Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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jueves, 17 de julio de 2008

Yo te maldigo, trikini

Fig.1: Asín, no.

Triste, triste, triste, amigos. Ahora mismo se están revolviendo en sus respectivas tumbas culturales Brian Hyland (el de “amarillo era el biquini”), Brigitte Bardot, Ursula Andress, Raquel Welch, Phoebe Cates y los Hombres G (los de Historia del bikini, 1992). Un verano más, los medios de comunicación nos la intentan colar doblada. “Sí, sí, la última moda: el trikini”. Yo no sé a qué playa irán Matías Prats o Lorenzo Milá, pero en las que yo frecuento afortunadamente todavía no se ha visto ninguno.

¿Que no quiere usted enseñar carne? Me parece perfecto. Póngase un bañador normal, tipo maillot, o lo que sea. Pero señores periodistas y diseñadores de moda, no nos vengan con la fantasía de que el trikini es la prenda de moda porque además resulta supercómoda y supersexy. Sobre lo primero no tengo opinión, pero lo intuyo. Aparte que ríase usted de la que con un trikini de esos pretenda conseguir un bronceado uniforme. Sobre lo segundo…

Digámoslo ya y digámoslo bien alto. EL TRIKINI NO MOLA. No les mola a los tíos, por lo menos. Debió inventarlo algún ciego (con todo el respeto) o algún espabilado tratante de telas que no sabía qué hacer con los excedentes. El trikini, amigos, pertenece a esa categoría de prendas “pupita” o antilíbido como son los zapatos tipo bailarina o las bragas color carne de la abuelita. ¡NO! Unamos nuestras voces en un “no” rotundo a esta atrocidad que algunos llaman vanguardia.

A veces me gusta imaginar el momento genial de la invención del trikini. Me imagino a algún lumbreras de la moda pensando “Mmmmm… si el bikini resulta tan atractivo y seductor porque deja al aire gran parte de la epidermis, ¡mejorémoslo tapando la zona del ombligo!” ¿Sabéis si existe un Premio Nobel de la Moda de Baño?

Fig.2: Asín, sí.

Pobre Paquito Martínez Soria, ¡con lo que él disfrutaba en sus películas diciendo eso de “mozas en biquinini”! Toda esta tradición barrida de un plumazo. La revista Sports Illustrated, a la quiebra. El enano en bikini que hace de reportero en South Park… tampoco serviría ya. Si los granujas de la prensa se saliesen con la suya… Es curioso que hasta la Wikipedia advierta sobre el maldito trikini: “Aunque se promociona en los medios de comunicación como una prenda de moda, no es un prenda demasiado habitual”. ¿Hace falta añadir algo más?

Todo este post y esta indignación me han venido a la cabeza después de esta tarde. Dos amigas me han invitado a ir a sus respectivas piscinas el lunes por la tarde, y –por hacerme el gracioso- les he dicho que me daba mucha vergüenza que me vieran en biquini. Entonces he recordado cómo hará un mes iba por la calle con estas mismas amigas y en el escaparate de una tienda vimos ese engendro apodado trikini. Mis amigas tampoco son partidarias, vaya por delante este voto de calidad femenino.

Lo único guay del trikini es la palabra, derivada espuria de biquini (o bikini). Ya sabéis que el término bikini surgió, como la prenda moderna, en 1946 a raíz de las pruebas nucleares que los yanquis llevaron a cabo en el Atolón de Bikini, una de las Islas Marshall. Se suponía que la conmoción sociocultural (y el palotismo) que iba a producir la nueva prenda era comparable al de las explosiones nucleares. Con el tiempo alguien debió pensar que había una conexión entre la sílaba “bi”, el prefijo “bi-” y el hecho de que el susodicho fuese un bañador de dos piezas. Curioso, ¿no? De ahí “trikini”, “monokini” y lo que queramos.

Yo te maldigo, trikini. Personalmente, dedicaré toda mis energías a una empresa tan absurda y fútil como la cruzada contra el bañador de tres piezas (ni siquiera son tres de verdad, si es que es estúpido hasta el concepto). Parafraseando lo que Winston Churchill (ese cínico Premio Nobel de Literatura) les dijo a los alemanes, “te combatiré en las playas”. Nunca alguien se indignó tanto por tan poca tela.

viernes, 25 de abril de 2008

Elvis Presley, marino sempiterno


Conocíamos a Ulises, a Simbad el Marino, a Vasco da Gama, a Juan Sebastián Elcano, al Capitán Cook… Más recientemente hemos visto a Popeye o al Capitán Pescanova, incluso se ha hablado aquí del Marinero en tierra de Rafael. Pero para “marinero en tierra”, hoy os traigo a un personaje indiscutible cuyas dotes de navegación al timón de un sin fin de embarcaciones nunca han sido cantadas.

