Vivencias polimórficas de un treintañero perplejo.

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domingo, 29 de junio de 2008

A de Auschwitz


Hojeo el volumen de la editorial Osprey titulado La invasión de Polonia: Blitzkrieg (2002) y me vienen a la mente todas las barbaridades de la II Guerra Mundial. Veo por encima el texto y las imágenes, y me saltan al ojo las fotos de Keitel, Halder, Von Bock, los mapas de Polonia invadida por el oeste y el este, fotos en blanco y negro de caballos, de Panzers I y II, de Stukas. Y entonces recuerdo las conversaciones de hace un par de días.

Tengo todavía frescas las viñetas de V de Vendetta, su representación del totalitarismo. Como bien dijo Rukia en un comentario, el cómic presenta todos los rasgos de un régimen típico de esas características, incluidos los campos de concentración (en el caso de V de Vendetta, el seminal “Campo de Reasentamiento de Larkhill”). Los campos de concentración –conviene recordarlo- son un invento inglés, se crearon a principios del siglo XX para la Guerra de los Boers en Sudáfrica. Tampoco vayamos a rasgarnos las vestiduras, ¿eh? Los ha habido en Estados Unidos, en la URSS, en Francia, en España… la lista es demasiado larga.

Pero claro, decir campos de concentración es decir por antonomasia, campos nazis. Y con razón. El otro día no sé por qué salió en una conversación entre compañeros de trabajo el tema de los campos nazis y en concreto de Auschwitz. Ya me acuerdo por qué, estábamos hablando de Polonia, lo bonito que era el país, lo puteados que estuvieron bajo el yugo comunista, lo fáciles y rubias que eran las polacas, lo rico y barato que resultaba su vodka… Se habló de Juan Pablo II y se habló de Varsovia, Cracovia, y cómo no, salió el tema de Auschwitz.

Ya se sabe que los gin-tonics ablandan un poquito el cerebro, y eso está bien, siempre que solo sea un poquito: lo justo para soltarnos la lengua y decirnos las verdades. Alguien saltó con “qué coñazo los judíos, cómo explotan lo del Holocausto”. Bueno, puedo estar hasta medio de acuerdo con la aseveración, entiendo que los judíos no. “Desde luego, no sé qué interés puede tener ir a visitar Auschwitz, solo puede ser fruto del morbo”. Ahí sí que no. Cuando estuve en Polonia fui a visitar el campo, y ahí salté como una hiena.

“¿Y por qué no vas a San Sebastián a ver la calle donde mataron a Gregorio Ordóñez?” Como ya he dicho, el gin-tonic reblandece las neuronas. Sinceramente creo que visitar un sitio como Auschwitz no es una cuestión de morbo, no pienso que nadie pueda sentirse atraído –en el sentido clásico- por algo tan horroroso. Y tampoco es una atracción turística: como bien dijo otro compañero que también había estado, llegar al campo no es fácil, y una vez allí aquello no es precisamente Disneylandia. Varios lectores de Estatuas Verdes estuvieron en Auschwitz conmigo, y ellos lo pueden corroborar.

Para mí ir a Auschwitz era un deber ineludible y uno de los objetivos principales de viajar a Polonia. Tampoco creo que debiera ser obligatorio ir a verlo –sí saber que existió y por qué. Pero no me parece que se pueda mirar para otro lado tan alegremente. A fin de cuentas, como dijo el clásico, “nada de lo que es humano me es ajeno”. Y como cosa histórica, como lugar sagrado, como santuario si queréis, tengo que decir que el campo de concentración de Auschwitz es lo más sobrecogedor que he visto en mi vida.


Ni las pirámides de Egipto, ni muchas otras cosas que he tenido la suerte de ver. Igual que nos ponemos orgullosos con las grandezas que enumera el anuncio de Endesa y volvemos a creer en la Humanidad (y a gastar más luz) conviene que de vez en cuando pensemos en Auschwitz o veamos la foto de un Stuka y nos horroricemos. Y poco más que decir.
 
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