colectivos. En otras palabras, que si Mauricio Colmenero humilla y degrada por sistema al Macchu Picchu, ya no lo haremos nosotros. ¿Esto se lo cree alguien? Podría seguir: si el Jonathan se burla y abusa de su amigo el empollón con gafas... si el Luisma putea a un minusválido en silla de ruedas...

Está claro que porque estas acciones o situaciones negativas salgan por la tele no las va a imitar todo el mundo inmediatamente en la calle, pero que por favor no me vengan con la burra de que con ellas nos reímos de nosotros mismos. Falacia #2: "Aída es solo un espejo de nuestra sociedad". ¡Y un gurumelo! Será un reflejo de determinada parte de la sociedad, lo mismo que lo sería una serie ambientada en un penal psiquiátrico o sobre una comunidad budista en las Alpujarras. Que queréis que os diga, yo todavía -gracias a Dios- no me muevo en un ambiente formado por putas, yonquis y delincuentes juveniles, ni la mayoría de los que me leéis tampoco. No cuela.


Porerror, ¿cómo tú juzgando el mérito de un producto cultural en base a su contenido ideológico? ¿Dónde tu objetividad? Tiene usted toda la razón, señora, es porque me enciendo. En un afán de búsqueda de la verdad, y tras los pasos de mi nueva ídola Samanta Villar, durante los tres últimos meses vengo forzándome a ver episodios de Aída con el único fin de escribir este post. Y tengo que decir que la serie me ha hecho menos gracia que un bocado en el escroto. Racismo, estulticia, mala leche, humor grosísimo, inquina, odio, frustración, comedia física de 1º de Preescolar: he aquí los elementos de comicidad que exhibe Aída. Personajes estereotipados: el mariquita, el debilucho, el tonto entrañable, el caradura simpático, el facha, otro mariquita thrown in for good measure...

Y ¿qué decir de las situaciones y los argumentos? Los mismos que en todas las sitcoms, eso está bien, pero con factura tosca y grosera, pocas y predecibles gracias y enredos de obra de colegio. El tratamiento de los temas deja bastante que desear, también: siempre parecen girar en torno al quebranto de alguna virtud o algún derecho fundamental, lo mismo da la amistad que el amor, que el honor, que la honradez, que la lucha de los ex-toxicómanos, que la homosexualidad reprimida, las relaciones familiares y de pareja... Es lo que hay, amigos, hablar a gritos, callar al otro a piñas cuando se tiene poco que decir y reírse del más débil. Si este es el espejo de nuestra sociedad mañana voy a apuntarme de vampiro.

lunes, 9 de junio de 2008

La familia Mata: el desgüeve


La palabra “desgüeve” no es ajena a Estatuas Verdes. Ya se ha empleado aquí en determinadas ocasiones para referirse a algo que produce mucha risa. Puede ser una persona, o una situación, o en el caso que nos ocupa un programa de la tele. La serie La familia Mata (Antena 3, lunes a las 22:30) no es ni de lejos una novedad, pero servidor se perdió la primera temporada y es últimamente cuando se esta desayunando con sus gracias.

Tranquilos que no voy a hacer aquí un análisis postestructuralista del programa ni a calentaros la cabeza. Es muy tarde mientras escribo esto y además no os quiero quitar tiempo de ver la Eurocopa. Simplemente quería dejar constancia del poder beneficioso de la risa; por determinadas historias he tenido malos rollos este mes y los lunes por la noche mi ineludible cita con los Mata me ha ayudado a desterrarlos. Durante una hora y media, pero es lo que tiene el humor por entregas.

Todo el mundo sabe que el humor es imprescindible para ser feliz, y yo hago de esta máxima mi credo. No concibo la vida sin humor, y desde siempre he procurado que mi vida se pareciese más a una película de Los Hermanos Marx que a una canción de Conchita.

La familia Mata es una serie graciosilla que muchos podrán calificar de españolada, en la mejor tradición de nuestro humor no-intelectual (para el otro, ver El peor programa de la semana, La Hora Chanante, Faemino y Cansado y demás). Tampoco es Pajares y Esteso, sabéis, pero es indiscutible que esta serie bebe de la picaresca, de las pelis de Mariano Ozores y de disparates anteriores como Manos a la obra o Aquí no hay quien viva.

Supongo que la habréis visto, pero por si fuisteis de los que como yo, cuando acabó Física o Química pensasteis que la tele los lunes por la noche ya no tenía sentido, os la resumo. Es la historia de una familia muy trapisonda, el padre es el típico caradura estafador pero con encanto. El hijo es un tontaco de marca mayor, la madre una abnegada sufridora, la cuñada una vivalavirgen y el abuelo y la abuela una pareja de cascarrabias bien curtidos en la picaresca. Estos últimos fueron una incorporación de última hora, un fichaje desleal de la pareja que hacían de Pepa y Avelino en Escenas de matrimonio de Telecinco.

Los únicos normales son la hija de la familia (aquella Veva de Paco y Veva, pero aquí no canta) y su novio, personaje interpretado por el grafitero-boxeador Daniel Guzmán, de estratosférica fama en Aquí no hay quien viva. A tenor de lo visto últimamente, estos dos también están más para allá que para acá, con lo que ya no queda nadie sano en la casa. También salen por ahí Esther Arroyo y Dani Mateo, y otros bien traídos personajes secundarios. Las tramas son de enredo, a cual más rocambolesco, y el buen trabajo de los actores hace que situaciones inverosímiles parezcan más graciosas de lo que en realidad son, nunca se llega al ridículo.

A lo mejor os preguntáis por qué un post tan sencillo y poco pretencioso sobre un asunto tan nimio, pero es mi forma de pagarle a esta serie su deuda de risa. Le hago propaganda gratis porque a mí ella me ha dado muchos buenos ratos. Confieso que cuando empezó, la serie me daba más pereza que un disco nuevo de Alanis Morrissette (planteamiento simploncete, actores a priori regu) pero poco a poco me he ido enganchando. Como toda serie española que se precie, La familia Mata cuenta con subtramas que se pretenden atractivas para todas las franjas de edad: niños, jóvenes casaderos, maduritos, ancianos… pero esta vez no hay moralinas ni intentos de hacernos votar a un determinado partido político, como había en Los Serrano. Aquí hay risa blanca, bueno igual un poquito color café con (mala) leche.
 
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