Me estoy refiriendo al gran Elvis Presley, prolífico cantante y actor cuyas películas le hicieron adoptar los más variados papeles. A saber: joven duro pero sensible que quiere triunfar en la música y ligarse a una chica, joven duro pero sensible que desea triunfar en las carreras de coches y ligarse a una chica, joven duro pero sensible que desea triunfar en la música para poder pagarse un coche de carreras (y ligarse a una chica)… No me lo estoy inventando, os acabo de escribir la sinopsis de El rock de la cárcel (1957), Pista de carreras (1968) y Cita en Las Vegas (1964), respectivamente.

Siempre atento a El Rey (y no precisamente al que nos cuesta 12 céntimos por persona al año), en estas semanas he tenido oportunidad de ver dos de sus pelis: Chicas, chicas, chicas (1962) y Amor en Acapulco (1963). Concediendo que no han de quedar en los anales del Séptimo Arte, tengo que decir que ambas pelis me han parecido bastante mejores de lo que esperaba, sobre todo la de Girls! Girls! Girls! Se trata de amables comedias románticas, de las que abundaban en los primeros años sesenta, pero con el aliciente de estar plagadas de números musicales. Y no cualesquiera, oiga, que con Elvis cantando ya tenemos la tangana garantizada: este hombre es capaz de liarla entonando la sintonía de Informe Semanal.

De guión (admitámoslo) andan las dos pelis bastante flojitas, pero ya digo, no más que otras pelis de Dean Martin y Jerry Lewis o de Doris Day. En realidad Chicas, chicas, chicas me ha parecido que no está tan mal en cuanto a caracterización de los personajes, sus motivaciones, trama, el modo en que las canciones se van insertando… muy por encima de la media. La de Acapulco me ha parecido más un producto de puro marketing simbiótico: usted, Elvis Presley, viene aquí a sacar esto en pantalla grande en USA y hacernos propaganda del turismo y nosotros le dejamos hacer básicamente lo que le dé la real gana. En esto Elvis se une a la nómina de Cantinflas o Paquito Martínez Soria, que realizaron similares producciones cinematográficas.

Que no falten los “clavados”, las lindas playas, las hot señoritas… ay! Ay! Ay! Carumba! Viva el topicazo que hace alegre la tragedia, viva lo mejicano. Elvis vestido de charro, de matador o de lo que haga falta (es un G.I. Joe, el pobre). Ursula Andress en biquini haciendo de condesa centroeuropea (ya se sabe, tan mal acabó después de esta peli que tuvo que ir a que la curara el Dr. No, sin quitarse el biquini, claro). Un menino da rua chicano que hace las veces de manager de Elvis, con sus maneras de Lázaro de Tormes… y eso sí: ABSOLUTAMENTE TODAS las canciones deben contener las palabras “siesta”, “fiesta”, “tequila”, “señorita”, “amigo” y “matador”.

Bueno he mentido, no TODAS. Hay aquí un tema espectacular llamado “Bossa Nova Baby”, que era el que Pepe Navarro sacaba en el Mississippi doblado como “No me importa que me digas que hago menos guarreridas que la mona de Tarzán…”. Y ¿que la bossa nova no es de Méjico? ¡Qué más da! Qué importa confundir Méjico con Brasil, yo mismo lo acabo de hacer en el párrafo de arriba porque me venía bien. A todo esto, se me ha olvidado decir que en esta peli el problema de fondo de Elvis es su vértigo, ya que aunque trabaje como marinero, socorrista y cantante en realidad él hace de artista del trapecio.


Chicas, chicas, chicas es otra cosa en cuanto a guión se refiere. La falta de dinero obliga a Elvis a abandonar su cómodo trabajo de patrón de una embarcación de recreo para hacerse rudo pescador. Todo esto adobado con una serie de canciones muy buenas, entre ellas “Return to Sender” y la crucial “Canción de la gamba”, en la que Elvis exhorta a este crustáceo decápodo a saltar a su red de pesca (no os riáis, que en la peli de Acapulco canta una que empieza “Viva el vino, viva el dinero”en español).

Ver a Elvis con su gorrilla de marinero se ha convertido para mí en algo habitual, tanto que su look de a bordo se me antoja una imagen icónica (le queda infinitamente mejor que el de piloto de carreras o el de cowboy, digámoslo). Al principio de Amor en Acapulco también vemos a Elvis con su gorra marinera y unos pantalones hiperajustados, marcando timón. Cierto que luego se cambia a trapecista, torero charro y lo que haga falta, pero nada eclipsa el “efecto halo” de esa su primera aparición original.


El mar, la mar, el mar, sólo la mar, ¿por qué te trajiste a Elvis, Coronel Parker, a la ciudad?
 
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